Lunes 04 | Marzo de 2024
Director: Héctor Loaiza
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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Narrativa
18 4 2017
Las noches pactadas por Fernando Yacamán

Camino a nuestro último encuentro con la daga en el bolsillo de mi saco. Pienso en ti y saboreo el gusto de la sangre en la boca. El insomnio alumbra otra realidad desde que pronunciaste, ya no más, tres palabras que destruyen y repites cada vez que te busco. Quizás en este momento ya me esperas en el Escorpión, apuesto a que deseas verme para decir otra vez que lo nuestro se acabó. Desde cuando las noches que nos quisimos se volvieron tormento.
La noche serpiente mordió, intenté destruirme en el pulso de tu sangre, acabé una y otra vez dentro de ti pero no bastó para quererte despacio hacia la muerte. Del hotel salimos cuando amaneció, la ropa no cubría las heridas y hasta entonces descubrimos que ya era lunes.
Pactamos agregar un día después del domingo que sólo nos pertenecía.
La noche azul nos arrastró a su vórtice y el calor de tus brazos era espuma. En el horizonte el esbozo de barcos y la promesa de cada año nuevo de amanecer en Punta Cometa.
Desde entonces en mi pecho rompen las olas.
Camino con la mano dentro del bolsillo para sentir la daga que enterraré en tus venas. Los hombres nocturnos deambulan, puedo imaginar por qué me miran de esa manera, ojalá estas calles me lleven a otro punto de nuestra historia.
No entiendo por qué te aferras a terminar lo nuestro en la cantina donde te conocí, cuando miré tus ojos de búho, fumabas y te habías bebido media botella de mezcal. La canción para ti sonó en la rockola y te invité a bailar. Tu risa era fuerte y contagiosa. Desplacé lentamente mis manos bajo tu ropa, me gustó sentir la cicatriz en tu vientre, fue por una pelea que no quisiste contar y evadías mis preguntas sobre tu vida; pero en ese instante no me importó porque quería acostarme contigo.
A unas cuadras había un hotel. El mezcal quemaba las venas, al sentir tu euforia me impulsó a decir que si era estúpido pactar querernos y te reíste. Cuando amaneció te encontré en la puerta y antes de salir cerraste el pacto.
La noche del viernes envenenaba y sólo sonaba nuestra música.    
La noche roja centelleó en la azotea, constelaciones navegaron en la herida de tu vientre y al mirar la ciudad prometimos abandonarla. La noche que nos tatuamos sólo porque sí; la brújula líquida en mi brazo con tus iniciales y el dragón que dibujé en tu espalda. La noche que la vidente me mostró la carta del ahorcado.
Soñé abrazado a tu cadáver, a mi alrededor el polvo se esparcía por un hueco entre mis ojos y el mundo. Al abrir los párpados no te encontré, pero qué me importaba un sueño y la intuición de una lunática.
La noche se estrelló en el parabrisas, frente a nosotros el paisaje se fragmentaba y reímos con la muerte en la boca, con los labios deshechos, en cada beso la vida se alejaba.
Cuántas veces desaparecí contigo en el horizonte.
Las noches morían en tus ojos.
Amanecíamos en cualquier parte con la fuerza de volvernos a perder; siempre juntos.
Camino en esta ciudad de paredes grafiteadas y calles que se oscurecen hasta desaparecer, puedo intuir por qué los hombres al cruzarse conmigo se hacen a un lado. Pienso en ti y ahora siento sangre en la garganta, pero recupero el aire cuando empuño la daga e imagino cómo abre tu pecho.
La noche espiral que bailamos hasta dormirte en mi hombro. Cuando despertaste me acerqué a tu oído para decir: Yo te amo. Hasta matarme. Te quiero más de noche. La noche tarántula nos envolvió, los latidos de su corazón eran ruido y no amanecía porque el sol resplandeció en tu piel. Con sangre y saliva el pacto de conocer juntos la muerte. En la noche muda nos miramos a los ojos para estúpidamente creer que nos conocimos en otro punto de la historia.
