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Literatura
03 06 2005
Narradores de los años cincuenta en el siglo XXI, por Carlos Meneses
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Una mirada hacia atrás de

dimensión mayor al medio siglo sobre las letras peruanas y en especial sobre la novela y el cuento, nos descubre un panorama muy cercano a la desolación. No porque la cantidad de autores haya sido escasa, menos aun por pensar en un bajo nivel, porque está demostrado ocurría todo lo contrario. Una calidad indiscutible La desolación surge como consecuencia de las dificultades para publicar, de la pobreza en la cantidad de editoriales existentes

o en la pobreza económica de esas pocas editoriales que trabajaban con lentitud y con sistemas obsoletos la más de las veces. Y ya no se hable de distribuidores. Los había pero igualmente que las editoriales en baja cifra y con un radio de acción muy limitado. En un ambiente como ese qué escritores podían publicar. Una inmensa mayoría se veía obligada a costear sus ediciones. Pero no todos tenían esa posibilidad por lo que a muchos sólo les quedaba el consuelo de soñar con ganar algún premio que les permitiese publicar. Tampoco los concursos abundaban. Y por aquellos tiempos era muy raro que bancos u otras instituciones financieras apoyaran parcial o totalmente a escritores aun cuando gozaran de prestigio. El paso de las décadas de los treinta y cuarenta a la de los cincuenta o sea cuando ya se supera la mitad del siglo, determina un ligero cambio. Empiezan a aparecer

editores que ofrecen libros a precios populares. Pero esos títulos en su mayoría son de autores del pasado, libros que ya no tienen que cumplir con los derechos de autor. Surgen las ferias del libro rústico y a precio cómodo.

Y poco a poco van apareciendo editores que lanzan títulos clásicos y también de los de los momentos, aunque estos últimos en muy restringida cantidad. Scorza, Congrains, Bonilla y otros más, asumen ese tipo de empresa itinerante que publica colecciones de 8 a 12 títulos y los venden en un solo paquete. Que recorren el Perú de arriba a abajo con su cargamento de papel descubriendo nuevos mercados y formando flamantes lectores. Incluso algunos de estos editores se arriesgan a convertirse en internacionales y cruzan las fronteras peruanas con destino, en especial, hacia los países del norte de Sudamérica. Hay naturalmente novelistas que son acogidos por editoriales extranjeras, pero

para que esto suceda han tenido que esperar buen tiempo.

Sobre todo que sus primeras obras alcanzaran el prestigio necesario para dar ese salto, o que como en el caso de Ciro Alegría, cuenten con el apoyo de un premio internacional que les abra las puertas de casas editoras prestigiosas ya sea en Argentina, México o Chile. José María Arguedas empieza a publicar en Buenos Aires después de varias publicaciones dentro del país

y eso determina que su nombre llegue a casi toda América Latina, y que se le empiece a conocer en una España, por esos tiempos atrapada por la violencia de una

feroz dictadura. Como ocurre siempre el tiempo va eligiendo a quienes deben continuar en la memoria de los lectores. Los narradores de la

generación peruana de los cincuenta, nacidos pocos años antes o pocos años después de l930, ya encuentran un panorama algo más transitable que sus predecesores. No hay abundancia de editores, de distribuidores y de librerías, pero una buena cantidad de ellos no tiene que cubrir la factura del impresor. Es época en que la censura apaga algunas voces y en la que la crítica casi no se nota. Los diarios limeños que como ahora son los más fuertes del país, no suelen tener suplementos literarios, y en consecuencia se cultiva en baja escala la crítica. Esta se

concentra en las revistas que tampoco son numerosas. Desde fuera del Perú y aun

desde dentro se nota un mayor desarrollo de la poesía sobre la narrativa. Aunque no se desdeña la calidad de los escritores que se formaron en las dos décadas anteriores como Alegría y Arguedas, los nombres que tienen más brillo en los años cincuenta son los de los poetas. Ya Vallejo ha sido totalmente reconocido como uno de los grandes poetas en lengua castellana, César Moro empieza a merecer distinciones críticas. Eguren es motivo de tesis doctorales, no se olvida a Valdelomar

