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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Literatura
1 6 2015
Atlántida, América, Atopía por Kenneth White

1. LA CRISIS CULTURAL
Iniciemos la jornada con una cierta conciencia histórica, la sensación general de una crisis de la cultura que todo el mundo resiente en grados diversos, según tonalidades diferentes.
Me referiré primero a dos cartas de “La crisis del espíritu” escritas por Paul Valery, las que aparecieran, en inglés, en 1919, antes de aparecer en el francés original cinco años más tarde:
“Nosotros, civilizaciones, nosotros sabemos ahora que somos mortales… hemos oído hablar de mundos enteros desaparecidos, de imperios caídos a pique con todos sus hombres y todas sus máquinas, hundidos en el fondo inexplorable de los siglos con sus dioses y sus leyes, sus academias y sus ciencias puras y aplicadas, con sus gramáticas, sus diccionarios, sus clásicos, sus románticos, sus simbolistas, sus críticos y los críticos de sus críticos… Pero estos naufragios, después de todo, no eran un asunto nuestro. Elam, Nínive, Babilonia eran hermosos nombres vagos, y la ruina total de esos mundos tenían tan poco significado para nosotros que su propia existencia. Pero Francia, Inglaterra, Rusia….  También podrían ser nombres hermosos y antiguos… Nosotros vemos ahora que el abismo de la historia es lo suficientemente grande para todo el mundo.”
Los signos de la crisis avistada por Valéry (el “último atlante”, como le gustaba describirse a sí mismo, con humor), están en todas partes. Uno de los signos más evidentes es el intento de camuflarla, sea que este camuflaje tome la forma de un sonoro, espectacular, discurso seudocultural, o de una plétora de “eventos” y “creaciones” cada uno más trivial y superficial que el otro.

2. LA CAÍDA DE UN IMPERIO
Puesto que comenzamos hablando en un contexto de mundo nuevo, evocando de paso la noción de “Nuevo Mundo”,  consideremos a América en primer lugar, en particular a Estados Unidos.  Para una percepción profunda, y un análisis en profundidad, propongo que miremos no hacia los politólogos y sociólogos, sino a los poetas.
Estoy pensando en Robinson Jeffers, instalado en la costa californiana, en el borde de América, quien no deja de expresar su disgusto ante estos Estados Unidos que  “se engruesan en imperio”, y que termina por darles la espalda a esos Estados para otear hacia afuera, al Océano Pacífico.
Estoy pensando en Allen Ginsberg, testigo de la ruina de este imperio, quien aúlla su desesperación en La caída de América. Poemas de estos Estados 1965-1971 (The Fall of America, poems of these States 1965-1971):
“Bruma color de mierda que se espesaba sobre Baltimore
donde el mundo de Poe ha llegado a su fin- humareda roja,
Agua negra, nubes sulfurosas sobre Sparrows Point
Borde oceánico fluye con óxido, marea de basura
rompiendo hacia la costa-.”

Las últimas palabra más o menos coherentes de Ginsberg conciernen a su sueño ligeramente esperanzado de un mundo  “sin automóviles”, con “árboles por todas partes”, donde todos oirían “epopeyas en lenguas arcaicas” e “historias de islas”.
Cerca de Ginsberg, en lo que concierne al aullar sicopatológico, está Robert Lowell quien, en un ensayo de 1953, declara: “Solo los átomos fisurados que condenaron a Hiroshima y Nagasaki pueden construir nuestra nueva Atlántida”. Como todas las uniones están contaminadas, corrompidas, es solo sumergiéndose enla fragmentación, en la atomización, que podremos ver esbozarse a sí mismo, tal vez, un nuevo “continente”.
Estoy pensando en Hart Crane, el poeta que, después de Whitman, llevó sin duda más lejos no “el sueño americano” socio-económico, sino un cierto impulso mito-poético americano. Luego de haber elevado, en un delirio rapsódico con éxtasis platónicos, un himno en alabanza al puente de Brooklyn (maravilla de la tecnología moderna, pero sobretodo, para Crane, símbolo de un vínculo entre lo antiguo y lo nuevo), después de haber evocado los viajes y la visión de Colón, la cultura amerindia,  vagabundos cabalgando los rieles de Estado en Estado, conscientes del “vasto cuerpo de América”, la moderna epopeya deCrane, “El puente” (The Bridge), concluye en un bar de la South Street, donde un marino, viejo ballenero familiarizado con el Ártico, Panamá y el Yucatán, y que ha conocido “las resplandecientes fronteras de la mente”, escucha una canción, Atlantis Rose (Rosa de la Atlántida), en un wurlitzer, mientras se dice a sí mismo que “la estrella flota quemándose en un golfo de lágrimas”. El poema continúa, con una elaborada loa a una Atlántida ideal, pero, quién podría creer en ella. Crane no lo hace. En su último libro, situado, no en el continente americano sino sobre el Mar Caribe (“Key West: an Island Sheaf”), él proclama: “Déjennos, ustedes ídolos del futuro, solos). “Y si el gran bebedor de Bacardi en que él se ha transformado, menciona alguna vez a Estados Unidos, es para decir que ha perdido toda fe en toda entidad futura. No queda sino “agua, y un poco de viento”.
Hemos llegado al final de una civilización, a un límite litoral donde las palabras claves son aislamiento, islas y, vagamente la Atlántida. La octava y última sección de “El Puente” de Hart Crane está titulada justamente así, Atlántida, y presenta como epígrafe una frase de Platón: “La música es el conocimiento de aquello que se refiere al amor, en armonía y sistema”.
Antes de continuar nuestro peregrinaje insular, parece apropiado y oportuno retomar el célebre mito platónico, tal vez el mayor mito de Occidente.

