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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Literatura
3 5 2016
A la sombra de García Márquez por Rubén López Rodrigué

Atravesando las murallas de la Cartagena vieja el taxista te señaló la casa de García Márquez, diseño Salmona, a la cual le hacían arreglos en la fachada. Entonces dijo: «Desde aquí no se ve su estudio, pero desde afuera de las murallas usted podrá ver dónde escribe el hombre». Era una mansión ubicada a pocas cuadras del Teatro Heredia, en la Calle del Curato.
      En la rigidez y quietud de la noche, de nuevo en la habitación del Hotel Sorrento donde te hospedabas en Boca Grande, un noticiero de televisión anunció que García Márquez había dejado de escribir, que por primera vez en su vida había pasado todo el año sin escribir ni una sola línea.
      A la mañana siguiente, en el Hotel Charleston de la ciudad vieja, hablaste con William Ospina. Sabías de su gran amistad con García Márquez, quien le había elogiado su literatura y lo había alojado una semana en un hotel de México para que le corrigiera su libro de memorias Vivir para contarla. Por eso le propusiste, en caso de que no pudieras conocer a la legendaria figura, hacerle llegar tu ensayo que trata sobre la relación de García Márquez con los diccionarios, un texto que había publicado la revista mexicana Archipiélago.  
      No requerías caminar por la playa con los tobillos abrasados por la arena ardiente para sentir el placer cuando ibas por las calles empedradas observando las casas de arquitectura colonial de la antigua ciudad. En uno de esos paseos por la ciudad amurallada viste al escritor inglés Anif Kureishi, lento y despreocupado el andar, uno de los invitados al Hay Festival. A diario entrabas a la confortable librería Ábaco y en su pequeña cafetería degustabas un café, a la vez que hojeabas y ojeabas libros y revistas.  
      Una tarde en que todavía el barco no tomaba el rumbo de la noche te encontraste de repente ante La Bodeguita del Medio, que funciona en un viejo caserón restaurado. Al son de la música cubana te sentaste en una de las mesas de madera a sorber un mojito, queriendo repetir la delicia del restaurante-bar con el mismo nombre en La Habana. Pero fue en vano. Reparabas en las paredes fotografías que recordaban los primeros tiempos de la revolución; había una donde figuraba García Márquez con su hermano Jaime.
      Al día siguiente volviste al Hotel Charleston y encontraste al periodista John Saldarriaga, quien fue a cubrir el Festival para el diario El Colombiano de Medellín con la misión de concretar entrevistas de prensa a escritores invitados al Primer Hay Festival de Literatura en Colombia. Luego de saludar a William Ospina (años antes lo habías conocido en una entrevista que le hiciste con el periodista para la revista Rampa y que dio como resultado el libro Contra el viento del olvido), fueron al Claustro de Santo Domingo donde se realizaría una rueda de prensa con la nueva ministra de cultura. Entraron por uno de los amplios pasillos, pero a la entrada del auditorio un guardia de seguridad te impidió el paso por no tener escarapela de periodista.
      Se devolvieron por el mismo pasillo y ahí fue cuando se cumplió uno de tus grandes sueños: ¡pisando lento venía esa leyenda viviente que era Gabriel García Márquez! Te detuviste con el amigo periodista a fin de ver el paso del escritor que parecía un fantasma: la piel pálida, la carne chupada por la vida, vestido de blanco y rodeado por un cortejo de cinco personas que no eran guardaespaldas. Al pasar le dio la mano a John Saldarriaga con un «Hola, qué tal», y no pudiste dejar de sentir envidia. Además, eclipsado por una figura como él, te olvidaste del libro titulado Todos los cuentos para que te lo firmara y de la revista que tenías pensado obsequiarle.  