y se acoge con entusiasmo a los nuevos que como Romualdo Valle, Washington Delgado, Francisco Bendezú

empiezan a aparecer en la escena tímidamente. Igualmente ocurre con narradores como Vargas Vicuña, Sebastián Salazar Bondy, Julio Ramón Ribeyro, Enrique Congrains, Carlos Eduardo Zavaleta y otros, aunque el entusiasmo por los nuevos narradores no cuenta con la cuasi estridencia que si alcanzaron los vates.


Eleodoro Vargas Vicuña

No era nada nuevo el mirar hacia París y en general hacia Europa, los escritores y poetas latinoamericanos siempre han tenido ese punto de mira. Representaba, y en muchos casos aun sigue representando, algo así como la obtención de un título académico.

Como el ingreso al templo del saber. Hay casos como el de Ribeyro, que

escribió en el exilio Voluntario que empezó en 1953, casi toda su obra literaria. Tampoco esto significa que para triunfar haya que abandonar el Perú y situarse en Europa. Conocemos casos como el de Zavaleta, de la misma generación de Ribeyro que no necesitaron salir del país para que se les reconozca su valía. O como Arguedas, de generaciones anteriores, que defendía la necesidad de continuar en tierra peruana y en general en América Latina para no desprenderse de la realidad de su territorio. De los cinco narradores mencionados, sólo siguen en vida dos de ellos, Zavaleta que es de l928 y Congrains de 1932. El primero continúa en plena producción, el segundo vive apartado de la literatura o eso es lo que se dice de él. Pero la obra de los otros tres narradores, especialmente la de Julio Ramón, ha transcendido en el tiempo y desde su “Gallinazos sin plumas” se convirtió en una voz muy importante, que señalaba insistentemente determinados temas(injusticias, descuidos, errores) y aunque durante mucho tiempo vivió en Europa y su contacto con el Perú (contacto físico) fue mínimo

eso no le impidió seguir radiografiando Lima y otras ciudades peruanas, así como captando la psicología del peruano en especial el de la costa y, sobre todo el limeño. La obra de Ribeyro, basada especialmente en el relato breve,

es de tal importancia para entender el desarrollo urbano como la situación política del país, que resulta imprescindible y posiblemente resistirá muchas lecturas críticas de generaciones venideras. Entre 1950 y 1959, surgen poetas, narradores, autores de teatro, ensayistas, dentro del mundo de las letras peruanas, pero casi todos si no han nacido en la capital viven en ella. El escritor de provincias existe en forma menor. Sus posibilidades de publicación son precarias. Si no se sitúa en Lima no hay prosperidad para él. Es algo que parece que ha ido desapareciendo con el correr de los años. Los de la generación de los cincuenta viven en Lima, luchan por darse a conocer. Hay ya algunas editoriales que reciben y publican sus obras, aunque no tienen todavía las facilidades que vendrán tiempo más tarde. Eleodoro Vargas Vicuña tiene que hacer esfuerzos descomunales, económicamente hablando, para la publicación de sus primeros títulos. Ganador de uno de los premios nacionales otorgados por el Ministerio de Educación sufrió una prolongada espera para que el producto pecuniario llegara a sus manos. Y por supuesto la novela con la que había obtenido ese galardón tardó aun más en aparecer. También hay que mencionar que el tiraje de las novelas y libros de cuentos de aquellos años no solía ser muy alto. Casi nunca se hablaba de miles sino de cientos.

El apoyo de una publicación diaria, semanal o mensual, siempre ha sido muy importante para el desarrollo de una carrera literaria, pero en los años cincuenta la escasez de suplementos literarios y revistas hacía muy dificultosa esa posibilidad.

