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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Poesía
7 5 2004
Tres fragmentos inéditos de las Memorias de Cecilia Bustamante
En loor de la musica Recuerdo ahora a un amigo de la infancia allá a fines de los 40s en un lejano pueblo de la sierra. De mirada acariciante y huidiza. Nos hicimos amigos y al poco tiempo habíamos cambiado mundos, sabíamos lo que cada cual veía. Él iba a cazar venados con sus hermanos mayores y compartía conmigo los días y noches de excursión por las montañas. Era detallista y no dejo de mencionar a una cantárida que estaba parada en una peña. El insecto quedó al centro de la imagen, también la fogata que apagó el sereno. La última lectura. Poesías que yo aprendía de memoria y le decía "este poeta es español, de Granada." O... "Este poema recita mi papá, es de un poeta de barba blanca y que lleva sombrero; mi papa sabe inglés, así que lo lee..." Una tarde me dijo que estaba leyendo "Dafne y Cloe" pero no comentó nada. Me sorprendió un día trayendo un rondín (1) y tocando lindas canciones. Mi madre también tocaba el rondín, brillante ella bajo el sol andino. Sus ojos verdes reverberaban y su aire de niña se le quedó para siempre. Después caminamos con Gonzalo por el camino real hasta su casa. Tenía un piano viejo que tocaba de oído ante mi total admiración. La música, qué arte bello; esa música está asociada en mi memoria a su espacio mágico, sobre el tiempo y la muerte que se nos cruza en la vida, la memoria que lucha con ellos. Es la pauta a las numerosas pautas que construimos y nos construyen, nos ayudan a entender, enlazan una indefinible trama de exactas combinaciones, correspondencia entre la realidad y la imaginación, el abrasador fuego del ansia de perfección, la expresión combinada y total de lo que el alma anhela y persigue; aquello que el ojo de la memoria percibe fugazmente. Nos cautiva en su eternidad, de inmediato se ubica en el pasado aparte de la memoria madre para apoderarse del presente, o sea el futuro ya. Es el más grande deseo. Es el más quimérico sueño. Respondemos a este espantoso anhelo esbozando formulas misteriosas destinadas por lo general, al olvido. Mas todo lo que queremos es entrar a la realidad de la memoria en la permanencia de la muerte. Mas la exploración nos lleva a claroscuros, plenas oscuridades también. Ojalá sencillas, precisas, equilibradas, simétricas, elegantes. Empezamos a cantar, a tocar un instrumento, a escribir. Al introducir nuestra comprensión a través de los viejos instrumentos queremos diseñar algo nuevo, que nos permita penetrar en el dominio de la memoria. Esto produce placer. Toda penetración debe ser un placer. Porque debe lograrse el enlace, la resonancia, con y en el origen, para contribuir a la herencia con una variación continua resonando como la música a través del aire, el tiempo y la memoria. Una cualidad abstracta en la existencia, no fácil de definir como existir, ¿en cual forma, identidad? Clasificar abstracciones, percepciones, la esencia, aislarlos en el crisol mismo de lo que existió o está existiendo. Percibir los lineamientos es todo lo que se puede hacer, buscar en la soledad del tiempo y del silencio — ese es nuestro destino. Pequeños o largos poemas libremente, oscuros, impertinentes. Su significado escapa, pero la dinámica nos capta llenándonos de frustración o esperanza en que de súbito toda la construcción cobra sentido antes de que nos perdamos en el laberinto. Palabras entrecortadas, frases cojas difíciles de recordar, imágenes fugaces. ¿Qué se ha desencadenado? Se pierden ahora en el torrente balbuceante de su lúcida empresa contra el lector y el significado, malhumorado lingo existencial, la ruptura, la confusión — su opacidad. Libre asociación de nombres amorfos que perturban. Hoy, día poderoso, percibo extremos de conciencia de algo salvado para permitirme vivir. Quise extenderme como un lienzo, una bandera de mi vida como dice Lorca, en la que se ha bordado la palabra "paz". Hemos vivido por separado pero ahora escuché su voz y él la mía. No nos hemos visto más desde que teníamos veinte años. Ahora ya estamos viejos y quiero encontrar el anillo en el fondo del mar. El encuentro que reseñé en