3. LA ATLÁNTIDA ARQUETÍPICA
Toda civilización necesidad una atopía. Puede estar situada en el tiempo, en el espacio o en ambos. La centralizada burocracia china necesita tener su isla taoísta, donde crecen los hongos de la longevidad. En Occidente, la atopía tiende a transformarse en utopía, es decir en un modelo mito-político. Este es ciertamente el caso de Platón, especialmente en el “Timeo” y en el “Critias” (subtítulo: “Atlantikós”), que son la continuación de “La República”.
Timeo, filósofo pitagórico, debía hacer ante sus amigos una presentación sobre un tema de cosmología. Pero, como un preámbulo, contó una historia. Esta historia se remonta a Solón, uno de los Siete Sabios, quien se la había relatado a Dropis, bisabuelo de Timeo, quien, por su parte, se la transmitió a Critias, su abuelo, político que era parte del grupo oligárquico de Trento. Durante un viaje a Egipto, Solón había hablado con un sacerdote de la ciudad de Sais, en el delta del Nilo. Este le había dicho que los griegos eran niños, “jóvenes de alma”, “carentes de memoria”, no teniendo “ningún saber encanecido por el tiempo”. ¿Sabían ellos, siquiera, que la divinidad fundadora de Sais, Nedith, era la misma que la de Atenas, Atenea? ¿Se daban ellos cuenta que Atenas era de hecho más antigua que Egipto, puesto que el poblamiento de su región se remontaba a un chorro de esperma que Hefesto había dejado caer sobre Gea, la tierra? ¿Estaban ellos al tanto que la historia procede por ciclos, en que cada uno se acaba en un cataclismo que deja pocas huellas?
Hace unos 9 mil años, por ejemplo, había una gran potencia marítima, un“imperio vasto y maravilloso”, situado en una  isla de enorme dimensión (“más grande que Asia y Libia reunidas”), al oeste de las Columnas de Hércules, una isla por la cual uno podía llegar a otras, como también a otro continente. Con el propósito de aumentar su poder, que ya se extendía entre Egipto y el mar Tirreno, había lanzado un ataque a Atenas. Atenas había resistido exitosamente, pero lo que le provocaría un golpe fatal a la Atlántida, esa rica y fértil isla, no fue la armada griega, sino un gran terremoto y un diluvio que habían causado que la isla completa, arrastrando a la armada con ella, desapareciera en las profundidades del mar: “De ahí viene el que, incluso en el presente, el mar en esa zona resulte inaccesible a los barcos e inexplorable, obstruido como está por el fango que dejado por la isla mientras se hundía…”
Es posible ver en esta fábula nada más que una pequeña lección política. A Platón no le gustaba la ciudad en la que vivía. Se parecía demasiado a la Atlántida decadente que imaginaba. El Pireo, en particular, con su comercio y sus ruidos, le parecía un lugar de perdición, y el comienzo del fin. Era esencial para él preservar la imagen de una buena y bella comunidad, para sostener el paradigma de la Ciudad que él concebía. Ése era el objeto de “La República”.
¿Pero por qué debería Platón recurrir a un mito, él quien, en “La República”, dice bien claramente: “Nosotros no somos poetas, somos fundadores de un Estado”? Él fue el primero en hacer una precisa diferenciación entre /muthos/y /logos/. ¿Qué estaba sucediendo entonces, en la mente de Platón? ¿Estaba tomando su venganza el pensamiento mítico? ¿Estaba cruzando Platón un periodo de fatiga mental, de desesperación intelectual, de regresión por lo tanto a un antiguo pero bien ganado, estado infantil? Platón se desesperaba con Atenas, se desesperaba de su programa político. Recordemos esa evocación del siniestro plan de Lete al final de “La República”. Y en el “Timeo” leemos que, víctima de una erosión debida a la deforestación, el territorio ático se había reducido “al esqueleto de un hombre enfermo”. Es cuando todos los caminos están bloqueados, cuando todo parece perdido, que la mente se vuelve hacia el sueño y la nostalgia de un otro lugar. La Atlántida, al mismo tiempo modelo (de la Grecia arcaica) y anti-modelo (la Atenas contemporánea de Platón), era sobre todo ese Otro Lugar.
Pero tal vez había algo más en la mente de Platón. Algo relacionado a lo poético y a la geografía.
Es en esa dirección hacia la que quiero ir ahora.

