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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Narrativa
7 12 2015
Ceremonia clandestina por Rodrigo Jara Reyes

Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo.
Juan Rulfo

Pasear por Quebrada negra era apacible en aquella época. Solo de vez en cuando un automóvil o una carreta rompían la quietud de sus calles. Quietud que aparentaba ser mayor debido a la monotonía blanca de las fachadas y a los tejados desteñidos por el musgo y el roce de los años. El silencio y la inmovilidad dominical eran casi perfectos, la gente se movía más lento y mucho menos que el común de los días. Los afuerinos que conocíamos el pueblo hemos sostenido por años que el sonido de la campana de plata ubicada en lo más alto del edificio parroquial, solía embrujar y ayudar a que el séptimo día se descansara. Digo que los afuerinos porque la gente nacida en Quebrada negra no hablaba ni habla de esas cosas, y menos con los extraños.
En lo que se refiere al origen de la campana, este fue siempre una interrogante sin respuesta clara. Y como donde hay enigma suele haber especulación, en Quebrada negra no faltaron ni especuladores ni hipótesis. Respecto de estas últimas, permanecieron y todavía permanecen varias dando vueltas por el poblado, pero ninguna de ellas con el respaldo de hechos comprobados. Sin embargo, existen dos más prestigiosas, pues datan de muy antiguo y se han transmitido de generación a generación: en primer lugar, están los que aseguran que la campana la compraron los primeros habitantes de Quebrada negra en una hacienda jesuita en las cercanías de Concepción, y que fue labrada por artesanos indígenas; y en segundo lugar, están los que señalan que proviene de Castilla y que fue fundida y torneada a fines de la edad media. Siglos después, llegó a Chile en manos de una tal familia Vega, uno de cuyos miembros la trajo consigo a Quebrada negra y la donó a la parroquia poco antes de morir. Pero a pesar de las discusiones y dudas respecto a la procedencia de la mentada campana, nadie ha dudado nunca de los poderes mágicos de la misma ni de su incidencia en el descanso dominical característico del pueblo.
Por eso fue extraño lo ocurrido ese domingo de noviembre de 1961. En la esquina sureste de la plaza, mirando al vértice que forma el muro parroquial con los corredores de los Molina, se inició la construcción del gran escenario de madera, por lo menos eso creyeron todos que era. La música de serruchos y martillos recorrió la Avenida Nazaret de oriente a poniente y desde allí se repartía por las callejuelas que un demiurgo loco pegoteó por los alrededores. El ruido de los trabajos llegó a los oídos incrédulos de casi todos los habitantes de Quebrada negra. Concurrieron emisarios desde varios puntos del pueblo preguntando de qué se trataba, porque era una verdadera rareza que se trabajase en domingo, sin embargo, ni siquiera los carpinteros, preocupados de  cortar y martillar, conocían los motivos. Por lo demás, estaban los permisos en regla, el total de los materiales disponibles en las bodegas del municipio y se sabía que un grupo de ciudadanos ilustres pagaba el triple de lo normal por trabajar solo los domingos.
Durante las semanas que siguieron, muchos intentaron averiguar algo sobre el esqueleto de madera que se erguía frente a la parroquia, pero la reserva era absoluta. Nadie, ni siquiera las autoridades responsables de lo que pasa en un pueblo, dijeron nada.
La verdad de lo que se urdía en Quebrada negra, si es que se pudiera hablar de verdad cuando calificamos hechos humanos, ni siquiera ahora, cuarenta años después de ocurridos los hechos, aparece tan clara como quisiéramos. La razón, una especie de secreto colectivo, un montón de hechos y personas de los que no se habla jamás ¿Estamos frente a una población cómplice de las atrocidades cometidas por unos pocos? ¿O es que esos pocos eran los brazos y garras de la comunidad entera? ¿Se esconderán bajo ese silencio otros casos parecidos?
Creo que al construir aquel secretismo todos han contribuido a crear la sensación de inmovilidad característica del pueblo, sensación que termina siendo aparente, porque bajo la fachada inofensiva de los pueblos pequeños, siempre hay corrientes ignotas, torbellinos y hasta pirañas. Aquella “Apariencia inofensiva” funciona solo para los turistas, en lugares como Quebrada negra, ahora lo sé y lo entiendo, la vida fluye como en un gran teatro, pero un teatro especial, en el que los vecinos son actores, espectadores y críticos.
Por eso lo más probable es que, en aquellos días, a pesar de no conocerse con exactitud el motivo de la construcción en la plaza, los pobladores supieran de los interrogatorios que se realizaban en la parroquia. Allí, siete notables, (todos ya fallecidos) entre los que estaban el cura Francisco, el juez, el teniente de policía, un representante del municipio y varios otros vecinos, escuchaban las declaraciones en lo que parecía un juicio clandestino.
