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Narrativa
02 09 2007
Muchas lunas en Machu Picchu (fragmento de novela) por Enrique Rosas Paravicino
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Revolviendo las cenizas del sol muerto Muchas lunas han pasado desde aquella tarde que contemplamos por última vez nuestra venerada ciudad, y yo ahora -instalado en una casa de la calle Pumacurco del Cusco- relato esta historia aún con el recuerdo del aire cordillerano calándome los huesos. Nada ya será igual en el mundo desde entonces. Ni el rito del pago a la Pachamama, ni los tambores nocturnos del culto a la luna, ni los discos negros que nunca revelarán el secreto de la piedra. Los españarris han terminado por usurpar el reino del inca, y hoy

-cincuenta años después del asesinato de Atahualpa- su poder es tal que hasta los difuntos acatan su despotismo, pues ya no vuelven a nosotros para diluir sus rostros en la borra de los sueños. El país ha sido convertido en un vasto cementerio y entre las cruces que cabecean sobre las tumbas, millones de esclavos doblan el lomo para espigar la caña de maíz o para extraer las barras de metal que aún la tierra consiente en entregar. Muchos años ya que vivo en esta capital -que fue cuna esplendorosa del Inca- ahora bulliciosa ciudad de corregidores, hidalgos, notarios, arrieros, mercaderes, orfebres, y, sin embargo, mi memoria sigue totalmente saturada por los prodigiosos recuerdos que atesoré durante una larga vida azarosa. Pasarán otros tantos miles de días, vendrán tiempos de sequía y hambruna, se alzarán los patíbulos en las plazas para escarmiento de los sublevados, pero yo –Astor Ninango, el último sobreviviente de Vitcos, la Ciudad Oculta-

juro por el dios Punchao que jamás dejaré extinguir en mí todos aquellos sucesos, anhelos, pasiones, caídas, sueños, y frustraciones que vivimos en un tiempo real -paralelo al tiempo sagrado de los ancestros-

porque como decía Cuyac Urpi, la sacerdotisa de la luna, todos los bienes de la tierra están ya a merced de los depredadores, menos la memoria. Y las deudas que nuestros antepasados habían contraído con los dioses están siendo pagadas, de golpe, por una sola generación de hombres: la nuestra. No pudo salir ella con nosotros en la caravana del éxodo, su corazón no resistió a los estragos de la soledad y la decadencia. Esa misma facultad que tuvo Kuyac Urpi para vaticinar la gloria y el desastre, la fortuna y el luto, la empleó para ver sus funerales en ese otro espejo del destino humano, que es la luna.

“Yo no viviré mucho tiempo –dijo-, no veré la ruina completa de este templo a mi cuidado, pero mi memoria vivirá por generaciones, lo sé bien, porque la he sembrado en vuestras mentes y vuestros corazones; vosotros sois mi memoria esparcida en la tierra; os pido que nunca me olvidéis, hermanos, hermanas: ni en el exilio ni en la esclavitud.

Nosotros depositamos flores de ñujchu sobre su sepulcro, y luego que la boca del nicho fuera sellada por una argamasa de basalto molido, procedimos a la limpieza de su templo, que era el único modo de obligar a su espíritu a salir de aquel recinto que durante treinta y siete años había sido suyo. En el aire seguían vibrando las últimas preguntas que la sacerdotisa se hizo antes de expirar: ¿Cómo será mi casa en el mundo al que voy? ¿Quiénes serán mis nuevos padres, hermanos y amigos? ¿Veré de frente al sol y la luna o sólo mediante un espejo de agua? ¿Oiré el bullicio de los pájaros y la plática alegre de las ranas? ¿Compartiré mi lecho con alguien que es mi conocido y que tal vez ya me espera? ¿En suma, diosa mía, madre Quilla, a dónde me llevas envuelta en este gran ovillo de luz, embargada de tantos aromas y sensaciones que no sé explicar en lengua de runas?

Más clara se oyó entre nosotros la respuesta de la hechicera Illa Aya: “Tú ya estás en la Otra Orilla, hermana. Abre bien los ojos para bordear esas aguas que se agitan a tus pies; es el T’impuq Qocha, el lago de sangre hirviente que ahoga a los que confundieron los linderos de la vida y la muerte. Guíate siempre por el orín de la comadreja que va por tu delante, es el espíritu de tu tatarabuelo materno que ha venido a conducirte hasta la morada del Radiante Inmortal. Pero también cuídate de la niebla tenebrosa y olvida de una vez las penas que te hicieron llorar aquí, en este mundo. ¡Ánimo hermana… prosigue tu ruta! Readecuar el puente de fuego que da a la Otra Orilla, hacer más seguro y regulado el tránsito del viajero en medio de la penumbra, tal era la labor de Illa Aya, la anciana de cabellos blancos y ojos de brasa. Su nombre completo era Illa Ayatusuchi, la luz que hace bailar a los muertos. Nosotros la llamábamos familiarmente Illa Aya, la misma luz, pero con resplandor de afecto. De ahí que su oficio consistía en arrear a los espíritus soñolientos, hasta más allá del abra neblinosa que divide el Cay pacha del Ukhu pacha. Su obligación era que nadie se saliese del ritmo funeral que marca el tiempo en esa región sosegada. Empezaba su labor, Illa Aya,