      Con los postigos de tu corazón cerrados a lo que no fuera el Festival, supiste que García Márquez también intervino en la entrevista con la ministra de cultura. Mientras que adentro del claustro iban y venían opiniones culturales y literarias, afuera, en la plaza de Santo Domingo, debajo de tu mesa una mariamulata buscaba algunas sobras de comida. En esa Cartagena que siglos atrás fue un puerto negrero por donde ingresaron los primeros negros traídos del África para ser conducidos a las minas de oro, a las plantaciones de azúcar, a las haciendas y a los ranchos, a un lado tuyo un señor se fumaba la tarde en una pipa vieja. Era negro, semblaba nostalgia y en el color de su piel traslucía la historia de sus ancestros africanos, la pesada carga del esclavismo oprobioso. Con tus ojos enfocados todo el tiempo hacia el claustro observaste que al salir García Márquez lo esperaba una camioneta tan blanca como su ropa. Caminaste con la vista. Seguido por las cámaras saludó con la mano como si fuera un presidente o una luminaria del cine o de la música y entró en un carro de vidrios polarizados que arrancó de inmediato.
      
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      En el Teatro Heredia de nuevo te sentías endomingado sobre salas tapizadas. En la sesión de la tarde del Hay Festival, al final de un conversatorio con varios escritores, una mujer del público tomó la palabra para decir que le extrañaba que en el escenario no hubiera mujeres. Otras mujeres le reprocharon con abucheos su intervención. William Ospina, que leyó un hermoso poema dedicado a las maderas del Vaupés, que te hizo estremecer como la mirada de una mujer tierna y bella, respondió que allí estaba lo femenino de los cinco expositores.
      En otra sesión les preguntaron a varios escritores cuál era su libro favorito. Laura Restrepo, con sus palabras simples como la hierba, no señaló uno en particular sino que mencionó los que no volvería a leer como El lobo estepario, En busca del tiempo perdido, las Novelas ejemplares de Cervantes o El Apocalipsis, que hace un derroche de venganza, un despliegue de maneras de destruir al enemigo. Te sorprendió su fino humor, su risa espontánea y la ingenuidad que quería congraciarse con todo el mundo, el ingenio con las palabras y recordar siempre anécdotas chistosas que le habían ocurrido en otros países. En otra sesión comentó que, a diferencia de los cuentos y la poesía, lo que menos le gustaba era leer novelas, pues era muy difícil que se interesara en la historia de otro que no sabía quién era. ¿Una novelista que no le gustaba leer novelas?, te preguntaste.
      El escritor nicaragüense Sergio Ramírez hizo un elogio de La vorágine, dijo que la novela de José Eustasio Rivera era su libro preferido, el que más le había enseñado. Varias de sus obras estaban en venta a la salida del teatro donde se exhibía únicamente los libros de los autores invitados al Festival. El presentador anunció en el recinto la presencia de García Márquez, que no hacía parte de la programación oficial, contrario a lo que esperabas. Tampoco vino su amigo Carlos Fuentes como lo habían anunciado los medios de prensa.
      En una entrevista Jorge Franco manifestó que era un hombre lleno de miedos, que sentía miedo hasta de la oscuridad del auditorio. Anif Kureishi retomó esta idea para decir que el ser humano vive aterrorizado. Lo que más te sorprendió del festival fue la insistencia de los ingleses Kureishi y Vikram Seth (ambos de origen hindú) en que escribir es un trabajo displacentero. A Vikram Seth le preguntaron cómo hizo para publicar un voluminoso libro y, emanando sencillez y modestia, dijo que ese libro antes había sido rechazado por más de veinte editoriales.  
      En las largas filas para comprar la boleta, a veces con un plantón de varias horas bajo una resolana implacable, te entretenías paseando los ojos por las páginas de un libro, pensando en cómo sería un nuevo encuentro con García Márquez o escuchando comentarios de la gente sobre el festival, a favor y en contra. A un costado del Teatro Heredia hacías fila en medio de personas que venían de regiones con maizales de largas hojas, con cafetales de hojas esmaltadas, con plantíos de caña de azúcar, con flores amarillas de los algodonales y quizás con arrozales de tierras bajas y anegadizas. El acento los delataba.
      Entretanto, los medios de prensa anunciaban que el primer Hay Festival de Literatura había superado las expectativas de los organizadores. Se concluyó que el enorme entusiasmo que había suscitado demostraba que existía mucho interés de la gente por la cultura y que el problema estaba en la falta de difusión por parte de los medios de comunicación masiva.