Recuerdo que Ribeyro paladeaba algunas críticas a su obra hallándose en el París de 1961. Que de Zavaleta, quien se inició en la literatura siendo muy joven, se habló con insistencia, la que en esos tiempos podía haber,

y que uno de los motivos al que más se referían las informaciones cuando obtuvo el segundo puesto en el premio de novela para universitarios, fue citar que se trataba de un estudiante de medicina, como algo insólito en la literatura peruana. Zavaleta abandonó la carrera de medicina y optó por la de letras, acertando plenamente. “El cínico” titulo de esa novela primigenia de Zavaleta le sirvió para empezare a abrirse paso pero tal vez sólo a partir de su libro “La batalla” y en especial de “Los Ingar”, novela

en la que parece seguir los pasos de Arguedas en cuanto a escenarios andinos, alcanza el reconocimiento total de la crítica. Visto así el panorama literario peruano de los cincuenta, se tiene que pensar inmediatamente que se vivía en un desierto. Que el escritor estaba acorralado en la mayor orfandad. Que su trabajo estaba condenado al silencio. En realidad eso era lo que pasaba. Muy de vez en cuando se hablaba del surgimiento de un nuevo escritor. Muy de vez en cuando se publicaban en los diarios entrevistas con narradores o poetas. Se desconocían los espacios de radio dedicados a la cultura en general y a la literatura en particular. Y sin embargo había muchos escritores en plena actividad. Se luchaba denodadamente por llegar a la publicación que cuando se lograba era como alcanzar una meta utópica. En ese ambiente empezaron a fabricarse obras como las de Congrains, Vargas Vicuña, Ribeyro, el propio Zavaleta, Salazar Bondy que repartía energías entre la poesía, el teatro y la narrativa y varios más. Por eso se veía desde Lima a Buenos Aires como el paraíso editorial. Muchos preferían no hacerse ilusiones de poder llegar a ese Edén, otros lo alcanzaron y por supuesto, hubo quienes se quedaron en el camino de su propio deseo. Mejía Baca, Gaviria, Villanueva y algunos más, paliaban la situación angustiosa de falta de editores. Ellos asumieron esa tarea y aliviaron en algo la situación, pero

aun estaba lejos el momento en que el escritor tuvieran ante sí no una sino muchas puertas que tocar. Se leían revistas dedicadas a la literatura procedentes de Argentina, Chile, Cuba, México y por supuesto de Europa, con verdadera pasión y deseando algo similar hecho en el Perú, y a veces pensando que eso jamás se iba a producir entre nosotros, o sea se entraba en el peligroso terreno de la resignación.

Nuestros sucesivos gobiernos no reparaban en esas necesidades. Como de costumbre la cultura era tema secundario, algo que no sólo sucede y sucedía en el Perú. Las quejas en este sentido suelen ser de orden mundial. De aquellos valerosos narradores de la generación del cincuenta aun se habla en este siglo XXI. De unos con más firmeza que de otros. DE algunos se sigue estudiando su obra en conjunto o parte de su obra, y se siguen escribiendo tesis doctorales o haciendo ensayos que alcanzan la condición de libros. Otros lamentablemente han sido engullidos por el olvido y, tal vez, más adelante alguien los rescate de ese mundo de silencio total. No se puede discutir la fuerza de los poetas de esa generación que sí ha llegado casi intacta a la actualidad. Eielson, Belli, Delgado, Romualdo, Bendezú, Rose y varios más siguen instalados en la cabecera de los recuerdos literarios. Sus libros se reeditan y los estudios sobre ellos abundan. Con los narradores de los cincuenta no ha pasado lo mismo. El número de sobrevivientes es menor. ¿Culpar de ello a la falta de editoriales, a la ausencia de críticos, a la escasez de distribuidores? Creo que sí procede,

pero

la culpa mayor debe recaer en la pobre atención de las autoridades dedicadas a organizar y prestar apoyo a la cultura.

