Literatura
02 02 2007
La naturaleza se transforma en paisaje en la narrativa latinoamericana (entrevista con Fernando Aínsa)
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Fernando Aínsa

Del Topos al Logos. ¿Cuál es el objetivo de este libro? Detrás del titulo que puede parecer erudito o académico, hay algo muy sencillo: el modo como nos apropiamos de nuestro entorno (topos) por la palabra (logos) para hacerlo inteligible e intentar comprenderlo. Esta idea explica el origen de la cultura: el choque y el enfrentamiento del hombre primitivo con el caos abigarrado, pleno, confuso y extraño de la naturaleza que lo rodeaba y sus esfuerzos por entenderla y “domesticarla”. Por la palabra, el ser humano bautiza las cosas e intenta ponerlas en orden, darle un sentido y una perspectiva al mundo. En definitiva, nombrando a las cosas pierde el miedo a lo desconocido y transforma la naturaleza en paisaje. Lo subtitulas, “propuestas de geopoética”. ¿En qué consistiría esta ciencia? No se trata de una ciencia, ni mucho menos. Apenas de una aproximación a la geografía desde un punto de vista literario. Hay una “poética geográfica” por la cual las montañas hostiles de la antigüedad se transforman —con poetas como Petrarca— en espacios a escalar y con panoramas a descubrir y disfrutar. Los Alpes son otros después del relato de “la ascensión al monte Ventoux” que el poeta realiza en 1336; texto fundacional de la geopoética. Lo mismo sucede con los bosques temidos de la mitología medieval que se tornan, gracias al romanticismo alemán, en lugares apacibles donde pasear. En España, Pedro Laín Entralgo llega a sostener que el paisaje castellano ha sido “inventado” por los escritores. Son Miguel de Unamuno, Antonio Machado y Azorín (ninguno de ellos, por otra parte, era castellano) quienes han forjado literariamente los tópicos del paisaje con que se identifica a Castilla. ¿Cuál es el espacio de la literatura? El espacio lo es casi todo. Se habla incluso del espacio del texto, del que la página es un fragmento con su contorno delimitado. La literatura se ha ido apropiando de todos los espacios. Basta ver lo que ha sucedido con las ciudades, significadas gracias a obras que las han tornado emblemáticas: Alejandría tras el “cuarteto” de Lawrence Durrell y el poema La ciudad de Constantino Cavafis; Paris con las novelas de Víctor Hugo y Emile Zolá; Dublín con el Ulises de Joyce y Barcelona con La ciudad de los prodigios de Eduardo Mendoza. En América Latina, Buenos Aires es el “fervor” de Borges y el Adán Buenosayres de Lepoldo Marechal; México La región más transparente de Carlos Fuentes y La Habana en el conjunto de la obra de Guillermo Cabrera Infante.

Hablamos de las ciudades reales, ¿pero qué función tienen las ciudades inventadas, soñadas, ideales? Hace años encontré en una librería de lance de Milán un Diccionario enciclopédico de lugares imaginarios que me fascinó. Quedé asombrado de la vastedad de esa “geografía del imaginario” que la literatura ha construido en forma paralela desde la más remota antigüedad. Basta pensar en Homero y Luciano. El Diccionario estaba ilustrado. Tenía mapas de la isla de la utopía de Tomás Moro, planos de “las ciudades invisibles” de Italo Calvino y de “la biblioteca de Babel” de Borges. Pero existe una literatura sin geografía. Claro que sí. Por ejemplo, la llamada literatura de los “espacios interiores”; la literatura psicológica que se pone en boga a partir de los años treinta del siglo pasado. Confieso que no me interesa mucho, por no decir que en algún caso me aburre. Pero ¡ojo!, en obras monumentales de la introspección como En busca del tiempo perdido de Marcel Proust hay un espacio poético sutilísimo. Se han escrito innumerables tesis sobre el tema. Existen además espacios reducidos como casas habitaciones e, incluso, áticos y sótanos cuya poética ha sido resaltada por críticos como Gaston Bachelard, autor de un libro ineludible sobre el tema, La poética del espacio. Algunos novelistas, como el español Juan Benet, han inventado toda una Región.