otras páginas, una sola noche que no fue fantasía de mi memoria, sino fuente de vida y de tristeza. Encontré las palabras, extendí el puente sobre el río básicamente tan tímido. Resonaron las serenatas de tiempos pasados, Gonzalo que se murió, su hermano que nunca se casó y el poco tiempo que nos quedaba. Una vez más ahora que no había protección contra nosotros mismos. Nos dijimos como éramos entonces un racconto de cine para ser posibles ahora. Tus ojos, los ojos del pasado, las callejas del pueblo, el terrible temor y me decías "cara y sello, así fuiste." El torneo de cintas, la confluencia de los dos ríos, el Huallaga y el Chinchan, que bajaban desde las cumbres. Las aguas tibias de Piquilhuanca, y cuando fuimos a Conoc todos en una gran cabalgata, en que mi madre controlaba a gritos felices a tantos muchachos. Cantábamos, nos mirábamos. Aprendías a fumar y yo también. Mirarte a los ojos era temerario, dos hondos caminos que chispeaban. Hace unos años vi ojos semejantes en otro hombre y cuando sostuvimos la mirada retornó como un tigre, una pantera, una puñalada, un estilete y poco después comprendí la marca. Recuerdo tus manos. El destino final no lo sé. Todo desapareció, mis pequeñas cosas amadas a las que me aferraba fueron consumidas en una conflagración. Sin embargo, cada tantos años, cuando lograba sacar la cabeza de debajo del agua, decía tu nombre en el que se había detenido para siempre toda mi juventud. (1) En Perú y Ecuador, instrumento de viento, pequeño, de madera y con lengüetas metálicas. Mis primeras aproximaciones al arte en un liceo de Lima La pintora Leonor Vinatea Cantuarias enseñaba Dibujo dentro de los cursos de Educación Artística. Era del grupo de los indigenistas de José Sabogal. Muy pálida, delicada, nos hablaba con dulzura, especialmente a las internas del primer año. Se vestía sencilla y fresca siempre. Hacia demostraciones de su habilidad de manera práctica. Era todo muy dentro de una secuencia (perspectiva, etc.), luego los secretos de cómo usar, el carbón, el lápiz, la tinta china... las tizas pastel. Pareció muy natural aprender y las que no tenían disposición para el dibujo levantaban la mano y sin dar explicaciones se salían de la pérgola e iban a otros lugares del colegio, el patio, los jardines. Se aplicaba el método de la Escuela Activa creado por María Montessori, y que fue introducido primero en Chile. Esther Festini de Ramos Ocampo, la primera mujer graduada como doctora en Educación en la Universidad de San Marcos de Lima, decidió aplicar el método de la escuela activa en el colegio “Liceo Graú” de Magdalena del Mar, y lo usó por primera vez en el Perú en los años 40. El liceo era un centro de educación de avanzada, acentuaban mucho la guía vocacional, la formación del carácter. Había misa todos los días, rosario un día a la semana pero jamás sentimos presión por convertirnos en monjas. De hecho, sólo Anita Raffo, aficionada a la agricultura criaba sus animalitos en el campo de juego y sembraba lentejas, tomates, fue la única que decidió ser monja. Ella murió muy joven. Lucy Canales también era aficionada a la zoología y nos unimos para criar insectos, especialmente arañas a las que vimos reproducirse en su caja de vidrio y comerse a sus crías. Esa imagen se me quedó para materializarse en un poema décadas después. “La araña sobre el lecho”. Lucy criaba gusanos peludos, algunos muy coloridos. Conversábamos a veces sobre cosas que no acertábamos a entender. Ofelia Stucchi estaba siempre ceñuda, hosca hablando casi a solas frunciendo sus labios tan rojos. Tenía cartas de su padre que me leía, la llamaba idolatrada, tus padres que te aman, tu padre que te adora. Mi padre nunca escribía así. Ofelia odiaba al suyo y eso que no sabíamos lo que le haría mas tarde. Odiar a su esposo Juan Sheput y deshacerle su matrimonio. Su familia décadas después llegó a tener poder político y hubo algún buen intelectual. Cuando tenía yo 10 años me escribió mi padre una carta desde Huariaca, pueblito allá en el valle del Huallaga – mencionaba la llave que me abriría “todas las rutas que quieras surcar”. Esa llave estaba por ahora en poder de las señoritas De Angeli del Liceo Peruano, en la calle Animitas del centro de Lima. Seguía su carta