Es injusto ver terreno desértico en la narrativa de los cincuenta. . La generación que nos ocupa tuvo novelistas que el tiempo no ha podido ensombrecer. Bastaría con mencionar a dos de los muchos

que surgieron en esos diez años. Julio Ramón Ribeyro, cuya obra se apoya principalmente en la narración breve, y Carlos E. Zavaleta, narrador de extensa producción y que se halla en plena actividad. Ellos dos podrían ser los hitos de su generación, sin desdeñar a otros que han bajado el tono de voz y hablan a la distancia de los años muy quedo o prácticamente han enmudecido. Es el caso de Congrains, por ejemplo, que emerge con fuerza, marca unas pautas, señala un camino y de pronto calla. Quedan sus tres libros publicados en Lima, sólo el último conoció editorial extranjera muchos años más tarde. Esos libros son referencia obligada si se quiere trabajar sobre los narradores de esa generación. El autor rompe moldes. Se olvida del ambiente rural y penetra en la ciudad, algo que se viene haciendo desde mucho antes, pero él trae otra mirada sobre esa ciudad que es Lima. Mira no hacia el centro limeño o sus distritos residenciales, prefiere lo marginal. Lo que el ciudadano limeño y en general peruano desconoce, a pesar de que está a escasa distancia de esos lugares.


Enrique Congrains

La novela que podríamos llamar la cumbre de la obra total de Congrains, “No una sino muchas muertes”, es algo más que una denuncia, algo más que mostrar la indiferencia de una sociedad, la

limeña. Es desenmascarar cuanto hay detrás de un rostro normal o bello, la podredumbre que se desconoce o se quiere desconocer. Si Alegría y Arguedas habían escrito sobre violencias, injusticias, abusos, en las sierras, en el mundo rural peruano, este autor bastante joven en la época en que publica su novela mira la desgracia en la propia capital. Su libro es como el descorrer de una cortina que está cubriendo la inmundicia, el detritus. Todos prefieren que esa cortina siga

haciendo de biombo para no ver la realidad.

Congrains de un manotazo enérgico la abre y muestra lo que se ocultaba detrás. La crítica supo reconocer el valor de “No una sino muchas muertes”, que ha quedado

en el recuerdo de los lectores y en la historia de nuestra narrativa. Hasta el momento en que aparece esta novela, en 1958, no se había auscultado el submundo limeño de esa manera. Los mendigos, los mendrugos humanos que salían de las cárceles, que escapaban o escamoteaban los manicomios, las violencias impunes de personajes anónimos, formaban un cúmulo de atrocidades que llegaba como algo nuevo al lector de entonces. El mundo tenebroso que pinta Congrains llega a parecer totalmente irreal al lector

hispano. Algún crítico de España aplaude la novela, cuando en 1975 se publica en Barcelona, pero convencido de que todo ese ambiente sórdido es ficción parcial o quién sabe si total. Se sorprende ante ese universo extraño, lleno de locos,

desalmados, niñas prostituidas etc. Pero no lo entiende como real. Lo considera como algo que ha salido de la imaginación del autor. En cierta forma tiene razón, el autor parte

de la contemplación de ese submundo limeño y es su imaginación la que organiza el resto, pero sin escaparse de las pautas que ese ambiente determina. Lo patético, lo truculento lo pone Congrains,

como el que suma una cantidad que ha quedado sin totalizar. Lo que le valió el aplauso de casi toda la crítica peruana fue, sin duda, el haber mostrado unos escenarios que hasta ese momento no contenía la novela peruana. Tanto la novela rural, como la urbana practicada en décadas anteriores no se había fijado en

