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Arte
09 08 2005
Sortilegios del trópico: la obra de Oswaldo Vigas, por Gilbert Lascault
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Oswaldo Vigas realizando el mural para el Banco de Banesco de Caracas, mosaíco vitrificado, 2004-2005

Raíces La creación de Oswaldo Vigas está arraigada en Venezuela. Entrelaza la modernidad y lo arcaico, lo actual y lo hierático, lo contemporáneo y lo original. En sus frecuentes entrevistas, Oswaldo se define primero como “un hombre de América” y precisa: “América es un cosmos”. Presiente las fuerzas de América, sus voces sordas y quiere revelarla, manifestarla, discernirla, volverla más comprensible, imaginable. Pinta los aspectos sagrados y velados de América: “Nuestro continente (dice en 1967) está poblado de señales y advertencias obscuras. Los signos telúricos, magias y exorcismos son elementos profundos de nuestra condición. Estos símbolos nos revelan y nos implican en un mundo de efervescencias inquietantes”. Por medio de sus pinturas, sus esculturas, sus tapices, sus cerámicas, sus dibujos y sus grabados, Vigas permite percibir las correspondencias de los elementos de la Naturaleza, expresar las armonías y los ritmos del cosmos. Podría ilustrar un

poema de las “Flores del mal” de Baudelaire: “La Naturaleza es un templo en que vivos pilares / De tarde en tarde profieren imprecisos nombres / Por bosques de símbolos pasa a través el hombre / Y todo lo observan con miradas familiares” (1). Así, las obras de Oswaldo Vigas sugerirían los perfumes de América, sus colores y sonidos que responden. Vigas despierta, vigoriza, exalta lo anterior, lo preexistente. En 1998 afirma: “Hay que revitalizar el arte arcaico, ya que es la parte más vital del arte contemporáneo. Hacerlo revivir a través de lo que uno no debería perder jamás: su condición de niño.” Cerca al Orinoco tumultuoso, las raíces son atormentadas, deformes, insólitas, irregulares. Según Oswaldo Vigas (1983), las tendencias del continente serían de caracter prelógico, mágico, mitológico y antiracionalista”. Pinta pensando en los ancestros de América y en los reinos antiguos de Africa. Desde hace mucho, Vigas lee las novelas de Rómulo Gallegos (1884-1969) que le atraen: La Trepadora (1926); Doña Bárbara (1929); que evoca las vastas sabanas, los caimanes de los ríos, los jaguares, los caballos y los toros salvajes; pero sobre todo Canaima (1935) que es una epopeya venezolana. Los cuadros de Oswaldo Vigas podrían ilustrar esta epopeya y dejan percibir una atmósfera tropical, un ambiente cargado de angustia, las pasiones bárbaras, los peligros infinitos, los fastos del color, los olores mezclados, los ruidos extraños, los maleficios, el calor de los cuerpos y las almas, los conflictos, la sociedad corrupta, los asesinatos, las venganzas, las costumbres indias, las leyendas dispersas. En Canaima, la selva obsesiona, hechiza, inquieta, aterroriza a los hombres.

Vigas ama la selva, como el pintor Max Ernst tambien la glorifica: “Las selvas son impenetrables, negras y rojizas, extravagantes, seculares, diametrales, negligentes, feroces, fervientes y amables, sin ayer ni mañana.” El crítico de arte Dan Haulica (1993) pone en evidencia una “Historia natural y mágica”, la que pintan Max Ernst y Oswaldo Vigas, la que narra el novelista Rómulo Gallegos.


"Biología de la noche", óleo sobre lienzo, 1967, colec. Antonio Rodríguez, Caracas.

