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Literatura
02 04 2007
Carmen Bernand: Un mestizo ejemplar el Inca Garcilaso de la Vega, por Héctor Loaiza
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En su magnífico libro Un Inca platónico, Garcilaso de la Vega (1539-1616), Carmen Bernand parte de una pregunta: “¿por qué el gobierno teocrático de los Incas, cuyos fundamentos difieren radicalmente de las sociedades europeas, ha servido para pensar en lo político?” Ninguna obra ha esclarecido con tanta abundancia de documentos históricos la génesis de la obra del Inca Garcilaso de la Vega como este libro. Empieza narrando la historia de la civilización judía y la arabo-musulmana en la península ibérica para mejor comprender el fenómeno de la conquista del Nuevo Mundo y del marco histórico del nacimiento del Inca. Con una prosa amena y fluida, nos cuenta la vida y obra de Juda Abrabanel, León Hebreo (1460-1520) y la situación paradójica en la que vivían los judíos durante el reinado de los Reyes Católicos. Los judíos eran comerciantes ricos y formaban parte de la elite intelectual de la época. Pero fueron expulsados por los Reyes Felipe e Isabel y aunque muchos de ellos se hubiesen convertido al catolicismo para quedarse a vivir en España, se desconfía de los “conversos”. El espíritu visionario de los judíos consejeros de los Reyes Católicos hizo posible el descubrimiento de América que cambió el rumbo de la historia e inició una nueva era. Con la colonización del Nuevo Mundo, España y otras monarquías europeas se afirmaron como grandes potencias marítimas. Este acontecimiento provocó también la decadencia de los Califatos musulmanes. Europa cristiana se enriqueció con el comercio y la explotación del Nuevo Mundo, abandonando el comercio con el área mediterránea. Dentro de esta afiebrada conquista de América, la autora traza la genealogía de Sebastián Garcilaso de la Vega, el padre del Inca, y su arribo en 1534 —después de haber estado en México y Guatemala— al recién conquistado Imperio Inca, formando parte de la expedición de Pedro de Alvarado. Tras haber vendido las municiones y los caballos traídos y negociado con Francisco Pizarro, Alvarado decide regresar a Guatemala. Sebastián Garcilaso de la Vega se queda en Perú y se hace amigo de Gonzalo Pizarro, hermano del conquistador. En Cuzco, convivió con la princesa inca Chumpu Ocllo, de quince años de edad, nieta de Tupac Inca Yupanqui, que al ser bautizada adopta el nombre de Isabel. Carmen Bernand describe el mestizaje como un fenómeno complejo, cuando los conquistadores —como en el caso de Sebastián— se unen a las hijas de la nobleza inca. No son abusadas ni violadas como ciertos autores pretenden mostrar la conquista, sino por una reacción de supervivencia de la elite inca (en este caso de las mujeres nobles) que se casa o convive con los conquistadores. Con respecto al mestizaje, la idea de la degeneración de los bastardos formaba parte de la tradición hispánica. En el Nuevo Mundo, los cultores de esta interpretación negativa de la mezcla de razas se sienten reconfortados por la propagación de la sífilis que se atribuye a las relaciones sexuales entre españoles e indias. “Los españoles” escribe Carmen Bernand “no son los únicos a atribuir a la sífilis como castigo de esas uniones ilegales, con una rara violencia, la pluma del cronista indio Guamán Poma de Ayala fustiga esas relaciones que transforman a las indias en prostitutas que hacen nacer numerosos mestizos, mientras que los mismos indios desaparecen. Esta concepción del mestizo como retoño degenerado y corrupto de un acoplamiento a la vez lúbrico y contaminante se ha mantenido hasta nuestros días...” Los estereotipos muy en boga en esa época toman en cuenta más el origen indio del mestizo que la herencia de sus abuelos españoles. La autora cita un documento histórico de los siglos XVI y XIX como exponente de los prejuicios imperantes: “Los mestizos son morenos y toman de la tierra y la madre, muchos de sus rasgos, especialmente los vicios”; o aún más “es virtuoso y buen músico aunque sea mestizo”; o por fin “las jóvenes tienen buenas facultades y son trabajadoras, porque heredaron el lado bueno de su padre” (1). Esta pretendida naturaleza viciosa de los mestizos se explica de acuerdo a los documentos de la época por el hecho de que aquéllos “mamen las malas costumbre con la leche materna”. La idea de la transmisión de conductas y “valores religiosos” por “vía láctea” es muy arraigada en Europa y remonta a la antigüedad. Carmen Bernand precisa: “En España, el miedo a la impureza de la sangre conduce a recomendar que los hijos de los ‘viejos cristianos’ no sean lactados por nodrizas moras o que tengan sangre judía...” Recurriendo a una vasta documentación, la autora pinta las revueltas y las insurrecciones acaudilladas por los últimos incas. Seguidas por las guerras civiles entre los mismos conquistadores. En el contexto de rebeliones y guerras civiles, la infancia del Inca Garcilaso de la Vega —que Carmen Bernand llama caótica—, se desarrolla bajo los cuidados de su madre doña Isabel y arrullado por los relatos a media voz de los parientes maternos sobre la grandeza pasada de los Incas. Su padre se acerca más a su hijo, durante el período de la adolescencia. La lengua materna del Inca es el quechua por influencia de la madre y del ámbito natal. En la adolescencia, fue bilingüe como todos sus amigos mestizos que fueron educados por el canónigo Cuéllar. Desde el comienzo, “se desconfía de los mestizos —como de los “conversos” en la península ibérica—, puesto que la hibridez de su condición los hacía potencialmente traidores. El joven Diego de Almagro, que se rebeló contra el gobernador Francisco Pizarro […] encarnaba el modelo del mestizo desleal. El dominio de la lengua nativa y del español, esta ventaja que el canónigo Cuéllar reconocía en sus discípulos, reforzaba sus condiciones ambiguas…” Durante su pubertad, el Inca será testigo de la lenta y segura imposición de los elementos culturales hispánicos sobre los restos de la civilización inca. Se introducen animales, plantas, árboles y nuevos métodos de trabajo agrícolas. Su padre fue nombrado Corregidor del Cuzco y falleció algunos años después. Garcilaso de la Vega abandona definitivamente su ciudad natal y —tras algunos meses de navegación— llega a Montilla (Andalucía) en 1561. En Madrid, inicia los trámites en los tribunales del Rey Felipe II para recibir la pensión de su padre por los servicios prestados a la Corona durante la conquista del Perú. No obtiene nada, al contrario se reprocha a su padre de haber sido amigo de Gonzalo Pizarro e incluso haberle salvado la vida al final de una batalla durante las guerras civiles entre conquistadores. Decepcionado, Garcilaso se instala definitivamente en Montilla, manteniéndose al tanto de lo que sucedía en el Perú donde la situación es confusa después de la ejecución de Tupac Amarú I, la victoria del virrey Toledo y la represión contra los seguidores del Inca. Esta represión alcanza hasta la Iglesia Católica contra las prácticas cabalísticas, astrológicas y la simpatía de algunos sacerdotes hacia la religión pagana de los Incas. “La sed de conocimiento” escribe Carmen Bernand, “que no le había abandonado desde la época en que recibía las enseñanzas del canónigo Cuéllar…” en Cuzco, hace que se interese en temas filosóficos. Entabla relaciones de amistad con clérigos ilustrados y otros intelectuales entre ellos, Pedro Agustín de Herrera, lingüista y teólogo, el jesuita Pedro Gerónimo de Prado, profesor de Córdoba, Pedro Sánchez de Herrera, teólogo nativo de Montilla y el padre Fernando de Zárate.

