Literatura
07 03 2009
El himno a la madre, un libro inédito de Roland Barthes, por Gilles Macassar
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El 25 de octubre de 1977, murió la madre de Roland Barthes, a los 84 años. Su hijo que veló por ella durante su enfermedad y que vivía en su compañía desde hacía décadas en un edificio parisino, estuvo trastornado. “Mamá está presente en todo lo que he escrito”, confesó seis meses más tarde. Tanto como la pena que le embarga y le separa de los demás, el escritor soltero teme caer en una depresión, desplomarse. Pero para el autor del Placer del texto sólo hay una salida de la crísis, a través de la escritura.

Desde el 26 de octubre, Roland Barthes redacta algunas líneas en una ficha —su método de trabajo cuando prepara un libro, un artículo o sus clases en el Collège de France. Hasta el 15 de septiembre de 1979, con una cadencia más o menos regular, reúne 330 fichas —pero sin ponerlas en circulación con las otras miles acumuladas, y que constituyen el depósito de citaciones, el capital de ideas del que echa mano para cada nueva tarea. Aquellas, las guarda aparte, reunidas bajo un título, Diario de duelo. Treinta años más tarde, el IMEC (1), depositario de los manuscritos de Roland Barthes, publica este tesoro, cuidadosamente conservado y salvado. Su fuerza emocional así como su pureza literaria hace de éste un documento tan excepcional que disipa cualquier oposición, cualquier polémica sobre la oportunidad o la legitimidad de su salida.

“Transformo ‘trabajo’ en sentido analítico (trabajo del duelo, del sueño) en trabajo real de escritura”, previene Roland Barthes el 31 de mayo de 1978. Ni roca de Sísifo incansablemente rodada y caída de nuevo, ni tela de Penélope, en donde la pena vendría a descoser hilo a hilo el remiendo afectivo de la razón, el duelo de Roland Barthes es activo. Positivo, a pesar de los accesos de lágrimas y desesperación, cuando recuerda las últimas palabras de su madre, murmuradas en un suspiro de agonía: “Mi Roland, mi Roland.” Motivado por una búsqueda literaria, el Diario inicia el encaminamiento incierto hacia la obra por hacer, sitúa el itinerario que lleva de la pena a la retoma de control creativa.

Con dos fechas ejes. El 5 de junio de 1978: “Antes de retomar el curso de la obra, me es necesario hacer este libro acerca de mamá.” Y una semana más tarde: “Esta mañana, volviendo a ver las fotos, conmovido por una de ellas en la que está mamá niña, dulce, discreta, al lado de Philippe Binger (su hermano), en el Jardín de invierno de Chennevières, 1898. Lloro...” Esta foto de su madre niña, que fascina tanto a Barthes y de la que “busca expresar desesperadamente encontrar un sentido” será el núcleo de su último libro, La cámara lúcida. Diario y libro se hacen eco: “Ahora bien, una noche de noviembre, poco tiempo después de la muerte de mi madre, ordenaba unas fotos... buscando la verdad del rostro que tanto había amado. La fotografía era muy vieja...” (inicio del capítulo 2). Antes del monumento funerario oficial que desplegará en forma literaria, La cámara lúcida, se erige la tumba provisional del Diario de duelo. Tumba, en el sentido literario de las tumbas de Mallarmé —los sonetos en memoria de Edgar Poe, Baudelaire, o Verlaine, pero también Por una tumba de Anatole, libro que quedó en estado de fichas y bosquejos, dedicado al hijo del poeta, muerto a los 8 años.

Antesala de La cámara lúcida, en el que se perfila el futuro libro sobre la fotografía, el Diario de duelo prolonga también, por su forma fragmentada así como por su intención sentimental, un libro anterior: Fragmentos de un discurso amoroso. En su libro, Eric Marty refiere la anécdota (2): uno de sus amigos le había escrito que debería haber dedicado los Fragmentos de un discurso amoroso a su madre, Roland Barthes reconocía, con cierta solemnidad: “ Si, es verdad...” Lejos de reducirse a la veneración, por parte de un hijo homosexual, de una figura femenina idealizada, este himno al amor materno celebra también el valor que encarnan, para Roland Barthes, la Madre y la Literatura: la nobleza. “Desde la muerte de mamá; ya no tengo ganas de construir nada, ¡salvo en escritura! ¿Por qué? Literatura = único territorio de la Nobleza (como lo era mamá.)”

