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Literatura
18 4 2017
Virginia Woolf se reúne con Sigmund Freud por Julia Briggs*

Sigmund Freud nació el 6 de mayo de 1856. Virginia Woolf, quien nació casi un cuarto de siglo después, en 1882, se crió en un mundo que todavía no cambiaba tan rápido. Ambos se basaron en sus recuerdos de la vida del siglo XIX (educados, de clase media y de familias patriarcales) para lograr entenderse consigo mismos y con su sociedad, aunque ambos estuvieran divididos no sólo por aquel cuarto crucial de un siglo, sino también por la diferencia de género. De allí que sus perspectivas fueran muy distintas, lo cual derivó en que tuvieran puntos de vista divergentes: para Freud el patriarcado constituía un orden óptimo, que, con el desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial, empezó a caer como todo síntoma. Para Woolf, el patriarcado era un sistema peligroso en el que el tirano opresor contribuía a las guerras; tenía que dejarse atrás. A pesar de las diferencias sustanciales e irreconciliables, Freud y Woolf compartían muchos valores y algunas experiencias: ambos pertenecían y eran los productos del mismo período cultural.

Las ideas de Freud fueron percibidas como una amenaza para los novelistas que crecieron bajo la sombra del psicoanalista vienés. Particularmente para Woolf y James Joyce. Ambos escritores tuvieron que encontrar una manera de responder a las teorías que influyeron en la forma en que ellos plasmaban la psicología de sus personajes (en un tiempo en que la novela había dado un giro hacia el pensamiento de los personajes). Las teorías freudianas también interrogaban la naturaleza del poder creativo; por eso, tanto Woolf como Joyce se resistieron manifiestamente a la amenaza que Freud parecía plantear (lo que Freud ya había predicho).

El psicoanálisis freudiano parecía socavar las concepciones tradicionales de la creatividad y el control del artista sobre su obra. La visión joyceana del artista giraba en torno a una especie de "impersonalidad trascendente"; es decir, que el artista debía tomar una actitud distante y casi divina hacia el propio trabajo; como quien crea algo y después se sienta a contemplar. No obstante, las teorías de Freud cuestionaban la noción de distancia creativa; en lugar de ello, insistía en la fuerza que la historia personal tiene sobre la creatividad.

Freud, en su estudio sobre Leonardo Da Vinci, había afirmado ser capaz de interpretar las pulsiones interiores del artista a través del material analizable de sus sueños y otros escritos. Por otro lado, aunque se reconociera que los artistas hacían su trabajo desde sus propias experiencias y recuerdos, el psicoanálisis amenazaba con desentrañar, mediante la exposición de sus raíces, los andamiajes que posibilitaban la creación.

Alix Strachey (un psicoanalista y un viejo amigo de los Woolf) se preguntaba por qué Leonard Woolf no había convencido a Virginia de ver a un analista para tratar sus crisis nerviosas. Al final concluyó que la imaginación de Virginia y su creatividad artística estaba tan entrelazaba con sus fantasías (y ciertamente con su locura) que la posibilidad de una "cura", llevaría, de igual manera, a la desaparición de la creatividad. De esta manera era mejor "estar loco y ser creativo" que analizarse para terminar siendo "normal".

Si el origen del arte se consideraba autobiográfico, trascendental e impersonal; entonces la integridad del artista parecía amenazada por el psicoanálisis. ¿Tanto Joyce como Woolf se resistieron a leer a Freud? ¿O era eso lo que decían? Lo cierto es que el influjo de las ideas freudianas es ineluctable. La gran representación de Woolf sobre la vida familiar en la novela "Al faro" tenía tintes freudianos, aunque Virginia Woolf después declarara: "No he estudiado al Dr. Freud, ni a ningún otro psicoanalista; de hecho, creo que nunca he leído sobre el tema. Mi conocimiento solamente viene de charlas superficiales. Por lo tanto, cualquier uso que yo llegara a hacer de sus métodos debe ser instintivo" (Cartas v. 36).