4. DEL MITO AL MOVIMIENTO
Está dicho en el “Timeo” que si Solón, a su regreso de Egipto, con todo el conocimiento reunido en Sais, hubiera logrado su propósito de un “poema”, habría devenido “un poeta más grande que Hesíodo o que Homero”. ¿Podría ser que la concepción de una poética diferente estaba comenzando a emerger y tomar forma en la mente de Platón? Una poética liberada del mito, más cercana al conocimiento, sin ser concienzudamente filosófica o ponderadamente didáctica, una poétíca que buscara su lugar en un espacio más amplio que el espacio político establecido, el espacio-ciudad construido.
Que Platón tenía un trasfondo poético, es un hecho. Su Atlántida se parece a la vez a “la isla de la hija de Atlas, en los confines del mundo”, de la que habla Hesíodo, y a la isla de Feacio en Homero. Él estaba al tanto también de “las cosas de Asia” – la ciudad de la Atlántida se parece bastante a la Babilonia de Heródoto, y tal vez también de las ciudadelas fenicias de Tiro y Sidón. Me gustaría pensar que él no ignoraba lo que podríamos llamar el otro Mediterráneo: el de los Pueblos del Mar (aquéllos a los que los egipcios llamaban Akaiwasha, Danuna, Shardana…), los de la expansión fenicia, a los que podemos sumar los de los bordes saharianos, de las costas italianas, ibéricas y galas, los de los templos de Malta, los torres de observación y fortalezas (nuragas) de Cerdeña y las Baleares, los megalitos de la España meridional, un Mediterráneo más antiguo que el micénico y el egipcio.
Voy camino de inventar un Platón proto-geopoético.
Para permanecer más cerca del “Timeo” y del “Critias”, algunos han visto en le inmersión de la Atlántida una referencia a la brutal desaparición, en el siglo XV A.C., debido a una erupción volcánica seguida de un maremoto, de la civilización de la Creta minoica. Y los “dicen que dijeron” geográficos se extienden no sólo hasta los límites occidentales del Mediterráneo, sino hasta el Atlántico. Oyendo la descripción del paisaje marino dejado por el hundimiento de la Atlántida, ¿quién no piensa en la región del Mar de los Sargazos? ¿Quién sabe qué rumores de viajes lejanos eran llevados a través de las olas y circulaban por las bahías del Mar Interior? Es mucho lo que alimenta la hipótesis de que los hombres de mar del Mediterráneo (cretenses de la Edad de Bronce, fenicios, micénicos) oyeron de incursiones en el Mar Exterior, el Mar de las Tinieblas, y específicamente en su parte noroeste. Teopompo de Chios habla de un “cruce “hiperbóreo”), en algún lugar hacia las Islas Británicas. La desaparición de la Atlántida podría conectarse con el  hundimiento de la tierra en la región del Dogger Bank. Cuando Plutarco habla del “culto a Cronos”, cuando Hécate de Abdera evoca un gran “Templo de Apolo” en las islas de los hiperbóreos, uno no puede sino pensar en Stonehenge. Plutarco bien puede haberse beneficiado de información llevada por los celta-británicos, y es posible que, muchos antes que él, rumores de viajes distantes desde las islas del Oeste, sea por la Ruta del Norte (Orkneys, Shetlands, Feroes, Islandia, Groenlandia), o por la Ruta del Sur (las Azores, las Canarias), llegaran al Mediterráneo. Nadie sabe exactamente, cuán lejos llegó el monje-navegante Brandán, cuando en los primeros mapas portulanos comenzó a aparecer “la isla de San Brandán” flotando en medio de un enorme espacio entre las Azores y la costa del sur de América. En su “De imagine mundi” (1130), Honorio de Autun evoca la Isla Perdida: “En algún lugar del océano se ubica una isla llamada Perdita: En encanto y fertilidad, sobrepasa toda otra tierra, pero es desconocida del hombre. De tiempo en tiempo, uno puede encontrarla por casualidad. Pero si la buscas, nunca la encontrarás. Es por eso que lleva el nombre de Isla Perdida. Se ha dicho que San Brandán desembarcó ahí”.
Es así como nació Brasil, y las Antillas — y eventualmente toda la América atópica.
Mi propósito en este ensayo bizarro no es sólo de rastrear nuestras huellas en la geografía, sino de proyectar la idea de islas del pensamiento, de un archipiélago mental. En sus “Adventures of ideas”, Alfred North Whitehead evoca el descubrimiento de ciertos bordes costeros: los del Mar Negro, los del Mediterráneo Occidental, del Atlántico, de Egipto, de la India, de China, insistiendo en la importancia de esta navegación costera para el despertar de la mente y el desarrollo del pensamiento. En tanto hablo de islas, sin nunca perder el movimiento y la emoción, es sobre todo esta dimensión, platónica-atlántica, poético-intelectual, lo que quiero tener a la vista.
Es por eso que, en lugar de apurarme a mirar la Atlántida bajo las olas del Atlántico norte, o bajo las arenas del Sahara, me vuelvo hacia “La nueva Atlántida” de Francis Bacon, escrita en el año de la Palabra y la Quietud, 1623.

