Literatura
07 03 2009
Jorge Eduardo Eielson: La vitalidad agónica de la poesía (2da parte), por Marco Martos
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III

La bibliografía de Eielson se ha enriquecido en años recientes con la publicación de dos colecciones de versos. Celebración y Sin título4 son dos breves volúmenes que vuelven a testimoniar la enorme calidad de su escritura. Está sucediendo con Eielson que le ha llegado el esperado momento por muchos artistas, de ser aceptado sin resistencias. El hecho de que esté captado la atención de nuevos lectores, hace que obviamente, desde el punto de vista de la teoría de la recepción, su vigencia en el canon literario peruano e hispanoamericano esté de algún modo garantizada por varias décadas. Por eso mismo, al haber arribado a un momento de aceptación total, seguramente el artista se pondrá en guardia no solamente frente a ese virtuosismo que ya tenía en sus mocedades que hace que sus versos afloren como tonadas, que a veces nos parecen ya leídas o canturreadas, por ese estilo peculiar suyo que es una especie de sello de agua que muchos reconocemos en una línea; se pondrá en guardia también frente al ditirambo fácil, al elogio rimbombante de los fieles ciento por ciento, y dará otro viraje, como tantos que ha dado en su carrera artística, en la plástica y en la poesía, y demoraremos en saberlo porque no hay cronología que el artista respete o considere, no hay concesiones al público ávido y los textos se irán publicando en tempo lento como si fueran líneas arrancadas de un presente eterno.

El apretado manojo de versos de Celebración vuelve a cantar algunos de los temas más cercanos al corazón del lírida: la música, en especial el jazz, a través de un instrumento que es el que mejor suena desde siempre en los versos de Eielson: el saxofón. Hay otros poemas a Vincent Van Gogh, a Nazca, con todo lo que significa el prodigio de una cultura amante de la belleza llana y luminosa. Las sensaciones musicales y pictóricas a través de las palabras consiguen construir una aleación plástica de aparente neutralidad pero hondamente conmovedora. Eielson construye un espacio ideal de hermosísimos contornos, país de los sueños donde permanecen la costa peruana con su belleza de soledad, el saxofón del jazz en una noche de Nueva York, la paleta de Vincent Van Gogh con sus colores incandescentes, pero también sus sufrimientos, todo bañado por una luz única apenas aludida por los versos. Eielson es un poeta lar, pero no de los mediodías sino de los amaneceres, ahí donde se mezcla la luz lunar con el sol que comienza su camino. Y aunque no lo dice, ese es el paraíso, un lugar de música y color, de luz intensa que no hiere, apenas aludido por las palabras que corren como el agua, casi despoblado de las multitudes que pululan en las grandes ciudades.

Los poemas vienen centrados, como se dice en la terminología de la escritura actual, y el primer verso sirve siempre de título y está marcado en el original que se publica por un color magenta, mientras el resto de palabras están escritas en negro sobre un papel blanco marfileño. Apenas hay necesidad de decirlo: Eielson sólo publica poemas antologables. Aun así el lector tiene preferencias y entre un conjunto de poemas escritos por el orífice de la palabra, termina prefiriendo aquellos que junto con la maestría de una mano precisa y calma, entregan sabiduría de vida que compartimos:

No se trata de jugar tranquilamente
Con el pene o la vagina
Como si fueran pájaros o
peces
No es suficiente penetrar
En el fondo de otro cuerpo
Con el glande o la mirada
Nuestra sangre y nuestros
huesos
Son tinieblas que se juntan
casualmente
Y eso es todo. Mas el amor
verdadero
Es un gigante de oro
Que no tiene pene ni vagina
Y que tampoco muerte

Esta es la constante de los poemas de Eielson en esta etapa: la fluidez que bien le conocemos, y que es una característica que le brotaba desde su juventud, sirve de vehículo a una reflexión que vincula actitud filosófica, la búsqueda de la verdad, con una característica literaria: la búsqueda de la belleza. Y el resultado aparece nítido en el poema: el amor verdadero tiene naturaleza metafísica, apenas tiene que ver con los encuentros sexuales, es sólido, enorme, de oro, no muere, y por lo tanto es eterno. Es sorprendente cómo un poeta de vanguardia en todos los sentidos como lo es Eleison, termina por coincidir con el poeta más importante de la tradición occidental, el más clásico de los poetas europeos: Dante Aleghieri. Dante atribuyó belleza e inteligencia a Beatriz y el amor que le profesó estaba, hasta cierto punto, fuera del mundo.