—Que si sé lo que pasa con la Raquel Muñoz, claro que sí, la muy sinvergüenza está de amante con el Tito González, de los González del alto, detrás del cementerio. Yo vivo cerca. Varias veces me la encontré justo cuando iba saliendo en bicicleta a encontrarse con él. No, nunca los he visto juntos, pero la Carmen Letelier sí. Ella sabe mucho más, los ha visto varias veces y en una de esas… ¡Dios me perdone! Y el pobre Manuel, secándose el pellejo en los aserraderos. Si supiera lo hace su mujer por acá, no le deja hueso bueno.
—Fíjense que la vecina Raquel deja a los dos niñitos solos y sale a putear por ahí. Varias veces los encontré llorando en la puerta y me quedé con ellos hasta que se calmaron. Menos mal que son tranquilos, porque con una madre así de loca, se puede esperar cualquier cosa. Fíjense que yo vivo al lado y les aseguro que escuchado varias veces a ese joven cuando llega. Es el Tito, el hijo de don Pedro González. Mi marido dice que tengo el oído filoso y es verdad, despierto con cualquier ruidito. Fíjense que el miércoles pasado, si no me equivoco, oí sus pasos y el crujir de la puerta al entrar. Dios quiera que no pase nada. Don Manuel es callado, pero se las trae el hombre. Fíjense que varias veces le ha dado de palos a la Raquel, pero ella sigue y sigue con los entuertos.
—Soy Carmen Letelier, y claro que los he visto desde la falda del cerro. Al principio no sabía quiénes eran, se veían bultos moviéndose, nada más. Una noche del invierno pasado, las ovejas balaban más de la cuenta y salí a caminar por los alrededores pensando que sería alguno de los perros que mataron una borrega el verano anterior. Al andar unos pasos sin escuchar nada, pensé en volver a la casa, pero un movimiento de matorrales me hizo avanzar hacia la cerca de deslinde con los Rodríguez. Imagínense la sorpresa que me llevé cuando dirigí la linterna hacia el enredo de piernas, brazos y vaya a saber qué más. No podría explicar cómo estaban puestos pero de que no tenían ropa ¡Ni una sola pilcha! Le alumbré la cara a la Raquel, sudaba como yegua y eso que hacía un frío de calar el alma. Cuando reconocí al Tito, me acordé que habíamos sido compañeros en la escuela. Me dio vergüenza, apagué la linterna y me fui.
—Se lo he dicho tantas veces que ya no me acuerdo cuántas: “mijita, las mujeres tenemos que ponerle un alto a la cosa, si no viene cualquiera y nos pisotea”. Le he llorado a la muy sinvergüenza que no salga con el Tito González. Lo único que ha ganado es mala fama. Es mi hija Raquel, por eso me atrevo a decirle las cosas como son. Lo malo es que ya no me obedece y la gente se llena la boca. Algunos le ponen de su cosecha, pero don Sergio no habla porque sí, de eso estoy segura. Casi me desmayé de vergüenza cuando me llamó esa tarde para decirme lo que había visto. Por eso, la muy fresca, algunas noches me deja los niños con la excusa de ir a tomar medidas para sus costuras. Lo peor es que Manuel se va a enterar. Ese hombre es un bruto capaz de matarla a ella y a los niños. Por eso vine a dar mi testimonio, pensando que ustedes ayudarán a que eso no ocurra. Manuel tiene fama de desalmado desde cuando vivía en Domulgo, allá la gente dice que mató a un cristiano y lo enterró en el monte.
—Mi nombre es Sergio Parada, conozco a Raquel desde chica, de cuando vivía en Roble alto. Fui amigo del papá que en paz descanse y con doña Clarisa, la madre, tenemos una amistad de muchos años. Íbamos a la escuela juntos… De pura casualidad me los encontré en los tres árboles. En mis casi sesenta años no había visto cosa parecida. Se revolcaban como animales en el pastizal. Cómo estarían de embromados que estuve a tres pasos y no me escucharon ni me vieron. Que si les vi la cara. No. Supe que era la Raquel por la bicicleta que estaba ahí, a unos metros. El diablo se los va a llevar por la maldad que hacen. Bueno me parece que se quieran, pero andar revolcándose por los rincones es cosa de delincuentes. Como les digo, en mis sesenta años no había visto cosa igual. Se decía tiempo atrás que doña Julia andaba en lo mismo con don Salvador, el dueño de los viñedos de Lien, pero nunca nadie los vio y el asunto se echó al olvido…
—Muy hijo mío será, pero es un sinvergüenza y un sin destino. No le trabaja un día a nadie y ahora se metió con esa mujer casada. Y vaya usted a decirle algo, se monta en el macho y no hay quien lo haga entender. Pero ustedes saben, como yo, que Dios es muy justo y que el parcito va a tener lo que merece. El pueblo entero está al tanto de lo que hacen. Me da vergüenza salir a la calle, no falta el que me insinúa algo o lo arroja directo a la cara. No sería raro que don Manuel le diera unos cuantos palos, aplaudiría si lo hiciera.

