Lunes 04 | Marzo de 2024
Director: Héctor Loaiza
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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Narrativa
4 7 2016
Solo una partida de ajedrez (novela) de Gustavo Antonio Aponte

El ritual típico de los “gateros” es recorrer las páginas de Internet donde están los avisos publicitarios de “escort” o prostitutas. De estos, extraemos los números telefónicos de las señoritas que nos interesan y con los cuales armamos nuestra lista de “chicas pendientes a visitar”. Algunos tienen su página favorita y se limitan solamente a ver las novedades. Otros, en cambio, recorren todos los avisos por si se le escapó alguna mujer que pueda interesarle. Están aquellos que elaboran su lista seleccionando a las mujeres por color de cabello, por determinado físico, por el tipo de servicio, por edad, por ser reconocida entre los “gateros”, por ser novata, etc. En resumidas cuentas, deben existir tantas modalidades como gateros hay.
Vinculadas a estas páginas publicitarias, hay blogs o foros en los cuales los “gateros” vuelcan sus experiencias con las señoritas, describiendo el tipo de servicio que prestan, aranceles, modalidad de atención y como la pasaron durante el encuentro sexual. Esto se transforma, dependiendo de la credibilidad del gatero forista, en un marco de referencia a la hora de tomar la decisión de visitar a una meretriz.
Lo correcto, o quizá lo más simple para comenzar esta historia, sea que hable acerca de cómo es mi estrategia de selección, aunque tampoco sea tan fácil de hacer. Me suelo manejar por temporadas, en las cuales mi criterio lo realizo sobre la base de alguna característica: tipo de físico determinado, color de cabello o por raza. No obstante, tengo predilección por las caribeñas, pero con preferencia por las colombianas. Justo en ese día que vi sus fotos, estaba buscando alguna de ese país.
Entré en una de las páginas más famosas de acompañantes y, en esa suerte de mosaico conformado por las fotos de miles de mujeres, ella me llamó la atención. No puedo explicar cuál fue el motivo, como comenté, por el cual me di cuenta que era colombiana. Ingresé en su aviso, miré sus fotos y quedé absorto frente a la imagen de su cola. A pesar que una leyenda aclaraba que era oriunda de Venezuela, su hermoso cuerpo me motivó a llamarla. Con solo escuchar su voz y realizar el ritual de conocimiento, pude certificar que mi idea primigenia era correcta. No solo no era venezolana sino que era de Colombia. Me limité a realizar las preguntas tradicionales de éste ritual, es decir indagar respecto al tipo de servicio que brindaba. Si su servicio se  trataba de asemejar a una suerte de novia o amante brindando besos efusivos, si practicaba sexo oral con condón o sin él y sus aranceles, mientras trataba de descifrar su entonación. Luego de terminada la conversación, me quedaba una duda, no estaba totalmente seguro respecto a la zona de Colombia de dónde provenía la señorita en cuestión.
Para esa época era cliente de Micol, una mítica escort, la cual dentro de los distintos foros poseía un gran número de experiencias, todas describiendo su maravilloso servicio. Tal era su fama que alguien la apodó “La boca de Dios”, debido a la manera excelente en que practicaba sexo oral. Si bien entre nosotros teníamos mucha química y se había formado una amistad, era muy difícil concretar una cita con ella, debido a su enorme cartera de clientes producto de su servicio magistral. Había intentado comunicarme con Micol pero fue imposible. No obstante, el hacerlo con la colombiana había sido muy fácil debido a que ella, si bien hermosa, no era famosa. Entre ambas mujeres, además de su género, solo se asemejaban por la cabellera. Físicamente eran muy diferentes, aunque ambas me quitaban el aliento con solo ver sus fotos. El deseo de estar con una colombiana, la hermosura de esta mujer, el desafío de probar algo nuevo, el maravilloso movimiento de cadera que realizan las caribeñas cuando se encienden, me llevaron a los días a llamarla nuevamente. Tras la segunda conversación pude determinar con una suerte de precisión quirúrgica la zona geográfica, lo cual me motivó más aún el deseo por conocerla. Provenía de la zona de “tierras calientes”, de mujeres hermosas y, a la vez, ardientes. Arreglé cita ese mismo día para conocerla.
Cuando llegué a la casa, tras tocar el botón del portero eléctrico y dialogar brevemente con la misma voz, esperé impaciente que descienda. Una vez que pude verla, me pareció bastante más pequeña que lo que me había imaginado. Poseía una linda sonrisa, de cabellera negra larga y lacia. Su cuerpo, debido a su atuendo, era casi indescifrable; parecía ser más gorda de lo que mostraban las fotos. No obstante, sin dudas era ella. Debo confesarlo, pensé en irme. Mucho tiempo después me lamenté de manera espantosa no haber tomado esa decisión, pero carecía de sentido hacerlo ya que es inútil llorar sobre la leche derramada. Tras abrir la puerta del edificio, me guió hacia una escalera por la cual comenzamos a subir. Su enorme cadera y su indescriptible trasero me resultaban imposibles de no mirar y admirar. Ella lo sabía, y creo que disfrutaba de esa situación, la de saberse deseada y que ese viaje cumplía la función de convencer y estimular al cliente. Al llegar al primer piso se detuvo, me miró sonriente y me preguntó de manera pícara:
