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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Arte
9 4 2012
Los ochenta años de Botero en el mundo por Cristina Esguerra

Medellín, ciudad natal de Botero, celebrará los 80 años del artista con la exposición: Viacrucis: La pasión de Cristo que se inaugurará el 3 de abril en el Museo de Antioquia. Su más reciente producción artística está conformada por 27 óleos a gran escala y 33 dibujos. Esta es la primera vez que estas obras serán presentadas en Colombia.

La exposición desvela el detallado estudio y el amor que el artista colombiano siente por la pintura italiana del Renacimiento. Botero aborda el tema de la pasión de Cristo desde contextos tan diversos como Manhattan o los pueblos antioqueños. El artista permanece fiel a los eventos de la historia de Cristo y también al singular estilo con el que ha conquistado la fama.

"El tema del Viacrucis fue muy importante porque fue el único que existió en la pintura prácticamente hasta el siglo XVI. Todos los grandes pintores del arte, como Giotto y Masaccio, pintaron el Viacrucis, pero desapareció y es un tema maravilloso, por eso lo hice", dijo el artista al periódico colombiano El Tiempo.

En Bogotá, la celebración será distinta. El 17 de abril Botero discutirá sobre algunos aspectos de su vida y de su obra con Roberto Pombo, director del periódico El Tiempo. La charla se llevará a cabo en la Biblioteca Luis Ángel Arango en el centro de la ciudad. Las muestras en Italia, Chile, España y Brasil también hacen parte de la celebración. La gira mundial de exposiciones de Botero comenzó el 17 de mayo en Asís (Italia) con la presentación de 80 esculturas. El Museo de la Memoria de Santiago de Chile expondrá /Abu Ghraib/ la serie hecha por el colombiano sobre la tortura en Iraq.

Pietrasanta, considerada la capital italiana del arte, se sumará a los festejos con un homenaje. El 19 de abril, el día del cumpleaños del artista, la ciudad italiana será el escenario de una exposición de escultura monumental y de dibujo sobre tela. De allí pasará el 8 de octubre a Bilbao y luego tendrá al Museo de Sao Paulo como anfitrión.

México, el segundo país con más problemas de sobrepeso del mundo después de Estados Unidos, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, fue el lugar en el que el artista colombiano descubrió para siempre el poder del volumen. Cuenta la leyenda que el hallazgo sucedió en 1956 cuando Botero dibujaba una mandolina en un parque de la capital, donde residía en aquel tiempo, y por el azar de la creación comenzó a exagerar las formas del instrumento musical. Buena parte de las orondas figuras que pintó, esculpió y dibujo desde entonces se distribuyen ahora –o se “derraman”, como expresa Vargas Llosa– por los siete salones del Palacio de Bellas Artes y por la explanada que lo rodea.

La muestra, que estará abierta hasta el 17 de junio, se ha dividido por categorías temáticas, desde su obra temprana, centrada en la infancia del artista en Colombia, hasta una serie sobre las torturas cometidas por soldados estadounidenses a presos iraquíes en la cárcel de Abu Grahib. Según la comisaria de la exposición, Lina Botero, hija del autor, solamente faltan las obras de la serie /Vía Crucis,/ porque se expondrán a partir del 5 de abril en el Museo de Antioquia (Medellín).

Lina Botero confirma que /Botero: una celebración/ es la retrospectiva “más grande” que se le ha dedicado a su padre, que, a tres semanas de cumplir 80 años, sigue trabajando cada día –“como mínimo ocho horas”, según ella– en cualquiera de los estudios que tiene repartidos por el globo: en París, en Montercarlo, en Medellín, en la Toscana, en una isla griega… Una infraestructura notable que da muestra del éxito que ha tenido y sigue teniendo su exploración de la gordura –o de las formas desbordadas– en una era estéticamente flaca, en la que la dimensión de una cintura puede ser motivo de un pleito ­–he ahí el reciente caso Ananda Marchildon contra la agencia Elite, ganado por la modelo­– y en la que lo liviano, rectilíneo y abstracto, sea un cuadro, una escultura, un edificio o una tableta digital tiene un lugar privilegiado dentro del evolutivo canon de la belleza.

En ese contexto, Botero es un sólido continuador del modelo del arte como representación, o como reproducción de lo que hay, aunque su técnica no sea calcar la realidad sino inflarla para encontrar lo bello más allá de los límites de volumen real de las personas o de las cosas.

El artista colombiano, que vivió a principios de los sesenta en Nueva York, laboratorio de la vanguardia contemporánea, y conoció de cerca a genios de la abstracción como Willem de Kooning o Mark Rothko, siempre ha mantenido la mirada puesta en patrones pasados: el arte precolombino, el /quattrocento/ italiano, el muralismo mexicano del siglo XX (plasmado en las paredes del propio Palacio de Bellas Artes con frescos de Diego Rivera y otras figuras de esa escuela), y sigue reivindicando esa tradición, según explica Lina Botero: “Él dice que el arte está en su peor momento de decadencia, porque se ha abandonado la figuración y la búsqueda del placer”.

A sus casi 80 años, Fernando Botero continúa engordando el mundo en un siglo en el que el volumen es un sentimiento de culpa, y su obra, aunque reconocida como una cumbre del arte latinoamericano de las últimas décadas, no puede ocultarse de la delgada mirada contemporánea.

–¿Le parece bonita esta señora? —le dice el reportero a una joven de 20 años, llamada Xanath Luna, que se fuma un cigarro sentada ante el Palacio de Bellas Artes.

–No, no es estética, mentiría si dijera que es bonita.

–¿Y podría decirme su peso y su altura?

–Mido 1,63 y peso 58 kilos, y me siento bien gorda. Yo no quiero estar lonjuda.

acerca del autor
Fernando

Fernando Botero, Medellín (Colombia), 1932. Tras haber hecho sus primeras experiencias artísticas en su ciudad natal, en Bogotá y un pueblo de la costa norte de Colombia, llega en 1953 a España, pasa por París y se queda tres años en Italia. Regresa a Colombia, visita México y vive en Nueva York de 1960 a 1973, donde empieza a ser conocido. Las principales ciudades del mundo expusieron o hicieron retrospectivas de sus lienzos. Sus esculturas adquiere una celebridad planetaria desde la exposición en los Campos Elíseos de París en 1992, en Nueva York, Chicago, Buenos Aires, Madrid, Washington y otras grandes urbes. Reside simultáneamente en Pietrasanta (Italia), Mónaco, París y Nueva York.