Creo que el primero en crear un espacio literario propio fue William Faulkner y su famoso “condado” de Yonapathawa donde escenificó casi toda su obra. Lo ha seguido Juan Carlos Onetti con Santa María, Juan Rulfo con Comala y García Márquez con Macondo. Son espacios “concentrados”, en algún caso trágicos, que han sabido trascender la geografía imaginaria en mito. Juan Benet se inscribe en ese esfuerzo de la creación de un “territorio propio”. Todo escritor, ya se sabe, tiene vocación demiúrgica: aspira ser un pequeño dios que crea mundos. Y él lo ha logrado con Región, creo que vagamente situada en Andalucía . En tu libro hablas del Nuevo Mundo como una creación literaria ideal. El descubrimiento de América en pleno Renacimiento es, tal vez, el desafío más grande que ha tenido la imaginación para representar una realidad diferente y donde el esfuerzo de trascender el topos en logos se ejemplifica mejor. Hay que nombrar, inventariar todo lo que se descubre. Las Cartas y el Diario de Colón constituyen el primer capítulo de una vasta empresa de apropiación por la palabra de ese “mundo nuevo”. Los Cronistas y sus minuciosas descripciones, los conquistadores “bautizando” ríos, montañas, poblados, cabos y ensenadas, todo ese esfuerzo por crear una toponimia sobre mapas improvisados sobre la marcha, es seguido por una literatura que tiene ser necesariamente barroca. Alejo Carpentier afirma que los novelistas latinoamericanos son, en realidad, Cronistas Mayores y el barroco la mejor expresión americana. Háblame de islas literarias. ¿Cómo funciona este topo? La isla es el topos literario por excelencia, desde las islas de Homero a las de la publicidad de las agencias de turismo. La isla se identifica en nuestro imaginario como un espacio representativo del paraíso terrestre. Basta pensar en las Hespérides y las islas Afortunadas de la literatura clásica y en todas las islas legendarias de la Edad media —Antilia, San Brandán, Brazi— que los descubridores de América creen haber encontrado al llegar a las islas del Caribe y que hoy se encarnan en Las Bahamas, Cuba, Santo Domingo, sus playas de aguas transparentes y arenas blancas. Claro que también hay islas malditas en la literatura. La isla del Doctor Moreau de H.G.Wells es el paradigma. Otras son reales como Alcatraz o el presidio de la Guayana francesa del que se evade Papillon. ¿El jardín es otra forma de isla? Más que isla, el topos del jardín se identifica tradicionalmente con un espacio de preservación, cuando no de protección frente al mundo exterior, ámbito donde la naturaleza aparece sometida, seleccionada, ordenada estéticamente y cercada. El jardín se contrapone al vértigo del espacio que está fuera de la reja que lo rodea, cuyos paradigmas son los jardines de conventos y monasterios en los que se preserva un clima espiritual. El motivo del jardín aparece reflejado en la poesía y la pintura desde la cultura persa: espacios frescos, con fuentes y chorros de agua, refugios umbríos propicios para la música y, sobre todo, para el amor. El índice de símbolos se prolonga, oscilando entre la estudiada espontaneidad del jardín inglés y la vocación geométrica del jardín francés, entre el sinuoso arabesco del manierismo y el espacio íntimo de valles y senderos artificiales, entre el cierre (verjas y muros) y la apertura de los jardines que se prolongan con naturalidad en el paisaje, entre la proyección utópica (al modo de la isla-jardín de la Nueva Eloísa de J. J. Rousseau) y el pintoresquismo elaborado de los “retiros salvajes” de los poetas románticos. Como tentativa de organizar el espacio y rehacer el mundo, el arte de los jardines es arte que atrae a pintores y escritores. El jardín es motivo recurrente en la narrativa que lo condensa y alegoriza —basta pensar en la novela El jardín de los Finzi Contini de Giorgio Basan— pero también es el escenario en que gusta vivir un pintor como Fragonard (el jardín de la villa d’Este en Tivoli, Roma) o el que cuidadosamente construye Monet en Giverny para extraer de su artificiosa “creación” el tema de sus cuadros más famosos: la serie de inmensas telas de las Nympheas. ¿Y el desierto? Hasta una naturaleza aparentemente hostil como el desierto tiene su “geopoética”. Basta leer al poeta egipcio Edmond Jabés y su libro La arena. Pero más que el desierto me ha interesado analizar en mi libro la selva americana, lo que en principio es lo opuesto del desierto, aunque con la deforestación masiva en el Amazonas se terminará por tener un nuevo Sahara en el corazón de América del Sur.

¿Por qué la selva? Decenas de novelas se apropian literalmente de la selva, espacio en principio impenetrable, para hacerlo suyo. La selva puede ser tanto un “infierno verde” como una “catedral vegetal”, un Jardín del Edén como una opresiva cárcel donde proliferan insectos y reptiles. La vorágine de José Eustasio Rivera y Cumandá de Juan León Mera están en esos extremos. La selva es también un territorio ideal para la experiencia iniciática, como novela Alejo Carpentier en Los pasos perdidos. La selva me fascina como espacio geopoético por antonomasia: puede ser visto a través de un prisma poliédrico que acepta todos los puntos de vista. En todo caso, con El hablador de Mario Vargas Llosa se comprueba que el debate sigue abierto.

 

ACERCA DEL AUTOR

Fernando Aínsa, escritor y crítico uruguayo de origen español, trabajó en UNESCO de París desde 1974 hasta 1999. Reside actualmente en Zaragoza (España). Ha publicado ensayos, libros de cuentos y novelas. Entre sus últimas obras de crítica y de ensayo figuran "La reconstrucción de la utopía" Buenos Aires y México; "Travesías", (2000). "Del canon a la periferia. Encuentros y transgresiones en la literatura uruguaya" y "Pasarelas. Letras entre dos mundos" y "Espacios del imaginario latinoamericano. Propuestas de geopoética" (2002). "Narrativa hispano-americana del siglo XX. Del espacio vivido al espacio del texto" Zaragoza (2003). "Rescribir el pasado. Historia y ficción en América Latina" (2003) y “Del topos al logos. Propuestas de geopoética” (Iberoamericana, Madrid, 2006). Algunos de sus libros obtuvieron premios en Argentina, México, España, Francia y Uruguay. Colabora en revistas literarias especializadas de Latinoamérica, EE.UU. y Europa.