Literatura
01 05 2002
"Una novela inacabada" por Héctor Loaiza
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Ambiciosa es la intención de Mario Wong al situar su obra en una época explosiva de la historia peruana : "...El país había entrado ya al octavo año de la guerra declarada por Sendero Luminoso y el río de sangre, no cesaba..." Desde el comienzo comete una torpeza (esto es grave, porque el lector puede dejar el libro): "bajar en las noches por el jirón Belén y el bulevar Quilca..." (quien conoce el centro de Lima sabe que su topografía no es accidentada, no hay colinas ni declives, entonces no se puede bajar por el jirón Belén. Lima no es San Francisco). El testamento de la tormenta adolece de una estructura novelesca. Wong no ha logrado tampoco construir un universo. La anécdota se desarrolla en un espacio que incluye simultáneamente la capital peruana, a veces un pueblo de Piura (cuando el narrador describe su infancia de una manera esporádica y dispersa), los EE.UU. (no sabemos por qué cita una estación de la Metro Railway sin indicar la ciudad) y un suburbio de París. Carece de una trama que ligue a sus treinta personajes que desfilan arbitraria e incoherentemente, convertidos en meras proyecciones sin la profundización de sus perfiles psicológicos. El único personaje que llega a ser relativamente "creíble" es el narrador quien utiliza a veces la primera persona del singular y en otras la segunda. Jorge, Armand, Nike y Alex, que aparecen con insistencia, son descritos de una manera superficial, sin llegar a cobrar vida. El personaje femenino nombrado a veces como "ella", como Amalia Morales, o con sólo iniciales, llamada "esfinge", desempeña un papel incoherente. Su relación con el narrador es confusa; ella parece haberse ido lejos del país. El estilo pretende ser moderno, el tono es grave y hay ausencia de humor. Páginas enteras han sido escritas con un estilo periodístico (se describe dos veces al célebre suicidio con fuego del monje budista en Vietnam en los años sesenta y se cita un largo fragmento de un artículo de H.M. Enzenzsberger). Se abusa de citaciones de títulos de novelas de Faulkner, Gombrowicz, Isadora Duncan y de películas de Buñuel, Pasolini, Bertolucci y Saura como si fuera un artificio -utilizado antaño por algunos escritores del boom latinoamericano haciendo gala de sus erudiciones- para llenar sus vacíos conceptuales. El autor no llega a dominar las metáforas y las alegorías: "...el olor que expiden las flores en la noche te penetra..." Utilizar el verbo expedir de este modo es un barbarismo (se expide un paquete, un telegrama, un documento o una orden de pago, ¡pero las flores nunca expiden olor! Éstas exhalan, despiden, emanan olor o pueden emitir o producir olor. Además la sintáxis es incorrecta). "... El silencio de los cerros (...), que hacían cimbrar el viento..." confirma lo que hemos dicho más arriba (el verbo cimbrar pertenece al vocabulario de la construcción. Wong ha confundido el verbo cimbrar con cimbrearse (los tallos flexibles de las plantas se cimbrean con el viento; además debido a la construcción incorrecta de la frase, no se sabe si el viento hace cimbrear a los cactus o al silencio de los cerros). El lector se queda dubitativo frente a esta retahíla de torpezas. El relato hubiera adquirido una gran originalidad con la descripción del mundo interior del mismo autor, que ha nacido bajo el manto protector de dos culturas: la china (por el padre) y la peruana (por la madre). Pero esta ausencia no es el principal defecto del relato, sino que, el narrador después de haber sido simpatizante de Sendero Luminoso, rompe sus lazos, sin revelar sus motivos. Se plantea la pregunta: "¿La revolución fracasada?" En relación al proyecto voluntarista que desconoció obcecadamente la realidad. No es casual pues que el narrador utilice una frase en francés (parece ser una cita) que nos hace descubrir su clima mental: "contre la réalité si nécessaire !" En los proyectos escatológicos -como en el fundamentalismo religioso- se intenta pasar por encima de lo real. Lo que también salta a la vista es la ambigüedad ideológica del narrador que enuncia ideas obsesivas: "...Geografía estelar de la muerte, de los molinos de sangre, de los gritos de guerra (...), del rito no exiliado (¿qué significa esto?), (...) y el país convirtiéndose en un río de sangre!..." Esta última imagen refleja su actitud ambivalente: por un lado, denuncia los alcances de la violencia y, por otro, siente un placer morboso al observar los cadáveres despedazados y la sangre. Se muestra condescendiente en la alusión a la violencia. "...La violencia, para ti (...), no dejaba de ser, aparentemente, algo distante..." Manera superficial de enfocar un problema tan grave, de lejos, como un observador: "... Las imágenes de los atentados venían a tu mente; los viste (¿a quiénes?) en la noche, desplazándose con el rostro pintado de negro..." Un poco más lejos: "...Ellos (no se sabe quiénes, el narrador no se atreve a nombrarlos) con el rostro del espanto, envueltos por una luz rojiza, infernal (...) ¡tiempos de masacre!..." Esta visión aventurada y pesimista, quizá expresión de la toma de conciencia de la derrota, le empuja a afirmar que la historia no es más que una "mesa de carnicero". No hay pues en las páginas del Testamento de la tormenta un intento lúcido por desentrañar la fuente ideológica del terror (oficial y senderista) que nos hubiera hecho avanzar en el conocimiento de la naturaleza humana. Wong tendría que haberse inspirado de la célebre novela de André Malraux, La condición humana o de Les revoltés de Albert Camus, para darnos luces con profundidad sobre las motivaciones íntimas de quienes tomaron las armas. Al terminar la obra se tiene la impresión de haber leído un relato prematuro e inacabado.

 

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