Lo que Freud y Woolf tenían en común era un profundo interés en el funcionamiento de la mente humana; a diferencia de que Freud abordó el fenómeno por medio de la observación y del análisis, mientras que Woolf lo aprehendió a través de la misma fuga del pensamiento, la imaginación y los actos de re-creación. Para ambos era crucial tanto la naturaleza de la memoria como su funcionamiento impreciso.

La historia del Círculo de Bloomsbury y el desarrollo del psicoanálisis freudiano en Gran Bretaña están estrechamente ligados. La obra de Freud le interesaba al grupo de Bloomsbury desde una etapa relativamente temprana. En 1914, dos años después de haberse casado con Virginia, Leonard Woolf revisó una traducción de la "Psicopatología de la vida cotidiana" (1901) para el New Weekly. Más tarde, Leonard Woolf escribió: "Me siento muy orgulloso de que en 1914 se haya reconocido y comprendido la grandeza de Freud y la importancia de su obra". A la par, también había leído "La interpretación de los sueños" (1900). Lo que más le había sorprendido era el "gran poder imaginativo" y su "gran sutileza intelectual". ¿Esa imaginación tan amplia y radical sería más característica del poeta que del científico? Quizás esa era también una de las cualidades que a Leonard le gustaba de Virginia.

Por otro lado, Lytton Strachey pareció haberse encontrado con las obras de Freud más o menos por la misma época, y más tarde recurriría a sus ideas para escribir sus biografías subversivas; además su hermano menor, James Strachey (esposo de Alix Strachey) desempeñaría un papel importante en la historia de Freud en Inglaterra y en el idioma inglés.

Por otro lado, Virginia Woolf estaba muy irritada porque consideraba que las obras de Freud ejercían una mala influencia en la ficción. En un relato corto, titulado: "Una novela no escrita", fechada en enero de 1920, hay una narradora que se encuentra sentada en un vagón de tren; enfrente de ella hay una mujer aburrida. La narradora se imagina una vida para la mujer ausente que al parecer se encuentra atormentada porque le pican los omóplatos.

La narradora adopta una explicación "freudiana": "Los analistas dirían que se quedó con el dolor, que no se lo dijo a nadie. ¿Dirían los científicos que era una cuestión sexual? ¡Pero qué tonterías de interpretarla a través del sexo!" (Colección de Cuentos cortos, 115). La historia de la narradora se derrumba por completo cuando esta solterona supuestamente atormentada se encuentra con su hijo en Eastbourne. Woolf tenía una intensa aversión al determinismo psicológico que ella llamaba "ficción freudiana". En una revisión, escrita un par de meses después, para el Suplemento Literario del periódico Times, ella definió exactamente lo que no le gustaba en las novelas de este tipo. Su crítica versaba sobre la fe simplista en el progreso. El principal problema con las "explicaciones freudianas" era sus reduccionismos: "La nueva llave patente del psicoanálisis abre todas las puertas y esto simplifica en lugar de complicar, empobrece en lugar de enriquecer" (Ensayos III, 197).

En 1924 James Strachey fue a trabajar con Ernest Jones en la Sociedad Psicoanalítica Británica en donde tradujo los repertorios de Freud y practicó su análisis didáctico. A principios de ese año, James se había acercado a Leonard Woolf para proponerle que la revista de Hogarth fuera la editora inglesa oficial de la Biblioteca Psicoanalítica Internacional, la misma que publicó la obra de Freud y la de sus discípulos. Leonard estaba fuertemente atraído por la idea, a pesar de que esto planteaba evidentes problemas para la pequeña revista de Hogarth. Hubo arduas negociaciones; también existía el riesgo de ser acusados de obscenidad; además se trataba una inversión que requería un capital considerable. Leonard pagó 800 libras por el inventario existente de la Biblioteca, que después tenía que vender a un mercado muy diferente de los lectores de la revista de Hogarth. Esta fue la mayor apuesta financiera que la empresa había emprendido desde su fundación en 1917. Además representaba un nuevo compromiso importante.

