resonancias.org

Narrativa
03 12 2004
Hora de cierre (cuento) por Romina Doval
« volver

El joven se detuvo frente a la cama: —Buenas —dijo en voz alta.

Bajo las frazadas el bulto siguió inmóvil.

—Buenas —repitió a modo de orden y, otra vez, no le contestaron. Con malhumor, se dirigió a la cabecera, tomó las frazadas y las levantó bruscamente.

Un viejo, con un gorro blanco y rojo encajado hasta las orejas, aplastaba un almohadón contra su pecho y tenía los ojos cerrados con mucha fuerza. —Abuelo, ya fue el chiste —se quedó mirándolo sin saber qué hacer y

luego se inclinó para apretarle la nariz

y taparle la boca. Esperó. Cuando el viejo abrió grandes los ojos, le devolvió la respiración.

—Atorrante —gritó inmediatamente el viejo—, siempre el mismo atorrante vos. —Que yo sepa, los muertos todavía no miran televisión —dijo el joven yendo hacia

la cocina. El viejo se fue incorporando en la cama con dificultad. —No me hago el muerto, nene. Mirá si tengo edad para hacer esas cosas —tomó el control de la mesita de luz y, acercándoselo a la cara, presionó un botón con fuerza.

La música de “La pantera rosa” irrumpió en aquella especie de comedor y dormitorio a ventanas cerradas donde la cama de dos plazas en la que los dos dormían y una mesa rectangular ocupaban casi todo el espacio. —A veces la pongo un ratito, Mauro —dijo el viejo—. No te voy a decir que no. Pero para escuchar un murmullo nomás.

Mauro volvió con una botella de cerveza, un vaso y un paquete grande de maníes. —¿Un ratito? Vamos, siempre que vengo por el pasillo se escucha a todo volumen y cuando pongo las llaves, qué cosa rara, ¿no?, se apaga —Mauro dejó las cosas sobre la mesa, se sentó con desgano y se desabrochó la camisa. El viejo miraba la pantalla con interés. —¿Qué comiste? —preguntó Mauro. —Poco y nada, nene. No hay caso con la vieja de arriba, le echa el aliento a todo. No me la mandés más. —Y si no te mando a la vieja, ¿qué es lo que pensás comer? —No te preocupes, Maurito, para lo que tengo que comer yo a esta altura de mi vida, ¿oíste?, no me la mandés más.

Mauro se llenó el vaso de cerveza. En la pantalla el oso hormiguero, acostado y con una pierna enyesada en alto, discutía con la hormiguita que también estaba acostada con su piernita enyesada en alto. —Este ya lo viste como quinientas veces, abuelo —tomó un poco de cerveza y, con espuma en los labios, agregó—. Esto de tener cable no significa que te la pases hasta estas horas viendo dibujitos animados. Parecés un nene —se inclinó hacia la cama y le arrebató al viejo el control del televisor. —¿Qué hacés? —protestó el viejo. —Hay un canal nuevo —dijo Mauro cambiando el canal—. De Play Boy. —¿De qué? —De minas en bola, jovatex. El viejo se acostó tapándose

hasta la cabeza. —Buenas noches —dijo debajo de las frazadas. —Buenas noches —contestó Mauro. Al cabo de un rato se destapó la cabeza y dijo:

—Parece mentira que a tu edad tengas que ver estas porquerías. —¿Qué decís? —Que yo sepa antiguamente estas cosas no existían y sabés por qué. Porque los muchachos de antes eran lo que se dice más hombres, ¿oíste?, ustedes ahora mucho de esto, sí, pero pocas nueces.

—Vamos viejo, ¿y las putas estaban dibujadas como la pantera rosa?

—Qué tienen que ver las putas con esto, nene. Las putas son otra cosa. Vos todavía sos muy purrete para entender de esto. —Sí, parece que de esto vos entendés demasiado. El viejo se incorporó con dificultad y lo miró preocupado: —Habla claro, mocoso. —Digo, como decían que a la abuelita te la habían robado o algo así, qué sé yo. —Qué sabés vos, pibe —dijo el viejo elevando la voz—, qué sabés vos de todo eso si ni siquiera habías nacido. ¿Vos querés saber cuál fue la verdadera rosca? Mauro negó con la cabeza. —Ya sé. Se pelearon, los abuelitos se pelearon. Veinte años peleados.

El viejo logró sacar las piernas, apoyó los pies en el suelo y, sujetándose del respaldo de la cama, intentó levantarse. —¿Qué hacés? —Ir a romperte la cara. —Tranquilo, que te vas a herniar otra vez, ¿o ya te olvidaste de la hernia? El viejo dejó de intentarlo y lo miró, vencido. —No te rompo la cara porque me cuesta levantarme que si no. —Dale, si para ir al baño te levantás lo más bien, no hagas teatro y dejáme mirar la tele. Tomá un poquito y calmáte —Mauro le pasó su vaso de cerveza. El viejo lo agarró y, con pulso dudoso, se lo llevó a

los labios. —No tirés nada. El viejo dejó de tomar y movió la cabeza para los costados. —La hernia, el estómago, la columna pero, lo que es yo, no piso nunca más un hospital.

