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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Narrativa
6 10 2014
Nadie nace sabiendo y otro cuento de Julián Amézquita

NADIE NACE SABIENDO

"Nadie nace sabiendo" solía decirme mi tía Teresa, cuando era niño; así la recuerdo, en su juventud: tan llena de consejos, tan vital. Es la mayor de siete hermanos, la más responsable, la más emprendedora, la más fuerte pero también, la más sufrida y frágil. Una contradicción en carne viva; tenía la increíble fuerza de saberse, en el fondo, extremadamente frágil.

Mi madre es espejismo de ella. De hecho, mi tía Teresa fue la primera persona de la familia que vino a Lima a forjarse un diferente camino con un mismo destino: simplemente una vida mejor de la que tenían en provincia. La primera vez que la vi, estaba con su uniforme de trabajo, así permanece en un rincón de mi memoria en mi niñez. Era un uniforme que lo cuida hasta hoy y que lo cuida de tal manera que usa un antipolillas, para evitar que esos bichos destrocen su ropa.

De niño me caí de una larga escalera, desde entonces, tenía hemorragias cada cierto tiempo; hemorragia nasal que le dicen. Fue hasta un cumpleaños de ella, al que yo asistí, que me congestionaba la vida. Hasta que en esa fiesta en que yo comencé a desangrar, mi tía me aplicó una inyección y santo remedio hasta el día de hoy; ni mi madre lo habría hecho mejor, pero ella, sí. Y colapsó mi existencia en mil colores, al menos, en aquella parte de mi vida, me quitó una cruz muy pesada. Sentí que debía un auxilio afectuoso.

Mi tía era quien se daba cuenta de los maltratos de mi padre hacia toda mi familia, hacía mí en particular. Era el único varón endeble, debo haber sido una desilusión para él. Sus palabras más cariñosas hacia mí eran: huevón, mierda, inútil y, me lo repetía tantas veces, que realmente creía que era así. Por eso mi tía no soportaba a mi padre; detestaba su vocabulario familiar.

Su deseo abarcaba la totalidad de su cuerpo, dulcemente doloroso quería una vida diferente a la de mi madre; sin embargo, su existencia era dura.

Yo sé lo que sé, también qué ignoro. Ecos alrededor en un camino ondulante - me dijo. Prefería estar incólume, que hacerse la víctima.

Hubo temporadas en las que no la veía, me enteraba de lo que le pasaba por medio de mi madre. Hasta que llegó la maldita mala noticia que tenía cáncer mamario, desde entonces la volví a ver más seguido; noté que repetía mucho frases largas constantemente (al igual que mi madre). Una especie de juego malsano infinito, me amparaba.

Noté que las personas que han sido muy maltratadas, sienten un miedo inicial cuando alguien se le acerca para abrazarla o hacerle un cariño, reparé. Luego todo se fue dando de forma natural, una larga secuencia. Dios, la mujer que fue tan compasiva conmigo se estaba muriendo, y yo no quería que eso sucediera sin, al menos, abrazarla fuertemente y vencer mi timidez para decirle: "te quiero mucho, tía. He aprendido mucho de ti, ahora tolero más."

Mi tía tuvo una vida complicada: un marido que la maltrataba y le era infiel, un hijo indiferente. Nadie puede aguantar tanta tristeza, su corazón se volvió triste: sino lloraba, estaba cabizbajo taciturna.

Cuando comenzó a empeorar su estado de salud, se mudo a mi casa. Advertimos que ella ya no oía bien.
- ¿Por qué no te compras unos audífonos, Tere- preguntó mi madre.
- ¿Y para qué?, está comenzando a enfriar mi cuerpo, así empieza la muerte, moriré pronto- respondió ella, sonriendo entre lágrimas recorriéndole el rostro, mermando nuestros ánimos. La búsqueda del amparo de la luna de la vida. Amén.