Virginia fue menos optimista que Leonard acerca del proyecto. Le escribió a Roger Fry que estaba alarmada porque la revista "había invertido 800 libras en las obras de Freud". Los libros llegaron en julio de 1924 y fueron "arrimados en el piso de un sótano en la plaza Tavistock; el tamaño del cuarto era como el de una fortaleza en ruinas parecida al castillo Windsor". La cabecita de su asistente, la señorita Higgs, aparecía "impávida y locuaz por encima de las almenas". Virginia le escribió impaciente a su amiga, Molly Mac Carthy: "Estamos publicando al doctor Freud y le he echado un vistazo a los borradores y leí cómo el señor A.B. lanzó una botella de tinta roja sobre las sábanas de su lecho matrimonial para justificar la impotencia hacia la criada; pero arrojó la botella en el lugar equivocado, y por eso la desquició… hasta la fecha ella vierte vino de Burdeos en la mesa donde cenan. Todos nosotros podríamos hacer eso durante horas. ¿Y todavía los alemanes piensan que esto prueba algo además de su propia imbecilidad? (Cartas III, 133, 119, 134-5)".

La impaciencia de Virginia se puede explicar de varias maneras: ciertamente no estaba de acuerdo con las 800 libras que la revista de Hogarth había invertido, pero también pudo haber tenido que ver con su propia experiencia con los psiquiatras durante su colapso nervioso de 1913. Esto se reflejó en su siniestro retrato de Sir William Bradshaw, el defensor de la proporción en su novela: "La señora Dalloway". De cualquier manera, sus ansiedades e inhibiciones pudieron haber contribuido a su resistencia al psicoanálisis. Quizá también contribuyeron sus sentimientos de culpa hacia su hermano menor Adrián. Este último, junto con su esposa Karin, fue analizado por James Glover. Al mismo tiempo, la pareja se estaba preparando para ser médicos. El análisis de Adrian melló mucho en su matrimonio, y durante varios años, él y Karin vivieron separados. Virginia le dijo a su hermana Vanessa: "La tragedia de Adrian (como el Dr. la llamaba) es culpa nuestra".

"Cuando Adrian era niño fue muy reprimido" (Cartas III, 43). Los registros de su diario son un poco más específicos: "Adrian se encuentra totalmente devastado por el psicoanálisis… probablemente soy responsable. Debí de haberme puesto de su lado en lugar de haberme puesto del lado de los adultos. Así Adrian se marchitó; así palideció bajo el peso de sus vivaces hermanos y hermanas. Karin no llena los vacíos de Adrian, y yo tampoco lo hice. ¿Y si mamá hubiera vivido o papá no se hubiera separado? Bueno, quizá exagere si llamo esto una tragedia… por mi parte, dudo de que la vida familiar tenga todo el poder maligno que se le atribuye, o si el psicoanálisis sea bueno" (Diario II, 242). Sin embargo, en menos de tres años, en el primer pasaje de su novela "Al faro", Virginia Woolf demostró tanto afinidad creativa como un entendimiento casi freudiano de los sentimientos de Adrian, quien era representado por el pequeño James Ramsay.

James / Adrian, atrapado entre su sobre-protectora madre y su padre impaciente, llevó a Woolf a cuestionarse sobre el papel del padre en la sociedad; estas preguntas encontraron su primera formulación explícita, por primera vez, en un "Un cuarto propio" (1929). ¿Por qué los hombres estaban enemistados con las mujeres y cómo fue que su ira no analizada se hubiera institucionalizado y construido para el funcionamiento del andamiaje social? Además, en el tiempo en que Hitler llegaba al poder, ¿cuál era la conexión entre la guerra y la ira de los hombres contra las mujeres?