El viejo dejó el vaso en la mesita de luz, subió una pierna, después la otra, se acomodó protestando en voz baja y finalmente se sacó el gorro. Los pelos grises le quedaron electrizados hacia delante. Mauro lo miró.

— Che, a ver cuándo largás ese gorro mugroso. Apesta. —¿El gorro de River? No, señor —volvió a ponérselo con entusiasmo—. Vos hablás porque nunca viste a

"la saeta rubia" que... —¿A quién? —Alfredo Distéfano, el oro de la "la maquina", nene, mirá si no eran unos fenómenos —dijo señalando con la cabeza una foto amarronada del viejo equipo entre dos banderines colgados en la pared—.Ahí lo tenés a Deambrosio, al Gallo, a Labruna... Mauricio chistó pidiendo silencio y el viejo se quedó mirándolo, ofendido. —Vos sí que saliste a tu padre. Guille, de chiquito, me

hacía preguntas y cuando se las iba a contestar se me daba vuelta y se me iba. Lo agarrabas y se te sonreía como un cuervo. Porque tu padre se sonreía como un cuervo maldito, mirálo nomás — el viejo miró un portarretratos donde un chico de ocho o nueve años sonreía alegre junto a su maestra. —Te dije que sacaras todas esas fotos de mierda de la mesita de luz,

¿no te lo dije? —¿La de la abuelita también? —Todas. Todos esos familiares están muertos. —Tu padre no está muerto, nene —dijo el viejo volviendo a elevar la voz. —Dije familiares. Seres queridos, ¿entendés eso? —Yo te conté que llegó una postal de Salta, ¿no?, ¿una foto con la familia nueva? —Dejáme ver la tele. — Están en ese cajón si querés ver los hijos que tiene ahora. Son oscuritos los pibes.

Mauro parecía no escucharlo. —Dice que allá

le va bien. Que loco tu padre, irse hasta allá, ¿no? En ese instante la imagen del televisor se transformó en una lluvia de rayas grises. —¿Qué pasó? —empezó a gritar el viejo—.Nos quedamos sin televisor. —Tranquilo, manso y tranquilo. Es el cable —Mauro fue hasta el televisor, abrió una puertita y miró las perillas. —Pero, ¿qué le pasó? ¿No pagaste los cables esos? ¿En qué te gastaste la plata, mocoso?

Mauro se dio vuelta despacio, miró al viejo y, con mucha tranquilidad, le dijo:

—Lamento informarte que el cable es trucho. —¿Qué cosa? —Trucho, ilegal. —Ah, bien que te lo tenías guardado, atorrante. —Atorrante decís encima que me estafaron — Mauro se dio vuelta y siguió mirando las perillas—. Ahora vamos a reclamarle a Mongo. —Así empezó tu padre. —Me hacés el favor de callarte. —Menos mal que de chorro no pasó —agregó el viejo en voz baja. Mauro se sentó de nuevo y se deslizó en la silla hasta apoyar la nuca en el borde del respaldo. —Bueno, ahora tendremos cuatro putos canales. La pantalla ahora tenía la foto de una iglesia de pueblo y el fondo musical era un canto gregoriano. Cuando la voz grave de un locutor anunció la "Hora de cierre",

un cura joven apareció delante de la foto y dijo: "Buenas noches, hermanos". —Podés decir lo que quieras de tu padre —dijo el viejo —pero a tu edad ya tenía un hijo y se preocupaba por ganar plata. —Ah, ¿sí? Qué bien. —Eso sí, era de burrero ¿Sabías que por un caballo de cuarta casi nos deja a tu abuela y a mí en la calle? Y que Poliyo esta vez gana, papá, y que esta vez gana y que gana decía. Yo le daba la plata pero qué iba a ganar, no ganaba nunca. Él la buena intención la tenía. Nene, en el fondo era buen chico. Mauro se levantó de golpe. El viejo se protegió con las sábanas. —No me toques —gritó. —Quien te va a tocar. Me acordé de los peces, ¿les diste algo de comer? El viejo bajó la sábanas y miró la pantalla. —Que les voy a dar yo. —Te dije que les dieras de comer, jovatex, viste que últimamente andan raros. —Y qué sé yo qué mierda les pasa a tus peces. Se la pasan mirándome detrás del

vidrio, pedazos de bichos boludos. Mauro se dirigió hacia un mesita que apenas abarcaba la base de la pecera rectangular, se agachó hasta quedar a la altura del vidrio y quedó perplejo. —Abuelo — dijo con la voz ahogada—. ¿Qué le pasó a Jack Martineau? —¿A quién? —preguntó el viejo que ahora estaba más interesado que nunca en el cura de la pantalla.

