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Narrativa
01 01 2008
Cuídate, Claudia, cuando estés conmigo (fragmento), de José Luis Mejía
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Pensándolo bien, no puedo decir que Claudia no existiera con anterioridad, eso sería inexacto, pero aún, esa sería una mentira descarada, y no por escribir su historia voy a estar inventándome cosas. Ella estaba allí, ella siempre estuvo allí, entre nosotros, sucede que siempre se empeñó en no ser de nosotros, en ser "la extraña", papel que, de alguna manera, le gustaba. Ella era un poco como yo, un poco paria, un poco ajena, un poco nadie, pero existía, era imposible que no supiéramos quién era la mejor en matemáticas o quién participaba en las asambleas por el día de la madre o por el día del colegio, bailando o tocando piano, y lo hacía tan bien que todos, hasta Sandra y Cecilia, la aplaudíamos sinceramente. Muchos años después, cuando leí una frase de Lord Byron que dice "estoy entre ellos pero no soy de ellos", entendí un poco mejor todo lo que Claudia era y todo lo que quería ser entonces.

Los chicos del grupo se hallaban, entonces, preocupados por otras chicas más llamativas que se entendían muy bien con sus propios intereses. Carlos y Castorcito, por ejemplo, vivían enamorados de la pelota de fútbol y de sus propias habilidades en la cancha, y sólo tenían ojos para Ale.

Alexandra era de una belleza rudimentaria y salvaje que no se parecía en nada a la maquillada hermosura de las películas, no era suave ni delicada, era dura, firme y fuerte, jugaba a la pelota con una ferocidad que superaba largamente a las otras chicas y era tan buena en la cancha y tan resistente, que se entrenaba con los hombres.

Se las veía con ellos de igual a igual y se empujaba con ellos y pateaba y recibía golpes como si fuera "un pata más", uno más del equipo y era, sin duda, más resistente, más rápida y más efectiva metiendo goles en el arco contrario, que la mayoría de los chicos.

Nunca la vimos llorar aunque recibió más de un golpe artero de los acomplejados que la envidiaban porque era mejor que ellos. Por su parte, Alonso andaba enamorado de Fernanda y parecía que era correspondido. Para todos nosotros era evidente que se gustaban, aunque ninguno se atrevía a dar un paso adelante. La rubia era un dibujo, una obra de arte, una fotografía de esas que uno ve en los avisos publicitarios y piensa "esa chica no es de verdad".

Era tan hermosa que Nicolás, que poseía las habilidades de un galán de barrio, le dijo alguna vez: "Fernandita, sí que tus papis pusieron empeño en hacerte, porque saliste lindísima" y Fernanda se reía con esa sonrisa perfecta de propaganda de pasta de dientes que se lucía impecable en ese rostro de muñeca enmarcado por los cabellos más finos, más largos, más rubios y más brillantes que jamás vi. Nicolás, como era previsible, tenía toda su atención puesta en Sandra y Cecilia. Su fama era grande y se decía que no había chica que se resistiera a sus encantos, bailaba muy bien y siempre tenía una colección de frases hechas y de poemitas romanticones que utilizaba adecuadamente en todas las ocasiones en que le eran precisos (mucho después, cuando se descubrió que yo escribía poesía —contra mi voluntad y a pesar mío— fue el más entusiasta de mis lectores, a cada rato me decía "oye, Bebé, tomé prestado ése que empieza: amor, amor de instante, no hay problema, ¿no?, ¡te cuento que me fue genial!").

Así que por aquellos tiempos sus intereses iban más por Sandra, cuyos escotes y minifaldas eran uno de sus temas favoritos, y por Cecilia, cuyas formas, generosas y apretadas, y cuyas historias, tan variopintas, tan apasionantes, tan enredadas como las suyas, despertaban su curiosidad, su atención, su interés y sus ganas. Sin embargo, la especialidad de Nicolás eran "las chiquillas", las menores, las que acababan de ingresar a Secundaria y se dejaban sorprender por las habilidades de este don Juan adolescente.