Decide traducir al castellano una de las obras de León Hebreo, Los diálogos de amor, en la cual encuentra respuestas a muchas cuestiones que hasta esa época no las había formulado correctamente. La autora se hace la pregunta: “¿Puede osar lanzarse a semejante empresa? Pone en evidencia las ‘pocas luces’ de su condición de indio para explicar sus dudas ante la vastedad de la tarea. Pero la verdad podría haber sido otra, la prohibición del libro…” Sus amigos le alientan a traducir la obra y está motivado también por su deseo de profundizar en la filosofía de León Hebreo y en su descripción de las relaciones del pensamiento bíblico con el paganismo. Pese a ser un ensayo complejo, abstracto, con múltiples referencias a autores y filosofías, Garcilaso de la Vega lo tradujo en “lengua castellana clara y elegante, respetando de muy cerca el estilo y el contenido del original…” León Hebreo pretendió sintetizar las diversas corrientes filosóficas clásicas no sólo Platón y Aristóteles sino pensadores judíos y árabes. El Inca terminó su traducción en 1586, pero el libro fue publicado cuatro años más tarde y puesto en el Indice de la Inquisición en 1592. La influencia del pensador judío fue fundamental en la obra del Inca. A diferencia de los filósofos judíos de su época, León se interesa en el paganismo, afirmando —por medio de uno de sus personajes— que las “alegorías inventadas por griegos y romanos poseen un fondo de verdad en la medida en que se arraigan en la tradición bíblica…” Garcilaso de la Vega pasa a escribir La Florida del Inca, resultado de sus charlas con Gonzalo Silvestre quien participó en la epopeya de Hernando de Soto en el fallido intento de conquistar la Florida, yendo detrás de un país mítico mucho más rico que el de los Incas. Algunos críticos del siglo XX le reprocharon de haberse apropiado de un libro cuyo autor era en realidad Gonzalo Silvestre. Carmen Bernand defiende la labor del escritor precisando que “Garcilaso no sólo ha puesto en forma las historias de Gonzalo Silvestre, un soldadote amable y un poco fanfarrón, pero sobre todo le ha dado brillo que es propio a las grandes obras literarias…” La Florida del Inca fue publicada en 1605. Antes de entrar en la Apoteosis —como Carmen Bernand llama a la publicación de Los Comentarios Reales—, señala algunas posibles influencias, el libro de Ambrosio Morales, Las antigüedades de las ciudades de España donde el autor desarrolla las relaciones entre paganos, judíos y cristianos. La Historia Antigua de los Judíos de Josefo Flavio (37-100), en el cual debe haber descubierto la semejanza de sensibilidad entre el judío romanizado y su condición de inca hispanizado. Josefo Flavio explica la caída de Jerusalén por las divisiones internas que terminaron destruyendo Israel. Por su parte, Garcilaso justificará la conquista y el hundimiento del Imperio Inca debido a la guerra civil entre los herederos de Huayna Capac, los hermanastros Huáscar y Atahualpa. El Inca duda entre la teoría de la “Edad dorada” de Ovidio y la del progreso, propio al Renacimiento. Los acontecimientos después de la conquista del Imperio Inca, por ser despiedados e intolerantes, contradicen la idea del progreso hacia formas de gobierno más elevadas o más perfectas. En 1609, Los Comentarios Reales fue impreso en Lisboa. Garcilaso expone hechos y costumbres de los antiguos peruanos al estilo de los historiadores de la antigüedad, entremezclados con sus propias vivencias. El Inca sugiere la existencia de una segunda lengua esotérica, concedida por la divinidad solar a los fundadores y herederos de la dinastía inca y prohibida a los vasallos.