5. DEL MOVIMIENTO AL MÉTODO
“Navegamos desde Perú, donde habíamos permanecido por un año entero, hacia China y Japón, por el Mar del Sur, llevando con nosotros vituallas para doce meses, y tuvimos buenos vientos del este, aunque suaves y débiles, por un periodo de cinco meses y más. Pero cuando vino el viento, y se instaló desde el oeste durante muchos días, de modo que no podíamos avanzar nada o muy poco, estuvimos a veces con el propósito de regresar. Pero entonces de nuevo se levantaron grandes y fuertes vientos desde el sur, un poco hacia el este, lo que nos llevó hacia arriba, todo lo que quisiéramos, hacia el norte; para entonces las vituallas ya nos faltaban, aunque las habíamos administrado cuidadosamente. Así es que encontrándonos en el medio de las aguas más vírgenes de todas las del mundo, sin vituallas, nos dimos por perdidos (….) Y sucedió que al día siguiente, hacia la tarde, vimos ante nosotros, hacia el norte, como si fueran  nubes gruesas, lo que nos dio cierta esperanza de ver tierra, sabiendo que parte del Mar del Sur era completamente desconocido, y podía haber islas o continentes que hasta entonces no habían aparecido a la luz”.
“La nueva Atlántida”, que quedó incompleta a su muerte (“non perfectum” en latín, “el resto fue dejado imperfecto” en castellano), puede ser considerada como su testamento, uno de esos textos que reunió durante los últimos e intensos cinco años (1621-1626) de su vida, de ese hombre que su legatario (William Rawley) describió como “la gloria de su época y de su nación”, el adorno y ornamento del conocimiento”, Francis Bacon. En una carta de 1592 a Lord Burleigh, Bacon declaró que si nunca había tenido grandes ambiciones cívicas (aunque había ocupado algunos cargos importantes), siempre había tenido en mente grandes objetivos contemplativos y había llevado todo el conocimiento humano a su provincia. Disgustado, cuando todavía era joven, con las abstractas discusiones escolásticas, como después por la ciega experimentación, había salido en busca de un nuevo sistema de educación y un nuevo campo de investigación.
Tenía que comenzar por la historia natural. Aunque uno cubriera el globo con academias, colegios, escuelas, cuerpos científicos de todas clases, aunque uno tuviera a todos haciendo filosofía, dijo, sin una historia natural como la que se proponía, la razón humana no avanzaría una sola pulgada. Esta historia natural la tituló “Sylva sylvarum” (“El bosque de los bosques”). Acompañada por “El avance del saber” (“De augmentis Scientorum”) y “El Novum organum” (“Una metodología”), sentaría las bases de lo que se ha llamado “la gran renovación (“Instauration magna”).
Para Bacon, las mentes humas estaban generalmente obstruidas por hábitos de pensamiento y lenguaje que los prevenían no solo del conocimiento “del secreto movimiento de las cosas”, sino de ver cualquier cosa con claridad. En cuanto a la investigación especializada, fuera filosófica o científica, tenía lugar en un recinto demasiado estrecho. Para usar una imagen (Bacon no menosprecia esto, diciendo que los griegos realmente nunca entendieron lo que pueblos más antiguos habían transmitido en sus mitos), lo que era necesario era moverse fuera del cerrado mundo del Mediterráneo, más allá de las Columnas de Hércules que la Grecia clásica había establecido como el límite que no debía ser cruzado. La travesía propuesta por Bacon debía ser algo más que una aventura. Debía ser una exploración conducida con método, pero sin exceso de metodología, puesto que una excesivamente rígida puede ser un total impedimento para pensar, tanto como una imaginación desbocada: si una constriñe, la otra abruma.- La idea es salir más allá el teatro de la imaginación, fuera incluso de los sobre-sistematizados laboratorios, siguiendo, en un orden disperso, líneas quebradas para dejar espacio a la suerte. Descartes, que admiraba a Bacon (le dedicó a él su “Enciclopedia”) expresa eso de una manera que Bacon habría, creo yo, al menos parcialmente, aprobado: “La razón tiende a permanecer consigo misma, en tanto los instintos se extienden hacia afuera – el instinto mantiene un ojo puesto en lo diverso, escucha, toca, saborea….”. Donde Diderot y Bacon coinciden es en ello: que ninguno es estrictamente cartesiano. Bacon no cree en ninguna pureza de la mente, ni se aferra a un valor absoluto de las matemáticas, ni apunta a un dominio sobre la naturaleza (el proyecto de la modernidad, basado en la separación entre el sujeto y el objeto). Lo que se busca es “el matrimonio entre la mente humana y la naturaleza de las cosas”. Con este proyecto, Bacon se mueve fuera tanto del Viejo Mundo (Platón – Aristóteles) como del Nuevo (Descartes).
El “Opus” que él tenía pensado: organización de la investigación, nuevas instituciones fundadas en nuevas concepciones, para cambiar la vida de arriba abajo. Tenía esperanzas en colocar sus ideas en operación durante el reinado de James I de Inglaterra y VI de Escocia, luego durante el de Isabel I, pero siempre se decepcionó; a lo más, bajo Isabel, pudo crear un jardín botánico, un zoológico, un museo y una biblioteca.
Por lo tanto, diría yo, el recurso del mito de la Atlántida, pretende mantener la visión completa viva en su totalidad: la instalación, en un lugar apropiado, de una institución comprometida con la interpretación de la naturaleza y la producción de grandes y hermosos trabajos en beneficio de toda la humanidad.
Bacon se diferencia de Compostella, Tomás Moro y tantos otros en que él no proyecta una utopía política, él inventa lo que yo llamo un lugar atópico para su programa, un topos que nunca fue capaz de situar, excepto fragmentariamente, en el contexto político cultural que él conocía. También es diferente en que se interesa no solo en la organización social, o en los avances de la ciencia; lo que ocupa su mente es la felicidad de vivir en la tierra. Para Bacon, al final, todo debe ser traducido en términos vitales. En la lista de metas deseables que traza al final de La nueva Atlántida uno se encuentra con esto: “mantener la mente gozosa”.
Como otras grandes mentes. Bacon sabía que su trabajo nunca sería “perfectum”. Él había provisto las bases para un programa que permanecería abierto y en desarrollo, para ser continuado por mentes equivalentes o, al menos aproximadas, a la suya.
En “El avance del saber” encontramos lo siguiente: “Este escrito no me parece mucho mejor que el ruido o sonidos que hacen los músicos cuando están afinando sus instrumentos, lo que no es algo agradable de oír, pero es sin embargo la causa de que la música sea más dulce después: por lo que he estado contento de afinar los instrumentos de las Musas, parta que los puedan usar lo que tienen mejores manos”.

