Poesía
02 10 2003
“Un texto sobre la poesía y una antología de los poemas de Marco Martos”
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Bander (Walter Seminario, gran amigo del poeta, profesor de filosofía) y Marco Martos

”La poesía y el perfume de la oralidad” por Marco Martos En su libro Anatomía de la crítica (Princeton University Press, 1957), Northrop Frye,

uno de los estudiosos de la literatura que más aprecio, dice que hay artes mudas. En los dominios de la música, la pintura y la escultura es fácil advertirlo. En contraste, la poesía habla, pero la poesía se sirve de las palabras del lenguaje de manera peculiar; al revés que en el habla de todos los días, no apela al lector de modo directo y cuando lo hace, nos parece lícito pensar que el poeta duda de la capacidad de los oyentes o de los críticos. Como las artes aludidas, el poema también es mudo o mejor, dice otra cosa de lo que parece. Esto es tan cierto que hasta ahora no hay una unívoca interpretación de los poemas más conocidos. Es verdad que algunos poetas pueden hacer gala de un espíritu crítico y son capaces de hablarnos de su obra, pero cuando lo hacen no son para nosotros sino personas que se incorporan a la tarea de comentaristas, sin ningún privilegio

y sin que se les considere autoridades en la materia. Y no importa que quien lo haga sea el mismo Dante.

Hasta aquí Frye. Continúo ahora esa reflexión. La literatura tiene características peculiares que dificultan los juicios definitivos. Es una opinión muy difundida, y al parecer verdadera, aquella que sostiene que el tiempo es el juez literario más severo e inapelable y que un escritor que merece incorporarse al canon literario, que no es lo mismo que el panteón literario, es alguien que ha pasado la prueba de fuego de haber sido leído con placer, por distintas generaciones. Asistimos, sin embargo, todos los días, a

nuevas valoraciones de escritores olvidados que son incorporados a la memoria colectiva. De un modo más o menos general podemos precisar qué tipo de literatura o qué escritores nos agradan más en un momento histórico determinado, pero no podemos saber si nuestro gusto prevalecerá en el futuro. Lo

que sí podemos hacer es estudiar características de escritores del pasado que han llegado hasta nosotros lozanos, pues ellos tienen algo que decirnos, pese al paso del tiempo. Por eso los llamamos clásicos. En un primer tiempo la poesía, aparte de este decir otro, que estuvo siempre en el centro de su dicción, cumplía los papeles que ahora solemos asignarles a la prensa, la radio y la televisión: la transmisión de noticias, la toma de posición frente a los asuntos de interés común. Con el paso de los siglos, el receptor, que era también un oyente, se fue transformando en lector que con fino oído empezó a distinguir la importancia de la manera de decir, es decir el estilo, y no solamente del tema propuesto. En las sociedades que inician su desarrollo, el poeta tenía un papel civil reconocido por los diversos estratos.

Los poetas que llegaron a América en las naves españolas o eran soldados o eran clérigos. Inmersos todavía en un espíritu medieval, no tenían una idea clara de la autoría. Por fin, en el siglo XIX, nos nacieron grandes poetas como Rubén Darío, José Martí y Manuel González Prada. La característica común que tuvieron fue una gran conciencia artística y una preocupación por los temas ciudadanos. La poesía conserva en Hispanoamérica, a lo largo de todo el siglo XX, ese perfume de oralidad que le viene de sus orígenes. La costumbre arraigada de recitar poemas en público, vigente en nuestros países y en España, se ha perdido casi completamente en Francia donde la poesía es musitada o leída en silencio. Pero poco a poco en tierra americana se va creando una legión de lectores solitarios que en las bibliotecas o en las salas privadas prescinde de la actitud comunal. ¿Qué explicación dar a este doble fenómeno? En principio, como queda dicho, la tendencia mundial, a partir del renacimiento nos parece, es que el aprecio de la poesía se separa de la importancia asignada a los temas. Sin embargo existen comunidades, las que están en plena formación de su nacionalidad o las que están inmersas en una conmoción social, en las que el asunto del que se hable tiene una considerable aprecio. Ahora vivimos un momento histórico en todo el mundo

en el que el mercado tiene una importancia central, tanto que se mide el valor de los productos del trabajo e ingenio humanos en función de su transformación en mercancía. Y la poesía, como es bien sabido, tiene el último puesto entre aquello que puede negociarse, ser objeto de compra venta. Como se ha dicho, los papeles medievales que correspondían a la poesía, ahora pertenecen a otros medios de comunicación. La antigua épica, convertida en novela, se ha quedado con el arte de contar. A la poesía, a esa parcela que llamamos lírica,