Woolf, como el resto del grupo de Bloomsbury, era muy pacifista. En 1938 (cuando Gran Bretaña estaba al borde de la guerra con Alemania) publicó "Tres Guineas"; una crítica del patriarcado implícito en su novela "Los años". Su conclusión (noble, pero poco realista) era que Gran Bretaña necesitaba combatir el sexismo en casa antes de pelearse con Alemania. Maynard Keynes estaba furioso con ella, e incluso Leonard, quien, a pesar de admirar sus argumentos, tampoco estaba de acuerdo. Sin embargo, para muchas lectoras, "Tres Guineas" parecía expresar sus propios pensamientos. En este trabajo Woolf utiliza el término "fijación infantil" para explicar el prejuicio social patriarcal (en contra de mujeres que ingresan en el ministerio de la iglesia). Pero, ¿qué era precisamente esta "fijación infantil" y cómo había adquirido tanto poder?
Al mismo tiempo, Freud se encontraba abordando cuestiones igualmente difíciles relativas a los sentimientos contradictorios que hacían surgir la ira, la intolerancia y la guerra. Cuando finalmente Freud y Woolf se reunieron en enero de 1939, él le hizo la pregunta que en su libro "Tres guineas" Virginia había evitado: ¿Podría Gran Bretaña seguir apaciguando a Hitler o declararía la guerra?

Con la incorporación de Austria a Alemania, Freud (con ochenta años y batallando contra el cáncer) fue finalmente obligado a abandonar su famoso departamento de la calle Berggasse 19 para escapar de los nazis. Habían quemado públicamente sus libros, destruido la sede de la Sociedad Psicoanalítica y, alarmantemente, habían detenido, por poco tiempo, a su amada hija Anna. Freud y su familia fueron rescatados por una discípula devota llamada Marie Bonaparte (Casada con el príncipe Jorge de Grecia), quien organizó todo para que ellos pudieran salir de Viena y trasladarse a Londres en el otoño de 1938.

En una casa de Hampstead, el famoso diván de cuero y la colección de Freud de tesoros egipcios y griegos fueron dispuestos de tal manera que semejaran el antiguo departamento tanto como fuera posible. Fue allí, en un día oscuro y frío, a finales de enero, que sus editores, Leonard y Virginia Woolf, fueron invitados para reunirse con él (El mismo día en que el poeta W.B. Yeats había muerto en el sur de Francia).

Para Virginia Woolf, Freud parecía "Un viejo encogido y arruinado que, además, no se expresaba bien; sin embargo era un hombre despierto; tenía un potencial inmenso… parecía un viejo fuego titilante" (Diario, 202). Para Leonard, Freud siempre había sido "Un hombre muy amable, que no era ni aburrido ni jactancioso. Uno de los pocos grandes hombres que habían vivido para ver su propia grandeza". Leonard Woolf sintió en Freud una gran ligereza; pero también pudo ver un hombre íntegro. Si Freud parecía incapaz de expresarse era porque su cáncer en la mandíbula apenas le permitía hablar. Aún así, ceremoniosamente, Freud le regaló a Virginia un narciso cuando un cuarto de siglo antes ya había escrito un importante tratado sobre el narcisismo.

Sin embargo, la reunión no hizo que Virginia comenzara a leer inmediatamente la obra de Freud. Durante el verano de 1939, ella comenzó a escribir su autobiografía inconclusa: "Bosquejo del pasado". Buscaba sus primeros recuerdos infantiles y consideraba la importancia que tenían para ella y para contribuir a la ficción. No pudo evitar reconocer que la faena que realizaba era un territorio que Freud ya había hecho suyo. Al comentar sobre la redacción de "Al faro", Virginia Woolf confesó que antes de escribir la novela, había estado obsesionada con su madre. Había escrito la novela muy rápido, y cuando la terminó, su obsesión de detuvo. "Ya no escucho su voz, ya no la veo…", "supongo que lo que hice yo misma es lo que los psicoanalistas hacen a sus pacientes: expresé algunas emociones fuertes y profundas, y al hacer eso pude explicar mi propia historia para luego dejarla descansar".

Aún después de haber escrito esto, ella todavía no estaba satisfecha: "¿Pero qué significa haber explicado mi historia? ¿Por qué (debido a que en aquel libro yo había descrito mis sentimientos hacia mi madre) mi visión y mis emociones ahora eran más tenues y débiles?"(Momentos de vida, 93). Virginia se preguntaba cómo y por qué los mecanismos de psicoanálisis operaban como lo hacían.