Si Claude Levi-Strauss titula su admirable libro “Tristes trópicos” (1955), Vigas escoge los Trópicos que nunca están tristes. Son trópicos lujuriantes, inagotables, suntuosos, a veces trágicos, a veces jubilosos, alegres, siempre contradictorios, antagonistas. Las regiones ecuatoriales que Oswaldo Vigas pinta se aproximarían a los territorios del pintor cubano Wilfredo Lam (1902-1982) y a los del pintor chileno Roberto Matta (1911-2002). Vigas conoció bien a Wilfredo Lam quien imaginó las figuras míticas sobre fondos obscuros, las fuerzas y las lianas inquietantes entrelazadas, las entidades selvaticas con sus alas, sus colmillos, sus garras, con sus senos seductores, de formas afiladas y agudas, las bestias híbridas, las armas tendidas, los desgarramientos, los haces luminosos, los totems extraños, las verticalidades desconocidas. Resultado de la conjunción de Europa, Africa y Asia, Wilfredo Lam quien se proclama mestizo, engendra una pintura de varias culturas, de varias formaciones, de magias diferentes: metamorfosea la naturaleza perturbada. Y Picasso considera a Lam como su “sobrino”... Por otra parte, en agosto de 1955, Picasso recibe también a Oswaldo Vigas en “California” y se hacen fotografiar; Vigas es quizá el “sobrino pequeño” de Picasso. Oswaldo Vigas ha frecuentado a Roberto Matta en Paris. Matta pinta campos de fuerzas, huecos opacos o transparentes, pasos, “cubos estallados”, deslumbramientos, la liquidez de la noche, los desenfrenos del Eros ludens; así como Vigas evoca de manera cercana, y muy diferente, junglas de pronto obscuras, de pronto opalescentes, en las que las energías circulan y luchan. El crítico Carlos Silva (1993) afirma que Oswaldo Vigas “se sumerge en lo extraordinario”, en lo insólito, fuera del orden común. Carlos Silva considera a Vigas, como un “explorador infatigable” de los arcanos de América del Sur.

Brujería La creación de Oswaldo Vigas sería brujería, magia, chamanismo, encantamiento. Evoca mitos lejanos, ritos secretos o sordos, ceremonias clandestinas, liturgias ignoradas. Vigas dice en 1979: “Una expresión plástica suscita angustias y nostalgias que no se expresan en palabras. Se podrían llamar “fantasmas” y quizá tienen algo que ver con el sentimiento religioso del cual también forman parte los ángeles y los demonios”. Las obras de Oswaldo Vigas serían de alguna forma, talismanes, amuletos. En 1979, en Caracas, una exposición de Vigas reúne sesenta y una obras y se titula “Ritos elementales, Dioses obscuros”. Los cuatro elementos (la tierra, el agua, el aire, el fuego) son celebrados en liturgias sordas, en cultos indecisos, en fiestas furtivas. Las divinidades son obscuras, temibles, ocultas, sombrías: potencias tenebrosas, crepusculares.


"Agorífera gris", óleo sobre lienzo, 1976, colec. del artista.

Muchos cuadros de Oswaldo Vigas evocan lo sobrenatural, los prodigios: Agoríferas tropicales (1976), Arcángel (1986), Duende azul (1985), Diablo (1962), Sirena solar (1972), Sirena acostada (1996), La piel lunar (1969), Mutante (1994)... Desde 1950, Vigas representa brujas varias veces en pintura, dibujo y escultura: La Bruja de la serpiente, La niña bruja que da la mano a su madre, la apacible Bruja del ramo, la Gran Bruja cuyo emblema es la tortuga, la Crespuscular (1965) que es melancólica, la potente “María Lionza” que es la Dama del tapir, la Furibunda, la Amenazadora, La Dama negligente que es voluptuosa y agradablemente temible, la Comedora de pájaros (1976) que es une hermana de las mujeres voraces de Picasso, la Fémina disyunta (1985) que es desmembrada, desgarrada, cortada, Medea erizada, celosa y vengadora, la Divinidad lunar que es Hecate sanguinaria, la Matadora, la Atrapadora (1990) que agarra todo... Las brujas de Oswaldo Vigas son tal vez primas de las Women de Willem De Kooning , coléricas y a veces divertidas, ligadas a las fuerzas de la Naturaleza, cercanas a los ídolos mesopotámicos. Las brujas de Vigas, unas veces irascibles, otras veces serenas, anuncian el futuro, se acuerdan de la memoria del país, profetizan, vaticinan; pueden ayudar, reconfortar, proteger y también pueden perjudicar, mutilar, arruinar, desfavorecer. Se vuelven síbilas. Surgen a menudo en los paisajes andinos. Son Deidades Madres que fecundan y castigan; son divinidades de la Naturaleza; juegan con la vida y la muerte, con los nacimientos y las destruciones. Según el crítico y poeta Jean-Clarence Lambert (1993). Oswaldo Vigas propone “totems sin tabúes”, las “estelas salvajes” de la “genetrix devoradora”. Un dibujo de Oswaldo Vigas lleva como título el “Paraíso inconcluso” (1989) hacia una felicidad aun incompleta, hacia un edén esbozado y con vacíos. Para Jean-Clarence Lambert (1995), “los reinos se injertan los unos con los otros: lo humano, lo vegetal, lo animal, lo mineral”. A veces, Oswaldo Vigas propone (como dice Dan Haulica) un “teatro de Ancestros”, izados en “zancos invisibles”: se yerguen carnavalescos y hieráticos.