en general sólo le queda el estilo. Pero la poesía no es sólo colocar bien las palabras. Es una concentración del lenguaje, un rigor interno, por último, un escalofrío que penetra a las verdades universales y los ofrece de un peculiar modo. La poesía tiene algo antiguo que está en el espíritu de los hombres y que felizmente no ha sido arrasado por ningún sistema político: la necesidad de la comunicación personal, íntima. La poesía responde a ese sentimiento colectivo que ya anidaba en el hombre de la tribu y que aparentemente se ha perdido en la vorágine de las grandes ciudades. Aunque se escriba y publique, la poesía tiene el perfume de la oralidad, como queda dicho. La comunicación directa con el público, aparentemente venida a menos en las épocas más recientes, responde a una necesidad básica que la sociedad no olvida nunca. La poesía, como un diminuto jinete, sabe treparse sobre los medios que aparentemente la opacan, radio, cine, televisión y periodismo, se filtra en los resquicios e ilumina en el pequeño espacio que gana. La poesía es un eficaz antídoto contra ese “lenguaje de madera” esa

sucesión inacabable de noticias que nada dice y que se ofrece en el batiburrillo de cada mañana. El lenguaje entrega más significados y, sobre todo, expresa la afectividad en toda su intensidad cuando se expresa líricamente. La poesía es el reino de la libertad, pero también el de la disciplina. Escogemos la poesía hasta cierto punto; podemos decir mejor que ella nos elige, pero nosotros la ayudamos con nuestra actitud, porosa a su encanto y a su poder.

Lima, setiembre 2003.


Marco Martos

Daguerrotipo Nunca averiguarás. En el daguerrotipo la muchacha deslavazada está enseñando la radiografía de un hueso suyo. Blanco es el talón de la muerte, susura, y Aquiles caminaba ligero. Y en la duermevela de ese verano la niña rápida muestra en lo alto el perfecto talón mientras el entusiasmo brilla en los ojos del lector de Keats, pantalón blanco, zapatillas, bigotitos. ¿Era posible y concreta? ¿O como decías, Hildebrando, un dulce, inalcanzable veneno? Nunca averiguarás. Nunca averiguarás. Te queda ese clavo de olor. (Carpe diem, 1979) Carpe diem Betarraga escancia té jazmín y mientras escancia té jazmín el frío empieza a irse de su cara. Es invierno sobre Lima y la sombra chinesca se inclina y parpadea. Así belleza gana. En un día y otro día numerosas muchachas Harán lo mismo y será invierno o verano será o noche cuando un aroma de jazmín nazca de diversas manos y distinta taza. Asi será. Pero este instante es irrepetible. Recuérdalo y escríbelo: nunca nadie vio a Betarraga tan sabrosa tomando té jazmín con tanta gracia. (Carpe diem, 1979) Yuyo Ulula el viento sobre el mar gangoso y las olas color tierra traen peces muertos a la playa; vuela, lamento, sobre los bichos sin escamas, anguilas, congrejos, peces globo horribles en su quietud y tollos pequeños de rictus blanco. El agua desparrama yuyos verde y oro, granates en el sol de la mañana. Aquí estuviste en el mediodía radiante, gozosa callejeando tu ojos en el agua de cristal, de mar azul y peces vivos. He leído que los antiguos poetas escuchaban el silencio de los pájaros cuando el amor moría y he sabido también que ese era un ardid, angustiosa mentira del azogue corazón deambulando en la penumbra. Así era en otro tiempo, así en uno y otro caso, los poetas se engañaban. Hoy ulula la lúgubre gaviota y el viento rancio de marzo que silba y trae tu nombre al muelle, súbito me sumerge en la sima más sombría de la tierra. Tú miras el mar profundamente desde tu torre abrileña, serena repasas y haces el conteo de los muertos. Mi corazón ¿miras mi corazón? Tú sola conoces su verdad tristísima de pez varado en la playa. (El silbo de los aires amorosos, 1981) Pareja Como hablando francés a quien entiende castellano, o como balbuceando castellano a una oreja italiana, o como gritando italiano en una plaza de Lisboa, o como leyendo portugués en un congreso rumano, así permanecimos nosotros, duros para lenguas extrañas, juntos sin embargo durante un día, un mes, un siglo de pesadilla o sueño. Todo lo recuerdo, todo lo confundo, todo lo olvido. Sequedad ¿me perdonas? (El silbo de los aires amorosos, 1981) Cabellera de Berenice Todo el tiempo me pareces un sueño que camina, sale de sus mares naturales y entra en la vida causando asombro. En tu sonrisa percibo el encanto que ejerces y el desencanto tuyo, por ahí, en una veta profunda. Tú, tan concreta, tan evanescente, (esas contradicciones) es en el dolor donde mejor

