La novela "Varias lunas en Machu Picchu" está escrita con un estilo moderno y tiene poco que ver con la literatura cultivada por las generaciones pasadas de escritores y poetas de la ciudad de Cusco. Hasta los años sesenta, en la antigua capital inca se adhería a una literatura decimonónica, cultivando una retórica vana, usando un español arcaico —conservado desde la partida de los colonizadores— y desconociendo los aportes de la literatura latinoamericana y la posterior del llamado boom.
La estructura de esta obra no es líneal sino compleja, ya que el autor ha fragmentado la anécdota, utilizando la técnica de los flash-back, los saltos constantes en el pasado y la intemporalidad del presente. Su eje es la rememoración que hace el protagonista Astor Ninango, de linaje noble, hijo del último astrónomo y de una princesa de Cusco. Ultimo sobreviviente de la ciudad oculta, Vitcos, urbe mítica y sagrada en el paisaje alucinante de la ceja de selva, construida por iniciativa del Inca Pachacutec quien revolucionó el imperio con la reconstrucción de la capital, Cusco, y cuyo reinado significó el inicio del apogeo de la civilización inca.
A principios del siglo XVII, Astor Ninango, a los noventa años, cuenta su vida a sus descendientes. Es muy emotiva la visita que le hace Blas Alcántara Paullo, un mestizo de ascendencia inca y española, para mostrarle el libro "Historia de los Incas" de su tío el Inca Garcilaso de la Vega, editado en España. El protagonista sigue narrando su servicio al lado de los descendientes de los últimos Incas en su resistencia al invasor ibérico, al mando de guerreros que asedian a las tropas y viajeros españoles en los caminos de la sierra central del Perú. Como toda evocación, la anécdota central se cruza con otras historias, hace un salto en el pasado para rememorar la construcción de Vitcos por el arquitecto Apomayta. La prédica monoteísta (el culto a Viracocha) del misterioso profeta negro del altiplano, Raurac Saullo, quien habla la lengua de los pájaros (como los alquimistas europeos), anunciando la destrucción de la humanidad por las faltas graves cometidas, del amorío prohibido entre un súbdito del reino de Chimú (de la costa norte peruana) y una virgen del sol, Nina K'uychi, sobrina de Pachacutec que termina con el suicidio de los dos amantes. Esta historia dentro de la novela nos hace evocar el famoso drama teatral anónimo "Ollantay" (1).
Todas las anécdotas convergen en el centro religioso, Vitcos, adonde los súbditos de las cuatro regiones del Imperio Inca acudían en peregrinación. Desde allí, el protagonista revive los hechos más destacados de la historia peruana, la resistencia del último Inca, Tupac Amarú, desde Vilcabamba y su derrota por el ejército enviado por el Virrey Toledo —llamado por los Incas "la baba del diablo"—, su decapacitación en Cusco que provoca una "lluvia de estrellas" en el cielo. La obra se corona con el viaje de Astor Ninango a las faldas del nevado Ausangate y a la cima del Callangate para realizar el ritual del entierro de la cabeza de Tupac Amaru. Este acto simbólico se entronca con otro mito contemporáneo el de Inkarri: la cabeza, el cuerpo, las extremidades dispersas en distintos lugares de lo que fue el Imperio Inca se está recomponiendo para iniciar una nueva era.
Se puede decir que la novela pertenece al género histórico, ya que se nutre de hechos verídicos del pasado peruano. Nos parece tirado de los cabellos el intento de algunos críticos miopes de pegarle la etiqueta cómoda para sus conciencias de obra "neoindigenista". Pese a los progresos de una toma de consciencia de la identidad peruana variopinta, mestiza, donde se han superpuesto o se han fusionado elementos precolombinos, hispánicos, africanos y hasta asiáticos. Si "indigenismo" consiste en inspirarse de "temas autóctonos", en ese caso cuando un novelista griego o italiano revive la historia pasada de sus respectivas civilizaciones su obra no será tildada de "indigenista" o "neoindigenista" sino de histórica.
"Varias lunas en Machu Picchu" no tiene nada que ver tampoco con el "realismo mágico" cultivado por Alejo Carpentier y García Márquez. Jóvenes escritores colombianos como Efraim Medina Reyes y Santiago Gamboa han enterrado al "realismo mágico" como una tentativa edulcorada —que gustó mucho al público europeo— para adornar la realidad latinoamericana fuera de toda norma. No hay en la novela hechos tergiversados o intentos para hermosear el crudo conflicto entre dos civilizaciones. No hemos visto en sus páginas una Remedios la Bella elevándose para desaparecer en el cielo. El autor se ha ceñido a hechos históricos y desplegado el resultado de sus investigaciones sobre la religión pagana de los Incas. Ha reconstruido esas anécdotas desde el punto de vista de su protagonista, Astor Ninango. Por eso, esta obra nos ha venido a la mente el excelente ensayo Visión des vaincus (2) del historiador estructuralista francés, Nathan Wachtel, publicada en los años setenta, resultado de una labor erudita consultando las fuentes escritas, archivos y tratados existentes en Europa, para comprender y adoptar la "visión desde el interior" de aztecas e incas al arribo de los conquistadores.
La obra revela aspectos desconocidos de la historia peruana, la construcción del centro religioso, Vitcos —que en el siglo XX será redescubierta como Machu Picchu—. La acción se desarrolla con el telón de fondo de un período tan convulsionado como la conquista, sacudida por la resistencia armada por parte de los últimos herederos incas contra las huestes hispánicas. El mérito del autor consiste en mostrarnos una historía creíble mediante su conocimiento de la psicología de sus personajes, su amplio dominio de la lengua quechua y la labor de investigación histórica que le ha permitido escribir esta novela con muchos méritos.
Enrique Rosas Paravicino nació en Ocongate, Cusco (Perú). En forma temprana se dio a conocer con dos poemarios, "Ubicación del hombre" y "Los dioses testarudos". Estas publicaciones iniciales pasaron a un segundo plano por la mayor atención que la crítica literaria concedió a su obra narrativa. En este género publicó "Al filo del rayo" (1988), "Fuego del Sur" (1990, en coautoría), "El gran señor" (1994), "Ciudad apocalíptica" (1998), "Muchas lunas en Machu Picchu" (2006) y el relato para niños "El patriarca de las aves" (2007) En 2004, volvió al género lírico con un nuevo poemario "La edad de Leviatán".
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