con un ritmo fantasioso y rimbombante sobre el mar de la vida lleno de barquitos surcando la distancia hacia un país desconocido. ¿Cuál sería mi barquito? ¿Cuál sería mi país? En casa de mis abuelos, en la calle Mariquitas 336 vivía mi abuela ciega, sus dos hijas, Alicia y Celia Bustamante Vernal, comunistas fundadoras del Partido, nadie se ocupaba de encender muchas luces en ese caserón colonial. Yo escondí mi carta, la única que recuerdo, debajo de una alfombra. Cuando tenía ganas de llorar de nostalgia por mis padres y mis hermanitos menores, la sacaba y la leía de nuevo. Me hablaba de la voluntad que hay que tener para vivir y para lograr tu ideal. Qué será mi ideal, me decía yo. Pero me hizo carne que tenía que defenderlo. Guardaba la carta. En Lima las estaciones son poco distinguibles, a mí me parecía un eterno atardecer. La casa de los abuelos estaba silenciosa siempre, los mayores (Alicia, Celia, José María Arguedas) llegaban al anochecer y a veces se iban de nuevo a sus reuniones en la Peña “Pancho Fierro” en la Plaza San Agustín. Yo en silencio trepaba al techo y allí había un cuartito desvencijado en el cual aprendí a esconderme, habían libros y papeles viejos, lleno de polvo estaba todo. Yo tenía una azucena que cultivaba y la llevé allí para que estuviera mejor y le hablaba mientras me acompañaba. En ese cuarto abandonado a la humedad de Lima habían documentos de mi familia que nadie cuidaba. Allí estaba la única foto de estudio de Alfonso Ugarte Vernal, primo de mi abuela, vestido de alférez, con su bigotito, sus ojos algo rasgados, su boca de labios finos, muy sereno. Yo no sabía que había que conservar mucho de lo que allí había. Hoy no hay ni el Museo de la Guerra del 89, una foto nítida de Alfonso Ugarte Vernal. Me acompañaba desde su foto, y siempre lo he recordado, entre los abanicos envejecidos, encajes que nadie iba a usar, ¡ah! y los pañuelitos de fiestas de principio de siglo, hundiendo mis dedos en todo aquello podía sentir la vida, hojeando las revistas viejas, sentía la historia de ellos a través de fechas cada vez más lejanas y olvidadas. El cuartucho en el techo se siguió pudriendo en la humedad de Lima. Era la época de la Segunda Guerra Mundial. Muchos años después fui a visitar su mausoleo en el Presbítero Maestro. Todo era un basural, nadie se acordaba de ir. Mi abuela me había dicho que allí estaba su hijo Arturo que murió pequeño. Cuando la abuela, el abuelo y otros de nuestra larga y antigua familia murieron fueron puestos a descansar en ese mausoleo y en otro espacio contiguo al que había que descender. Yo siempre tuve obsesión de entrar sola a lugares abandonados, al bajar observé que allí se refugiaban los vagos desamparados, algunos borrachos y descansaban junto a mis abuelos entre los parientes muertos, “my dead relatives in Peru.” En el dormitorio de mis abuelos había un ropero que era del Japón, allí estaban las ropas en desuso de mi abuelo Carlos Bustamante Gandarillas que se había muerto hacía poco y a quien vimos tieso en su cama mi hermana Marcela y yo — cubierto por una sabana blanca. No dijimos nada. Calladitas observamos como la abuela en su ceguera buscaba la mano de su marido. Hice lo mismo y sentí que estaba helada, desde entonces la muerte y el frío. La sangre helada en las venas, como dice Keats. Ya no se mueve más. Le destapamos la cara y parecía de mármol, sus rasgos de bel homme dormían. El abuelo era encantador, su nariz larga casi todos heredamos en nuestra familia. Poseía un alegre sarcasmo, un fino cinismo. Era veterano de la Batalla de San Juan y Miraflores. Salía como todos los limeños de entonces a pasear al centro, llevaba bastón, sombrero de copa, desde el balcón lo observaba como se atusaba el blanco bigote, y se iba al Club de la Unión. Él es el carpintero que andaba solitario por su casa antigua con su cajita de herramientas, buscando que reparar. Yo lo seguía y está en mi poema “Mariquitas 336” él es el gato blanco que va en busca de un rincón donde dormir. En el internado había la costumbre de pasearnos con las amigas preferidas al acabar las clases, dar vuelta a la pista de deportes. Cada parejita hablaba de sus pueblos, de sus padres. “Tengo un piano”, dijo Ofelia. “Este año seré manola