Todavía hay personas que creen que en el Perú, a mediados del siglo XX, hubo una polémica entre poetas puros y sociales. Tal discusión nunca ocurrió, aunque si hubo intercambio áspero de opiniones entre Alejandro Romualdo y algunos críticos que objetaban su poesía como Mario Vargas Llosa o José Miguel Oviedo. Eielson, que no estaba en ese momento en Lima, permaneció totalmente alejado de tal discusión. Vista su evolución personal, puede decirse que los temas que se pusieron sobre el tapete le son totalmente ajenos. Sin embargo, cuando en la década del setenta Abelardo Oquendo y Mirko Lauer publicaron una antología que se titulaba Vuelta a la otra margen, en la que se consideraba a Carlos Oquendo de Amat, Emilio Adolfo Westphalen, César Moro, Martín Adán, Jorge Eduardo Eielson y Leopoldo Chariarse, fue inevitable que algunos pensasen en una especie de reagrupamiento de los poetas puros. Como lo ha demostrado a lo largo de su trayectoria, Eielson es al mismo tiempo puro y social, aunque en su caso, tales rótulos son más bien inexactos, digamos más bien que es un poeta cósmico, todo lo que ocurre, todo lo que existe, o todo lo que se sueña, le es interesante y bien podría incorporarse a su poesía. Uno de los asuntos interesantes para él es César Vallejo. Tempranamente, en 1946, en la antología que publicó con Sebastián Salazar Bondy y Javier Sologuren, él fue el escogido para hacer el artículo introductorio a la poesía de Vallejo5. Ahora escribe:

No me es posible escribir
Sin recordar
Por lo menos tu nariz padre
César
No me es posible enterrar
tu perfil
En una rima y nada más. El
fulgor
Que pone en marcha mi esqueleto
Y tiñe mi sangre de rojo
No viene de las estrellas
Sino de ti padre César
Tú que ayunabas noche y
día
En este mundo pero te nutrías
De universo ¿cómo hiciste
Para convertir tu sollozo
En pan de todos tu desesperación
En agua pura?

Aparte de sus cualidades intrínsecas, el texto a Vallejo revela la naturaleza de la concepción poética de Eielson: un amplio campo donde se disuelven las contradicciones, una especie de fidelidad a las primeras elecciones. La poesía de Vallejo le parece pan de todos, agua pura, como la suya propia, añadiríamos. En otro de los textos de Sin título habla de Martha, y ese nombre bíblico, evoca, nos parece, a Martha Canfield, su amiga entrañable. Dice, con su característica limpidez:

La poesía es para Martha
Un avión amarillo
Con el que sale volado
A cada instante. Es allí que
escribe
Siempre entre las nubes
Versos de carne y hueso
Para David. Pero enseguida
Sin que nadie la vea
Sube y sube todavía
Ya sin avión amarillo
Sin David
Sin lapicero
Sin nada

Estos versos testimonian afecto y conocimiento de una persona que se ha convertido en alguien querido de su entorno. Martha Canfield es para quienes apreciamos la poesía de Eielson, una llave que abre mil puertas, como en la imaginación de los judíos lo son los místicos rabinos que conocen la Torá y abren las puertas de los aposentos que contienen la palabra de Dios.

VI

En uno de sus poemas más hermosos, publicado en una antología de 19966, Eielson definió lo que es ser artista. Dijo entonces que es convertir un objeto cualquiera en un objeto mágico, la desventura, la imbecilidad, la basura en un manto luminoso. Y luego sostiene que es escuchar el canto de Giotto, la sonrisa de Leonardo, el sollozo de Van Gogh, el grito de Picasso, la perfección de Mondrain y el silencio de Duchamp. Diciendo algo de ese silencio quisiéramos terminar estas páginas. Duchamp hizo lo que sabemos, fue uno de los artistas más innovadores de la vanguardia. Sus amigos dadaístas lo encontraron más tarde dedicado al juego del ajedrez. Cuando le reprocharon dedicarse a un asunto tan banal, es decir que estuviese en el silencio, puesto que él hablaba fabricando objetos que chocaban con el gusto imperante, respondió con desdén que para él la vida no tenía sentido y daba lo mismo practicar una actividad u otra. Duchamp llegó a ser el jugador más fuerte de Francia y publicó un libro sobre finales de peones. Nunca más hizo nada. Se calló para siempre, tal como lo recuerda Eielson.

Unamuno utilizó la palabra “agonía” en el sentido de lucha. Ese es el sentido último de la poesía de Eielson: un combate de la palabra por decir su verdad profunda, que es no otra que la del hombre, plantado en el universo, conciente de la belleza, del valor de la vida y del oscuro llamado de la muerte.

 

4 Jorge Eduardo Eielson. Celebración. Lima. Jaime Campodónico editor. 2001. Sin título. Madrid. Editorial Pre-textos. 2000.
5 Jorge Eduardo Eielson, Sebastián Salazar Bondy, Javier Sologuren. La poesía contemporánea del Perú. Lima. Cultura Antártida. 1946.
6 Jorge Eduardo Eielson. Antología. Lima. Fondo de Cultura Económica. 1996. pp. 85-86.


 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Marco Martos (Piura, Perú, 1942) Ha publicado los siguientes libros de poesía: "Casa nuestra", (1965) "Cuaderno de quejas y contentamientos" (1964), "Donde no se ama" ( 1974), "Carpe diem" (1979), "El silbo de los aires amorosos" (1981), "Cabellera de Berenice" (1990), traducido al francés con el nombre "Chevelure de Berenice" (1990), "Muestra de arte rupestre" (1990), "Leve reino", (1996), "El mar de las tinieblas" (1999), "Sílabas de la música" (2002), "Jaque perpetuo" (2003). Como narrador ha publicado "El monje de Praga" (2003). Poemas suyos han sido traducidos al francés, inglés, italiano, alemán y húngaro. En 1969 obtuvo el Premio Nacional de Poesía del Perú. Desde 1999 es miembro de la Academia Peruana de la Lengua.