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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Narrativa
6 10 2014
La prosa en su límite en dos relatos de Rusvelt Nivia Castellanos

ABRAZOS

La ilusión de una morada en el tiempo
es el deseo de hombres y mujeres.

Octavio Paz

Hoy sacralizo a tu alma, doncella. Por el instante; permanezco taciturno, oliendo tu aroma de novia. Ilusionado, me quedo suspirado en la poesía tuya. Entre lo perpetuo, sigo vivo bajo la tarde tropical, queriendo estar siempre contigo, porque eres la primavera de mi juventud. Y hoy sólo te amo por la emanación tuya, bajo ese deseo de placer, que presiento profundo en ti, sin recelo, sin miedo a la distancia. Ya de repente, te caes sobre mi cuerpo flaco. Hermosa y con un todo fresco, me besas en la boca. Nos concebimos abrazados como los queridos semejantes, mientras persistimos sentados junto a la marea aquietada de la playa. Al otro suspiro, te riegas un poco en la mariposa, toda falca, te delatas a lo famélica. Igual, yo te acojo para probarte y nos sabemos a solas, risueños de alborozo. Nos ofrecemos unas miradas cercanas; tan procuradas por ambos con dulzura; amorosa. Mientras, este día vibrante se hace más intenso. En demasía el gozo es tierno en armonía. Así bien, develo el reboso de tu dulzura en tus mejillas según como disfruto, una con otra caricia tuya, tan palpitante en ti. Y el silencio, un silencio sereno y tuyo, moza. A solas, nos acoplamos de poco con nuestro romance. Asimismo, te veo más bonita que cuando nos encontramos aquella mañana en la isla del edén. Por el presente, estás más delicada y estás más madura, que ese pasado efímero. Pero no te lo digo; debido al miedo, no te susurro este secreto. Hoy sólo te conquisto con figuras intimistas. Me separo entonces de tus pechos albos, allí donde estaba recostado junto a tus delicias celestiales. Así que lento, paso a pintar tu belleza en el lienzo. Te hago rosácea como para la ocasión inesperada. En la instancia, te concibo más preciosa, que las sirenas soleadas. Tú efigie es esbelta como una diosa misteriosa; tu piel renace blanca como las nubes y yo te admiro con pasión desbordada. La cara tuya precisa en lo esotérico, me hechiza y envanece. Con la adecuada devoción; tus ojos de mar, entre esta realidad confundida; ahora me sumergen en fantasías infantiles. Más por lo nuestro, te ansío entre los besos esquivos. En vez, yo rozo tus brazos de color arena. Y el olor de lila sublime tan tuyo y persistente, me hipnotiza. De llenura, tu gracia dada para la vieja ausencia; me hace loarte con locura. Ya con sorpresa; tus cabellos se mecen junto a la brisa, ellos van refulgiendo castañamente con perfección. El día y tú, resurgen en uno solo, se prenden hechos para este pintor tuyo, quien empieza a sonreírle a tu rubor de muchacha anhelada. Avivo enseguida la inspiración por cuidarte largamente hasta el sin fin del olvido. Para esta vez, me quedo entonces contigo sin ningún adiós desvanecido, recobro tu dócil ilusión. Y de suscitación con elevación, estoy contigo como reposo con tu felicidad; dedicándome a ti y protegiéndote con nuestro amor; candorosa de mi mundo; linda, que te poseo otra vez abrazada a mí, mientras acabo de recrearte; mujer surrealista.

 

MUSA Y AZULADA

Es un sábado de junio en el mundo. Eso se evidencia bajo el crepúsculo descorrido y con estrellas. El clima lo siento a la vez un poco sereno en esta ciudad serpentina. La vida de hoy, pese a las penumbras, la noto esperanzadora.
Por cierto, me crucé hace un rato contigo. Todo pasó de manera transparente. A ti, te impresioné con satisfacción. El encuentro fue como organizado por los astros. Creo que lo milagroso se produjo. Enardeció lo querido. De sortilegio, volvimos a contemplar nuestras caras por entre la calle rumbosa y tenue de luz. Para mí, ocurrió allí lo majestuoso donde pude ver hasta tu pasado más recóndito. En la limpidez de tus gestos, apercibí un rocío; sobre tu cuello, ausculté la docilidad. Luego, nos imaginamos como dos almas entrelazadas. A solas, nos fuimos reconociendo con cada latido entrañable. La ansiedad vino con sigilo. De repente, posaste tus ojos en mi sonrisa, volada de poesía. Eso fue vital, saberte a ti con esa devoción de diosa femenina. En el instante, yo quedé indefenso. Tu preciosidad, congregó todo lo divino. Me sedujiste como si fuera el único hombre. Viniste hasta donde estaba yo. Despaciosamente desfilabas con un vestido de colores marinos. Ibas engalanada. Movías tu cuerpo con delicadeza. Y pronta llegaste a mí, sin recelo ni presunción. Te acercaste de una manera especial. Para la sorpresa, no dijiste nada al saludarme; solamente me besaste. De efluvio; nos conmovimos con ternura, dejamos humedecer nuestras bocas.
Al cabo del ósculo, te supe dubitativa. Entonces, por eso posé una mano sobre tus hombros. Lo hice para pacificarte. Y mejor así juntos, caminamos en silencio por los senderos urbanos. Recorrimos cuadras de edificios. Sin prisa, curioseamos por los bares y los restaurantes refinados. Se escuchaba la música. Estos lugares se mostraban festivos. La gente bebía aguardiente, las parejas bailaban. Los unos coreaban bullarangas, los otros cenaban noviazgos. En cuanto a ti, recuerdo que estabas pensativa. No insinuabas lo que verdaderamente compartíamos. De fresca cambiaste a ser misteriosa. Soltamos las palabras de nuevo, al llegar a la plaza de Quevedo. Por fin pude desfogarme. Allí, recuperamos la juventud. Yo te recité nuestras tardes del colegio. De emoción, fue natural ponerlo en evidencia. Evoqué tus lecturas de poemarios. En secreto; te mandaba los presentes por medio de nuestro amigo, Julio Silva. Así que tú, ante lo escuchado, volviste a nuestro ayer y me enunciaste el único día donde corrimos hasta la cafetería para comprar cubanos y donde te cogí de la mano, pero pronto con fragilidad, te solté porque estaba nervioso.
Ya después de las inocencias, recuperamos el presente, nos sentamos sobre un muro de ladrillos. Por esos lados de la plaza bohemia; hablamos de temas cultos, nos bebimos unas copas de vino. Estuvimos afables. Una vez volvió el silencio, te creí más mujer conforme rozaba tu piel con mis dedos. Con cuidado, pretendí despertar la pasión mientras la bruma de los cerros se tornaba morada. El idilio fue bello. Acaricie tu rostro. Tú me volviste a besar en los labios. Desde lo íntimo, te supe tibia en tu interior. Fue elevado estar a tu lado, adosado a ti, saboreando tu lengua húmeda. Aún sigues inspirándome, no te olvido. En medio del goce, te lloré en secreto.
Sobre el otro momento, cuando te separaste, sola te alejaste de mí. Te fuiste por un sendero en bajada, sin despedirte. Lo sé, volverías a encontrar a tu esposo. Ser infiel te molestaba y a la vez, te gustaba. Respecto a mí, ahora estoy feliz, porque tengo la certeza de que otro sábado, estaré contigo y luego te volverás a ir, Erika.