Miercoles 24 | April de 2024
Director: Héctor Loaiza
7.243.874 Visitas
Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
resonancias.org logo
157
Narrativa
1 7 2013
Un fragmento de El Hogar Infinito por Alvaro Gutiérrez Maestro

Un mendigo cuenta en primera persona su historia y la de otros compañeros habituales de una céntrica plaza madrileña. La voz narrativa intenta ensartar en un collar las vidas rotas de esas personas ante las que pasamos intentando no cruzar la mirada con ellos. Su narración a menudo se interrumpe con puntos suspensivos, como las propias existencias de los protagonistas, fracturadas, zigzagueantes, siempre amenazadas por un desenlace abrupto: la muerte por pulmonía, la agresión de unos gamberros, la detención policial. Ni siquiera el tiempo discurre linealmente, sino que parece dar vueltas sobre sí mismo, como los pasos de los desvalidos que no pueden regresar al pasado (la vida antes de la calle) ni tienen ningún futuro por delante. Esa colección de vidas despeñadas, la del Marqués, el Ruso, el Sweet o la Lagartija, como estrellas fugaces, cada una con un deseo minúsculo y conmovedor, con su culpa y su arrepentimiento, acaba formando una constelación inolvidable de solidaridad, dolor y alegría: la partitura entera del sentimiento humano interpretada por una orquesta que nunca habíamos oído. Encontraremos en El hogar infinito lo que sucede a nuestro lado mientras apartamos la vista: escenas románticas y eróticas en un cajero automático, sobre lecho de cartones; generosidad secreta y brutalidad innecesaria e inmerecida de la que son víctimas quienes se siente como piezas de ajedrez comidas, “colocadas en hilera al borde del tablero”. El desenlace sorprendente, escalofriante, nos interpela directamente y deja su acusación y su lamento resonando mucho tiempo después de la lectura.


Capitulo 1 – La Calle.

La calle siempre enseña algo, solía decir el marqués, todas las personas deberían vivir una temporada en la calle, así serían mucho más humanas.
El Marqués tenía a menudo ese tipo de ocurrencias. Creo que yo era de los pocos que le entendían, de ahí nuestro apego. Un día me dijo que, si se lo hubiera propuesto, habría llegado a ser alguien importante. Y yo le creí. Aún pienso a menudo en él; donde quiera que esté.
La plaza de la Villa de París es un sitio muy conveniente para vivir. Realmente no es una plaza, se trata más bien de un pequeño parque cuadrangular rodeado de edificios oficiales y bloques de pisos que albergan tanto oficinas como viviendas. Las medidas de seguridad de la zona alejan de aquí las peleas y las agresiones de los grupos violentos que tanto se prodigan últimamente. Además, los setos que pueblan el jardincillo que rodea el parque permiten la satisfacción de las necesidades más básicas con una cierta intimidad.
Me gusta lo bien organizado que está todo. Aquí cada uno tiene su sitio. Y se respetan las normas. Porque hay normas. Normas sabidas de todos. No normas escritas ni nada de eso. No se habla de ellas. Nadie las enseña. Simplemente, cuando llevas un tiempo en la calle, las sabes.
Los zombis se reúnen al otro lado del parque, en los bancos cercanos a la retaguardia del Museo de Cera. Nosotros nos mantenemos en nuestra zona y ellos en la suya, no nos mezclamos mucho, la verdad. Ellos a sus chinos y nosotros a ir tirando. Suelen ser unos veinte. Sin embargo, solo cinco o seis...
Yo algunas veces hablo con uno que es paisano mío. Aparenta los treinta, aunque debe de tener veintiuno o veintidós. No sé por qué, pero le llaman Sweet. Al Sweet le van las chapas, los parches anarquistas, los imperdibles, la letra «k» y esas cosas. A mí me parece que hace mucho que todo eso pasó, antes de que él naciera incluso, pero él insiste en que está más vigente que nunca.
El Sweet siempre lleva consigo un pequeño tablero de ajedrez. Cuando está lúcido se le puede ver sacando de una cajita un puñado de piezas de madera y enfrascándose en interminables partidas consigo mismo. Siempre pierdo, dice. Y cuando alguien le pregunta, responde que suele elegir el bando equivocado. Luego se guarda el suelto en el hatillo y, mientras estrecha cordialmente la mano del curioso, deja algún recuerdo en ella. Toda mi vida preferí estar del lado de los perdedores, aclara cuando se despide. Y sin más, vuelve a sus piezas negras. Porque en su ajedrez no hay piezas blancas. Todas son negras.
Un día le pregunté qué veía en aquel tablero. Lo hice para ver si se le desataba la lengua y hacía pura filosofía de su respuesta, esperando alguna disertación acerca de la lucha de clases, del papel de los peones, los reyes y esas cosas. Antes de escuchar su respuesta yo ya había compuesto en mi cerebro un convincente discurso. A veces me pasa. Sin embargo, él se puso muy serio y contestó que aquel tablero era como la vida misma. Nada más. No sé por qué, pero me pareció la misma respuesta que hubiera dado cualquiera. No le he vuelto a preguntar.

acerca del autor
Alvaro

Alvaro Gutiérrez Maestro, nacido en Madrid, ha residido y trabajado en Dublín (Irlanda) y Santa Fe (Argentina). Escritor de novela y relato, ha compaginado su faceta literaria con la de músico, profesor o trabajador en el campo de la acción social. Además, es colaborador habitual de distintos medios especializados de ámbito cultural. "El Hogar Infinito" (451 Editores) es su primera novela.