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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Poesía
1 10 2007
Isaac Goldemberg y las apariencias del nombre, por Eduardo Espina
Hay algo de más, de peculiar inmensidad, en el acto de escribir poesía. Si Paul Celan entendía su obra como una botella al mar, la poesía de Isaac Goldemberg, otro transterrado judío, emigrante de territorios aunque no de palabras, debe entenderse como una isla entronizada por el lenguaje. Reino sin arrepentimiento que busca otros reinos, rey no. Robinson, en solitario, va por ahí. Deja su huella en lo que todavía no ha pisado y sin embargo ya imaginó. No en vano, este nuevo libro del escritor peruano viene a ser la suma de sus principales preocupaciones estéticas y metafísicas. Para entrar en ese plan de propósitos anagógicos, ha establecido una continuidad de preocupaciones formales que otorgan a la palabra imprevistas reverberancias. Es que el lenguaje ordenador del Libro de las transformaciones adivina su lugar en la duración inventado orillas propias, alrededores, centros en la periferia, a partir de los cuales el mensaje dentro de la botella invita a relacionarse con el desciframiento, emprende ese viaje posibilitante: «Se lanzaba y ocultaba, /se escondía y preparaba nuevas embestidas:/ era una verdadera linterna sorda, /una linterna que ocultaba la llama sin apagarla». De esta manera, la construcción de una legibilidad emocional en el poema permite ser oída justo en el momento cuando está aconteciendo: hace de los sentimientos su estruendo, es todo lo anterior a la historia que cuenta. A partir de ese intento, el trazo susurrante del poema atraviesa paisajes creados por el propio lenguaje, deja a los ojos para que se hagan cargo del restante sentido, pero antes del silencio principal. Una y otra vez (y la relación con Celan no es arbitraria), la palabra se detiene ante sí misma cuando no habla para querer saber qué podría decir. Así pues, según las estrategias de no tan simple sencillez que caracterizan a la poética de este libro oracular, toda hipótesis de sentido resulta una forma de significar las emociones cuando menos se espera. La poesía de Goldemberg tiene la libertad de poder hacerlo, de comprender el tiempo que aun posterga su entrada a la vida humana, pues la escritura saca a las palabras de su temporalidad, las hace significación de su elusividad, plan de una religión que espesándose se manifiesta. Lo dice el poema: «El primer fundamento de la fe es el Nombre». En vista de lo expresado, el lugar de siempre del tiempo resulta alterado. Tal es el mundo planteado por la experiencia poética, mejor dicho, por la palabra mientras imagina su experiencia. Las palabras de Goldemberg, por cierto, hablan sobre las realidades que podrían hacer posible y completan su performance fuera de lo mundanal, incluso antes de que ésta se realice como tal. Es decir, y aquí radica la importancia de la poética en acción, hay una escritura pre- Goldemberg ejercida por el propio Goldemberg, al tiempo que cumple con ambos personajes de esa ficción suprema. El yo social y el yo poético coinciden, hacen de su diálogo el argumento fundante de las aspiraciones que proponen. En el poema, las paralelas se cruzan, asaltan la veracidad de sus proposiciones, desde las menos posibles hasta las que están completas sin aspirar a ser comprendidas por sus significados: «Todo esto fortalece la fe del corazón / en la indiferencia del Nombre». La poesía de Goldemberg, justamente (y el adverbio alude a la justicia poética encarada por la síntesis sintáctica que caracteriza a este libro) intensifica su aura revelando la correspondencia entre el lenguaje y los hechos específicos que se abren a la zona irrestricta exhaustiva de algo que está sucediendo justo cuando se escribe. La coincidencia de tiempos saca al lenguaje del tiempo, instaura una atemporalidad sobre la cual pensar. ¿Es la memoria la protagonista de la evocación como sospecha? ¿O la memoria, actuando, genera todos los protagonistas necesarios para que la poesía recuerde con la imaginación, pues de otra manera es imposible recordar lo sagrado? En este contexto epifánico, los poemas destacan la continua resonancia de una información superior que sin preguntarle completamente a los sentidos demuestra su importancia y la eficacia de sus influencias. La finalidad de lo acontecido, como era esperable, resulta en más de una forma periférica, en tanto la palabra no dice la verdad de lo sagrado, o bien lo dice a medias, por la mitad, para dejar en evidencia que nada completamente verdadero hay en el acto del poema pues, en definitiva, interrogar a la verdad en su desconocimiento no es tarea concomitante del poeta. Se trata, más bien, como Goldemberg lo reitera una y otra vez, de ejercer verdades, de decir «por allí puede haber varias», pues de lo sagrado habla, aunque el poema no se restringe al acto menor de su búsqueda ni de su expresión. Las palabras se sienten involucradas en un proyecto actualizador de todos los momentos de la persona que pueden caber en el poema y que extienden su dominio a una exactitud que promete ser siguiente, próxima, pues de esa manera retiene el poema a la realidad, primero como sonido en busca de un significado y después como significado que a sí mismo se modifica. Así pues, esta lírica, en el espejo de su totalizada aura, es un acto de modificación, en tanto ejerce una modalidad interruptiva. La simultaneidad indistinguible que surge cuando las modificaciones de la realidad y las realidades valificadas de la poesía coinciden extiende el plan de acción haciéndolo posible, instalando la interrupción como sincronía y lugar facilitador de nuevos inicios (indicios) dentro de una cadena sintáctica ya iniciada. El poema resalta entonces como audible corrección de las cosas y de aquellos