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Poesía
03 12 2004
Crónica de una lectura: Lo que queda de mí (poemario) de Nadia Contreras, por Ada Aurora Sánchez
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Tengo en mis manos Lo que queda de mí. Observo la portada del libro: en el gris de un muro callejero, un recuadro como ventana, y al fondo de éste, un corazón en vilo; sobrepuesta al muro y al corazón, una soga gruesa de color café. Aventuro una hipótesis: el nuevo poemario de la colimense Nadia Contreras tendrá que ver –como algunos otros de sus trabajos— con la exploración de la nostalgia y el dolor, o bien, con el dulce destilado de imágenes en torno a las labores cotidianas de un pueblo que se resiste a ser ciudad. Antes de revisar el índice, hojeo el libro. Desprendo su olor a tinta y, al azar, selecciono una página sin número: Éste es mi reino, el mar, sus orillas. Me gusta. Decido recorrer el poemario desde el inicio, “entender” Lo que queda de mí. Descubro que Gabriela Peralta es la autora de Orificio sin luz, detalle que resalta en la portada del libro. Dos mujeres, que quizá no se conozcan, han unido pintura y literatura para representar simbólicamente lo que puede ser la soledad con su infinita cauda de sinsabores y desencantos. El libro de Nadia, editado por el Conaculta, constituye el número 259 del Fondo Editorial Tierra Adentro y, al igual que otros poemarios de poetas jóvenes colimenses (Rogelio Guedea, Avelino Gómez, Sergio Briceño y Verónica Zamora, por ejemplo), es un estímulo a la calidad literaria del Occidente de México. De hecho, alguien ha escrito en la contraportda de Lo que queda de mí que “con este poemario Nadia Contreras alcanza una saludable madurez, reconocida al obtener una mención por parte del Jurado del Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino en su versión del año 2001”.

Y aunque el poemario se ha editado dos años después de su distinción honorífica, nunca es tarde para leer poesía, sobre todo si se trata de buena poesía. La puerta a Lo que queda de mí se abre con un epígrafe de Ezra Pound. Recuerdo, entonces, El arte de hacer poesía, libro en que el escritor norteamericano aconseja que los poetas sometan su trabajo a las reglas de la música, pues entre el arte de los sonidos y la poesía existen “paralelos exactos”. ¿A qué dará preferencia Nadia, cuando escribe? ¿Al ritmo? ¿Al sonido? ¿A la imagen? ¿A la idea? Es uno conmigo el paisaje, Los árboles, En su infinito rumor de hojas. Te contemplo, madre, Pero sé que nada es cierto. No puedo tocarte y eso basta. Es abril de este año cualquiera. La poesía de Nadia se distingue por el timbre de su palabra; es música de alientos madera; cálida, familiar al oído. Sin embargo, sus temáticas evocan circunstancias dolorosas, nada cálidas, en que la pérdida pareciera ser el sentimiento predominante. Sentir lo incompleto que es uno, porque en algún momento, en algún lugar, dejamos o nos quitaron algo que nos hace falta, es parte de Lo que queda de mí. En este poemario, la poesía proclama una consigna: a pesar de los esfuerzos por llenar el vacío con la gente o el mundo y sus objetos, no habrá manera de olvidar que estamos solos, en la eterna búsqueda de lo perdido. Más allá, bajo los recuerdos, te busco, En la habitación magnífica

