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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Literatura
4 7 2016
A Juan Carlos Moisés le hubiera gustado conocer a Beckett (entrevista) por Rolando Revagliatti

Rolando Revagliatti: Has residido durante seis décadas en la ex Colonia Sarmiento. Te propongo que nos describas ahora, ya a 1941 kilómetros de aquella localidad de origen galés, paisajes, vida social y cultural, su evolución.
Juan Carlos Moisés: La Colonia Sarmiento que me vio nacer era un pueblo pequeño, de 5.000 habitantes sumados el centro urbano y la zona de chacras. Está ubicado en un valle amplio, en medio de mesetas y sierras de la Patagonia Central, al sur de la provincia del Chubut. El río Senguer, que nace en la cordillera, da un rodeo al pueblo, como si lo abrazara, y forma dos lagos, el Musters y el Colhue Huapi. Durante muchas décadas fue un valle agrícola y ganadero, que se autoabastecía de alimentos. Creado por decreto nacional en 1897, no fue una colonia estrictamente galesa. Además de algunos habitantes originarios que estaban asentados en el lugar, en esos primeros años también llegaron polacos, italianos, lituanos, y otros. Las crónicas dicen que fue muy dura la vida del comienzo. Hoy, y desde hace ya algunos años, la actividad petrolera llegó para quedarse, transformó la economía, la conformación social y cultural, y se volvió directa e indirectamente en la principal fuente de ingresos de la población. Como dice un amigo, se parece a un barrio de Comodoro Rivadavia. El de hoy cuadruplicó sus habitantes, llegados de otras provincias y países vecinos. Como si fuera una nueva fundación, digamos. Lo que no está mal en sí mismo, salvo por el peligro de contaminación para el medio ambiente que significa la explotación petrolera, que es otra de las formas riesgosas, acaso criminales, de la minería. El suelo ya no es ni será el mismo. Las numerosas chacras, con animales y sembrados varios, que rodeaban al pueblo son barrios y loteos que cambiaron el paisaje urbano y rural. Ya no es el pueblo de mi infancia ni el de mi primera juventud, ni siquiera es el pueblo donde nacieron y se criaron mis hijos. Entonces había un cine y clubes sociales. Había un ferrocarril que unía la Colonia con Comodoro Rivadavia, cuando las rutas aún eran de pedregullo. Había chacras con vida a raudales porque vivían familias numerosas, había tambos, caballos para andar. Las calles eran de tierra que en invierno se congelaban durante tres meses, donde patinábamos como si fueran lagunas heladas, y los veranos duraban hasta marzo. Y sobre todo, había muchas canchitas de fútbol. Ese pueblo y esos años me constituyeron como poeta, como artista. Hoy, alejado desde hace dos años, lo traje conmigo y lo llevo a donde voy.

—De las ponencias que has presentado en foros y congresos, Juan Carlos, me atrae por su título “Arte en las márgenes: centro y periferia” (el 8 de junio de 2007 en el II Encuentro Nacional de Escritores de La Plata).
—La ponencia fue propuesta por la organización del evento. Me interesó el tema. Siempre me consideré un artista periférico, sin connotaciones, sin renegar de la suerte, más bien todo lo contrario, aunque cualquier noción de periferia siempre supone un valor negativo. No fue así. A partir de los veinte años lo tomé como mi propio desafío, la vara alta, es decir la provocación que la realidad me puso en el camino. Digamos que esa periferia fue por partida doble: de la metrópolis que significaba Buenos Aires, por ejemplo, y de las ciudades de la Patagonia donde había una cierta actividad artística que no me incluía por motivos geográficos. De hecho, es la Patagonia, y la variedad de zonas y matices que hay en ella, el objeto de análisis. No me interesó particularmente el aspecto mítico ni los textos de viajeros, que ya los hay muchos y han sido y son difundidos en gran parte del mundo desde el siglo XIX, que es más o menos cuando se pone en marcha la acepción moderna de la voz “literatura” (según Terry Eagleton), sino el hacer artístico contemporáneo. Me explayé sobre el presente (esto es, las últimas décadas) y las posibles derivas que pudieran resultar o se pudieran intentar, con toda la libertad que supone el hecho creativo en particular y en general. La frase acuñada por el poeta y narrador Raúl Artola, “la periferia es nuestro centro”, creo que es un modo lúcido de acceder a esta problemática. Con todo, mi visión no contempla que me defina como “escritor patagónico”, aunque de hecho lo soy por haber nacido en un pueblo perdido del Chubut, pero sin ejercer ni proponer una “militancia” de carácter regional, y mucho menos una preceptiva. La Patagonia, una región amplísima y cambiante pero una más del planeta, me constituyó para hacer lo que hago y como lo hago. Aun así tiendo a ser de los que miran las cosas por el ojo de la cerradura.

—En tu pieza “Desesperando” (Inteatro, Editorial del Instituto Nacional del Teatro, 2008), en “espera desesperada” los personajes mentan al “tío Samuel”, ése que “ha estudiado muy bien las consecuencias del movimiento inútil”. Y en tu pieza teatral “El tragaluz” (integrando un volumen con otras dos también de tu autoría, “Pintura viva” y “La oscuridad”, Ediciones La Carta de Oliver, 2013), uno de los dos únicos personajes se llama Samuel.
—Soy deudor del teatro y asimismo de la narrativa de Samuel Beckett. Lo leí, incluso su poesía, a partir de los años 80. Es el autor que tuvo mayor impacto en mi concepción teatral y algo más. Incluso, a su pesar, en relación con mi visión de la Patagonia. Mi último libro de poesía, “El jugador de fútbol”, se inicia con un epígrafe que pertenece a la obra “Catastrophe”, de Beckett, donde capciosamente, en relación a la forma y a la posibilidad de mirar, hace referencia a la Patagonia. Creí necesario incorporarlo como personaje en esas obras, en una de ellas en presencia, en la otra en ausencia, pero que tuviera su peso, como contrapunto primero y como una vara con la que se pudieran medir las acciones después. También es una especie de diálogo imposible con él. Me hubiera gustado conocerlo, oírlo hablar, oír su silencio, percibir su mirada en cualquier caso.

—En “Animal teórico” (Ediciones del Dock, 2004), el lector tiene la posibilidad de leer una carta que Groucho Marx escribe a Franz Kafka y la respuesta de éste al primero; así como también la carta que Gregorio Samsa le despacha a su creador y la que Groucho le envía a Gregorio. Y desde aquí, Juan Carlos, retornamos, por el camino de la creación, al marco de la Correspondencia.
—Siempre, desde el primer momento, escribí cartas a escritores y mantuve, en la medida de lo posible, una correspondencia fluida que me ayudó particularmente en mis años de formación. El género epistolar me gusta y me interesa como arte. Sea poético o no lo sea. Hasta la aparición del e-mail la correspondencia como la conocíamos sólo había sufrido una variación en su inmediatez. Pero luego han cambiado y diversificado tanto los soportes que disponemos de la nueva versión del telegrama en su versión instantánea y virtual. La vida y las cosas cambian constantemente. No hay que vivir en el pasado, decía Raymond Carver. Hay que traerlo al presente, en todo caso.

Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 22 de marzo de 2016