barriendo el templo con una escoba de ramas de ishpingo, la hacía a un ritmo de danza, acompañándose con una especie de sonaja que colgaba de su cuello, mientras su voz se desgranaba en un cántico de tiniebla, con versos compuestos aún por el poeta cortesano Ishuar Llaquinto: ¿Qué me llevaré al morir? ¿la sonrisa del sol? ¿el ruido del Gran Océano? ¿el parpadeo de las estrellas? ¿tu amor que es como el sol el agua o la luz inquieta de los luceros? ¿Qué me llevaré al morir? ¿el aroma de los huertos? ¿los recuerdos de mi infancia? ¿siquiera la ternura de mi madre? acaso, tú, amada difunta sepas decirme qué es el morir Esa tarde de las exequias, el espíritu de la sacerdotisa no ofreció resistencia. Salió del Templo de la Luna dando pausados brincos de peldaño en peldaño. Nosotros lo vimos posarse sobre el Edificio de la Roca Sagrada. De allí voló hasta la alta balaustrada que asciende al Huayna Picchu, luego se perdió entre las nubes que coronan la cumbre de aquella Huaca. Era una paloma blanca, dócil, con una ramita de laurel en el pico. Nos pareció que había mirado por última vez la Ciudad Numinosa, se despedía así de lo que fue su lar, su hogar de siempre, la depositaria de sus sueños y querencias.

Aquí había vivido la sacerdotisa de la luna desde la vez que tenía diecisiete años. A esa edad llegó, como refugiada, junto con otras doscientas muchachas cusqueñas, todas vírgenes del culto al sol. Venían huyendo de una inminente catástrofe que se cernía sobre el Cusco. Tres días antes el informe del chasqui había conmocionado a la capital del imperio: Se aproximan los extranjeros; son terribles, sanguinarios, depravados; quieren oro, mujeres, placeres... cinco mil sirvientes los acompañan igual que perros sumisos.

De inmediato se dispuso el traslado de las ajllas a la urbe oculta en la montaña boscosa, a la cual la élite sacerdotal ya designaba con la clave de Vitcos. De suerte que Cuyac Urpi y sus compañeras de claustro fueron arrancadas del Ajllahuasi, para iniciar de noche la marcha de cuatro días por la vía del Inca Ñan, hasta esta localidad de ensueño cuyo nombre ella antes no había oído nombrar. La caminata resultó brava por semejante ruta de lajas aparejadas, puentes sólidos de basalto, túneles labrados en roca viva, senderos curveantes sobre el abismo... bajo un sol derretido en plomo que luego se tornaba fresco a puro aletazo de cóndores. No olvidaré jamás la mañana en que la fila de jóvenes ajllas llegó extenuada a Vitcos, en medio de un callejón humano que

angostaba más el camino de descenso a la ciudad. Yo y otros veinte muchachos las agasajamos con zumos de tuna y camotes sancochados que, según nos habían dicho, les agradaban a las vírgenes del Cusco. Nos sentimos felicísimos cuando ellas aceptaron nuestros presentes. Alguna hasta posó su mano en mi mano cuando me devolvió limpio el pocillo de tiesto. La ciudad parecía trajearse de fiesta, un nuevo aire de promesas trajo este suceso. Era como si la noche preñada de malos presagios de pronto fuera barrida por el júbilo de una música de nupcias.

 

ACERCA DEL AUTOR

Enrique Rosas Paravicino nació en Ocongate, Cusco (Perú). En forma temprana se dio a conocer con dos volúmenes de poesía publicados. "Ubicación del hombre" y "Los dioses testarudos". Sin embargo esta plasmación inicial pasó a un segundo plano, notoriamente opacada por la mayor atención que la crítica literaria concedió a su obra narrativa. En este género publicó "Al filo del rayo" (1988), "Fuego del Sur" (1990, en coautoría), "El gran señor" (1994), "Ciudad apocalíptica" (1998), "Muchas lunas en Machu Picchu" (2006) y el relato para niños "El patriarca de las aves" (2007). En 2004, volvió al género lírico con la entrega de un nuevo poemario "La edad de Leviatán".

 

 

 

 

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