—¿Le gusta el paisaje?
Con mi cara adusta respondí lacónicamente:
—Soy un hombre que para evaluar prefiere poner las manos en la masa. (Aunque debiera ser las manos en la moza, para estar acorde a esta ocasión).
La respuesta que me brindó a continuación, no hizo más que confirmar mi idea respecto a su nacionalidad:
—Tan lindo.
Tras abrir la puerta del departamento, ingresé a una sala que poseía un enorme sillón, una mesa redonda con algunas sillas, una camilla, un enorme espejo, una bicicleta fija y un mueble de caña en donde estaba su teléfono fijo además de una computadora portátil que reproducía música salsa. Al fondo había una puerta que dejaba entrever que el departamento seguía. Hacía mi izquierda pude ver otro pasillo, que se encontraba vivamente iluminado por la luz que llegaba desde una ventana. Cordialmente dijo:
—Siga derecho.
Su indicación me dio la pauta para presuponer que el pasillo de la ventana llevaría a la cocina.
Al seguirla arribamos a un cuarto con una amplia cama matrimonial acompañada de dos mesas de luz y una tercera mesa sobre la cual había una televisión que emitía una desagradable película pornográfica. Al darme vuelta, sobre la pared que actuaba como medianera entre ambos ambientes, había un imponente armario con baulera pintado de blanco. El cuarto, al estar con las persianas bajas, quedaba iluminado por la luz que emanaba del televisor; no obstante pude apreciar que sobre la mesa de luz, se encontraba lo habitual que hay en las mesas de escort: sobres con preservativos, rollo con papel de los que se usa en la cocina, un pomo con gel y un frasco pequeño con un contendio de color rojo que presupuse sería lidocaína. La mesa de luz, poseía varios cajones; no era difícil imaginar su contenido para alguien avezado en estas lides. Seguramente estaría repleta de juguetes sexuales de diferentes tamaños.
Entonces me preguntó si quería pasar al baño; lo cual acepté. Era invierno, el frío en las manos las había transformado en una suerte de dos churrascos recién salidos del freezer, nada estimulantes para una experiencia sexual en ciernes. Además, los benditos y malditos diuréticos me decían a viva voz “presente”. No obstante, cuando ingresé al cuarto de baño, quedé impactado por el frío que hacía en su interior. Para colmo de males, ni tan siquiera alfombra había. Fue tal la sorpresa que desde adentro le dije en voz alta:
—“Con este baño no necesitás heladera, al menos te ahorraste la compra de un electrodoméstico”.
Vino y sin dejar de sonreír, me dijo:
—“¿Me cancelas?”
Saqué del bolsillo de mi saco los billetes y le señale que adquiera una alfombra. Si bien el pisar las baldosas heladas sería una tortura, no se compara con todo lo que terminé viviendo.
Se retiró con el dinero a la vez que exclamó:
—“Ponte cómodo que ya vuelvo”.
Procedí a quitarme la ropa y a esperarla con el bóxer únicamente. Al rato regresó con un conjunto de ropa interior de tres piezas color violeta puesto que le quedaba espectacular. Es decir el equipo estaba formado por un sostén y tanga, pero por encima de estas dos piezas, tenía una suerte de baby doll. Su calzado consistía en unos zapatos negros de tacos altos que estilizaban sus piernas de manera mágica y las lucía de manera exquisitamente estimulantes. Además, se había cepillado con lo cual su cabellera había ganado volumen. Al parase bajo el marco de la puerta, exclamó, mientras estiraba sus brazos hacia arriba formando una Y con su cuerpo:
—“¿Te gusta? ¿Cómo me veo?”  
Quedé con la boca abierta y con cierta dificultad para encontrar frases inteligentes. Estaba absolutamente deslumbrante. No recuerdo si dije algo, creo que me acerqué, la tomé por la cintura y comencé a besarla. Mis manos me revelaron que su cintura era pequeña, pero su cadera era enorme.

(…)

acerca del autor
Gustavo Antonio

Gustavo Antonio Aponte, Buenos Aires (Argentina), 1967. Hizo sus estudios en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires (UBA) carrera de la Licenciatura en Ciencias Biológicas y Profesorado en Educación Media y Superior de Ciencias Biológicas. Como biólogo se desempeñó dentro del Departamento de Biodiversidad y Biología Experimental en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. Como docente, comenzó su carrera en 1992 en escuelas secundarias del partido de La Matanza (prov. de Buenos Aires, Argentina), para luego transformarse en un docente universitario. Desde hace varios años, se desempeña como docente de computación en talleres extracurriculares en cárceles federales destinados a presos, dentro del programa UBA XXII.