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Director: Héctor Loaiza
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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Arte
17 7 2006
Rapunzel o una forma de antropofagia, por Alina Tortosa
Rapunzel, Rapónchigo, o Nabiza —como se titula esta historia en distintas versiones—, de los hermanos Jacob y Wilhem Grimm, es una suerte de ensayo psicoanalítico sobre el amor conyugal y el amor de los padres hacia los hijos. “Erase una vez un hombre y una mujer, que desde hacía mucho tiempo abrigaban vanamente el deseo de tener un hijo.” La mujer curiosa espía a través de una ventanita el jardín vecino, al cual “nadie osaba entrar porque pertenecía a una hechicera de gran poder que era temida por todo el mundo.” Entre las flores y plantas descubre un almácigo de verduras de hoja deliciosas, verdísimas. Las desea y se desespera por probarlas. El marido ve que su mujer palidece y se debilita. Se preocupa. Indaga. La esposa confiesa su antojo. El hombre, por amor, viola la privacidad de su vecina introduciéndose secretamente en el jardín para traerle unas plantas a su mujer. Probarlas no logra saciar el deseo de ella, al contrario, lo exacerba. Su necesidad por esas hojas se convierte en una adicción morbosa. El marido vuelve al jardín al día siguiente temeroso, y es interceptado por la hechicera, quien lo interpela severamente. Él le explica que el deseo de su mujer es tan urgente, que si no le lleva las plantas teme por su vida. La hechicera “aplacó su ira” y le permite llevarse lo que ha ido a buscar, a condición de que cuando su mujer de a luz le entreguen el niño a ella. El hombre aceptó. En el momento del parto apareció la hechicera y se llevó a la beba, a quien llamó “Rapónchigo”. La niña era bellísima, la “más linda del mundo.” Cuando cumplió doce años la hechicera la encerró en una torre en el bosque, a la que se accedía por una pequeña ventana en la parte más alta. Para subir, gritaba: “Rapónchigo, Rapónchigo, suelta tu pelo.” La niña echaba sus trenzas afuera y la hechicera se trepaba por ellas. Después de unos años un príncipe que pasaba cerca escuchó un canto “tan delicioso, que detuvo su marcha y se puso a escuchar.” Era ella, Rapónchigo, que cantaba para pasar el tiempo. El joven esperó un rato y vio llegar a la hechicera, escuchó sus palabras y la vio subir por las trenzas. Subyugado por la voz que había oído, volvió al día siguiente y repitió las palabras de la mujer. La niña tiro sus trenzas al vacío. Se asustó cuando vio que por ellas trepaba un hombre. Él la tranquilizó, contándole que había quedado turbado por su canto. Después de un rato se pusieron de acuerdo en que él le iba a llevar una cuerda de seda para que ella pudiese trenzar una escalera para bajar de la torre. Como en todos los cuentos de hadas el pretendiente debe pasar pruebas hasta llegar al punto en que se reúne con su amada. Pero no son los sufrimientos del príncipe que nos llaman la atención, si no los sentimientos de los adultos. Tanto en el caso de la madre biológica, como en el caso de la hechicera, la hija es un objeto a la merced del narcisismo de ambas. Es una proyección de la que se desprenden llegado el momento, para salvaguardar un bienestar aparente. ¿Y qué decir del padre, que no cuida su hija y la cambia para satisfacer el placer momentáneo de su esposa? “Hay cuentos que no puedo olvidar. Uno de ellos es Rapunzel”, dice Ana Miguel. El dolor y la pena de la niña encerrada en la torre han sido los disparadores de la primeras versiónes de esta instalación que la autora montó en Francia y en Bélgica. La segunda versión, que montó en Río de Janeiro, donde vive y trabaja, está más próxima de la versión porteña, aunque ambas se diferencian entre sí en algunos detalles. La autora tradujo el dolor y la frustración de Rapunzel en una puesta en escena de cuento de hadas. A la entrada de la galería nos recibe un audio en el que la autora relata su relación con el cuento. Un libro para Rapunzel, con grabados de la misma autora, se sostiene sobre la pared cerca del techo, y largas cintas de seda recorren el espacio hasta el suelo. En la sala principal instaló una cama/cuna cubierta por un colchón de tul, sobre la que los visitantes a la muestra, después de calzar pantuflas rojas sobre sus zapatos, pueden echarse. En este espacio de recogimiento, de ilusión y reflexión, la almohada les susurra palabras de amor. Miguel duplicó esta pieza central en una camita de azúcar. Sobre el piso de la sala una valijita de cartón se une por hebras rojas a vestiditos tejidos por ella que cuelgan, como de un vestidor, de la parte inferior de una pared lateral de la sala. Esta instalación dentro de la instalación ilustra el viaje físico y conceptual de esta obra, y el pasaje espiritual de su autora de una versión de Rapunzel a otra. Los sentimientos de empatía de Miguel con la heroína de los hermanos Grimm la introdujeron en el meollo mismo de la historia. Respiró la soledad de Rapunzel, su aislamiento físico y psicológico y su desconocimiento de las motivaciones de los adultos. Y, a la vez, así como la niña en la torre canta dulcemente para distraerse, Ana Miguel se distrajo con palabras que acarician y provocan su imaginación y que, seguramente, acariciaron intuitivamente la de la niña, como: sueño, dormir, beso y otras. La historia original le sugirió otras historias, las palabras clave le recordaron o le propusieron lecturas diversas. Y, es en esta etapa en la que las instalaciones de Río y de Buenos Aires se complementan, se enriquecen, profundizando las anteriores y cerrando, en principio, una trilogía. El blanco y el rojo recorren la muestra desde el principio al fin. Al fondo de la sala, a la izquierda, el video de un corazón se expande y retrae sobre la nieve. Largas hebras de hilo de seda de bordar rojo recorren el piso rústico de cemento de El Borde, entre libro y libro, cosiendo entre si las mismas palabras en los distintos textos. La autora nos involucra visualmente en este juego etimológico y literario. Las hebras de seda entrecruzan las rajaduras del cemento sugiriendo las alternativas entre lo efímero y lo concreto, el espacio real y el espacio literario.

Buenos Aires junio 2006

acerca del autor

Ana Miguel nació en Río de Janeiro en 1962. Estudió grabado y pintura en la Escuela de Artes Visuales de Parque Lage y en el Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro, Antropología en la Universidad Federal Fluminense, Niteroi, Filosofía Contemporánea en Barcelona y participó de los seminarios coordinados por Francisco Jarauta, Arteleku, España. Desde 1984 expone en exposiciones individuales en Río de Janeiro, San Pablo, Brasilia, Tarragona y Barcelona (España), Londres, Armentières (Francia) y desde 1983 en exposiciones colectivas en Río de Janeiro, Bahia, Curitiba, Brasilia, Porto Alegre y San Pablo, Barcelona, Londres, Bruselas y Liège (Bélgica). En el 2000 participó en “Brasil, Plural y Singular en el MAMBA (Museo de Arte Moderno de Buenos Aires).