el universo de las catacumbas que supo mostrar este narrador de vida muy diversa. En los años cincuenta el Perú vivió una nueva dictadura, la del general Odría, posiblemente más dura que muchas anteriores. En ese decenio la migración de la sierra a la costa y, en especial, a Lima fue masiva, Lima aumentó sus cifras demográficas prontamente. Y, por supuesto, de la ciudad tranquila pasó a la metrópoli populosa con todas sus consecuencias. Ese crecimiento precipitado de Lima es el que también amplía el lumpen limeño y lo lleva hasta el estado en que Congrains lo contempla y lo sabe captar para sus novelas y sus cuentos. No obstante no es el único narrador peruano que se preocupa por la invasión provinciana a la capital, también Ribeyro y Zavaleta tienen miradas atentas sobre ese fenómeno. Julio Ramón agrega otro aspecto muy importante en esos tiempos, la transformación de Lima. La desaparición de referencias urbanas. El surgimiento de barrios marginales. La falta de vivienda a las familias míseras aunque en Lima se esté

construyendo cada vez con más vitalidad, levantando edificios, convirtiendo esa ciudad que parecía quieta y hasta tímida, en una metrópoli indiferente ante el problema de las capas sociales de menores posibilidades económicas.


Julio Ramón Ribeyro

Ribeyro, quien

luce verdadera maestría al tratar al individuo de clase media que no logra romper con ataduras y complejos, y lo muestra desde diferentes ángulos. También mira con ojos muy preocupados el desarrollo de su ciudad. Los cambios impresionantes que se producen y las alteraciones que sufre la población tanto por la llegada de ejércitos de provincianos, como por la nueva dirección del crecimiento limeño. No se trata sólo de elevar edificios, de construir casas de seis u ocho pisos dedicadas a

departamentos. Lima crece a lo ancho y a lo largo. Surgen esas poblaciones miserables que van formando un cinturón de pobreza,

donde se cobijan inmigrantes de mínimas y hasta inexistentes posibilidades monetarias. Ese es uno de los temas que más le interesa al gran narrador que fue Ribeyro y cuyos relatos cortos, sobre todo, son como un álbum que muestra los pasos que va dando la ciudad desde finales de los cuarenta hasta el final de la década de los cincuenta. Aparte de la importancia de estos cuentos, hay otro mérito que no se le puede escamotear a Julio Ramón, un alto porcentaje de esos muchos relatos dedicados a Lima los escribió en Europa y, especialmente, en París. Ribeyro desde 1953 hasta 1959 estuvo ausente del Perú, y esa ausencia se volvió a producir y por más años, a partir de 1961 año en que decide volverse a París. Es curioso que un hombre como él, que domina la lengua francesa, que está muy involucrado en la sociedad de París, y que tiene más que curiosidad sed por adquirir cada vez más conocimientos europeos, haya seguido mirando hacia el Perú con insistencia y fervor y manteniendo a su país como principal fuente de inspiración. No hay titubeos de su parte para utilizar no sólo escenarios peruanos, también personajes, también historias. Una demostración clara de afecto. Lo que no quiere decir nunca que ese cariño hacia lo peruano le impida la crítica a veces muy severa. Está convencido de que en la crítica está precisamente el amor.

Varios críticos, algunos de ellos ya inexistentes, consideraban

que la obra ribeyreana no arriaría bandera al entrar al siglo XXI. Se le atribuían grandes posibilidades de longevidad. Una obra que había batallado mucho para ser reconocida, que llegó con retraso a las editoriales españolas, y que aun en su propio país había sido de escasa difusión, se va agrandando y haciendo imprescindible a medida que avanzan los años. Ribeyro que no sólo escribió narración breve, que llegó repetidamente a la novela, al ensayo y varias veces al teatro, siempre mantuvo una misma línea. Lo peruano ante todo. La crítica como razón fundamental de lo que escribía. Nunca se le escuchó decir que quería trascender en el tiempo, pero la realidad lo está imponiendo. Su obra está llegando a nuevas generaciones. Algunas editoriales hispanas se plantean la posibilidad de hacer reediciones. Sigue siendo motivo de tesis doctorales, tanto en el Perú como fuera del Perú Desde su famoso cuento “Los gallinazos sin plumas” que data de 1953 hasta su excelente narración que se ha llegado a considerar como parcialmente autobiográfica, “Silvio en el Rosedal” 1976, así como los relatos que vienen después, la obra de Ribeyro, en especial la de narrativa corta está viva. No se ha entumecido, no tiene síntomas de próxima defunción, todo lo contrario se le halla cada vez más vigorosa. Y se le encuentran cada vez que se vuelve sobre ella nuevos motivos para su estudio. El profesor y crítico alemán, Wolfgang A. Luchting, fue uno de los primeros en dedicar un libro a la obra ribeyreana: “Estudiando a Julio Ramón Ribeyro” en 1988. Después han seguido otros trabajos parciales o totales sobre los cuentos de este magnífico narrador, por ejemplo los de los españoles Angel Esteban y María Teresa Pérez, ambos dentro de la década de los noventa, y en los que reúnen una selección de cuentos y tras un prólogo observan cuento a cuento y trazan un válido panorama crítico. La sólida obra narrativa de Ribeyro se ha convertido en un clásico en lengua castellana. No es sólo una cumbre dentro de las letras peruanas, ha roto límites y es uno de los narradores peruanos más leídos fuera del país. Su penetrante visión para descubrir personalidades timoratas, como el personaje de “El profesor suplente”

