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Homenaje
05 12 2006
El hijo del señor de los vasallos (fragmento) por Carmen Bernand
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Mi tierra se ganó a la jineta Garcilaso, Historia del Perú.

Los matrimonios respectivos de Sebastián e Isabel arrancaron a Gómez Suárez del círculo de los parientes maternos y lo acercaron de su padre. Ahora, el capitán estaba establecido en Cuzco. Su hijo, que apenas había vislumbrado cuando era niño, se había vuelto un adolescente con quien podía compartir sus gustos e intereses. Sebastián se encargó de su educación y lo envió a la escuela que se había creado para educar a los jóvenes mestizos. Gómez Suárez se alimentó desde entonces de gramática castellana y de literatura latina.

Con la muerte de Paullu Inca, el simulacro de autoridad compartida entre vencedores y vencidos se desvaneció. Los españoles ya no necesitaban un soberano fantoche, ya que en Vilcabamba, en la selva tropical, el rebelde Sayri Tupac, hijo de Manco, entra en tratos con los representantes de la Corona gracias a la mediación de algunos mestizos prominentes que gravitan en torno de doña Beatriz, aún muy influyente a pesar del deshonroso matrimonio. La resistencia indígena se sofoca. Menos de veinte años transcurrieron desde que los conquistadores entraron a Cuzco, y ya se habían disipado las huellas materiales de la civilización inca. De los cinco recintos que constituían el Templo del Sol, solamente tres estaban todavía en pie; los revestimientos de oro y plata fueron saqueados (1). Sólo persistía, tenaz, el rumor afirmando que los Incas ocultaron en alguna parte sus inmensas riquezas —magnificadas de día en día— para sustraerlas a la rapiña (2). Ya se insinuaba —esta opinión se mantendrá hasta nuestros días— que ese oro tan difícil de encontrar está maldito. Un tal Hernando de Segovia tuvo así la suerte de encontrar un tesoro en su casa: el hombre regresó a España pero, poco tiempo después, murió de tristeza y melancolía (3). Otras moradas principales que aún estaban en pie en la época de Huáscar sufrieron transformaciones radicales. Durante la repartición de las viviendas entre los conquistadores, Pedro del Barco había tomado para él la mitad del convento de las Vírgenes del Sol; la otra mitad le tocó en sorteo a Diego Ortiz de Guzmán, caballero nativo de Sevilla (4). Un gran número de casas quedaron averiadas por las guerras civiles. La fortaleza de Sacsayhuamán no era más que un montón de bloques ciclópeos. Las calles estaban sucias, mancilladas por caballos y hombres. Los primeros mendigos aparecieron; los vecinos compasivos les dan algunos granos de maíz. Las elites cuzqueñas todavía gozaban de cierto prestigio y era importante tratarlas con consideración, ya que muchos de ellos poseían encomiendas y conservaban un ascendiente sobre la gente común. Carlos V concedió a los hijos de Huayna Capac un escudo de armas donde figuraban dos serpientes a ambos lados del emblema real la mascaypacha (5). Que estos reptiles sean una de las manifestaciones del arco iris y, por lo tanto, la expresión misma de las fuerzas solares, hasta de la idolatría, poco importa. Vueltos inertes en un blasón, perdían esta posibilidad de transformarse, esta descomposición en múltiples facetas que justamente les dotaban de sus propiedades extraordinarias. Otros cambios iniciaban nuevos tiempos. Plantas y animales del Viejo Mundo hicieron una tímida aparición para imponerse en poco tiempo, destruyendo así los cultivos de maíz indispensables para celebrar los antiguos ritos. Para la fiesta de San Bartolomé, se decoró un toro con flores y una corona (6). Una muchedumbre indígena venida de las cuatro regiones del país se concentró en la plaza de Cuzco para ver la primera yunta, cosa a la vez insólita y monstruosa. Los indios decían que los españoles son tan perezosos que hacen trabajar a las bestias en su lugar. “La fiesta de los bueyes me costó dos docenas de azotainas”, recordará Gómez Suárez hasta al final de su vida, una de su padre, la otra de su maestro. Pero por ver los animales entrando con honores comparables a los manifestados antaño en los triunfos romanos (7) bien valía la pena de dejarse azotar. La educación de los mestizos El intervalo de tiempo que dedicó a sus estudios, interrumpidos por nuevos disturbios, quedó en el recuerdo de Gómez Suárez como un momento privilegiado. Se podría decir que el descubrimiento de las letras fue para él una verdadera revelación que cultivó hasta su muerte. Pero la razón esencial de esto parece haber sido la experiencia de camaradería compartida con sus condiscípulos, jóvenes mestizos que pertenecían por sus madres a la elite cuzqueña. En sus escritos, el Inca Garcilaso inmortalizó los nombres de todos esos alumnos que, como él, creían que el futuro les pertenecía: el hijo de Pierre de Candie, el artillero griego que hizo temblar a los indios con sus arcabuces; Juan Serra Leguizamo; Juan Balsa, que vivía en la casa del capitán Garcilaso de la Vega; así como Diego de Alcobaza, Juan Arias Maldonado, Francisco Pizarro el joven y don Carlos Inca, hijo de Paullu y en principio heredero del reino. Al contrario de su padre, don Carlos hablaba perfectamente el castellano y se vestía como un hidalgo. Con sus amigos, a Gómez Suárez le gustaba recorrer el campo para desenterrar las ruinas de los viejos templos los tesoros enterrados por los Incas, sin dudar en faltar a clase y arriesgándose a ser castigado por su padre y su maestro (8) . En banda, aquellos jóvenes rondaban alrededor del monolito erigido en Cacha en honor de Viracocha, desfigurado por las piedras lanzadas por los españoles. ¿Participaban ellos también en ese pasatiempo? En esa época, comenzó a tomar forma una leyenda española según la cual el apóstol San Bartolomé habría evangelizado a los indios antes de la llegada de los españoles, pero hubo que esperar aún algunos años para que una cofradía creada bajo la invocación de este apóstol reuniera a los mestizos cuzqueños, sospechosos de adorar la antigua divinidad andina so capa de venerar a un santo cristiano. Además del latín y la gramática, Juan de Cuéllar, el canónigo de la catedral de Cuzco, les enseñó el arte de la música. Los cantos peruanos en honor del sol acompañaban el barbecho de la terraza de Collcampata. El maestro de la capilla se había conmovido con las disonancias de esta extraña música y se inspiró de ella para componer, hacia 1551, una chanzoneta para órgano que debía ser interpretada en la fiesta del Santo Sacramento. Vestidos con túnicas incas y llevando cada uno una hoz en la mano por referencia al contexto agrario de los hailli, ocho muchachos mestizos, entre ellos Gómez Suárez, cantaron durante la procesión, suscitando la admiración de la asistencia (9).

