Lunes 04 | Marzo de 2024
Director: Héctor Loaiza
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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Narrativa
18 4 2017
Los cuadernos póstumos de Abraham Baruk

(Fragmento del libro publicado por Megustaescribir, plataforma de autoedición de Penguin Random House Grupo Editorial. Copyright Pablo Di Fidio).

Poco antes de morir, mi padre me confió nueve cuadernos escritos de su puño y letra con tinta de varios colores, principalmente violeta. Eran nueve partes de un libro titulado Akula, el libro que le había empujado a la locura.
—Son las nueve llaves. —me dijo— Si aprendes a usarlas, podrás abrir con ellas las nueve puertas.
"Sí, claro, lo que tú digas… ¡Nunca los leeré!", este fue el pensamiento que cruzó mi mente, incendiándola, mientras clavaba mis ojos adolescentes en una esquina de la habitación.
Estaba furioso. No aceptaba el hecho de que mi padre se hubiese vuelto loco. Y lo que más me irritaba, hasta sacarme de quicio, era que me entregase esos dichosos cuadernos en su lecho de muerte, como si de un maravilloso tesoro se tratara.
Metí los cuadernos en un cajón y no los saqué de allí hasta veintiocho años después.
Solo ahora, que por fin los he leído, he comprendido lo que entonces no podía comprender. Mi padre no se había vuelto loco. Su aparente locura era, en realidad, la manifestación de un estado de conciencia que va más allá de la mente ordinaria. Era un estado de iluminación mística. Los "locos de Dios" viven en un mundo que es incomprensible para la mente humana, porque en ese mundo la mente humana ha sido trascendida.
Y Akula es precisamente eso: una fábula mística que trasciende el tiempo y el espacio, un cuento imposible que describe el extraordinario viaje del alma.
Por lo que él mismo dice en la carta que me escribió al final del prólogo, está claro que mi padre sabía que su libro no sería publicado hasta muchos años después. Sin embargo, eso no parecía preocuparle en absoluto. Vivía en un estado de beatitud tan profunda que el ruido y la locura del mundo no le afectaban lo más mínimo.
Hoy, sus cuadernos ven por fin la luz. Y yo siento la alegría del reencuentro, sabiendo que mi padre me ha perdonado por mi incomprensión de entonces, esa incomprensión y ese resentimiento que han tenido encerrada en un cajón, durante veintiocho años, la maravillosa historia de Akula.

CAPÍTULO CERO
Veo una nada que no es luz ni es oscuridad, una nada que no es el principio ni es el final de nada, una nada que es la plenitud del Ser, sin ser nada. Y en esa nada de las nadas aparece, de pronto, un libro: "el Libro".
Está cerrado. No existe todavía ninguna mano que pueda abrirlo, no existen todavía los ojos que un día lo leerán. Pero el Libro se abre, y su palabra eternamente escrita ilumina y crea eternamente todas las cosas…

En el principio sin principio,
antes del tiempo,
existía la Palabra.

El No nacido, el Eterno,
nace eternamente
a través de la Palabra.

Todo lo que es,
es por medio de ella,
y sin ella nada de cuanto existe sería…

—¿Qué haces? —preguntó Akula.
—Estoy escribiendo un cuento —respondí yo—. O mejor dicho, estoy a punto de empezarlo.
—Y ¿quién es el protagonista?
—Tú.
Akula sonrió y después me miró fijamente con esa mirada suya que te deja sin palabras, porque sus ojos son tan claros que se puede ver el cielo en ellos.
No hizo más preguntas. Así que yo empecé mi cuento.

CAPÍTULO UNO
La Semilla de la Vida

Me gustaría contaros una historia cuyo principio no está escrito y cuyo final jamás se escribirá. La historia de un niño que hizo un viaje extraordinario hasta los confines del
universo. Y más allá. Un niño que encontró la Semilla de la Vida en el fondo del mar y se la entregó al Guardabosques...
—¡Así no se entiende nada! —protestó Akula— ¡Tienes que empezar por el principio, no por el final! Y sobre todo, tienes que empezar como empiezan todos los cuentos: "Érase
una vez…".
—Es verdad. No había pensado en eso. Escribir un cuento es la tarea más difícil, importante y seria a la que puede enfrentarse un escritor, porque en un cuento todo es posible, y por eso mismo, ninguna regla puede contener o limitar su fluir impredecible. Pero tienes razón, todo cuento que se precie de serlo tiene que empezar con las palabras "Érase una vez...". Así que empezaré de nuevo.

Un niño que era más enano que un enano.
Érase una vez, en un tiempo del que ya nadie se acuerda, un pueblo llamado…
—Eso es, ahora sí que has empezado bien. Pero el título del capítulo no me gusta.
—Vamos a ver, ¿quieres que escriba tu historia, sí o no? ¡Porque si vas a interrumpirme cada dos por tres, lo dejamos!
—¡No, por favor! ¡No lo dejes! —suplicó Akula—. ¡Quiero que escribas mi historia!
—Bueno, pues nada de interrupciones. Otra más y colorín colorado este cuento se habrá acabado… ¡antes de haber empezado! Y ahora, ¿puedo continuar?
Para convencerme de que no volvería a interrumpirme, Akula señaló con las dos manos su boca cerrada y gesticuló, como diciendo: "¡no puedo abrirla!".
—¡Eso está mejor! —exclamé yo, satisfecho.

acerca del autor
Pablo

Pablo Di Fidio es un escritor y místico contemporáneo cuya obra trasciende todas las fronteras religiosas, hasta tocar con su palabra inspirada el corazón y el alma del ser humano. En el año 2002, publica su primer libro de poesía, La estación del tránsito”, con el que gana el Premio Genil de Literatura (Diputación provincial de Granada, España). En 2012 su segundo libro de poesía, La palabra nunca escrita” es finalista en el Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística. En el año 2017 publica el primer libro, El Viaje”, de la serie Akula, una épica mística en forma de cuento que describe el extraordinario viaje del alma.