6. UNA VISIÓN POÉTICA
Aquí quiero proponer un interludio, un interludio poético. No porque crea que la poesía puede cumplir un rol de intermezzo en un debate serio (por el contrario, la considero esencial), o porque la poesía sea una necesidad “lúdica” (su ‘gran juego’ hace parecer infantiles a los demás), sino simplemente porque en este ensayo me he entusiasmado con variar los tonos de mi discurso.
El poema que quiero citar es Atlantis del poeta inglés W.H. Auden, escrito a principios de los ’40, cerca del momento (1939) en que Auden dejó Inglaterra para establecerse en Estados Unidos.
La portada de la versión original del “Novum Organum” de Bacon presentaba un barco pasando entre las Columnas de Hércules, en el límite oeste del Mediterráneo, en busca del mar exterior, el océano abierto. Es la “Nave del Aprendizaje”, con su lema “Multi pertransibunt et angebitur scientia” (“Muchos lo cruzarán y la ciencia crecerá)”.
Cuando el poeta se pone a buscar el paso tres siglos después, el único barco disponible  es “La nave de los locos”. Este barco apareció primero en Platón (“La República”, cap. VI) como una alegoría para la democracia: un barco sin piloto, cuyo capitán es sordo y corto de vista, y en el que todos los marinos quieren conducir la nave, especialmente aquéllos que nada saben de navegación. Más tarde (a fines del siglo XV), fue tomado por Sebastian Brant de Estrasburgo en su “Das Narrenshyff ad Narragonian” para representar las locuras de la humanidad, la falta de “Vernunft” (sentido común), en cientos de coplas rimadas. Antes de descender a los terrenos de los grupos de rock y de la ciencia ficción, en 1939 todavía circula como símbolo literario:
“Puesto en la idea
De llegar a la Atlántida,
Ud. ha descubierto por supuesto
que sólo La nave de los locos
está haciendo el viaje este año,
mientras vendavales de inusitada fuerza
se anuncian y ante los cuales usted
deberá estar preparado para
comportarse de manera suficientemente absurda
como para pasar por uno de Los Niños,
Al menos pareciendo amar
los licores fuertes, las payasadas y el ruido.”

En breve, en este día y en esta época, evocar la Atlántida, hablar de cualquier cosa como visión poética, es pasar por loco.
Si usted decide embarcarse, sean cuales sean las circunstancias, deberá estar preparado para un clima hostil y un viaje duro. Usted podrá ser llevado de acá para allá en busca de un refugio. Digamos, en Grecia. Pero todo lo que encontrará ahora serán eruditos y sofistas que le dirán que no hay tal cosa como la Atlántida. Y entonces usted seguirá, tal vez a Tracia donde, en orden a liberar la tensión de la búsqueda, usted se podrá permitir una sesión para borrarse en un delirio bárbaro. Antes de avanzar hacia, digamos, Cartago, donde una prostituta en un burdel le dirá en el más suave de los tonos, “ven aquí, dulzura, yo soy la única Atlántida que jamás conocerás”:

“Debieran las tormentas, como bien puede suceder,
conducirte a anclar una semana
en alguna ciudad de una antigua bahía,
de Ionia, y entonces habla
con sus sabios eruditos, hombres
que han probado que no puede haber
tal lugar como la Atlántida:
Aprende su lógica, pero toma nota
de cómo su comercio traiciona
su dolor simple y vasto
Y por tanto te enseñarán las formas
de dudar de cuanto puedas creer.
Si, después, llegas a encallar
entre los promontorios de Tracia
donde con antorchas toda la noche
una desnuda raza bárbara
brinca frenéticamente al sonido
de conchas y disonantes gongs:
En esa costa salvaje y pedregosa
desnúdate por completo y danza, porque
a menos que seas capaz
de olvidar por completo
a la Atlántida, tú nunca
terminarás tu travesía.
De nuevo, volverás a la alegre
Cartago o a Corinto, tomarás parte
de su alegría sin fin:
Y si en alguna taberna una mujerzuela,
sacudiendo sus cabellos te dijera/
“Ésta es la Atlántida, querido”,
Escucha con atención
la historia de su vida: ¿A menos
que estés familiarizado
con cada refugio que intenta
falsificar a la Atlántida, cómo reconocerás
al verdadero?”