Sus fiestas preferidas eran "los quince". En los "quinceañeros", Nicolás hacía de las suyas, buscaba una presa, escogía una chica entre tantas, la miraba, acortaba distancias, se acercaba, la invitaba a bailar, la hacía dar vueltas en la pista de baile, la mareaba, le hablaba en el oído, le susurraba esas frases huachafas y rimbombantes que se sabía de memoria y, poco a poco, como quien va madurando una idea, la sacaba de centro de atención, la llevaba a un lado, lejos de las mesas y de los curiosos y, finalmente, al amparo de la oscuridad —esa mágica oscuridad de algún rincón en todas las fiestas—, le robaba uno o muchos besos, serenos o apasionados, según fuera la muchacha tradicional o liberal y según fuera la ocasión propicia o no para sus inolvidables "forcejeos". Así que Nicolás no tenía más ojos que para las chiquillas y, en nuestro grupo, para sus "amigas" Sexi y Sandi, con las que, si era verdad lo que se contaba, había tenido más de un "encuentro cercano".

El gordo Pepe parecía no mostrar interés por nada más que no fuera el pollo a la brasa de "El Rancho", por el cual deliraba. Hasta ese momento todos los entusiasmos juveniles del gordo se habían dirigido hacia la comida y se relamía pensando en las papas fritas con mayonesa, en el milkshake de chocolate, en la gaseosa "helada pero sin hielo" ("es que se agua, muchachos") y en los helados que se iba a comer de postre. "Ninguna chica es más rica que un pollito a la brasa", decía escandalosamente cuando alguien le preguntaba por alguna mujer, y si bien le encantaba mirar traseros femeninos a los que iba calificando a toda voz y sin la menor vergüenza, nunca ninguna chica había logrado desplazar su centro de atención.

"Esas flacas son unas desabridas, yo no puedo salir con una mujer que no coma bien, me aburren", decía como para justificar su soledad, aunque en el fondo muchos sospechábamos que el gordo, que era el dueño del mundo, que hacía lo que le daba la gana, que se expresaba libremente sin complejos ni temores, guardaba dentro de sí un miedo inmenso a ser rechazado, a no ser querido, a ser discriminado por su cuerpo cada vez más grande y más voluminoso.

Nunca lo conversamos, nunca hablamos del tema y él se convirtió en mi mejor amigo cuando su risa y sus gestos, su fuerza y su carácter, le habían granjeado la amistad y el respeto de todos. "El día que me enamore, Bebé, tú serás el primero en saberlo, y veremos qué pasa, con lo exagerado que soy a lo mejor me pongo más bravo que Alonso y no me para nadie, porque cuando yo me propongo algo, Bebé, tú lo sabes, yo lo consigo, a cualquier precio", me dijo alguna vez y también me confesó: "pero sé que los amores son pasajeros, eventuales, como la alegría que te da tu equipo cuando gana un partido, que por más linda que sea solo te dura hasta que pierde el siguiente; así que ninguna, ni la que me vuelva loco, va a ser mejor que mis amigos, ¡ni de vainas!, solamente los amigos son para siempre"; y tuvo razón, en todo tuvo razón.

 

ACERCA DEL AUTOR

José Luis Mejía, Lima, 1969. Es Bachiller en Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Colaboró con de artículos de opinión y poemas en diversas revistas electrónicas. Ha publicado los poemarios: "Para Atrapar una luciérnaga amarilla" Poetas En Busca de Editor ediciones, Lima, 1998; "Tal vez una primavera", Poetas en Busca de editor Ediciones, Lima, 2002 y "Se nos perdió el alfabeto", Santillana, serie cuenta cosas, Lima, 2007. Las novelas: "Un tal Pedro" Editorial Norma, Colección “Torre de papel”, serie amarilla, Bogotá, 2006; "Cartas a María Elena", Alfaguara, serie roja, Lima, 2006 y acaba de publicar "Cuídate, Claudia, cuando estés conmigo", Alfaguara, serie Roja, Lima, 2007.

 

 

 

 

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