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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Poesía
2 2 2007
Algunas poesías de Delfina Acosta
DIENTES Estrella que es error, yo soy los dientes, y solamente dientes, no la boca que yerra, miente, injuria, a Dios calumnia, y cuando su áspid guarda queda roja. Ay, pobre bocas, lenguas enredadas con las malas palabras que hablan solas. Yo soy los dientes que castañetean cuando filosos muerden a las rocas. Las bocas son carmín que en la intemperie pierden su fuego; en su lugar, las rosas en las muy frías noches, de sus frentes dejan caer sobre el amor sus gotas. Soy como Hefesto, dios que cojo y feo, pelea doy, mas llama que se llora, no sé qué frase mágica invocara para una vez besarte oscura boca. ESTALACTÍTICO Y cómo cuesta no ponerme triste en esta tarde abierta al viento norte, no replegar mis alas y sumirme en las suaves olas de mi lecho. Entonces, ya acostada, hacer memoria de algún afortunado parpadeo, mi calculada prohibición, mi airosa tristeza alimentada con argento. Y cómo cuesta no volver el rostro en dirección al fresco de violetas, y preguntarme en dónde he malogrado los últimos temblores de mi sangre. Hubiera sido justo que en la hora exacta del hechizo, cuando terso aún tenía el rostro tú amabas, me hubiera vuelto yeso en la intemperie. ARGUCIAS FEMENINAS Aún me queda un número en los guantes: un hijo de ojos grandes, plasma cálido y ombligo medicado con yoduro que pariré en un marco de anestesia. Su llanto habrá de ser tu media vuelta después de haber dispuesto que te vas, que ya te fuiste, y por aquel gemido darás de nuevo con mis senos firmes. A donde vayas llevarás su olor y la visión compleja de su feria: canarios de aluminio y marionetas ahogándose en bañera soleada. Imprevisible giro de coraje. Ranura de tableta violentada en pos del comprimido veintiuno. Un trago de agua sella mi carácter. ELECTRA DUDA Acaso esa mujer —creo haberla visto siempre—, que me mira al modo mío desde aquel inmenso espejo, que viste mi traje azul y lleva este pañuelo de color dándole vueltas en olas a los hombros —parecía más contenta hace un instante—, no soy yo. ¿Es posible dudar de los espejos? ¿Qué de la calóptrica y sus leyes? ¿Qué de las imágenes sensatas? Años que llevo mirándome en sus rostros, dudando seriamente de su fidelidad. Anteayer el busto de Ifigenia, hija de Agamenón, rey de Micenas y de Argos, esta mañana Juana, abanderada y resuelta, Virginia Woolf a la tarde, aterida de mar, amamantando crustáceos. Ahora, ¿quién se atreverá a decirme que esa mujer de enfrente y sentada frente al espejo, soy yo, setenta veces yo, sin mirarse antes en él? RESOLUTA MARTA LYNCH ¿Qué te traes luciérnaga? ¿Qué te traes que embistes mis espejos, sin pausa? No es de ti ciertamente esta torpe acrobacia; yo te sé destinada para un rumbo más hábil sobre un verde espacioso en la margen del río; mas, si acaso decides dando giros mortales perecer ante tanta resistencia dorada, mira qué desconcierto: ¡Una luz virtuosa anhelando la sombra! (Del libro Todas las voces, mujer...)
acerca del autor
Delfina

Delfina Acosta, Asunción, Paraguay, 1956 Su infancia y su adolescencia pertenecen a su patria chica, el pueblo de Villeta, donde cursó estudios primarios y secundarios. Su primer poemario “Todas las voces, mujer...” obtuvo el Primer Premio Amigos del Arte. Este figura entre las mil obras más visitadas de la Biblioteca Virtual de Cervantes de España. Integró durante mucho tiempo el Taller de Poesía Manuel Ortiz Guerrero dando a conocer algunas obras en publicaciones colectivas. Publicó el poemario “La cruz del colibrí”, prologado por la poeta Gladys Carmagnola. Reunió sus cuentos que obtuvieron premios y menciones en concursos literarios en el libro “El viaje”. Su obra “Romancero de mi pueblo” mereció el segundo premio Federico García Lorca.