en la corrida de toros...” Mi mente volaba hacia el pueblo, viendo los arroyuelos inconspicuos que no estaban en la geografía, que se disuelven en los más grandes que alimentan el Amazonas. El nacimiento del río Huallaga lo había seguido desde las ventanillas, sobre la verdura brillante de esos sitios a mas de 5,000 metros sobre el nivel del mar. Hacia el Centro, yendo al Nororiente, viajando en un jeep del Gral. Luis Uzategui Arce mi primo segundo. No sé que iría a hacer por esos lares, pero me trepe a su jeep. Estaba de vacaciones. En el pueblo donde trabajaba mi padre para el Seguro Social Obrero, el Huallaga pasaba ya encrespado en su viaje a la selva. Sus aguas estaban turbias, rojizas a veces por los deslaves de las minas de La Oroya, Cerro de Pasco, de Chicrin y Atacocha. Los bancos del río reverberaban, pero allí jugábamos haciendo ollitas de barro que dejábamos a secar al sol. Y también nos bañábamos en esas aguas envenenadas. En las noches de julio, el verano de los Andes, caían las heladas. En junio las grandes fiestas patronales cuando brillaba la luna, salíamos a pasear, se tocaban las guitarras. En la quebrada se veía la espuma del agua. Los amigos de mis padres llegaban a casa, tocaban sus guitarras y violines viejos valses lejanos y todo se llenaba de nostalgia y de olor a pisco. Mi padre sacaba a bailar a mi bella hermana Alicia, con su tipo madrileño, pausado, era una adolescente en botón aún. Le enseñaba a bailar el vals criollo. Los chicos amigos que nos daban serenatas ya maltoncitos miraban su vestido rojo que en las vueltas dejaba ver mas arriba de la corva. Sus zapatos de colegiala y sus medias cubanas se veían incongruentes. Los amiguitos empezaron a enamorarse de mi hermana Alicia. Todos y nosotras que éramos entonces cuatro, llevábamos la corriente nomás. Vestida de manola en la corrida de toros era tan especial. Años más tarde se casó con Arturo Salazar Larraín, que me consideraba una rábana total. Entonces lo fastidiaba y me ponía a hablar contra el Papa, su visita a Roma y todas esas obsesiones. Pagué caro y largamente más tarde mi atrevimiento. Los años cincuenta en Lima, los setenta en el extranjero y de nuevo en el Perú

Para Isolda

Lima 1975. Había salido encinta por sexta vez en Ciudad de México cuando fuimos de vacaciones, días muy bonitos alojados en casa de los Blume Málaga. Actor y director de teatro, había logrado éxito y es él quien lanzó a tu padre a la pequeña celebridad limeña en 1966. Puso en escena en el teatro de la Universidad Católica de Lima dos de sus piezas. ¡México! Cómo amo a ese país, sus intelectuales, los amigos que nos recibieron con cariño. Inolvidables fueron para mí Efraín Huerta, Sabines, Zaid, José Emilio Pacheco y su angustiada mujer que me preguntaba si su marido la querría. Volvimos de México a Austin a mediados de enero de 1974. Apenas calentó el clima, tus hermanas pequeñas se iban a la piscina y yo me quedaba pensando en ti. Deberíamos salir el 6 de mayo, Houston, Miami, Panamá, Cali, Guayaquil, Lima. Esa extraña ruta ya no existe. Tus hermanas estaban tristes porque Austin es para ellas su hometown. Regresamos al Perú de vacaciones y a tratar de participar en el proceso que había iniciado el Gral. Velasco Alvarado. Reunimos previamente a estudiantes peruanos en Austin para discutir y considerar ideas más definidas. Pensamos que si no encontrábamos espacio nos regresaríamos en Septiembre de 1974 a West Lafayette, Indiana, donde ya había oferta en Purdue University. Había conocido a los Velasco en los 50s. Alfredo enamoraba a mi hermana Marcela y mi padre decía no gustar de los militares así que no lo dejaba pasar. Se la pasaban en el porche o en el jardín. Nos invito a la Escuela de Chorrillos a una gran celebración y nos presentó a su hermano el Director. Muy dicharachero, piurano y criollo, me era familiar su estilo porque había vivido en Castilla, Piura —la ciudad donde él nació— parte de mi infancia. Quien iba a imaginar que daría el tradicional golpe de estado y se haría de la presidencia. Entonces nombró a mi primo el Gral. Luis Uzátegui Arce, hijo de Luis Bustamante Uzátegui, Jefe del Comando Conjunto. ¡Pensar que el destino había programado tantas cosas! Velasco murió en Houston, un 