te muestras. Te he visto sufrir, Berenice ¡y de qué manera!, pero has estado serena en esa oscuridad, y es que tienes luz propia y para ti no hay negro pozo. He aquí mi utopía y mi trabajo: llegar a tu centro. Tengo el convecimiento de ser quien más te conoce, pero ésta es mi sabiduría verdadera: permanezco en los umbrales donde me encegueces, mas conservo los otros sentidos my atentos a lo que acontece con tu figura, gusto, tacto oído, aguzados; ¡cómo hueles, Berenice, tu olor jamás lo equivoco!, ni tu voz suavísima, ni la piel que contiene y es tu límite. Este es mi gusto: permanecer a tu lado, definirme como un hombre de tu bandería, por eso llevo tu aura, te tomo de la mano, me añudo contigo, viajo en tu cabellera por los espacios siderales. (Cabellera de Berenice, 1990) Luna de Paita Cuando clarea el cielo y se apaga la luna, el plomo del mar traspasa las farolas del malecón, atraviesa la delgada bruma del día que principia, cruza los vidrios del ventanal y anida en los ojos insomnes del niño en el alféizar. Los trajes descoloridos, colgados en la percha, semejan guerreros silenciosos agardando en la penumbra. Una voz enfurruñada dice algo y al rato otra vez la sombra inquieta, trepada en el alféizar, atisba a los viandantes que hacen la jornada: pescadores descalzos, soñolientos transeúntes que caminan hacia el muelle donde embarcan las reses y el sol que nace detrás de los cerros y tiñe las aguas de oro y de rosa. Inacacable es el día hasta que aparezca la luna para ambular desde Pueblo Nuevo hasta La Punta recogiendo brillantes caracoles, estrellas de mar hieráticas por siempre, historias de aparecidos, de Francis Drake y de mujeres. Y mientras el mar se torna verde y azul, pareciera que este tiempo suspendido está libre de la muerte. (Cabellera de Berenice, 1990) Jaque perpetuo (A José Ruiz Rosas) En el silencio de una sala con escaques Corre un puñal por casillas negras. El ojo detrás del enrejado se figura Que el mundo existe allá en la calle Donde un tiempo lento se macera Entre manos de los naipes y su truco. Vorágine trae el calendario: godos y peruanos. Clarines belísonos volando a toda vela: Es Junín, es 6 de agosto de 1824, Ahora vive este hombre, ahora se imagina Que es Isidoro Suárez, valiente y exhorta. Sonriendo el obispo Berkeley así divaga: Los que juegan naipes en la rúa O enfrentan a Philidor con empeño O se pierden en laberintos que nadie inventa, O musitan sonidos en arameo O creen que nada es el infinito O que muchos números son la nada Delante de la cancela prefiguran El ojo de Borges que los inventa. Y el obispo que siente a Borges viendo tanto Detiene la mano sorprendido de lo que escribe: En el silencio de una sala con escaques Corre un puñal por casillas negras. El ojo detrás del enrejado se figura Que el mundo existe allá en la calle Donde un tiempo lento se macera Entre manos de los naipes y su truco. Vorágine trae el calendario, godos y peruanos, Clarines belísonos volando a toda vela: Es Junín, es 6 de agosto de 1824, Ahora vive este hombre, ahora se imagina Que es Isidoro Suárez, valiente y exhorta: Jaque. Jaque. Jaque. Jaque. Jaque. (Leve reino, 1996) El mar de las tinieblas Carta Moral a Lucilio Escribe Séneca (40 d.C.) Solitario y débil el buey viejo quiero pasto tierno y los hombres, no muy diferentes, somos alimento diario de la muerte. Nuestros cocineros circulando entre los fuegos preparan majares para muchos y los labriegos en Sicilia y en África, y acaso más allá del mar de las tinieblas, siembran hierbas aromáticas hortalizas y frutales para alimentar a Roma y a la ciudades de los cuatro confines en cada uno de los imperios. Cada quien defiende con los dientes su verdad en el foro. Con discursos y denuestos los antagonistas se acompañan. La mujer discute con el marido. Ambos escuchan el eco

de dos voces y como eso no les basta engendran al hijo entre sollozos. Condición del hombre es estar solo, vivir lo breve en la incertidumbre. En cualquier cosa que hagas, Lucilio, pon tus ojos en la muerte. Consérvate bueno. Córdoba Tú viste en la mezquita de Córdoba el origen de la luz, cascada de aire y oro que te acompaña por el mundo. Supiste que la historia es un licor áspero que se difumina e extraños sueños, palpaste lo divino y lo humano y comprendiste que las religiones que se enfrentan son una sola. En la noche de luna llena volviste para contemplar el diálogo múltiple de Abderramán III y Felipe II, el lúgubre, con los muertos del siglo XX y cn Garcilaso, el Inca, melancólico ente banderas. Ahí quisieras retornar y quedarte, para que tu espíritu deambule entre esos manes, Como una pizca de afecto del hombre por lo más diáfano. (El mar de las tinieblas,1999) Llanto de Marcel Proust Me consideraba