La última etapa es la más dura.
Te has varado en la cercanía de la Atlántida. Pero estás solo, y la región es desoladora: un frío páramo de tundra, piedra y silencio. Trepas hasta lo alto de una cumbre y realmente ves la Atlántida pero, como Moisés, sabes que nunca llegarás a la tierra prometida. Simplemente, dite a ti mismo que el haberla columbrado por un instante puede ser suficiente, después de todo, para consumar una vida.
“Asumiendo que varas finalmente
cerca de la Atlántida, y comienzas
esa terrible caminata tierra adentro
a través de bosques escuálidos y heladas
tundras donde todos pronto se pierden;
si, a pesar de todo, te yergues,
despidiéndote de todo,
piedra y ahora, silencio y aire,
o recuerdas a los grandes muertos
y honras el destino que tienes,
viajando y sufriendo
entre lo lógico y lo bizarro
tambaléate y avanza regocijado;
e incluso entonces si, tal vez,
habiendo llegado realmente
a la última columna, y colapsas
con toda la Atlántida brillando
ante tus ojos no puedes
descender, aun así debieras estar orgulloso
por haberte sido permitido
al menos vislumbrar la Atlántida
en una visión poética:
Agradece y descansa en paz
habiendo ya visto tu salvación.”

Como nuestro objetivo no se relaciona con ninguna “salvación”, podemos dejar a Auden ahí (luego se convertiría al catolicismo romano) y continuemos nuestra exploración atlántica.

7. VÍA KÖNIGSBERGY GÉNOVA
En relación al viaje atlántico, Bacon siempre insistió en la prudencia y la precisión, el orden y la organización. “Porque, como dijo en un texto sobre “la ayuda al alumbramiento del tiempo”, “la isla de la verdad está rodeada de un océano poderoso en el cual muchas mentes pueden naufragar en las tempestades de la ilusión”.
Un siglo y medio después, en el Capítulo III de su “Kritik der reinen Vernunft” (“Crítica de la Razón pura”), Kant, el solitario de Königsberg, enseñando filosofía y geografía en la universidad, haciendo sus caminatas cotidianas con la regularidad de un reloj, escribiendo sus libros, hace eco de Bacon casi textualmente: “Por ahora hemos trazado el mapa del razonamiento puro, examinando detenidamente, cada una y todas sus partes. (…)…. Es la isla de la Verdad (verdad: una palabra extremadamente seductora), pero es una isla, rodeada de un océano vasto y tempestuoso, un imperio de ilusión, donde, en medio de las densas brumas, grandes trozos de hielo que pueden disolverse en cualquier momento, pueden dar la impresión de nuevas tierras. La mente del navegante  que sueña con descubrimientos, incapaz de resistir el señuelo de la aventura, puede llenarse fácilmente de vanas esperanzas que lo conducirán hacia ninguna parte. Antes de poner pie realmente en esta isla para explorarla en toda su extensión, como para asegurarse si hay realmente la posibilidad de un descubrimiento, sería conveniente dar otra mirada a la tierra que estamos pensando dejar atrás, preguntándonos si, tal vez, no debiéramos contentarnos con ella”.
En cuanto a Niezsche, totalmente solo en Génova, cortados los lazos del hogar, abandonada la posición profesional, Kant era demasiado prudente. En Nietzsche podemos observar una urgencia mayor y, si no más esperanza, más bien un desesperado movimiento hacia adelante. En sus anotaciones de los años 1885, encontramos esto: “No sabemos en qué dirección nos veremos arrastrados, una vez hayamos dejado nuestra patria anterior. Pero es esa misma tierra la que nos da la fuerza que ahora nos conduce hacia las tierras sin límites. La fuerza interior nos hace imposible quedarnos en la vieja y descompuesta. Antes morir que llegar a ser un inválido repleto de veneno. Sabemos “que hay otro mundo.”
Entonces, sigamos adelante.