24 de diciembre, olvidado de todos menos de los gringos que lo vigilaban. En fin, eso pasó más tarde. Estabas creciendo en mi y tuve que dejar algunos cursos de Arte y de Literatura que estaba siguiendo en la Universidad de Texas. Pensé: "algún día, este hijo materializará sus sueños..." Empecé a preparar el viaje, deberíamos partir. Parece que nacerás antes de tiempo, eso es un decir, guardo reposo. Quieres nacer en el Perú y naciste en Lima, a las 8:20 de la mañana un día como hoy 27 de septiembre de 1974, hace casi cien días. En la medianoche me sentí próxima a dar a luz. Y fuimos con tu papá a la Clínica San Felipe, algo lejos de casa. Bese en los ojos a tus hermanas dormidas y me despedí. Había yo quedado muy mal de la muerte de Martín y temía que fuera a ocurrir otra desgracia. El hermano de mi amigo el poeta Eleodoro Vargas Vicuña, fue tu medico. Cuando todo ha pasado en como haber atravesado la vida con todo lo que encierra y la muerte también. Eleodoro era un tipo fantástico, me daba mucho aliento en mi trabajo y me encantaba como gritaba "¡viva la vida!" Tu padre lo trataba con desdén, pero así todo nunca se dio por aludido y vino con Rita Pezet, su entonces amante a visitarme en Barcelona. Tu padre era muy insidioso y le decía a Rita en medio de los tragos: “qué bajo has caído, Rita... ¡ja, ja, ja!" Luego yo tenia una pelotera pero nunca quise dar pie a la violencia contenida de Ortega. Y como había perdido amigos y lazos familiares al unirme con él, estaba muy sola. Pero siempre escribía. En Julio había sido la expropiación de los diarios, tu padre fue miembro de esa Comisión, que se reunía en nuestro modesto apartamento de Domingo Elías 160 en Miraflores. El 28 fue la toma de Correo, que despreciaban y mis primas me decían "esos son los cholos". Pero la verdad es que gracias a mis vínculos profesionales y de amistad con Antenor Orrego, Manuel Seoane y los García Ronceros en los años 50; las relaciones de ellos con el Apra se suavizaron. Es que debido al golpe que le dieron a José Luis Bustamante y Rivero, toda la familia se hizo antiaprista rabiosa. Yo andaba por los cafés con mis amigos poetas Pablo Guevara, Carlos German Belli, Eleodoro Vargas Vicuña, Julia del Solar, Jorge Bacacorzo actores, periodistas, mis amados amigos pintores merecen lugar aparte. Manolo tomó nota de mí y me llamó y me nombró editorialista de "La Tribuna" y jefe de la página cultural. Hoy me sonrío, porque era mucho para mí. Él me dijo que me enseñaría periodismo, profesión que no existía en el Perú de entonces. Total, Manolo me quería mucho, iba a veces a almorzar a su departamento de Miraflores ya que estaba casado con mi bella prima Elena Tavara Uzategui, ex-Mrs Diez Canseco. Una vez me enseñó a hacer una cabecera y escribió "Cecilia Bustamante es gran poeta." "Gran poeta es Cecilia Bustamante." Muy generoso fue conmigo. Su última esposa es abuela de Anel Diez Canseco Tavara, que es madre de la congresista Anel Townsend Diez Canseco. Por su lado Antenor Orrego con quien compartía oficina, era todo lo contrario que Manolo que era un bravucón y gritón y guapo... Antenor se interesaba en mi poesía, me quiso regalar parte de su Biblioteca, pero yo era una judía errante. Todos trabajamos mucho en ese local de la calle Amargura. Vieja casona que dejaba filtrar los gases del plomo a nuestra oficina. Antenor y yo nos enfermamos, a mí me dio una anemia galopante y a Antenor yo no sé que le pasó. Luego me dio tuberculosis, vivía separada de mi inclemente familia. Bien, no me morí.
acerca del autor
Cecilia

Cecilia Bustamante (Lima 1932 — Austin, EE. UU. 2006), poeta, periodista, editora, conferencista, peruano-norteamericana. Primera mujer galardonada con el Premio Nacional de Poesía del Perú. Selecciones de sus poemas fueron traducidos al inglés, francés, alemán, italiano, sueco, flamenco, portugués, y rumano. Su poema "El Astronauta" fue incluido en el Archivo de la Era Espacial del Smithsonian Institute, Air & Space Museum. Vivió en México y España. En sus últimos años, residió en Austin, Texas, Estados Unidos. Representó al Perú, en Texas, y los EE.UU. en reuniones internacionales de su especialidad. Ostenta el prestigioso Leadership Award, de la ciudad de Austin, 1993.