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Narrativa
02 11 2007
Dos cuentos sobre un mundo interior, por Jesús Alejandro Godoy
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CARICIAS DE TUS HORAS Iluminan mi historia algunas palabras que no encuentro a tu distancia, y aunque tengo inspiraciones, el silencio se abalanza a mis pies cuando me hablas de lo que soy para ti. Sé que escapo a la intemperie en algunos lugares cuando no te siento cerca de mí, y pacientemente invento historias sin final donde yo me voy antes que tú, por que alguna vez te he dicho que mis ojos dolerán y mi boca se refugiará en mi memoria doliente el día que me tropiece con tu ausencia. Camino algunos rincones de mi alma, y no encuentro más que luces de tu historia, porque sabes que estoy hecho de jirones de tu esperanza y paciencia de tus entrañas. Me has traído y sé que mil veces lo harás sonriente, y aunque vuelva aquí, dentro de otra que será mi madre nuevamente, te volveré a buscar por que has dejado la inspiración de tus horas en mis silencios y el oro de los instantes vividos en ésta, mi vida, que se aletarga y vuela rápidamente a tu compañía cuando presiento que de mi verdadero espacio ya te están llamando. Me inclino ante ti por que no tengo nada que juzgarte en mi andar, por que los azotes que me has dado me han servido para llegar donde debo y para seguir ese camino que has soñado para mis anhelos. Y aunque sabes que solamente mis sueños son de rey y mis pasos se pintan de yerros, me aceptas igualmente desnudo, sucio, maloliente y despiadadamente perdido como aquella primera vez, en que me habías entregado a esta tierra que tanto quería volver a caminar; y me llevas nuevamente en tus brazos y acallas mis gritos cuando veo lo que hay para mí, por que me das valor, y en silencio escucho tus rezos que me obligan a admirarte eternamente, como esa mujer que se asemeja a la sombra protectora que siempre perseguiré cuando esté en tinieblas. Sé que me entrometo en la confianza de esos ángeles que te cuidan, por que los he visto y se parecen mucho a ti. Y aún cuando te niegue, sé que me seguirás donde vaya, por que has colocado mis piezas más escondidas en los lugares correctos y no existe nada que hoy te pueda negar. Sé que algún día tal vez, pueda atreverme a soñar el llegar a parecerme a ti un instante, en esos silencios de mis cavilaciones, donde se guardan los verdaderos tesoros que me has dejado; uno a uno, sin distinciones ni juramentos, para que yo los encuentre a su debido tiempo. Me inclino ante ti, por que no tengo nada que juzgarte en mi andar, cuando las caricias de tus horas son las que calman mi procesión, y las madrugadas sedientas de dudas, las que me llevan a lidiar con ese destino que a veces me sueña antes que yo lo comprenda.

Mira aquellos horizontes y aquellas montañas que tanto me has regalado; sólo la promesa de parecerme a la confianza que me tienes, y el amor que me has regalado en el silencio de tu primer mirada y tu primer abrazo es lo que tengo; y sé, que para ti no hay mayor tesoro extenso e impagable, que mis manos vacías y mi corazón tranquilo, cuando me ves tan doliente de pesares que no son míos. Entonces renazco a tu mirada, cuando me guías para desatarme de mis horas bajas; te haces a mi certeza, regalándome el amor perfecto que llora en penumbras y nada posee; y es lo que siento de ti, cuando camino algunos rincones de mi alma y no encuentro más que luces de tu historia, porque sabes bien, que sólo estoy hecho de jirones de tu esperanza...

SOMBRAS Y VIDA Y aún... después de discernir por un momento con mis vicisitudes, decidí dejarlas a un lado y posponer mis lineamientos que ya estaban tan cansados y gastados como mis palabras, que apenas resbalaban de mis labios y se estrellaban sobre los recuerdos de mis historias. Dejé de mirar mi reflejo y opté por arrancar un pedazo de palabras, aunque fuesen un montón de migajas desatadas al viento sin rumbo ni función alguna. Tuve un solo instante en pensar... sí... creo que fue pensar, o mejor dicho, creo que en vez de pensar... reflexionar; sí... tuve un solo instante para reflexionar sobre mis actitudes, sobre mis supuestos éxitos y mis supuestos fracasos, sobre mis logros y mis más oscuras pérdidas. Tuve un momento de lucidez como Don Quijote, donde todo encajó tan armoniosa y delicadamente, que parecía una verdadera mentira que todo fuese tan fácil y tan simple. Capté todas las sensaciones de haber permanecido en la vida como un espectador, y no como un jugador; cuando tragué un poco de saliva, pude saborear el instante amargo que deja ése momento donde las decisiones que mueren por miedo, son las desgracias de un futuro que nace incompleto cada día para morir sin llegar ser una vida. Cerré mis ojos y permanecí un momento más en mis sueños... y fui aquel almirante de mi navío de ensueños, donde los océanos bañaban mis ojos y mis brazos con calidez, y en cada parpadeo me acercaba un poco más a mi Dios; y fui nuevamente ése niño que jamás corría tras el dinero y las cosas que formaban parte de una vida cada vez más ajena a la vida misma, y soné nuevamente con ser el mejor descubridor de estrellas en las noches espejadas, y el peor durmiente en las noches anteriores a las fiestas navideñas... solamente me dejé llevar; y... y me despojé de todo lo que había ganado y de todo aquello que había perdido.

Mis cicatrices de amor se disolvieron en el viento, y las caricias de aquellos que me amaron fueron más dulces que nunca. De repente lo poco fue maravilloso, y lo mucho brillaba por su ausencia porque no era necesario; las palabras hermosas se transformaron en mi único sostén y las palabras injuriosas se acallaron para siempre ahogándose en su propio veneno.

Todo fue inmenso y pequeño a la vez, todo fue claro y tenebroso como el más espantoso de los abismos; pero al final... al final esa luz que era tan inmensa y tan espaciosa, me hizo saber que nuevos brazos irían a cobijarme y lloré.

Abrí mis ojos con temor y mi mente se libró de toda angustia y todo recuerdo, mi corazón se volvió traicionero de mi potestad y mi historia se desdibujó en un silencioso soplido de hechos sin testigos; pero en realidad... en realidad ya no interesaba, solamente me dejé llevar nuevamente a ése lugar, donde mis ansias se unirían nuevamente a mi Dios para darme esa nueva razón que me dirían que mis sueños nunca morirían, porque ése... ése fue mi momento. Grité cuanto pude, con toda mi voz. Traté de asir primeramente la nada, y mi terror solamente fue superado por mis llantos... Y esos brazos, y esos labios que me protegieron... Sombras y vida; dolor y pasión...

Sí ése fue mi momento; sabía que lo era; y creo que fue así... como nací, una vez más.

 

ACERCA DEL AUTOR

Jesús Alejandro Godoy, Ituzaingó, Buenos Aires, Argentina, 1972. Se inició en el arte literario en el año 2003, a través de internet, en la que hoy publica en su blog http://jesusalejandrogodoy.blogspot.com, gran parte de sus cuentos de terror, espirituales, poemas, novelas y obras de teatro. Como narrador aún no ha editado libro alguno, sin embargo en su blog tiene mucho éxito como cuentista.