El verdadero historiógrafo de Vigas, Gaston Diehl, su amigo, señala que el pintor se apasiona rápidamente por los “Diablos” que bailan frente a la iglesia de Yare y por los “ídolos” prehispánicos de Tacarigua. En la fachada del Ateneo de su ciudad natal, Valencia, Oswaldo Vigas crea una obra mural, como homenaje a la cultura tacarigua.


"Biología de la noche", óleo sobre lienzo, 1967, colec. Antonio Rodríguez, Caracas.

Sobre el chamanismo de los creadores Vigas se siente responsable, activo, consciente, al margen de lo político. No ha deseado gobernar. Muy raramente ha militado. Según él, los artistas poseen primero poderes, influencias, capacidades; pero no desean ser amos. Sus responsabilidades son especiales e importantes. En 1978, Oswaldo Vigas precisa la extraña función y la responsabilidad (en parte indeterminada) de los creadores: “Nosotros, artistas e intelectuales, somos los estimuladores de la consciencia, indispensables en todos los procesos de transformación que, a través de la historia, han mejorado la condición humana... Somos los “Chamanes”, los brujos o, si se quiere los apacibles iluminados que en todas la sociedades, son los más preparados para hacerse cargo de una responsabilidad moral, social, incluso política, que los demás no pueden asumir”. Los artistas conocen sutilmente los deseos de un pueblo, sus temores, su coraje; señalan; entusiasman. Existe un chamanismo indefinible de los creadores. El crítico Carlos Silva pone en evidencia, en las obras de Vigas, la unidad de la estética y la ética. Lo monumental y lo escultural Gran parte de las obras de Oswaldo Vigas está compuesta de cuadros. También escoge, muy frecuentemente lo monumental que relaciona la pintura con los espacios arquitecturales. Sus búsquedas tienen en cuenta probablemente el “muralismo” mexicano y, sobre todo, los frescos precolombinos, las pinturas rupestres, las rocas grabadas que están a la vista en la cuenca del Amazonas, en las Guayanas y en Venezuela. Con destreza, virtuosidad, precisión, Vigas emplea a menudo, el tapiz, el mosaico (por ejemplo, en 1953, en Caracas, en la Ciudad Universitaria, luego, en 2005 en un Banco de Caracas), la cerámica (en 1981, un relieve mural con cortes lisos y rugosos). Sus obras (a veces gigantescas) encuentran su verdadera dimensión, su lugar exacto. Sus ritmos, sus cadencias, sus equilibrios, sus resplandores ocupan el muro, lo invaden, lo transforman, lo iluminan. Sus ritmos brotan, brillan en músicas coloridas. Oswaldo Vigas vuelve a encontrar, en ciertos momentos, ciertas características de las obras de Alberto Magnelli (1888–1971) y de Jean Dewasne (1921–1999) a quienes frecuentó en París en los años cincuenta, las de Wassily Kandinsky (1866–1944). Formadas por tapices o terracotas, los rítmos monumentales de Vigas animan las superficies, las despiertan. Paralelamente, Oswaldo Vigas busca frecuentemente lo escultural. Los volúmenes gesticulan, hacen muecas, se agitan, se contorsionan. Los volúmenes son acróbatas, saltimbanquis, “pícaros”. Los volúmenes lisonjean como las “coquetas”, como las “doncellas”. Como Medea, los volúmenes inquietan, celosos. Una Divinidad Lunar esculpida en arcilla luego en bronce, temible, tiene cuernos, ¿es la terrible Hecate? La Divinidad Lunar mide dos metros de altura, así reina.


"Fripones rojos", tapiz, 1978, 160 x 200 cm, taller de Aubusson (Francia), colec. Moisés Kaswan.