—No te hagás el boludo —dijo Mauro mirando al viejo por sobre su hombro, volvió su mirada a la pecera, apoyó las manos sobre el vidrio y aplastó la nariz—. Está

reventado —alejó la cara con asco y gritó—. ¿Qué

mierda le pasó? —¿Cuál nene?, ¿el naranjita, ese chiquito? Mauro se puso de pie: —El último que compré. —Ahí tenés, mirá

si no te ven la cara a vos que hasta te vendieron un pez fallado. ¿Jack Martín qué le pusiste? —Te hacés el pelotudo, ¿no? —Pero, Maurito, vos viste que yo me la paso todo el santo día acá, acurrucadito y dolorido sin poder moverme, ¿qué querés que te diga? —¿No entendés? Mirá

como está

—Mauro introdujo la mano en la pecera, sacó el pez y lo observó aterrado. —Ésa es la ley, Maurito, unos nacen y otros mueren. Mirá

lo que soy yo sino. Yo, la verdad, nene —dijo como a punto de llorar—, estoy lo que se dice bien pero bien jodido. Mauro, con el pez en la mano, se fue al baño; se escuchó el ruido de la cadena.

—Si tenés que salir con esos atorrantes, Maurito, no te preocupes por mí —dijo el viejo en voz alta.

Mauro volvió al cuarto, se sentó a la mesa y se pasó una mano por la cara. —Viejo, si no me decís que pasó con Jack Martineau me voy ya mismo. No sé si me entendés. —Pero m'hijito, qué es a fin de cuentas un pececillo que está

ahí sin hacer nada en el mundo. Para mí que a vos este trabajito, nene, te está

poniendo muy nervioso. —No sé si sabés que por este trabajito de mierda dejé el colegio a la noche —gritó Mauro—, no sé si te interesa tampoco. —Está

bien, no grités, trabajar es salud. Yo te sirvo de ejemplo, trabajé como un negro para que al final el accidente me dejara acá

como un parásito.

Se quedaron un rato en silencio. En la pantalla no había más que rayas de colores. —¿No hay más programación, Maurito? —dijo de pronto el viejo—, ¿qué vamos a hacer ahora? —Hablar. El viejo lo miró como si le hubieran hablado en otro idioma. —¿Qué? ¿hablar dijiste? ¿De qué querés hablar? —Me vas a contar lo de Jack Martineau, por qué lo mataste.

El viejo se sacó el gorro, empezó a rascarse la cabeza con fuerza y no contestó. —Cómo lo mataste por lo menos. —No, eso no, Maurito —dijo el viejo haciendo girar el gorro en sus manos.

—Ah, ¿no me lo vas a contar? Perfecto. Vos lo quisiste. —Esperá. Bueno, pero es...mirá, los agarras con dos dedos y los apretás bien bien fuerte en la pancita hasta que empiezan a despedir un líquido por la boca —hizo una pausa en la que dudó en seguir hablando y agregó—. Es eso, se les abre la pancita y se van reventando.

Mauro cerró los ojos. Cuando los abrió se quedó mirando las cosas en la mesa.

—No tiene importancia, Maurito, ¿no que no tiene importancia? Mauro tomó un maní del paquete, lo miro un instante en su mano, lo puso sobre la mesa delante de él y lo disparó con dos dedos. El maní cayó directamente en el pecho del viejo. —¿Qué hacés? —dijo el viejo. Mauro puso otro maní sobre la mesa y lo lanzó de la misma manera. Siguió con otros tres. —¿Qué te pasa? ¿Estás loco? —dijo el viejo protegiéndose con las frazadas. Mauro terminó por agarrar un puñado de maníes, miró fijo la cabeza del viejo y los lanzó con fuerza. Al viejo le llovieron los maníes y se le deslizaron dentro y fuera de las sábanas y frazadas. -¿Qué hacés? —volvió a decir el viejo, asustado.

Mauro siguió con un puñado más grande. Esta vez el viejo se tapó hasta la cabeza y luego se asomó: —¡Ole! —le gritó. Tomó él mismo varios maníes del colchón y se los lanzó a Mauro, riéndose.

Mauro miró el desparramo de maníes por el suelo y se quedó con la cabeza baja. Cuando la levantó se encontró con la mirada del viejo. —Tenés que dormir, Maurito, tenés cara de cansancio —bajó los ojos como avergonzado—. Bueno, mañana será otro día —se acostó tapándose hasta la cabeza y no volvió a levantarse.

—Sí, mañana será otro día —dijo en voz baja, tomó el control y apagó el televisor.

 

ACERCA DEL AUTOR

Alejandra Laurencich (Buenos Aires, 1963). Es narradora y guionista. Su obra ha recibido distinciones literarias, entre las que se destacan el Fondo Nacional de las Artes por su libro de cuentos “Coronadas de Gloria” (Editorial Galerna), y el 1° Premio del VIII Concurso Interamericano de Cuentos, organizado por la Fundación Avon con auspicio de la OEA. En su actividad docente ha coordinado numerosos talleres literarios y seminarios para autores latinoamericanos. Colaboró con importantes revistas literarias, entre ellas: Maniático Textual y Lamujerdemivida. Actualmente finaliza otro libro de cuentos y trabaja en una novela sobre la dictadura en Argentina.