Del cerebro, En la raíz del árbol, En la materia vulnerable Que soy. Y no te encuentro Y yo tampoco me encuentro.
Las palabras blanco, sombra, raíz, silencio en los versos de Nadia me remiten a la poeta argentina Alejandra Pizarnik. Oigo, a dúo, como si ignoraran el tiempo, a dos voces que se empalman en un canto nostálgico y salobre. Ambas escritoras navegan corazón adentro y se preguntan qué hacer cuando no se tiene instructivo preciso para vivir. La respuesta es perseguir a la poesía. Conforme avanzo en la lectura, salen a mi encuentro citas de Carlos Pellicer, Olga Orozco y Cristina Peri Rossi, entre otros escritores. He aquí algunos indicios para entender qué pudo detonar a ciertos poemas –me digo. Porque la chispa que hace estallar la palabra inicial del verso es, en la mayoría de los casos, un préstamo. Al leer a otros es posible reconocer en ellos formas de expresión que anhelamos y que nos inspiran encontrar las nuestras. De Álbum de fotos para Olga Lucía, llego a Fotografía III: Una niña de cinco años está ante la cámara. Es su primer día de clases en el colegio. Yo la vi caminar los pasillos del asombro, entre juegos saltar de una vida a otra, porque la infancia es muchas vidas. En ti me busco niña que no tienes mis ojos. Decirte vamos a jugar y somos tú y yo con otros niños, Isabel. En tu frente me busco, en tus manos que son mis manos marchitas. ¿Dime si soy la imagen del futuro prometedor como dicen, según los expertos, las líneas de tus manos? O ésta sin nombre, desconocida hasta el cansancio. Resulta agradable encontrar en Lo que queda de mí visiones que te atrapan y vuelven obligado el hecho de sumergirse en la memoria para encontrar la ecuación existencial que nos revela por qué sentimos de tal o cuál forma el mundo que nos rodea. Mientras leo, escribo estas líneas. Documento mis percepciones de lectora que, supongo, es lo que se comparte en las presentaciones de los libros. Poemario arriba, encuentro una mujer de la que se habla insistentemente, algo así como el alter ego de la autora: Es alta, Olga Lucía, como un edificio. No tiene perro ni gato que la aguarde. Olga Lucía sabe lo que es despertar con luna Los cinco días de todas las mañanas. Pero no de mi presencia que la observa, De mis ojos que resbalan por su espalda lisa Como piedra de río. La noche comienza en la punta de sus pies. Conforme me acerco al final del poemario, se van cumpliendo las expectativas: el trabajo de la autora —gracias a la perseverancia y el talento en el oficio— es consistente, unitario; revela largas horas de lectura (libros, mundo, alma) y, por supuesto, de ejercicio poético. Nadie, ni Nadia misma, podrá detener a esta escritora en su lucha por escribir y trascender; su trayectoria académica, su labor como periodista cultural, sus publicaciones en revistas y suplementos locales y nacionales, sus cinco libros editados, su página de internet, en fin, son apenas el arranque de una carrera literaria que

atestiguamos con gusto. Tras cerrar el libro, pienso que Lo que queda de mí ha sido una grata compañía en estas extrañas tardes de lluvia y frío en Colima, en que la nostalgia se pega al corazón como una hiedra. Todavía escucho el repiqueteo de unos versos de Nadia y me asalta el deseo de compartir, muy pronto, con los amigos asistentes a El tranvía, una taza de café humeante y algo de lo que la poesía, hechicera sutil de los siglos, es capaz de suscitar en los lectores.

 

ACERCA DEL AUTOR

Nadia Contreras (Quesería, Colima, México, 1976). Egresada de la Facultad de Letras y Comunicación por la Universidad de Colima. Es autora de los poemarios Retratos de mujeres (1999) Mar de cañaverales (2000) Figuraciones, eBook (2003), Agua inicial (2003), Lo que queda de mí (2003); En la cicatriz de la luz (2004); Figuraciones (2004). Poemas suyos aparecen en las antologías Selección de poesía mexicana contemporánea, Español-Portugués (2002) y Árbol de variada luz, antología de poesía mexicana actual 1992-2002, de Rogelio Guedea (2003). Recibió el Premio Estatal de la Juventud Colima 2002, así como el Premio en la categoría de poesía 2003, del Instituto Mexicano de la Juventud. Enseña en el Centro Educacional Jaime H. Elizalde Escobedo y en la Universidad de La Laguna, Torreón, Coahuila, México.

 

 

 

 

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