Imaginamos que las líneas de nuestro destino echarían raíces después de muertos. Pero la ausencia resplandeció cuando otra vez no sabía de ti y encontré la carta del ahorcado en mi saco. Cuando te pregunté con quién te habías perdido, detrás de ti se esfumaba el horizonte.
Camino, las calles oscurecen, suenan cumbias, a unas cuadras Escorpión resplandece con luz de neón, donde seguramente ya pediste el último mezcal, antes de que entierre la daga en tu corazón.
La noche que hablaste dormido el altar se incendió. La noche que los dioses me traicionaron en tus labios fue en la fiesta que desapareciste. La música tronaba las bocinas, los hombres bebían eufóricos y, antes de irme, fui por mi saco a la habitación. Te encontré destrozado en el cuerpo de alguien más y desde ese momento  la herida en tu vientre me pareció terrible. Sólo recuerdo que rompí el vidrio de la ventana, la sangre brotó de mi mano y no paraba. El hospital, esos pasillos blancos se convirtieron en esta pesadilla que se expande, y se escapa de mis manos y te ha desviado la mirada.
Las noches sin ti, la carta del ahorcado se ilumina.
La noche que te fuiste, la luz de los astros se volvió abismo.
Te seguí por las calles, descubrí que tus secretos eran amantes y la cicatriz en tu vientre otra historia de tu putería. Cuando saliste del hotel por primera vez me descubriste en el estacionamiento que estaba vacío, olías a sexo y aunque aún no amanecía tenías puestos los lentes de sol. Mis palabras, el intento de abrazarte a la fuerza acabó con el golpe que reventó mis labios.
Camino, en la noche de tu muerte, la luna se eleva al cielo, el viento arrastra hojas del otoño y la cumbia resuena; a unos pasos el Escorpión. Empuño la daga. No entiendes que sin ti la noche se derrumba.  
La segunda vez me encontraste afuera del portón de tu casa, aún no entiendo por qué te empujé contra la pared, te besé los labios y tú sólo me mirabas; sentí que besaba a un muerto, entonces te solté, llamaste a la policía y hasta ahora no entiendo cuál fue mi delito.
Hace unas horas recibí tu mensaje: Tenemos que hablar, Escorpión, media noche. Tal vez ya descubriste la carta del ahorcado bajo tu almohada.
Me detengo, estás bajo el letrero del Escorpión, fumas y el cenicero está por desbordarse. Detrás de ti el baño en el que nos encerrábamos mientras la fiesta seguía. Al verme haces ese gesto que hubiera preferido no conocer, sé que llevo la misma ropa desde no sé cuándo. Te levantas, en la rockola suenan las canciones que bailábamos, sales de la cantina y apenas puedes mirarme a los ojos.
La última noche.
Quiero cerrar el último pacto de nuestra historia con la daga que guardo en la bolsa del saco. La empuño con más fuerza para atravesar tu pecho, al sacarla del bolsillo mi mano sangra y la daga cae al piso. La luna resplandece, el viento es frío y no entiendo tus palabras. Te abrazo y mi sangre en tu espalda cierra los pactos que prometimos juntos.

acerca del autor
Fernando

Fernando Yacamán Neri (México, D.F., 1985). Licenciado en Letras Hispánicas. Estudió en la Escuela Dinámica de Escritores, dirigida por Mario Bellatin. Actualmente cursa el diplomado en creación literaria, impartido por el Instituto Nacional de Bellas Artes. Su obra literaria se ha publicado en cuatro antologías por parte de la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Ha colaborado también con obras de creación en diversas revistas, como Picnic, Crítica, Parteaguas, Gibralfaro y Punto de Partida, entre otras. Con el apoyo del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes 2010, ha terminado y publicado en una antología su novela corta “Los ángeles del último sueño”. Ha sido distinguido con el segundo lugar en la sección de ‘Narrativa’ del premio “Punto de Partida”, patrocinado por la UNAM 2009 y premio Elena Poniatowska de 2009, convocado por la Universidad Autónoma de Aguascalientes.