o como aquel otro que no culmina sus oscuros deseos porque le es imposible superar las pautas que dicta la sociedad, tal el caso

de “Terra incógnita", son algunos de los aspectos que eleva su trabajo. Impresiona el tratamiento que da a la gente que deambula por la ciudad buscando un lugar donde guarecerse como ocurre en “Al pie del acantilado” y la forma como les sigue sus pasos cuando están instalados en tierra que creen de nadie. El conocimiento de Ribeyro del problema de la segregación racial es otro aspecto destacado que aparece en varios cuentos siendo los más notables: “De color modesto”, ”La piel de un indio no cuesta caro” y “Alienación”. En esta extensa obra narrativa no está ausente el sentido del humor, “Tristes querellas en la vieja quinta” es claro ejemplo de ello.

La mirada sin tregua a la ciudad, a sus habitantes, sobre todo a los perdedores, y su gran versatilidad para tocar variedad de temas son

las razones de perennidad que hasta ahora muestran los relatos breves y las novelas de Julio Ramón. La obra de Zavaleta sigue incrementándose sobre todo con narraciones cortas. A Vargas

Vicuña, autor entre otros títulos de “Taita Yovarequé” se le tiene muy olvidado por ahora. No sería raro

que en algún inesperado momento alguien resucite sus novelas y cuentos tan ligados al Perú propiamente andino. En cuanto a Salazar Bondy de quien este año y este mes se cumplen 40 años de su muerte, se le recuerda igualmente como autor teatral que como el autor de “Lima, la horrible”, que fue reeditada el año pasado en Chile. No se puede dudar que la década del 50 contó con excelentes narradores cuyos nombres no se han apagado a pesar del largo medio siglo que ha transcurrido.

Palma de Mallorca, mayo 2005

 

ACERCA DEL AUTOR

Carlos Meneses, nació en Lima. Estudió Letras en la Universidad de San Marcos. En Europa desde 1961, se instaló en Mallorca en l964. Periodista de profesión y escritor. En 1958, obtuvo el premio Nacional de Teatro del Perú con "La Noticia". Obtuvo 3 accesit en concursos de cuentos. Publicó cuatro novelas: “La muchacha del bello tigre” (Gijón, 1983), “Bobby estuvo aquí” (México, 1990), “El amor según Toribia Ilusión” (Barcelona, 1994), “Huachos rojos” (Lima, 1996) y “A quién le importa el prójimo” (México, 2000). Ha escrito muchos libros de investigación sobre la vida y la obra de Vallejo, Borges, Asturias, J. Guillén y Rubén Darío. Su novela "Edén moderno" obtuvo en 2004 el Premio de Narrativa Vicente Blasco Ibáñez-Ciudad de Valencia. Su libro de cuentos "Lo que puede un pianista" recibió en 2005 el Premio Ciudad de Peñíscola de cuentos.