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Narrativa
01 05 2009
El pescador y la cámara por Pedro Merino
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Desperté antes que el reloj sonara. Cambié el atuendo de médico por el de pescador. Tomé un desayuno ligero y bajé la escalera sin saber cuando volvería. No tenía otra alternativa a causa del hambre.

Llegué a pie hasta el Malecón y en la ponchera de Prado inflé la cámara para lanzarme a la bahía contaminada. La mayoría de los pescadores se tiran de noche y no soy la excepción. Sin embargo, decidí hacerlo una vez por la mañana.Comprobé que la cámara me soportaba y remé más allá del Morro, a tal distancia que divisé el lado de la salida del túnel.

Dije que por la mañana me tiraría. Pero el día se fue oscureciendo. Se hacía menos visible y, en un descuido, dejé caer el remo. No importa, me decidí a, regresar remando con las manos. Encarné el anzuelo y lo lancé. Inexplicablemente perdí el conocimiento. Por la noche abrí los ojos y las olas me hundían hacia las profundidades. No veía sino tinta negra que me manchaba y el gusto salado. El sonido de las olas me habló en otro dialecto.

Fue como sentarse en un ómnibus al revés: quería regresar y me alejaba. Vi que a la pista marítima se le hacían huecos, pequeños, grandes, mucho más grandes y anormes. Las ondas que abrían, me podían tragar. Desde arriba escupían y me mojaban. Empapado y cegado, perdí la ubicación de donde estaba.

Cuando uno está perdido le pregunta a un transeúnte las señas del lugar adonde uno va. Sin embargo, me vi solo y comprendí que la soledad absoluta es como esperar la muerte. Recordé los retratos de mi esposa, de mi hija, me vi yo mismo. Pero era otro. Seco, vestido, de pie. Aquí estaba agachado, mojado, estiraba las piernas para mejorar la circulación. Ya dije que me puse a navegar de día y olvidé llevar una vela. No podía ver nada.

Sentí sacudidas. Me pregunté qué sería o quiénes eran. Mi cámara era mi salvavidas. Me aferré a la malla. Acurrucado, descansé la espalda y observé que una fuerza me viraba. Los vaivenes empezaron a darme náuseas, vomité el pan sin grasa y la leche de cerelac. El estómago brincaba como si quisiera salirse por la boca. Los latidos como punzadas perennes saltaban de miedo.

Me hundí en el agua. El desliz me hizo tragarla. Sentía la sal envenenada, el colapso de los pulmones. Sabía que los glóbulos blancos se tornaban de otro color, mientras los rojos reventaban. Me vi en mi consultorio. Buscaba medicinas.

No podía gritar. Debía hacerlo si viera a un barco. Nadie me escucharía “envuelto en la noche; tapado con las sábanas del vendaval, con la humedad”, como lo leí en una novela.

Volví a la superficie y las primeras respiraciones me devolvieron la visión en la cual aparecía una lechuza rojiza. Encima de mí, quería posar sus garras y picotear las circunvoluciones de mi cerebro. ¿No estaría cansada también?

Equilibré la vista y pude ver con claridad que muy cerca flotaba algo extraño. La lechuza voló al ver que yo estaba vivo. Nadé hacia lo ignoto. Descansé encima. De pronto, sentí otro cuerpo. Contemplé en el fondo luces fosforescentes: eran los ojos de los tiburones que, desordenados, nadaban a diestra y siniestra, subían  hacia mí y volvían.

Mi piel se parecía a la de un gallo desplumado, los poros a punto de reventar por los escalofríos. En esos momentos la fuerza de gravedad se imponía peligrosamente. Mas yo estaba vivo, sin que nadie me defienda, sin más dios que la Realidad de la vida. No estaba dormido, cuando vi a la estrella polar que se parecía al ojo tuerto de la noche. Deseaba que me hicieran una broma: que me amarraran desnudo en una plaza pública, desatarme y pisarme en medio de las risas.

Para colmo sentía sed. Supe que había perdido todo. El hambre en medio de un desierto se podía aguantar. Sin embargo, no podía escupir. Pensé orinar en mis manos y lograr un circuito fisiológico. Al menos en la tierra podía avanzar, explotar las extremidades inferiores, pero aquí era inválido. Juré que si sobrevivía, iba a ser útil a la sociedad. Inclusive, trabajaría gratis.

Flotando sobre mi cámara, volví a mirar hacia abajo. Los bruscos movimientos de los depredadores me sorprendían. Cuando los veía a cinco metros, iban a diez. Miré a los lados. No tenía con qué defenderme. Podía tirarle varios objetos y entretenerlos de un lado a otro, como lo vi en una película; pero no encontré nada.

Los escualos poseen  un mecanismo biológico, pensé, creo que por encima de la cabeza, con el cual “raspan” las presas para probarlas, y si les gustan, las atacan. Por los cascos de los barcos suelen friccionarse. Mas yo estaba encima de una cámara. No tenía noción del amanecer. Perdí el cuchillo, la escopeta, el bichero. Ni siquiera podía suicidarme.

Observé unas luces fosforescentes que emergían. Pasaron debajo de mí y me tambaleé. Desesperado di vueltas. Mi cámara y yo giramos. Noté como si la marea hubiera subido un poco. Por unos segundos escuché silbidos monótonos... psssss... y burbujas. Abrí más los ojos, mientras una mano enmudaba el canto.

Si antes quería suicidarme, ¿por qué ahora no lo hacía? Leí que los dientes de los tiburones funcionaban como dagas. Pero quería grabar en mi memoria, no sé, tal vez con el objetivo de que los científicos o los psicólogos, qué sé yo, constataran que hasta en los últimos momentos yo quería salvarme. Los restos de mi esqueleto se exhibirían en un museo. Lloré como una niña y deseaba abrazar a mi esposa antes del final. Los tiburones llevan a las víctimas hasta el fondo, imaginé, lo que seguiría.

Al cansarme de remar, cambié de mano. En el intervalo un “psss” se hizo eco como una música sin letra. Subió más el nivel del agua, cuando un ruido de motor me sorprendió, me parecía padecer el Mal de Parkinson. No sabía de donde venía el ruido. Me gritaron en otro idioma, al lanzarme una soga asida a un salvavidas, mientras los ojos fosforescentes se acercaban en zig-zag ascendentes, organizados, y mi cámara y yo quedábamos sin aire. Nos hundíamos.

Ahora sabré lo qué realmente ocurrirá.

 

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Pedro Merino nació en 1967. Graduado en la Universidad de La Habana en 1994. Poeta y "contador de historias". Fue miembro del Proyecto Cultural Banco de Ideas Z, en La Habana, desde 1995 hasta 2002, mediante el cual tuvo promociones digitales y en papel reciclado. Publicó cuentos en las revistas cubanas Somos Jóvenes y Extramuros. Obtuvo el Premio de Novela Breve Juan March Cencillo 2003 en España con "Quinta de la Caridad (Operación Fula)". Tiene inéditas varias novelas policiacas.