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Literatura
01 01 2007
Diablos Azules de Héctor Loaiza en el Cusco de la primera mitad del siglo XX, por Maynor Freyre
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“...el [terremoto de 1950] que a su vez destruye la ciudad del Cusco para convertirla al renacimiento de entre sus ruinas en la gran metrópoli que es hoy...” Maynor Freyre

Héctor Loaiza ha lanzado desde la pirenaica ciudad de Pau (ubicada en lo hermosos Pirineos franceses), una novela que representa una de las mejores obras escritas por un hijo de la gran capital incaica en el Perú: Diablos azules. Desde Aves sin nido, de Clorinda Matto de Turner (1854-1909), pasando por El gran señor de Enrique Rosas Paravicino y Los cuervos de San Antonio de Manuel Avendaño, no habíamos leído una narración cusqueña de tan alta calidad, salvo los cuentos ineludibles de Mario Guevara. Loaiza encara la vida y milagros de una estirpe nacida bajo el estigma de que la gran madre era nada menos que una mujer de cura, el canónigo José Gabriel Altamirano, quien desde el púlpito subyugaba a la tradicional ciudad Ombligo del Mundo, como también subyuga con su labia esplendorosa a la bella muchacha Elvira Escalante, hija de un gamonal endiablado y explotador de sus vasallos a través de su dureza y de una especie de magia que domina secretos de ultratumba: así se mezclan sincréticamente religión y hechicería manejada por dos de los grandes poderes que reinaron el Cusco de los primeros 50 años del XX; la religiosidad y la tenencia de la tierra. La estirpe que desciende de esta espuria pareja —el canónigo Altamirano se niega a colgar los hábitos—, que se rompe a partir de una unión incestuosa: la amante del canónigo termina por ser raptada por el sobrino de éste, quien padecerá luego los embrujos de su suegro, el terrateniente Escalante, hasta hacerlo llegar a la más infeliz de las locuras; esta estirpe es el motivo del tema narrativo. El

hijo del canónigo, Uriel, es abandonado por su madre al huir con el sobrino político y vive como sobrino del cura, pero busca en la rebeldía social una salida a su entrampada vida, rebeldía que lo llevará a las tétricas cárceles capitalinas y al salir de prisión a una cárcel más terrible: el alcoholismo acompañado de ataques de “diablos azules”, una suerte de alucinaciones terribles de las que le es imposible escapar al afectado por tal patología psíquica. Como historia paralela aparece en la novela Roberto, un indiecito que huye de un lejano villorrio para arribar al Cusco, una ciudad deslumbrante para él, hasta caer en manos de una buena mujer que le da acogida y lo cría hasta que éste conoce a Rosa y se casa con ella, teniendo varias hijas, entre ellas la primogénita Lucía, quien caerá en las garras del enviciado Uriel, convertido en un vate bohemio, de cuya unión nace Fernando, un niño que crecerá abandonado primero por su padre y luego por su madre, pero gozando del cariño de sus abuelos y tías. Roberto y Rosa han sabido superar la pobreza con gran esfuerzo hasta llegar a tener su propia casa, a la cual destruirá un terremoto, el que a su vez destruye la ciudad del Cusco para convertirla al renacimiento de entre sus ruinas en la gran metrópoli que es hoy. Porque la historia de las tres generaciones es también la historia de un Cusco que va transformándose a medida que avanza el siglo veinte durante su primera mitad, espacio / tiempo que abarca la narración. Asistimos a la aparición del cine, de los discos con canciones foráneas y a la mutación de las conductas sociales con la llegada del turismo masivo, del automóvil.

La novela tiene una frase clave en la voz de un personaje en apariencia secundario, Rosa, la esposa de Roberto quien le dice a su marido pasado apenas el terremoto y viendo su casa agrietada: “No estés triste Roberto.¡La reconstruiremos!”. A lo que éste responde: “¡Tienes razón!, no me faltan fuerzas y si no puedo hacerlo solo, nuestros hijos nos ayudarán!” El canónigo José Gabriel Altamirano, fundador de la estirpe, para esto ya ha muerto, y su cadáver es bañado con agua de rosas, vestido con una mortaja negra y colocado sobre el acolchado de seda blanca del ataúd. De esta manera, un domingo de mayo de 1950 el tercer terremoto que deshacía la ciudad del Cusco, nuestra ciudad eterna —al decir de Roberto, el personaje noble y trabajador, el único con hogar estable— parecía haber dado lugar al fin de un mundo caduco y al inicio de otro, aún impredecible. Y que ojalá llegue a novelar Hector Loaiza para deleite de sus lectores, como lo ha hecho con Diablos azules.

 

ACERCA DEL AUTOR

Maynor Freyre nació en Lima en 1941. Egresó de la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica del Perú en 1963 y estuvo becado en un curso de periodismo por el Instituto de Cultura Hispánica en Madrid (año 1964). Licenciado en periodismo, fue editor de cuatro importantes diarios peruanos y dos suplementos dominicales, y director de seis revistas. Conferencista en las universidades de Pau y Burdeos (Francia), y en Caracas. Tiene publicados 13 libros: una novela experimental, tres poemarios, dos libros de artículos periodísticos y cinco de cuentos. En 2006, publicó su último libro de cuentos “36 estampas sin bendecir”, Ediciones Horizonte, Lima. Sus cuentos y poemas figuran en cuatro antologías de narrativa corta y en una de poesía.