incapaz de respirar sin ella, desarmado ante todos los aspectos de la vida. Sabía a ciencia cierta que iba a dejarme para siempre y que su ausencia sería un horrible suplicio. Y no se equivocaba. Mis días en lo sucesivo han perdido su único objeto, su única dulzura, su único consuelo. Escribir es como estar muerto. Ando por el mundo como un trompo con agujeros que sigue en el combate por inercia. Paz, ternura, miel, esos antiguos paladeos, no los conozco. Sólo el horror en

mi sueño, el acceso de tos, los barbitúricos y mis cuencos hundidos en la lividez de la muerte. No se me ha perdonado ningún dolor: la he perdido, la he visto sufrir, me ha sentido desconsolado, mi mala salud era la pesadumbre, la preocupación de su vida. Sus grandes ojos, sus labios mudos, debieron comprender a prudencia de los padres que antes de finar matan a sus pequeñuelos. Siempre tuve para ella cuatro años. Y ahora que la envuelve la eternidad, esa desconocida caverna lóbrega. noto que es verdad, que soy un niño, que estoy solo en el mundo, que nada, absolutamente nada tiene sentido. (El mar de las tinieblas, 1999) Alfonso de Silva Alfonso: estás mirándome, lo veo… César Vallejo Nocturnos y pavanas, melodías que nacen de sus dedos prodigiosos. Las damas no resisten sus acosos, tenues con el transcurrir de los días. Lima es pequeña para su deseo de abrazar el misterio, su armonía, tal vez París o Madrid, la más pía, le entreguen lo que busca en su solfeo. París es un vértigo y Ravel, tan amable en medio de los baños, en un suspiro se pasan los años, nada queda del antiguo doncel. Noble, triste, soberbio, intransigente, gran músico, lo quiso mucha gente. (Sílabas de la música, 2002) Ur, la voz de Wagner En el sueño, abajo, amenazas susurrantes de la oscuridad primordial, cavernas, aguas perpetuas circulando entre las fogatas y los hielos eternos. ¿Qué monstruos encontramos, cuáles arrastramos por el fango o viven en nuestros ojos ciegos? Nadie lo sabe. Oteamos una catástrofe al principio, la enemistad entre los hombres, el odio, los asesinatos, las desdichas de los niños. ¿Para esto somos hombres? Vivimos el crepúsculo, la historia de los futuros que no fueron: muros silenciosos en medio de la meseta, feroces, como en Sillustani, donde silban todos los vientos, como Hernán Cortés, estudiando en Salamanca, aspirando a sabio o a ser santo muriendo de frío. ¿Acaso tu sabes, George Steiner, qué quiso decir Schopenhauer cuando escribió: "Perezca el mundo, la música permanecerá"? ¿A qué se refería Kafka cuando le dijo a Milena: "Nadie canta con tanta pureza como los que están en el más profundo infierno; su canto es lo que creemos el canto de los ángeles"? La belleza que es sólo sonido, es terrible por los siglos de los siglos. Suena y suena y suena en la soledad del universo. (Sílabas de la música, 2002) Capablanca conversa con los dioses Medito en Capablanca, tan sereno, haciendo los preciso en cada juego, llevando toda pieza con un ruego al lugar más exacto y más ameno. Lo imagino subido en su caballo recorriendo el tablero del planeta, yéndose por países a su meta, raudo en la noche, tan pipirigallo. No le miro alegrías solamente, lo acompaño en desdichas más punzantes, cuando le arrojan pullas agraviantes, ásperas falsas que dañan su mente. Capablanca subió más que ninguno, conversa con los dioses, él es uno. (Jaque perpetuo, 2003)

 

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ACERCA DEL AUTOR

Marco Martos (Piura, Perú, 1942) Ha publicado los siguientes libros de poesía: "Casa nuestra", (1965) "Cuaderno de quejas y contentamientos" (1964), ""Donde no se ama" ( 1974), "Carpe diem" (1979), "El silbo de los aires amorosos" (1981), "Cabellera de Berenice" (1990), traducido al francés con el nombre "Chevelure de Berenice" (1990), "Muestra de arte rupestre" (1990), "Leve reino", (1996), "El mar de las tinieblas" (1999), "Sílabas de la música" (2002), "Jaque perpetuo" (2003). Como narrador ha publicado "El monje de Praga" (2003). Poemas suyos han sido traducidos al francés, inglés, italiano, alemán y húngaro. En 1969 obtuvo el Premio Nacional de Poesía del Perú. Desde 1999 es miembro de la Academia Peruana de la Lengua.