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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Arte
20 10 2012
Víctor Grippo: la materia y la conciencia por Ana Maria Battistozzi
A diez años de su muerte, una muestra en el MALBA refleja las preocupaciones de Víctor Grippo, donde se cruzan la química y la filosofía. Víctor Grippo era un hombre austero, de gran refinamiento intelectual y meticuloso en su trabajo hasta la obsesión. Recuerdo un encuentro meses antes de su muerte, días antes de inaugurar aquella bella y última muestra que realizó en Ruth Benzacar. La novedad en ella era básicamente un conjunto de figuras blancas, sin definición formal, que llamó Anónimos y según el artista, había surgido en su obra como el ejército de seres que desde fines del 90 había empezado a poblar la realidad nuestra de cada día. Figuras fantasmales, como tantas que vagaban sin destino por la ciudad y traducían su intensa preocupación por la generalizada pérdida del trabajo. Quizás por eso mismo el mundo laboral, que constituyó uno de los ejes de su poética, tenía en esa exhibición una presencia fundamental. Allí estaban nuevamente sus mesas cargadas de herramientas y sus máquinas blanqueadas como espectros y despojadas de su dimensión material. Podría pensarse aquella exhibición como una elegía a ese mundo del trabajo que su obra jerarquizó pero también una despedida de un mundo que empezaba a resultarle ajeno. Meses después Grippo murió.
En 2004 el MALBA realizó una retrospectiva de su obra y ahora trae a sus salas un acotado homenaje para conmemorar los diez años de su muerte. Unas veinte obras, suficientes para reflejar las preocupaciones centrales del artista acompañadas de algunas reflexiones que caracterizaron su pensamiento. Alguien podrá acotar que es demasiado en tan corto tiempo dada la lógica de novedad que impone el sistema de exhibición pero tratándose de Grippo, es fundamental para poner las cosas en su lugar sobre todo, en un momento en que los valores aparecen revueltos y confundidos tanto en el arte como en el orden social.
Tal vez sea ese el sentido que ha querido darle Marcelo Pacheco, curador de la muestra, a juzgar por el texto Extravíos con Víctor Grippo, incluido en el catálogo. Allí cruza la fatalidad de una historia nacional empeñada en la confrontación sin tregua con la aspiración de un artista, tanto para descansar definitivamente en paz como para hacer de la lúcida rutina creativa un acto de resistencia a la barbarie.
El sentido de una obra —sostiene Hans Jauss— no se establece de una vez para siempre, sino que se modifica en cada instancia histórica de su recepción. ¿Cuál es entonces el valor que encuentra el espectador de hoy en la obra de Grippo? Acaso la intensidad de sus preocupaciones expresadas con infinita serenidad, sin el menor atisbo de crispación. Uno de los tópicos que su obra despliega con mayor insistencia refiere a la energía y a la transformación de la materia: dos cuestiones que parecen desprenderse de sus estudios de química pero fundamentalmente sintonizan con una reflexión filosófica referida a la formación de la conciencia del sujeto.
Así, se exhiben aquí obras de los 70, como “Naturalizar al hombre, humanizar a la naturaleza” (1977), llamada también “Energía vegetal”, una gran mesa cargada de papas y recipientes de laboratorio. También “La papa dora la papa, la conciencia ilumina la conciencia” (1978), “Síntesis” (1972), y “Tiempo” (1991), obras realizadas a partir de la elección de la papa, ya como alimento o fuente de energía que representa también la definición existencial que asumió desde América.
La transformación o trasmutación de la materia es algo que abarca la obra de Grippo desde distintas perspectivas. Y si bien coincide con el modo de observación científico atento al comportamiento de la materia, invariablemente se eleva a instancias de reflexión filosófica donde se cruzan la tradición alquímica, la simbología de los números y el pensamiento dialéctico. Algo de esto emerge en “Vida, Muerte, Resurrección”, obra de 1980 que integra cinco cuerpos geométricos de plomo rellenos de porotos en un proceso biológico de crecimiento, transformación y extinción que al estallar pone en evidencia el poder de la resistencia interior.
En el conjunto de obras de esta exhibición se impone, claro, la presencia dominante de la mesa, central en la obra de Grippo. Desde “Todo en marcha”, la mesa de laboratorio, original de 1973; “La comida de artista”, esa obra despojada de 1991 que pertenece a la colección del Malba; “La intimidad de la luz en Saint Yves”, de 1997; “La mesa de albañil”, de 1998, hasta “La mesita del carpintero Bogado”, de 2001. Todas ellas, madres hijas y hermanas de aquella mesa de trabajo de “Algunos oficios”, la instalación que presentó en la galería Arte Múltiple en 1976, donde ponía de manera rotunda en escena la estética del trabajo y la materia desde el poder evocador de la tierra, la madera, las herramientas y el principio de construcción.
En Grippo la reivindicación del hacer nace de la convicción de que el empeño del hombre en vencer la resistencia de la materia contribuye a la formación de su conciencia. En aquel encuentro que tuvimos, previo a esa última muestra suya en Ruth Benzacar hablamos mucho sobre eso. A propósito de la pérdida del trabajo le pregunté si tenía presente aquel bello párrafo de la <i>Fenomenología del espíritu</i> –que de manera directa o indirecta había modelado el pensamiento de su generación– donde Hegel refiere al conflicto entre amo y esclavo, y a la función del trabajo en la formación de la conciencia. Me respondió afligido con otro interrogante: ¿Qué importa ahora eso, si el trabajo empieza a desaparecer?
acerca del autor
Víctor

Víctor Grippo (Junin 1936 – Buenos Aires 2002). En su ciudad natal aprende algunos aspectos del oficio de escultor con un herrero italiano. Se radica en La Plata donde realiza estudios de química en la Facultad de Farmacia y Bioquímica que abandona por la de diseño que cursa en la Escuela de Bellas Artes de La Plata, Allí asiste a los cursos de Visión impartidos por Héctor Cartier. Presenta sus primeras muestras individuales en 1953 en Junín y en 1958 en el diario Nueva Era de Tandil. En 1961, participa del Grupo Sí, colectivo platense de jóvenes artistas adheridos al informalismo. En 1966 realiza su primera exposición individual en Buenos Aires en la Galería Lirolay. Hacia 1970 adhiere al Grupo de los Trece (más tarde Grupo Cayc), organizado por Jorge Glusberg e impulsa en Argentina el arte conceptual. El grupo gana en 1977 el Gran Premio de la XVI Bienal Internacional de Sao Paulo. Entre 1971 y 1977, Grippo realiza una serie de obras “Analogías”, en las que destaca la energía contenida en productos como la papa, los cereales y las legumbres. Se suceden muestras personales destacándose “Algunos oficios”, presentada en 1976 en la Galería Arte Múltiple; “Víctor Grippo - Obras de 1965-1987” realizada en 1988 en la Fundación San Telmo; “La comida del artista” en el Instituto de Cooperación Iberoamericana en 1991; “Mesas de Trabajo y reflexión” en 1994 integrando la V Bienal de La Habana y en ese año “Víctor Grippo-Energía-1971-1994” organizada en el Museo Carrillo Gil de México DF. En 1995, se presenta la mayor retrospectiva sobre su obra en la Ikon Gallery de Birmingham (Gran Bretaña) y en el Palais de Beaux Arts de Bruselas (Bélgica). En 2001, realiza su última muestra individual en la Galería Ruth Benzacar en Buenos Aires, donde retoma sus reflexiones acerca del mundo del trabajo. Participa en la XI Documenta de Kassel, Alemania, en el 2002. Fallece en Buenos Aires el 20 de febrero de 2002.