En el prefacio a su Historia General del Perú, publicada en 1617, el Inca se dirige a “los indios, mestizos y criollos de los dominios y provincias del muy glorioso y opulento Imperio del Perú.” De este modo, consideraba que sus lectores forman parte de una categoría colectiva “americana” y “peruana”, excluyendo a los españoles peninsulares. Al insistir en la existencia del “Imperio del Perú”, rechazaba de hecho a la administración colonial española e introducía un modelo incaico de mestizaje. En su epílogo, Carmen Bernand desarrolla los conceptos de Incas, utopías y milenarismos. Aunque ningún país del área andino haya restaurado el Imperio de los Incas, “tal como Garcilaso lo había mitificado” escribe la autora, “convirtiéndolo en universal y eterno...” Los escritos del Inca inspiraron a los creadores de diversas utopías durante los siglos XIX y XX, ya que el Estado Inca era ideal porque había velado por los desvalidos y erradicado la pobreza gracias a una gestión planificada de los recursos...” Si las bases de identificación del Estado Inca con las utopías se encontraban el colectivismo de la sociedad inca descrito por Garcilaso, “el libro del francés Louis Baudin, El Imperio socialista de los Incas, publicado en 1928, desempeñó un papel importante en esta mutación.” A comienzos de los años sesenta, Alejandro Ortíz Rescaniere descubrió mitos en el seno de la población andina en los cuales se hablaba de Inkarri: el cuerpo incompleto del último Inca iba a reconstituirse y, una vez completo, volvería a la tierra para salvar a su pueblo. Este mito permitió el inicio de diversos trabajos sobre la resistencia andina y también pretendió legitimar la lucha armada de grupos políticos de los años sesenta y, sobre todo, fue utilizado por el régimen militar nacionalista de Juan Velasco Alvarado (1968-1975) como sustento ideológico para encaramarse en el poder. La autora señala el hecho de que la antigua sabiduría ancestral de los Incas fue recuperada por las corrientes místicas del llamado movimiento New Age.

“Indudablemente” escribe Carmen Bernand, “gracias al genio de Garcilaso de la Vega que este antiguo Reino del Perú, sobre el cual tantas cosas quedarán siempre en la oscuridad, habrá atravesado los siglos sin perder nada de su carácter ejemplar.” (1) Relaciones Histórico-Geográficas de la Audiencia de Quito” (XVI-XIX), 1991-1992, Madrid.

 

ACERCA DEL AUTOR

Carmen Bernand se graduó en antropología en la Universidad de Buenos Aires en 1964, siendo con otros compañeros estudiantes quienes contribuyeron a crear esta carrera universitaria. En 1960 viajó al Perú y al año siguiente, bajo el nombre de Carmen Muñoz, presenció por primera vez una batalla ritual de piedras en Kanas, Langui (Cuzco). En 1964, empezó en París un doctorado con Claude Lévi-Strauss, tesis defendida en 1970. Emprendió una tesis de Estado en 1972 sobre el campesinado indígena de la región de Azogues (Ecuador), trabajo que fue sostenido en 1980. Antropóloga de campo en los Andes (Argentina, Perú y Ecuador) pero también en Mexico, en Texas y en Francia, Carmen Muñoz Bernand tuvo una larga carrera docente en la Universidad de Paris X desde 1967 hasta 2005. Invitada como profesora en España, (Madrid, Sevilla), Italia (La Sapienza, la Orientale de Nápoles), Guatemala, Honduras, Brasil (Belo Horizonte y Porto Alegre), Santiago de Chile y Buenos Aires, participó tambien en múltiples congresos internacionales. Desde 1994 es miembro del Institut Universitaire de France.

 

 

 

 

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