Lunes 22 | Julio de 2024
Director: Héctor Loaiza
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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Narrativa
18 4 2017
Un perro y los Hardmann por Juan Pablo González

I
Hugo Hardmann, en un recreo de oficina, advirtió, navegando en internet, que faltaba una semana para el estreno de "Espadas de honor 5, pacto entre clanes", la nueva entrega de su saga cinematográfica favorita, la que, junto a su único hijo, habían comenzado a ver muchos años antes, cuando Tomás era Tomi, y padre e hijo compartían muchos momentos.
Luego de finalizar su jornada laboral, Hugo salió del edificio donde trabajaba, y, pudiendo pasar por una sala de cine que quedaba de camino a su hogar, decidió desviarse considerablemente de su trayecto diario y pasar por el cine que más le gustaba. Compró dos boletos para Espadas de honor 5, para la función trasnoche del día siguiente al de estreno, para la sala de proyección en 3 dimensiones y velocidad de 48 fotogramas por segundo. Abandonó la boletería con una sonrisa que mantuvo casi hasta subirse de nuevo al auto, y que resurgió cuando traspuso la puerta de entrada a su casa. Fue directo a la habitación de su hijo para sorprenderlo con las entradas de cine, pero lo encontró hablando por teléfono. De regreso por el pasillo, llegó a la cocina y a saludó a Daniela, su esposa.
—Mirá, —dijo Hugo Hardmann, enseñándole las entradas a su esposa. Ella sonrió contenta, y dijo algo relativo al acontecimiento. Ella nunca los acompañó en esa aventura de los sentidos, pero brindaba por el lazo que padre e hijo habían consolidado alrededor de algo.
—¡A comer!, —dijo Daniela.
En la mesa, Hugo sacó del bolsillo las entradas y se las mostró a su hijo:
—Mirá, Tomi.
—¡Ah sí, ya salió…! ¡uh!, compraste mi entrada!, yo pensaba ir con los chicos...
Hugo lo miraba, no encontraba más que la letra E para arrastrarla, y miró a su esposa y vio cómo ella intentaba ocultar la pena por su marido, por el vínculo que desaparecía, que ya había desaparecido entre padre e hijo:
 —No, está bien —dijo Hugo Hardmann—, puedo invitar a Lucas, el también pensaba ir. Es más, lo llamo ahora antes que haga planes —dijo—. Provecho —agregó, y se levantó de la mesa con el estómago vacío y ganas de estar solo.

II
Durante la semana previa al estreno de la película, Hugo Hardmann se sintió incómodo cada vez que trataba con su hijo, hasta con sólo verlo le ocurría. Pensaba que su hijo también sentía esa presión, pero era cosa sólo de él, debido al apego que sentía hacia su hijo y que ahora debería aminorar, para no sentirse cada vez más lejos. Ya, inconscientemente, había vuelto a jugar unos videojuegos en la red que supieron jugar vastamente con Tomi. Vio también, esto a propósito, una película que habían gastado juntos. Esa noche Hugó Hardmann casi llora.

III
Llegó el día del estreno de Espadas 5, y Tomás fue a verla con sus amigos. En la mesa, Hugo le preguntó a Tomás:
—¿Qué tal está la peli?
Hugo Hardmann se había hecho, como se dice, la película: llega el día de estreno y su hijo no asiste al cine como había planeado, porque con sus amigos concluyen que la sala se llenará de familias y los niños no los dejarán disfrutar de la película. Van, ansiosos, al día siguiente, en el mismo horario que su padre. Hugo Hardmann llega temprano, para elegir su lugar favorito, bastante atrás y al medio. Enseguida, más por ansiedad o aburrimiento que por sed, abre la botella de agua comprada en el quiosco del cine y bebe unos sorbos. Recuerda unos folletos que le dieron en el centro, tapa la botella y los saca. Con la sala a medio llenar, advierte el ingreso de los chicos. Los observa subir por la escalinata y a mitad de camino se meten entre las butacas y se sientan. Hugo tiene el impulso de hacer señas para que su hijo lo salude, pero sin saber bien porqué, se limita a mirarlo, con la esperanza de hacer contacto visual.
Tomás y sus amigos charlan, beben gaseosas y comen algo. Hugo por momentos prosigue su lectura, otras veces lo mira a Tomás, revisa su celular. Las luces se apagan y las imágenes del proyector comienzan a posarse sobre la pantalla. Apaga su celular. Los trailers de próximos estrenos se suceden placenteramente para Hugo.
—Zarpada, —dijo Tomás, como si lo hubiera dicho Tomi.
—¡Listo! No me cuentes más, —dijo Hugo, sonriendo con ansias.