Eflorescencia Muchas veces, la creación de Vigas es una eflorescencia, una aparición, un apogeo, una exhuberancia. Comienza. Nace. Se endereza y se eleva. Es una germinación, una génesis. Una fuente, un origen. Una pintura de Oswaldo Vigas lleva como título “Biología de la noche” (1967); esta creación nocturna ha sido engendrada por la obscuridad. O aún, el sol aclara a penas las flores flotantes y una mujer sonriente (Floreciente, 1967). La búsqueda plástica de Vigas supone una lógica, un desarrollo orgánico, una disposición viviente, un desbordamiento de la naturaleza. Según Salvador Garmendia (1967), supone una poesía, un humor sin amargura. Dientes, garfios y espinos La creación de Oswaldo Vigas araña a menudo, labora, perfora, rasguña, desuella, lacera. Representa dientes, garfios, colmillos, pinzas, agujas, espolones, garras, astillas, espinos. La selva sería un territorio de devoradores y devorados, de cazadores y víctimas, de presas y sombras, de fieras y vencidos a la hora del acecho, de trampas, de artimañas, de engaños, de emboscadas, de amenazas, de estruendos, de trampas, de saltos temibles, de luchas a veces solapadas. Los troncos, los follajes, las lianas, las rocas hieren y matan. La selva es virgen cerca del ecuador, una región de engaños, de miedos, de deseos. Una escultura (1993) de Vigas se titula “Cabeza de guerrero”; sugiere un casco, una mandíbula gigante, colmillos, quizá arrecifes. Las fuerzas, las violencias, las exacerbaciones, las desmesuras se expresan en una forma. En el bestiario de Oswaldo Vigas se encuentran fieras: un escorpión, un personaje-yema-insecto, pájaros crueles. Liberar la materias La creación de Vigas es frecuentemente la liberación de las materias, la suerte de éstas. El material y el artista se combaten, como compañeros y adversarios. Según el crítico de arte Roberto Guevara (1993), en la búsqueda de Oswaldo Vigas “la figura se debate por surgir o por confundirse con esta materia en devenir fulgurante, que es en sí el gran personaje”. Según Roberto Guevara, “la materia ha sido liberada” ha sido salvada, cambiada. El artista multiplica nuevas ocasiones para hacer que el ojo sea más sagaz y el pensamiento más sutil.


"Atrapadora", bronce, 1990, 74 x 49 x 35 cm, colec. del artista.

Sin fronteras Sin cortes, sin separaciones, sin divorcios, sin incompatibilidad, sin fronteras, la creación de Vigas unifica la abstracción y las figuras; las dispone; las amalgama; las incorpora. Con humor, Oswaldo Vigas subraya los matices de su procedimiento en 1958: “nunca he sido rigurosamente abstracto, ni rigurosamente figurativo. Lo que siempre he intentado ser, es rigurosamente Oswaldo Vigas”. Fiel a sí mismo, escapa a cualquier dogma o a cualquier sistema. En 1982, Vigas tiene en cuenta una totalidad caotica que traduce con rigor, con exactitud. Armoniza la complejidad de las formas y las fuerzas: “Seres, animales, plantas, minerales debieron estar reunidos un día, formando así un solo cuerpo. Con estas figuras, me basta intentar reunir lo que nunca debió ser separado. Restablecer cierto equilibrio en el desorden de la creación”. La creación de Oswaldo Vigas une la piedra, los pájaros, los insectos, el árbol, los vientos. Esta creación es una respiración, un soplo contenido, una intensidad ordenada, una potencia controlada. (1) Traducción del poema de Baudelaire por Pablo Oyarzún. (Traducción del francés al español del texto de G. Lascault por Neyla Ayala Alba, revisada por H. Loaiza)

 

ACERCA DEL AUTOR

Oswaldo Vigas nació en Valencia (Venezuela) en 1926. A los 16 años, recibe el primer premio del Salón de Poemas ilustrados en Valencia y realiza su primera exposición individual. A partir de 1943, realiza exposiciones individuales y participa en colectivas en los Ateneos de Valencia y de Mérida. En 1949, obtiene el 1er premio del Salón de pintura en el Ateneo de Valencia. Entre 1950 y 1952, expone varias veces en Caracas en el Museo de Bellas Artes. En 1952, gana el Premio Nacional de Artes Plásticas y el Premio John Boulton. Desde a fines de 1952, fija su residencia en París, donde al principio estudia en la Escuela de Bellas Artes y después expone en galerías y museos. En 1964, regresa con su esposa francesa, Janine Castès, a Venezuela. Desde ese año hasta la fecha, sigue exponiendo sus lienzos, sus tapices, sus esculturas y sus cerámicas no sólo en el país natal sino en EE.UU., Francia, otros países latinoamericanos y europeos.

 

 

 

 

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02 05 2014