      El escritor argentino Roberto Fontanarrosa fue elegido el escritor del Hay Festival, como si se tratara de una competencia. Con fino humor y aguda ironía, tan propios de él, expresó: «Yo les dije a mis colegas: voten por mí que yo devuelvo el premio». Lo premiaron con un ejemplar de la edición príncipe de Dickens y manifestó: «Son dos tomos, lo que quiere decir que ocupo el primero y el segundo lugar». Los espectadores estallaban de la risa y celebraban a rabiar el premio para este hombre que sufría una enfermedad que lo tenía en estado de invalidez.
      En una charla sobre literatura y adaptaciones al cine participaron Edgardo Cozarinsky, Javier Cercas (Soldados de Salamina), Anif Kureishi (La Mache) y Jorge Franco (Rosario Tijeras). Se dejó por sentado que cine y literatura son dos géneros que no se deben comparar, para cada uno hay que hacer una obra original, sin adaptaciones que impliquen reescribir una obra literaria. Después de la charla, en el Hotel Charleston encontraste otra vez a John Saldarriaga y te contó, impasible, que había pasado la tarde conversando con William Ospina y García Márquez, quien se la pasó firmando autógrafos. Para tu desconsuelo te enteraste que García Márquez se había marchado del hotel hacía escasos cinco minutos.
      En un conversatorio entre Daniel Samper y Laura Restrepo se trató el asunto de los premios literarios y se hizo referencia a que no dejan de ser sospechosos. Se recordó el premio otorgado a uno de los escritores de una casa editorial que organizaba el concurso con el fin de promoverlo como autor. Laura Restrepo ganó el premio Alfaguara con su novela Delirio (donde imita la forma de hacer diálogos de Saramago, uno de los jurados). También fue jurado Daniel Samper, en ese entonces cuñado suyo, pero él manifestó que no sabía que se trataba de ella, pues su obra llegó al concurso con seudónimo.
      Al día siguiente te encontrabas en el Teatro Heredia, ya en penumbras pues iban a comenzar unas entrevistas con algunos escritores invitados. De forma inesperada García Márquez pasó por un lado tuyo y te saludó con un «Qué hay» afectuoso. Te quedaste sin habla y solo atinaste a palmotearle el brazo. García Márquez se sentó en una silla y tú en otra del mismo palco, frente a la suya. En un comienzo el impacto te hizo olvidar del libro para firmar y del ensayo para obsequiarle. Pensaste en abordarlo más tarde a la salida, pero cuando los autores invitados terminaron su intervención y se prendieron las luces del teatro su silla ya estaba vacía y quedaste con un enorme vacío. Te diste cuenta de que el escritor entraba al teatro cuando estaba en penumbra y salía al amparo de la oscuridad, como para que nadie lo viera y lo dejaran tranquilo.
      A la salida del teatro, Van Gogh había pintado un efecto de tarde de una palmera contra cielo rosa y amarillo verde. Esperabas volver a ver a García Márquez en el evento, mas no fue posible. Finalmente comprobaste el comentario del taxista el primer día sobre el lugar donde el escritor escribía: desde la avenida, afuera de las murallas, en medio de las delicadas ráfagas de la brisa marina, se podía ver su estudio a manera de buhardilla, acristalado por completo como para apreciar la ciudad de Cartagena a todos lados y en cierto modo «salir de la eterna y nostálgica clandestinidad de mi estudio», según escribió en un artículo.

acerca del autor
Rubén

Rubén López Rodrigué es escritor y editor. Nació en Santa Rosa de Cabal (Colombia), pero es antioqueño por familia y formación. Fue fundador y editor de la revista Rampa. Hizo estudios inconclusos de antropología y sociología. Tuvo una columna sobre Medellín en El Muro, la guía cultural de Buenos Aires. Fue integrante del taller literario de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, dirigido por Manuel Mejía Vallejo. Hizo parte del staff de la revista literaria española Oxigen y de la revista internacional de arte y cultura Francachela. Ha sido colaborador en distintos medios escritos de Colombia y el exterior. Miembro del jurado del I Concurso de Cuento Resonancias, de Francia, en 2012. Es autor de los libros “Contra el viento del olvido” (Hombre Nuevo, 2001, en coautoría con William Ospina y John Saldarriaga), “La estola púrpura” (Los Octámbulos, 2009), “Las heridas narcisistas de la humanidad” (ITM, 2013), “El carnero azul” (Tiempo de Leer, 2013), “Flor de lis en el País de la Mantequilla” (Tiempo de Leer, 2014).