IV
Un día, Hugo Hardmann vio un anuncio sobre perros en adopción, y, una emoción que él mismo no sabría poner en palabras, lo embargó a tal punto que a la salida del trabajo adoptaría un perro.
Un perro pitbull, y lo nombró Thor, en honor al dios que conoció a través del cine.
Él mismo lo adiestró, con amor, sin exigencias. Cada mes, seguro que Thor ya sabía hacer algo más. Y, cuando parecía que ya no quedaba nada para enseñarle a un perro, Hugo se las ingeniaba para extenderse todavía más en el rol de adiestrador. Lo que sigue, aunque sea difícil de creer, ocurrió. Tampoco es algo tan increíble, verán, Thor aprendió a ver televisión. Se subía al sillón, donde reposaba el control remoto, se sentaba y con la mano pulsaba alguna tecla. A veces hacía zapping, y aquel que lo viera, hubiese dicho que el perro sólo pisaba teclas, y que miraba la pantalla atraído por una sucesión de imágenes multicolores.
Pero Thor, de vez en cuando se detiene en un canal, y mira atento, a veces un comercial, otras, una ficción, otras, un noticiero.
Tomás se sienta junto a Thor, que mira un documental de la selva. Toma el control remoto y cambia de canal, Thor gruñe, Tomás lo ignora. Thor se baja del sillón.
Otro día, sentado sobre sus cuartos traseros como una Esfinge, miraba un documental de osos. Tomás aparece en la sala de estar, camina hasta el sillón y se sienta junto a Thor, toma el control remoto y al apuntarlo hacia el televisor Thor lo muerde en la mano, Tomás se para rápidamente y arroja sobre el sillón el control remoto, y antes de alejarse, amaga con golpear a Thor.

V
Pasaron doce meses desde la adopción de Thor, hay muy poco que hacer en la oficina, sale. Piensa:
—¿Qué le compro—
Es otoño: ropa.
Tiempo después, es el cumpleaños número 16 de Tomás, y su padre le regala dinero.
Daniela repara en el detalle, y cuando se lo hace ver a su esposo, éste dice:
—Y bueno, ¿qué querés, que le dé plata al perro—
—Estoy hablando en serio, Hugo, podrías pensar también en el regalo de tu hijo a veces.
— ¡Qué voy a pensar si nunca le gusta lo que elijo! Nunca sé lo que le gusta…
—¡Y no! —dijo su esposa con los puños sobre las caderas y el rostro notoriamente contraído:
—¿cómo vas a conocer los gustos de tu hijo —y al decirlo destacó “hijo” —si todo el tiempo libre que tenés lo pasás con ese perro—, —destacando “ese perro”.

Hugo se sintió enseguida como testigo de una revelación. Molesto también, buscó rápidamente algo para decir en su defensa:
—Escuchame, qué querés que haga si se la pasa todo el día con sus amigos… La otra vez te acordás cuando quise ir al cine con él, me cambió por ellos… ¡¿Cómo querés que me acerque a él—!

VI
Tomás se había ido de viaje. Regresa, sus padres han salido, el televisor del living está encendido, deja el bolso y va derecho al baño, entra y lo ve a Thor, sentado en el inodoro, meando, se sacude, haciendo un prolijo contoneo que no deja salpicaduras en la taza y se baja, y pasa junto a Tomás que apenas puede creer lo que ha visto. Eso ya es el colmo, ha cruzado una raya, una frontera entre las especies, una ofensa a su familia, algo que Hugo no puede ver, un sustituto de alguien que sigue siendo su hijo, al que puede reencontrar cuando quiera, no había motivos para reemplazarlo con un perro, y ahora no los hay para seguir teniéndolo. Tomás usa el baño, sale y al pasar por el pasillo descuelga la correa de Thor. Llega al living, lo ve a Thor y dice, enseñandole la correa:
—¿Vamos a pasear?
Thor comienza a bajarse del sofá, resbalando sobre su panza.

acerca del autor
Juan Pablo

Juan Pablo González, nació y reside en Río Cuarto, Córdoba (Argentina), y conoció el mundo de la literatura en el año 2001, cuando empezó a cursar Ciencias de la Comunicación, y allí conoció a dos amigos, asiduos lectores de ficción y también ya habían comenzado a escribir sus primeros relatos. Ese mismo año asistió a los talleres literarios de la S.A.D.E. de Río Cuarto. Fue aprendiendo el oficio de escribir cuentos y después poemas. Publicó en diversas antologías locales, fanzines, el diario local, en algún libro del exterior y quedó entre los finalistas de un concurso. Además de la literatura le apasiona la fotografía y divide su tiempo entre ambas artes. Es docente de fotografía.