 

AL OTRO LADO

A veces el placer y el dolor son inevitablemente adyacentes. ¿Quizá seamos inevitablemente los repetibles?, ¿para qué prolongar el dolor? Tienes mucho tiempo para pensar, pero para sentir, ¿cuánto?, ¿eh?  Si no dejas el miedo, jamás tu alma despuntará el viaje. Los sentimientos encontrados son muy comunes en esta vida; una promesa salida de una boca impropia, puede ser una farsa de aquel miedo. Quizá el punto final sea un manantial de ideas incongruentes, inconsecuentes. Todos tenemos nuestra porción de desdicha, que es tan individual, pero la cuestión es ¿qué hacer con ella? Los poemas son siempre inacabados, amigo. Así como la vida; aunque pongamos punto final siempre podría haber una vuelta más. No sé si vale la pena corregir sobre lo corregido, siempre entre una ida y vuelta habrá cosas por corregir. A las palabras debes oírlas con la lengua, saborearlas con los oídos, pensarlas con el corazón y sentirlas con la cabeza.

Sé que comí la manzana podrida, pero lo disfrute. Ahora veo pasar mi vida como si estuviera grabada en cámara lenta, cierro los ojos para ver con claridad, sueño con los ojos abiertos; imaginándome a todos ustedes mirándome y rezándome. Me imagino a Courtney Love orinándome en la boca, diciéndome: "¿te gusta?", o fumarme a Paz Vega.

¡Oh, Germán, querido amigo mío: tú no me encontrarás aquí, cuando leas estas palabras. Te regalo mis recuerdos: cuando me enteré que era VIH positivo, le propuse a Claudia hacer el sexo rabiosamente, como modo de despedida, por última vez. La cité un lunes a las once de la noche en el cementerio presbítero Maestro, había tanto silencio como solo los cementerios pueden contemplar; no era difícil entrar ahí, solo sobornamos a los vigilantes, y lo hicimos entre tumbas de históricos personajes: yo eyacule al inicio como pasta dental, después parecía legía, luego un chorro de sangre. ¡Dios era el último encontronazo sexual de nuestras vidas! Ella me había contagiado, ambos lo sabíamos; era como una prueba: su ombligo parecía una piscinita repleta de semen y de mis lágrimas; le alimentaba la piel.

Ella cayó enferma primero, yo fui a visitarla a la clínica, entré a su habitación; estaba repleta de tubos y manchas en la piel. Fue avanzando silenciosamente, llegando a la fase terminal. Tocarla era como tocar mis sentimientos con guantes de boxeo; ambos quisimos hacerlo de nuevo, pero ya estábamos muy débiles, ella trato de evitar que pasé lo que pasó; sin embargo, las pasiones son las pasiones: ambos lo hacíamos con quien nos gustara, ya ves cómo acabó. - Discúlpame por haber querido amar tanto, yo te amé, y también (al igual que tú) necesitaba más amor-su voz venia de abajo, quería justificarse, justificarnos, estaba recostada en una cama y la voz la tenía ronca, le habíamos echado la culpa a nuestros padres, a nuestra educación, a nuestra generación... ¡todos eran mierda! Menos este par de irresponsables con falta de afecto.

Amnesia obligatoriamente negada, solo quedaba encarar la cara triste de un payaso, que otrora nos hizo sonreír, reír, carcajear; ahora parecía que se le acabaron las ocurrencias de la chispa, los chistes que ahora se me antojan tan repulsivo como un mal perfume. ¿Ahora dónde estarás, dueña de mis besos?

Singularmente, comencé a ponerme mal. No tenía dinero y tampoco quería molestar a nadie. Me aislé del mundo hasta que llegue el día que me pueda reencontrar con ella. Quiero que me disculpes la vacuidad, pero así estoy de vacío; sin embargo, me acordé de ti y quería dejarte esta nota de despedida. Ahora huirás de mí, ya estoy manchado.