Convencido de las virtudes de la educación, Juan de Cuéllar estaba orgulloso de sus alumnos y los exhortaba a continuar sus estudios en Salamanca. Ya que la frecuentación de las letras por los jóvenes mestizos era, según creía él, la mejor manera de mejorar una sociedad construida en medio de la sangre y la violencia. Eran raros los conquistadores que tenían conocimientos de latín (Juan de Betanzos había adquirido en 1542 un volumen de comedias de Terencio); la mayoría poseían una instrucción rudimentaria y muchos eran incapaces de escribir sus nombres (10). Los discípulos de Juan de Cuéllar, más cultivados que sus padres, encarnaban un nuevo tipo de hombres prometidos a un gran futuro. Se ponía mucha esperanza en esta juventud capaz de circular de un ambiente a otro, que hablaba castellano y quechua con la misma facilidad, que leía a los pensadores latinos y que practicaba con elegancia el arte de la equitación. Desde su más tierna edad, a Gómez Suárez le gustaban los caballos, y aprendió muy temprano a ponerles herraduras y a cuidarlos (11). Notas (1) Garcilaso, Comentarios, III, 2.

(2) Cieza de León menciona en varias ocasiones esta creeencia.

(3) Garcilaso, Historia, II, 7, 91.

(4) Garcilaso, Comentarios, IV, 12. (5) Ver Los Siglos de oro…pp. 216-217

(6) Garcilaso, Comentarios, II, 17.

(7) Ibid., IX, 17. (8) Garcilaso, Comentarios, V, 22.

(9) Ibid, V, 2. (10) Lohmannn-Villena (1999), p. 119. (11) Garcilaso, Historia, V, 22, 357.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Carmen Bernand se graduó en antropología en la Universidad de Buenos Aires en 1964. Especialista de la Historia de América Latina. En 1964, empezó en París un doctorado con Claude Lévi-Strauss, tesis sostenida en 1970. Emprendió una tesis de doctorado en 1972 sobre el campesinado de Azogues (Ecuador) que fue sostenida en 1980. Hizo investigaciones antropológicas en los Andes (Argentina, Perú y Ecuador) pero también en México y Texas. Tuvo una larga carrera docente en la Universidad de Paris X desde 1967 hasta 2005. Fue invitada como profesora en España, Italia, Guatemala, Honduras, Brasil, Santiago de Chile y Buenos Aires. Desde 1994 es miembro del Instituto Universitario de Francia y a partir de 1999, directora adjunta del Centro de Investigaciones de los Mundos Americanos de París. Publicó "Les Incas, peuple du soleil" (1988), "De l'idôlatrie. Une archéologie des sciences religieuses" (1988) con Serge Gruzinski, "Histoire du Nouveau Monde" con S. Gruzinski (1991 y 1993), "Pindilig. Un village des Andes équatoriennes" (1992), "Buenos Aires" (1997) y "Un Inca platonicien, Garcilaso de la Vega 1539-1616" (2005).