Freud murió en agosto de 1939. En la entrada del diario de Virginia Woolf del 02 de diciembre de 1939 se lee el siguiente registro: "Anoche comencé a leer Freud para tener una nueva perspectiva, para que mi cerebro se amplíe y sea objetivo, para salir un poco y de esa manera derrotar el envejecimiento… Siempre he emprendido cosas nuevas. Rompo el ritmo y cosas por estilo". En la página siguiente señaló: "Estoy devorando a Freud". Luego declaró: "Freud me molesta porque nos reduce a un torbellino; y lo digo de verdad. Si todos somos instinto, hasta el inconsciente, ¿de qué se trata lo que está relacionado con la civilización, el hombre, la libertad, etc?". Todavía leía a Freud en el verano siguiente mientras la Batalla de Inglaterra comenzaba. Ella trataba de concentrarse y Freud ya se había convertido en un amigo de confianza (Diario, V, 248, 249, 250, 299).

Evidentemente, mucho antes de que Virginia Woolf comenzara a leer a Freud, las ideas psicoanalíticas se habían hecho familiares a partir de las conversaciones en el grupo de Bloomsbury. Comprendía intuitivamente las tensiones entre padres e hijos y las había escrito en "Al faro". Ahora había encontrado el término técnico para los sentimientos encontrados que tenía hacia su padre. "Fue un día que leía a Freud por primera vez que descubrí que este conflicto violento y perturbador del amor-odio es un sentimiento común que se llama ambivalencia" (Momentos de vida, 116). Woolf estaba especialmente respondiendo al sentido que Freud había asignado al poder del pasado y a las emociones primitivas que se escondían debajo del revestimiento de la cultura; dicho reconocimiento jugaría un papel crucial en su última novela: "Entre actos".

Freud y Woolf mantuvieron un diálogo continuo acerca de las relaciones entre el pensamiento, el arte y la vida; un diálogo que puede ser leído en toda la obra de Woolf, pero que encuentra una precisión especial al final de su vida. Esta idea también se expresa en su último ensayo que escribió durante la Batalla de Inglaterra y que se tituló: "Pensamientos de paz en un ataque aéreo". Ahí ella describe la sensación de cacería que la guerra impone (a los soldados atrapados en sus aviones y sus víctimas atrapadas en la tierra). Por otro lado, sostiene que la única manera de alcanzar la libertad es luchar intelectualmente. El ensayo reúne ideas freudianas; pero ahora, en vez de amenazar a la creatividad, abren una salida a la trampa de la guerra: "Vamos a tratar de concientizar el hitlerismo subconsciente que nos habita; es el deseo de agresión, el deseo de dominar y de esclavizar". "A los hombres se les debe dar otras alternativas para desempeñar su poder creador, y eso también debe ser parte de nuestra lucha por la libertad. Hay que compensar a los hombres ante la pérdida de sus armas" (Colección de Ensayos IV, 174-5).
Este mensaje es tan relevante y tan triste hoy, como cuando fue escrito por primera vez hace sesenta y siete años.


BIBLIOGRAFIA
Strachey A. (1972) Recuerdos de Virginia Woolf. Ed. Joan Noble Russell; Sphere Books. p.143.
Woolf, L. (1911) Una autobiografía. 1911-1960, vol. II. Oxford University Press. p.120.
Blackwell, B. (1993) Un grupo de lectores llamado Bloomsbury. Ed. SP Rosenbaum.pp.190, 189.
NOTAS
[1] El juego Consecuencias, cuyo creador se desconoce, es un juego de mesa muy usual en Inglaterra en donde cada persona escribe, sin que las demás lo vean, una palabra o frase que responda por orden a una de las siguientes cuestiones:
1. El nombre de un hombre.
2. El nombre de una mujer.
3. El nombre de un lugar.
4. Un comentario.
5. Un segundo comentario.
6. Un resultado – La Consecuencia que da título al juego.
Cada nueva palabra se escribe en el mismo papel, pero manteniendo en secreto lo anteriormente escrito por otras personas y doblando repetidamente el papel. Claramente, de esta mecánica surgen juegos tradicionales conocidos por todos y es la inspiración de la modalidad escrita del cadáver exquisito surrealista.
Extraído de: http://jugamostodos.org/index.php?option=com_content&task=view&id=773&Itemid=26

[1] [2] Suplemento literario del periódico "The times".