A partir de su primer artículo, en 1942, sobre el Diario de Gide, Roland Barthes manifiesta por la forma y el ejercicio literarios del “diario” una relación ambivalente, oscilando del ¿para qué? al no te quiero tampoco. Como testimonio, publicó un artículo virtuoso en Tel quel en 1979, “Deliberación”, en el que el autor del Grado cero de la escritura confía sus dudas sobre la validez literaria del género —satisfactorio cuando uno redacta, decepcionante cuando uno se relee. Lo que no le impidió apostar en el género ni asumirlo — así como lo muestran este conmovedor Diario de duelo y Cuadernos del viaje a China de 1974 inéditos y que aparecen también ahora.

Como el Diario, de modo menos patético, pero tan comprometido y personal, los Cuadernos relatan una liberación. El primero, de la tristeza mortífera; los segundos de la influencia alienante del discurso militante, del enrolamiento ideológico, que ahogan la voz del sujeto y su deseo. La impaciencia, la exasperación que se traicionan a lo largo de esas recepciones al grupúsculo de intelectuales franceses por las autoridades chinas con sus discursos bloqueados, reconfortan a Roland Barthes en su decisión de escapar al análisis literario oficial, fijo, átono.

En una conferencia brillantísima sobre “Proust y en busca del tiempo perdido”, pronunciada el 19 de octubre de 1978 , el nuevo miembro del Collège de France manifiesta su deseo de llamar “marcelismo” —este enfoque apasionado del sujeto que escribe, poseído, obsesionado por el deseo de escritura. Diario de duelo y Cuadernos del viaje a China instauran un “rolandismo” —apropiación jubilatoria de un “Barthes de papel” tal como él mismo defendía y saboreaba el “Chateaubriand de papel” que hacen amar las Memorias de ultratumba.

Queda el enigma de la muerte de Roland Barthes. El 25 de febrero de 1980, el escritor es atropellado por una camioneta en los alrededores del Collège de France. Sus días no peligran, pero los que lo visitan en el hospital de la Pitié-Salpêtrière están impresionados por su desaliento —su abandono de la lucha, su indiferencia frente a la vida. Un mes más tarde, Roland Barthes, que se sumió en el coma, se apagó sin haber recobrado el conocimiento. Como si los llamados de la Eurídice materna, cuyo recuerdo obsesionante lo conmovía hasta las lágrimas —“mi Roland, mi Roland”—, hubieran atraido al Orfeo filial hacia el reino de los muertos, y que se hubiera dejado deslizar allí.

 

 

(1) Instituto Memorias de la Edición Contemporánea (IMEC).

(2) Roland Barthes, Le métier d’écrire (El oficio de escribir), Editions du Seuil, París, 2009.

 

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Roland Barthes (Cherbourg 1915 – París 1980) fue una de las principales figuras del estructuralismo y la semiótica. Prematurament huérfano de padre, pasa su infancia en Bayona y después en París donde estudia en los líceos Montaigne y Louis le Grand. En 1935, empieza estudios de letras clásicas en La Sorbona. Publica en la revista Combat sus primeros textos que formarán oparte de su “Grado cero de la escritura”, que aparece en 1953. Participa en la creación de la revista Comunications y colabora asiduamente en Tel Quel. Después se publican sus libros, “Elementos de semiología” (1965), “El sistema de la moda” (1967), “El imperio de los signos” (1970), “S/Z” (1970), “Sade, Fourier, Loyola” (1971), “Nuevos ensayos críticos” (1972), “El placer del texto” (1973), “Roland Barthes por Roland Barthes” (1975), “Fragmentos de un discurso amoroso” (1977) y otros. Atropellado por una camioneta cuando iba al Collège de France el 25 de febrero de 1980, Roland Barthes murió después en un hospital de París.