8. A LO LARGO DEL CINTURÓN DE FUEGO
En cierta época leí mucho a D.H. Lawrence. Él era por lejos una de las figuras más interesantes, para mí, de la escena inglesa. Ya no es el caso. Pero conservo cuatro textos de este inglés orgulloso y arrojado: “Atardecer en Italia”, “Lugares etruscos”, “Mañanas en México” y “Fantasía del inconsciente”. Si vuelvo a estos textos, es porque lo que tienen detrás no son historias familiares, o una historia personal (los temas de sus novelas, como de la mayoría de las novelas), sino una cosmología. Ése es el mayor secreto, y la más dolorosa ausencia de nuestro mundo. Es el hecho de que lo sepa, en su cerebro y en sus entrañas, lo que hace significativo a Lawrence. “Los hombres viven y miran de acuerdo a cierta visión que se va desarrollando y marchitando gradualmente”, dice en Fantasía. “Esta visión existe también como una dinámica idea de metafísica, y existe primero como tal. Luego de despliega en la vida y en el arte. Nuestra visión, nuestra metafísica, lamentablemente se está volviendo muy delgada, y el arte se está volviendo absolutamente desprovisto”.
Si Lawrence es inglés, es un inglés extravagante (un ave extraña, ciertamente), y es mucho más que solo un contemporáneo: “Me gusta el ancho mundo de los siglos y las edades vastas – los mundos descomunales anteriores a nuestro tiempo”, En relación al movimiento de la historia, no cree en la evolución, sino en “la rareza y los cambios irisados de la siempre renovada creatividad de las civilizaciones”, que emergen y caen, entre las “inundaciones y fuegos y convulsiones y ciclos helados” del cosmos.
Es con esa clase de perspectiva en mente que él imagina, o intuye más bien, una gran civilización, profundamente cultural, que alguna vez existió en todo el mundo. Esta visión se inicia con un panorama cosmográfico, paleogeográfico, de vastas dimensiones.
Visualiza entonces una Tierra en la que todas las aguas están reunidas en un vasto cuerpo en las partes más altas del globo, dejando lo que conocemos como lechos marinos relativamente secos- “Las Azores se elevaron montañosas desde la planicie de la Atlántida que el Atlántico ahora baña, y la Isla de Pascua y las Marquesas se elevaron sublimes desde el maravilloso gran continente del Pacífico”. A través de este espacio abierto, “hombres deambulaban entre la Atlántida y el Continente Polinésico como los que ahora navegan de Europa a América”. En este extenso espacio abierto, una cultura prevalecía, basada en la ciencia de la vida, “una gran ciencia y cosmología diferente en constitución y naturaleza de nuestra ciencia”, de modo que esa gente, estuvieran en Asia, Polinesia, América, Atlántida o Europa, estaban “en una total correspondencia a través de toda la Tierra”.
La imagen puede permanecer, la visión Atlántida, pero la realidad desaparece porque los movimientos del cosmos son más colosales que los de las civilizaciones y culturas humanas.
Lawrence deja salir algo más de su visión.
En cierta época en el mundo Atlántido, los glaciares se derritieron y se produjo una gran inundación. “Los damnificados de los continentes hundidos se trasladaron a los lugares altos de América, Europa, Asia y las islas del Pacífico. “Algunos- continúa Lawrence-, degeneraron en hombres de las cavernas”, en tanto otros “vagaron salvajes por África”, y algunos, como los isleños del Mar del Sur, conservaron al menos los signos exteriores de “la belleza y perfección vital”, como los druidas, etruscos, caldeos, amerindios y chinos, “negándose a olvidar”, conservando lo mejor posible las viejas enseñanzas, en maneras medio olvidadas: rituales, gestos, símbolos, mitos, escrituras cósmicas, siendo Egipto y Grecia, tal vez, los que mantuvieron de forma más completa la antigua sabiduría antes que se derrumbara en “magia y charlatanería”.
Asimismo, en cuanto al transcurrir de los eventos y los tiempos de decadencia.
Lawrence estaba convencido de que hay “un gran campo de la ciencia” que está todavía cerrado para nosotros: “Me refiero a la ciencia que procede en términos de vida y está fundada en datos de la experiencia y en intuiciones ciertas. Llámenla ciencia subjetiva, si quieren. La ciencia objetiva del conocimiento moderno está perfecta hasta ahora. Pero considerarla como de un completo y exhaustivo alcance de toda la posibilidad humana del conocimiento, a mí me parece pueril”.
Ahí está el credo.
Pero hay también un programa. Este programa consiste en tratar de reunir la mayor cantidad posible de elementos de la “cultura completa” propuesta.
Dedicado a su programa. Lawrence no hace, como hemos visto, ninguna reivindicación de validez científica. Pero no está satisfecho tampoco on depender únicamente de la imaginación. Él escarba en documentos científicos y colecciones, se refiere al sicoanálisis de Freud, al historiador de las culturas Leo Frobenius, al antropólogo y mitólogo James Frazer, a Platón, a los presocráticos (Tales, Heráclito, Empédocles…), al yoga y al Apocalipsis de Juan. Esforzándose cada tanto en declarar que él no es más un audidacta entusiasta y “un amateur de amateurs”.
Lawrence estaba muy consciente de que su aproximación podría, sería, errática y confusa. Él estaba tal vez menos consciente (porque sospecho que nunca releía sus escritos), pero su fiel lector lo está, de que podía ser exasperantemente repetitivo. Pero tenía lo que muchos científicos y académicos, aunque meritorios, no tienen y nunca tendrán: una notable cantidad y un sello de energía intelectual. Así como algo más, aún más escaso: la mezcla de “eros”, “logos” y “cosmos” que hace a los más grandes, y mejores, pensadores y escritores.
¿Y qué, finalmente, estaba buscando? “Yo creo”, dice en su “Fantasía”, “que sólo estoy tratando de balbucear los primeros términos de un conocimiento perdido”. Aunque él se viera efectivamente en términos de un redescubrimiento o de un renacimiento, ¿no podríamos nosotros, dejando aparte imágenes, mitos y fábulas, mundos perdidos, pensar en términos más generales?
¿Elaborar algo a partir de ese renovado sentido de caos-cosmos, y comenzar de nuevo desde lo básico?

