Martes 16 | Julio de 2024
Director: Héctor Loaiza
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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Narrativa
3 3 2014
Londres rojo (fragmento) por Alberto Simón Oñate

1
   Es una noche oscura de invierno. Londres ya no es lo que era, la desesperación inunda las calles. Una oleada de criminalidad azota los corazones de los londinenses.
   Yo, Jack Hill, estoy como tantas y tantas noches sentado en mi sillón, con los pies sobre la mesa y la mirada perdida en el horizonte, más allá de la ventana del salón.
   Al mismo tiempo, Ed está en su habitación con un nombre más para incorporar a la interminable lista de mujeres que pasaban por nuestra casa, aunque no siempre llega a conocerlo.
   Edward Hill, menudo sinvergüenza, sin embargo, el cabrón siempre me ha caído bien. Me resulta divertido salir con él por los bares. Mientras me dedico a beber mi copa de ron cola apoyado en la barra, observo cómo se acerca a la chica elegida para esa noche hasta que, un poco después, los pierdo de vista, señal inequívoca de que la caza se le ha dado bien.
   Al cabo de un rato decido volver a casa, me engalano con mi pijama de Sherlock Holmes, me preparo un cubata y me siento en mi sillón.
   Me he bebido ya más de la mitad de mi combinado cuando oigo gritar a la chica y no precisamente de placer. Entre sus palabras logro distinguir algún insulto que otro. Ed, en cambio, tiene un tono tranquilo y sosegado, lo cual irrita más, si cabe, a nuestra invitada.
   Me levanto curioso y me acerco a la habitación a escuchar a hurtadillas la conversación, repetidas veces debo taparme la boca para contener la risa ante los ocurrentes comentarios de Ed.
   Entonces sucede lo inevitable: la señorita, con gran brío toma el camino hacia la salida. Mientras la damisela se aleja hacia la puerta admiro su trasero. Lo mueve rítmicamente y me parece, por cierto, muy bonito para los improperios que acaba de propugnar.
   Tras un sonoro portazo, volvemos a ser dos los que habitan la estancia. Ed, desnudo, me da un par de palmadas en el hombro y se pone de camino a la cocina.
   Desde que le conocí me ha sorprendido su naturalidad ante el nudismo y el sexo y, pese a no parecerme mal, no acabo de acostumbrarme a verlo circular en cueros por la casa.
   Yo vuelvo a mi particular trono desde el cual contemplo mi reino. Por un lado, si miro hacia los ventanales, tengo a todo Londres a mis pies y, por otro, puedo vigilar todo lo acontecido en el piso. A los fogones veo a Ed, vestido con nada más que un delantal. Se prepara afanoso un tentempié para reponerse del desgaste físico y mental que acababa de sufrir.
   –Perdona por el espectáculo, aunque te haya servido de entretenimiento –me dice Ed.
   Se acomoda en el sofá, deja la bandeja sobre la mesa y procede a comerse el almuerzo, por llamarlo de alguna manera, que tan bien le sentaba a estas horas de la noche.
   Desde sus inicios en el manejo del arte culinario me ha llamado la atención el cuidado y el detalle con el que preparaba la presentación de los platos.
   En el menú de hoy tenemos dos huevos fritos sobre un par de tostadas, a su derecha, dos salchichas y a su izquierda tres tiras de bacon; a modo de un menú de lo más apetecible.
   –Ya sabes, la historia de siempre –continúa–. Y es comprensible, claro. Ven la cama y piensan que van a dormir. Es un fallo en la historia del ser humano. Utilizamos el mismo lugar para descansar que para practicar sexo y eso, aunque sea a un nivel inconsciente, confunde. Hasta donde yo sé, este piso no es un hotel. Alojamiento y desayuno parece ser su objetivo cuando han venido a por algo muy diferente que es, por cierto, su segura recompensa.
   –Eres todo un personaje –contesto–. Algún día te llevarás un par de bofetadas.
   –Alguna vez ya me las he llevado. Si ése es el precio por dormir solo todas las noches estoy totalmente dispuesto a pagarlo. ¿A qué hora tienes la entrevista, por cierto? –me dice con tono jocoso.
   –A las diez de la mañana, aunque creo que ya intuías mi ausencia. Prefiero dejar ese puesto a otro candidato.
   No he trabajado nunca, pese a tener ya veintinueve años y después de haber realizado mi tesis doctoral. La única utilidad que le encontraba a haberla realizado es el tratamiento de doctor en las escasas cartas a mi nombre.
   Me gradué como ingeniero químico en la Universidad de Oxford y decidí realizar el doctorado para completar mi formación.
   Una vez lo hube terminado, llevo un par de años sin poder trabajar y la falta de ofertas laborales decentes empieza a resultarme desesperante.
   Quizás mi situación acomodada no me sea favorable a la hora de elegir las entrevistas de trabajo a las que debo asistir.
   Hasta ahora, las empresas con un puesto interesante no me llaman y las que lo hacen me resultan intrascendentes.
   Pese a todo, he conseguido mucho dadas las circunstancias ocurridas en mi infancia.
   Hasta la edad de once años, viví en Reading, al oeste de Londres, con mis padres Tom y Margaret en una pequeña casa carente de lujos, sin embargo, tenía todo lo necesario para un niño de esa edad. Aunque no tenían hermanos y perdí al último de mis abuelos cuando tenía cuatro años, tengo recuerdos muy felices de aquella época. Hasta aquella noche. La noche.
   Me encontraba en casa, veía un poco la televisión. Una de zombis, aprovechaba el tiempo en ausencia de supervisión paterna.
   Mis padres nunca me prohibieron nada, la verdad. Era un niño ejemplar, tímido, cuidadoso, educado y rara vez me metía en líos, aun así había películas que prefería ver sin ellos.
   En el exterior, una lluvia ligera y constante me impedía escuchar con claridad, lo que me obligó a subir el volumen de la televisión. Recuerdo que llevábamos toda la semana pasados por agua y deseaba ver el sol. Saqué del bolsillo del pantalón el papel que mi madre me había dibujado esa mañana. Era un círculo con líneas rectas que salen de él. Un sol bastante esquemático pero que consiguió subirme el ánimo.
   Mis padres habían ido al teatro a ver El fantasma de la ópera, me ofrecieron ir, pues raramente me dejaban solo, pero yo prefería quedarme en casa tumbado en el sofá con un buen bol de palomitas.
   Una hora tras el final de la función esperaba impaciente su llegada.
   Me extrañó mucho su tardanza, nunca solían entretenerse pero, a causa del adverso clima, me imaginé que habían tenido problemas para tomar un taxi. Es un contratiempo habitual en las ocasiones en las que hay tanta gente desesperada por un mismo objetivo.
   Escuché como un coche aparcaba frente a mi casa. Salí ansioso a buscar a mis padres pero no encontré lo que esperaba. Vi a un policía que se agachaba para ponerse a mi altura; después me cogió del hombro y, mirándome a los ojos, me dio la terrible noticia. Mis padres habían muerto.