Cuarto domingo de trabajos, los carpinteros terminaron la estructura. No era un escenario, más bien semejaba un cadalso de los que aparecen en las películas del oeste estadounidense. Tenía un agujero con una tapa corrediza en el centro y un arco construido con troncos de pino descascarado.
Diecisiete en punto. Tañidos alargados de la campana. Los vecinos, atrapados en un extraño sopor, iban orando y cantando despacito hacia la plaza. Los muros relucían con la modestia del adobe pintado con cal. Una atmósfera enrarecida se apoderó del pueblo entero y de la plaza en particular, una atmósfera de un espesor como el que se siente en lugares cerrados por mucho tiempo o en bares donde el humo y el calor transforman el aire en una masa sólida y sórdida. No corría una sola brisa, no pasaban automóviles ni carretas, ni siquiera los pájaros se atrevían a romper el silencio y la inmovilidad que por momentos imperaba.
Un hecho inesperado rompió aquel reposo indestructible. Grupos de pobladores varones se acercaron con cánticos, gritos, bailes raros y, más que raros, antiguos, muy antiguos, de la época colonial y quizá más atrás, del medio evo europeo. Traían amarrado de pies y manos al Tito González. Lo dejaron en una silla encima del cadalso. Minutos después, desde el sector del hospital, mujeres vestidas completamente de negro, entonando las mismas canciones y ejecutando lo que parecía una danza fúnebre. Raquel venía atada y con los gestos del terror en la cara. Se produjo un silencio perfecto después que la mujer fue puesta en la tarima. Los siete dignatarios que participaron en los interrogatorios ocuparon los asientos ubicados delante del cadalso. El párroco, vestido con sotana negra, se levantó para dirigirse a la muchedumbre que a esa hora colmaba la plaza.
—Queridos hermanos—dijo, abriendo los brazos como para abarcar a todos los que oían—el hombre y la mujer que se ven en la tarima, han sido juzgados bajo las leyes establecidas por el Espíritu santo en nuestro libro sagrado y encontrados culpables de cometer adulterio. Su conducta sucia, propia de seres depravados, ha envilecido nuestro pueblo ante los ojos del padre. El jurado aquí presente escucho los testimonios entregados generosamente por varios de ustedes y sentenció con unanimidad la pena máxima. Para ejecutarla, invitamos a don Manuel Medina, esposo de la pecadora y el más perjudicado por lo sucedido. Que se haga la voluntad del señor.
—Amén—respondieron los presentes y guardaron silencio.
Manuel, vestido con túnica blanca, salió de entre la multitud mirando a los prisioneros, que permanecían con el mentón pegado al pecho en señal de vergüenza y arrepentimiento. Lo acompañaban tres voluntarios con capucha de verdugo. Los cuatro hombres se arrodillaron y oraron en voz baja, luego se pusieron de pie y levantaron a Raquel y Tito, que temblaban en silencio. La gente comenzó a cantar, a batir palmas y a gritar: ¡Justicia, justicia, justicia! Desde el fondo, junto a la entrada del banco, un grupo rezaba en voz alta: ¡perdónalos señor! A las dieciocho horas exactas, con la plaza llena de cabezas negras y expectantes, los culpables fueron puestos en la plataforma corrediza y colgados por el cuello. Luego de orar y cantar media hora más, los feligreses salieron con los cadáveres en andas, llegaron hasta un agujero ancho y hondo en las afueras del poblado. Allí los arrojaron sin cruz, lápida ni palabras de despedida.

acerca del autor
Rodrigo

Rodrigo Jara Reyes nació en Talca (Chile), 1966. Hizo estudios superiores en la Universidad de Talca, en donde obtuvo el título de Profesor de Estado. Publica su primer libro de poemas En los caudales de la memoria, en 1997; en el año 2000 el libro De la memoria al fénix; en el 2003 Dos sur y otros poemas. En 2006, el libro de cuentos El extravío y otros relatos. Sus obras aparecen en las antologías Travesía por el río de las nieblas 2000, Faluchos, treinta poetas maulinos, 2003; El lugar de la memoria 2007. Publica artículos, ensayos y cuentos en diarios y revistas nacionales e internacionales.