9. CASA ATLÁNTICA
Luego de un largo periplo, estoy de regreso en mi taller atlántico, rodeado de mapas y documentos, de libros y manuscritos.
El ordenamiento, las clasificaciones de los libros tienen una lógica, pero tal vez es extraña.
Además de Lawrence, por ejemplo (al menos según la taxonomía actual), no tengo otros “Poetas británicos”, sino a Antonin Artaud. No es solo, aunque sea así fundamentalmente, porque él sea del mismo temperamento ardiente y de la misma mentalidad errática que Lawrence, sino porque él también hace referencias específicas a la Atlántida. Esto está en el libro que escribió en su viaje a México y su visita a los indios Tarahumaras: “En las profundidades de la sierra Tarahumara vi el lugar de la capital de la Atlántida tal como la describe Platón en su “Critias”…” Como ya he sugerido en el caso de Lawrence, dejemos aparte el delirio sicocultural. Lo que es importante es que, ahí en la sierra Tarahumara, Artaud fue consciente de algo, tanto en el paisaje exterior como en el paisaje interior, tanto en la mentalidad de las personas que encontró como en sus propios sueños, que era “un desafío a su época”. Él sintió que estaba en contacto con gente que tenía “una idea extremadamente elevada del movimiento filosófico de la naturaleza”, con “una dinámica concepción geométrica del mundo”, y que vivían en un territorio “literalmente poseído por los signos”.
Entre aquellos de quienes él había obtenido algunos signos y aprendido algo, Lawrence cita a Leo Frobenius. Debe haber leído, en Alemania y en alemán, libros de Frobenius tales como “Auf dem Wege nach Atlantis” (“Camino a la Atlántida”) de 1911, “Volksmärchen der Kabyl” (“Cuentos folclóricos de Cabilia”) de 1921, o “Atlantische Götterlehre” (“Teogonía atlántica”) de 1922. Estos libros están en los estantes de mi biblioteca ahora, junto a los de Lawrence y Artaud, con Rimbaud (que partió a Abisinia para ser “un hijo del sol”), y Lautréamont, nacido en Uruguay, en Montevideo, muerto en París, Rue de Fauburg Montmartre, cuyo libro principal, “Les Chants de Maldoror” yo interpreto como el poema de una mente, excéntrica y paranoica, “enferma del amanecer” (en mal d’aurore).
Pero, sin olvidarlo por completo, continuemos con nuestra intención de alejarnos de toda mitologización sicótica y proyección delirante hacia las posibilidades de una nueva ciencia y una nueva poética.
Cerca de las figuras y documentos que he mencionado recién, pero en otra categoría, tengo a Novalis quien, en su “Los discípulos de Sais” (ésos con los que Solón se reunió en Egipto como narra Platón el “Timeo”), evoca esos “múltiples pasos” en los cuales uno puede ver aparecer toda clase de imágenes: “En conchas, en nubes, dentro o fuera de montañas, plantas y personas”, y quien habla de “un Natursiin”, un sentido natural, que combina el estudio de la naturaleza con su disfrute. Cerca de Novalis tengo a Gaston Bachelard quien, en su “Le Nouvel Esprit scientifique” (“El nuevo espíritu científico”), habla no sólo de una “expansión conceptual” sino de “un bienestar cósmico”.
Estamos buscando vínculos entre ciencia, filosofía y poesía dentro de un marco (la geometría) de una nueva cultura.
Mucho de esto, fue reunido por mí en mis tempranas lecturas de Nietszche, el primer atópico de la modernidad, o proto-atópico, cuyas obras completas descansan en estos estantes del Atlántico un poco más lejos. Uno de los conceptos de Nietzsche más mal entendidos es el de “Übermensch”, a menudo traducido como “superhombre”, pero en realidad más bien “sobrehombre”, en el sentido de alguien que se ha desplazado fuera de una humanidad demasiado humana, hacia una existencia más amplia.
El poeta portugués Fernando Pessoa deja claro esto en un poema, con cuya cita comienzo a dar por terminado este ensayo — a la deriva:
“Yo declaro
que el sobrehombre será, no el más fuerte sino el más completo!
Yo declaro
que el sobrehombre será, no el más duro sino el más complejo!
Yo declaro
que el sobrehombre será, no el más emancipado sino el más armonioso
Yo proclamo esto en las orillas del Tagus
mirando afuera hacia el Atlántico!”

Para terminar realmente, solo me queda ahora bajar al borde costero, para caminar ahí entre restos y desechos, rastros y movimientos, dentro de una topología totalmente inédita. Todo está allá afuera, pero el “allá fuera” cambia sin cesar.

acerca del autor
Kenneth

Kenneth White, Glasgow (Escocia), 1936. Cursó estudios (letras francesas y alemanas, latín y filosofía) en la universidad de Glasgow, y los termina con la distinción Magister Artium de primera clase en francés y alemán. Marcha a Francia con una beca en 1959. En París escribe “Limbes incandescents” y en una casa en la montaña de Ardéche, “Lettres de Gourgounel” que fue un best-seller en 1979. Publicó después “En toute Candeur” (poemas y texto biográfico), París (1963) y tres libros en Londres. Vuelve a publicar en París en 1976, poesía, ensayos, prosa narrativa con traducción francesa (White escribe en inglés, con excepción de los ensayos). Son seguidamente traducidos a varios idiomas: alemán, holandés, italiano, búlgaro, rumano, serbocroata, macedonio, polaco, español... En 1979, White sustenta en La Sorbona una tesis de Estado sobre el "nomadismo intelectual". En 1983, es nombrado catedrático de la Universidad de París-Sorbona. Luego escribe "libro-itinerario" (waybook), como “Travels in the Drifting Dawn” recorre Europa de norte a sur y de oeste a este. En “La route bleue”, es el norte de América, las riberas del San Lorenzo y la meseta del Labrador. Ha recibido varios premios como el Médicis Étranger, el Grand Prix du Rayonnement Français de l'Académie Française y el premio Aleramo en Italia. Entre sus últimos libros editados están “Le passage extérieur”, poesía (2006), “Le rôdeur des confins”, prosa (2006) y “La carte de Guido”, relato de viaje (2011). Vive desde 1983 en la costa norte de Bretaña.