seres que se (a)parecen sin que sepamos a que se parecen y que por serlo existen en su propio tiempo, uno como gramática sagrada: «Detrás de todo hay una matemática, /diríase una turbulencia del tiempo / y de sus cifras». Entonces, ¿a quién pregunta el poeta? ¿Habla con sí mismo para decir que nunca es el mismo? Bécquer había dicho: «poesía eres tu». Pero ¿quién es tú? ¿Hacia dónde se dirige la pregunta que proporciona la exclusividad del enigma? A partir de ese cuestionamiento, que es énfasis y excepción de su realidad, el poeta no se pregunta, sino que conversa con sus interrogantes para saber, si se puede, cuál es el yo del poema con el que puede entenderse —llegar a un acuerdo— la intimidad expresable del lenguaje. En esta práctica de la pregunta fundamental, el poema domina su método: el yo y el nosotros dejan de saber bien quiénes son. En verdad, y aquí está la llave de su secreto, lo que pregunta el poema aflora en la intimidad del lenguaje cuando está despierto: ¿Quién es el que dice yo soy? ¿Quién habla...?, ¿el poeta o el lenguaje? Distanciado de una forma retórica que implica suponer una misma respuesta para todas las preguntas, el lenguaje acepta su condición de individuo indeterminado, cumpliendo con la función de tener un sentido aunque la interpretación no lo pueda detectar. Después de todo, es la interpretación la que falla, no el poema. En el Libro de las transformaciones la cuestión del poema como espacio irrestricto del silencio reside en hacer al ser hablable, materia prima de una reciprocidad ensimismada: quien pregunta es el mismo que responde. Desde el yo autoral habla con lo sagrado para que diga, sabiendo que las palabras siempre se quedarán cortas pues en esa altura sin absoluto existen mejor, sin necesidad de interpretar lo que no pueden definir: «Reducir a Dios a una sola letra de ningún alfabeto. /A ningún accidente gramatical. / Tampoco a ningún número / que sea potencia exacta de otro / o sea exactamente divisible / por sí mismos y por la unidad». Por consiguiente, el poema refiere a momentos ocasionales en los cuales el lenguaje se convierte en la ayuda peligrosa a la que es necesario recurrir para que de esa forma el riesgo siga instalado en sus proposiciones. El lenguaje, haciéndose refractario, permanece en su propia compañía, como si el poeta estuviera diciendo en lo que no dice completamente, «en esas imágenes no estoy todo el tiempo». De allí que el lenguaje se manifiesta en estado de libertad, como lugar no siempre accedido por la comprensión, como aciertos a los cuales accedemos con posteridad. Las frases se bastan a sí mismas, como si supieran que su novedad las ha escrito hace tiempo. También para este libro son válidas las advertencias de Gadamer respecto al lector de poesía, quien no debe ser «erudito ni especialmente instruido: debe ser un lector empeñado en escuchar una y otra vez». Hablando, dejándose escuchar en su diversidad de tonos, los poemas de este libro actúan, no describen, son la inserción de la mirada en un proceso, la conversión a este como fe, no como prueba realizada o constatación de su historia. Se hace preguntas en voz alta, invoca «a las voces / sin nombrar la esencia de los dioses / y de las palabras». En esa forma desconfigurante (pues lo obvio ha sido evitado) de hablar sobre lo inefable emerge fulgurante una y otra vez el lenguaje, alertando sobre la condición escatológica de su propuesta. Ha venido a decir, a dialogar con las cosas invisibles. Su material interior, hecho de microscópicos argumentos, de diálogos consigo mismo, se posesiona de ciertas preguntas que han logrado hacer coincidir al tiempo (librado de la cronología) con el espacio augural del poema, redimensionados por las caras lingüísticas del poeta mientras conversa con/sobre lo sagrado, rostros que son también los del alma cuando habla, ¿de qué, de quiénes? En la respuesta postergada a todas las grandes preguntas como éstas, Isaac Goldemberg erige con este libro un mundo fenomenal en el cual las palabras de Dios son llamadas a decir y lo hacen, lúcidamente transformadas. Eduardo Espina nació en Montevideo (Uruguay), 1954. Obtuvo su doctorado en Filosofía en Washington University en St. Louis, Estados Unidos. Ha sido profesor de Poesía Contemporánea en diferentes universidades de Estados Unidos y México. Desde 1980, radica en EE.UU. donde edita Hispanic Poetry Review, revista dedicada exclusivamente a la crítica y reseña de poesía escrita en español. De 1982 a 2006, ha publicado siete libros de poemas y tres libros de ensayo. Está considerado como uno de los poetas uruguayos y latinoamericanos más importantes de la actualidad, Sus poemas fueron traducidos parcialmente al inglés, francés, italiano, portugués, alemán y croata. Está incluido en la Enciclopedia Británica y en más de 20 antologías de poesía latinoamericana. Actualmente es profesor en el Departamento de Estudios Hispánicos de Texas A&M University.
acerca del autor
Isaac

Isaac Goldemberg, Chepén (Perú), 1945. Reside en Nueva York desde 1964. Publicó tres novelas, once libros de poesía, tres obras de teatro y una antología: “El gran libro de América judía”. Su obra fue traducida a varios idiomas y publicada en revistas y antologías de Europa, América Latina y los EE.UU. En 1977, su novela “La vida a plazos de don Jacobo Lerner” recibió el Premio Nuestro y en el 2001 fue seleccionada por el National Yiddish Book Center como una de las 100 obras más importantes de la literatura judía mundial de los últimos 150 años. En 2003, su drama Golpe de gracia recibió un premio en Venezuela. Publicó en 2002 la novela “El nombre del padre” (Alfaguara,) y el poemario “Los Cementerios Reales” (Umbra , 2004). Es Profesor de la City University of New York, también dirige el Instituto de Escritores Latinoamericanos y la revista de cultura Hostos Review.