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Arte
03 07 2002
"Alberto Quintanilla, artista fiel a los mitos de Cusco" por Héctor Loaiza
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Esencia y existencia, imaginario y real, visible e invisible, la pintura difumina todas nuestras categorías desplegando su universo onírico con esencias carnales de semejanzas pletóricas de significaciones mudas...

Merleau-Ponty, L'Oeil et l'esprit, Editions Gallimard, Paris, 1964


El hecho de haber nacido en una ciudad histórica, fuente de mitos, como es Cusco, hizo que Alberto Quintanilla se convirtiera siendo niño en precoz artesano y más tarde en artista. "Cuando la señora Luisa Velasco, la madre de los famosos artesanos, los Mendivil, en el Cusco" reveló al diario La República de Lima en 1987, "me puso en las manos un poco de esa pasta que usan los artistas populares para hacer sus santitos. Ahí había un coliseo de gallos y mi padre entró con su gallo, se demoró como tres horas, y yo me quedé afuera, con la señora Luisa Velasco, haciendo santitos..." Vivió durante su infancia en el barrio colonial de artesanos de San Blás, donde aprendió con éstos los primeros rudimentos para trabajar con la materia. Dice haber sido arrullado por los cuentos fantásticos, las leyendas que le contaron en su niñez y que le dejaron marcas indelebles en la memoria. Podría explicarse así su terca fidelidad a los personajes cusqueños y al paisaje de su infancia, que le llevaron a cultivar la pintura figurativa, con una evidente actitud reivindicativa. Tras haber hecho estudios en la Escuela de Bellas Artes, Quintanilla tuvo que ir a Lima en 1959 a seguir estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes. Así vivió las primeras dificultades de un provinciano en la capital. "En Lima, me trataban como a un 'cholito'" cuenta el pintor, "porque practicaba la pintura figurativa y mis personajes y mis temas eran los de mi ciudad natal. En ese entonces la abstracción era una moda en la capital..."


Chihuaco y perro, óleo sobre lienzo

Pero una de sus primeras exposiciones en 1959 en el Instituto de Arte Contemporáneo (IAC) fue presentada por el escritor y ensayista peruano, Sebastián Salazar Bondy (1): "Del arte abstracto y del arte infantil proviene precisamente Alberto Quintanilla como pintor. Por fortuna conserva en sus ojos la visión del niño o del primitivo (que es la del poeta), a la cual une la inclinación del artista actual hacia el logro de un lenguaje plástico que valga por él solo. De ahí que la figuración no sea, en este joven creador (...) irregular por primeriza, un intento de retratar los objetos y los seres en el lienzo como un procedimiento de convertirlos en perfectos e incorruptibles o como un modo de exaltar su condición excepcional..." Adelantemos como un rasgo característico de su obra, la exaltación expresionista de los legendarios personajes de su infancia que, gracias a su imaginación, formarán parte de un bestiario. "Los lienzos de Quintanilla" escribió Luis Enrique Tord en 1988, "son por ello una práctica intensa cuya iconografía está compuesta por seres incendiados en una atmósfera maravillosa, en un espacio intermedio que flota entre las formas y apariencias de este mundo y las existencias entrevistas, sugeridas como en sueños de las realidades de otros mundos..." El artista se nutre de sus sueños, de las imágenes infantiles que se han agazapado en su inconsciente en forma de fantasmas y obsesiones; por ejemplo, la presencia de los perros como personajes centrales y constantes de sus lienzos.


Huillac Uma, grabado

Para el artista peruano, los perros por humildad y fidelidad acompañan a su amo en los mejores como en los peores momentos. Desde un punto de vista simbólico, el perro aparece en todas las mitologías, es universal, identificado a la muerte, al infierno, al mundo subterráneo, al reino invisible de las divinidades terrestres y selenitas. Es el psicopompo en la tradición griega, no sólo guía a los muertos, sino que es el intermediario entre nuestro mundo y los dioses. "Quintanilla ha establecido en su pintura un olimpo de brujos, dioses, máscaras, ritos" señaló el poeta peruano Omar Aramayo en La Semana de Lima en 1988. "personajes que desenvuelven sus nidos en ignición, plasmas que se desplazan en el tiempo, magmas de seres que hablan aquí y también más allá..."

Otro personaje muy presente en sus cuadros, es el diablo que parece procesado con una intención provocadora: "¿Angeles? Estoy cansado de ver tanto pituco (2) vestido de blanco en el cielo y sin pecados..." declaró en una entrevista que le hizo Pedro Escribano en La República de Lima, en 1999. "Para mí el diablo es un personaje sabroso, todo rojo, con sus cuernitos y su colita de fuego, me parece más simpático que esos tipos volando sobre nubes, siempre buenos." Con su representación insistente del diablo pretende demostrar que Perú es un país conflictivo, una enorme marmita demoniaca con sus antagonismos larvados desde hace más de cuatro siglos y que no han sido resueltos aún.


Citemos de nuevo a Luis Enrique Tord que trata de interpretar por qué el artista ha usado desde el principio de su carrera los mismos colores: "Para manifestar [lo mágico] se consume en cuerpo y alma en esas tonalidades cálidas, y más que cálidas, hirvientes, de sus rojos de fuego, de sus azules de Prusia, de sus bellos naranjas, morados, amarillos y verdes esmeraldas..." Dice querer resolver con esas tonalidades el problema que le plantea la superficie del lienzo. Ante las críticas sobre esos colores en apariencia agresivos, el artista explica que es por el hecho de haber nacido en la sierra con luz violenta, a más de tres mil metros de altura, donde los colores también se muestran con violencia y con pureza. Como todo artista peruano, radicado en París, tuvo que asumir la búsqueda de un lenguaje que más se adapte a su visión plástica, aunque ésta tenga para algunos críticos una apariencia espontánea o "candorosa". En 1959, Sebastián Salazar Bondy ya señaló con acierto: "Estamos lejos, pues, del indigenismo, como al fin estamos lejos de la epigonía que lo contradijo. Y eso quiere decir que nos aproximamos a nuestra definición, a nuestra conciencia propia, a nuestra razón de ser." El haberse afincado en París en lugar de quedarse en Cusco o en Lima, le impuso la necesidad de que su arte adopte características universales para ser comprendido por el público europeo y latinoamericano.


Cinco mil, mi perro, 100 x 92 cm

"Busco un lenguaje en el cual me reconozca" declaró al Diario de Lima en 1983. "Un lenguaje con el cual pueda circular libremente como ser pensante y creador. He buscado y busco un lenguaje que me permita hablar de igual a igual con cualquier hombre de la tierra. Busco un lenguaje universal..." Dice admirar profundamente a los grandes artistas del pasado, Velázquez, Rembrandt, y a los del siglo XX, Bacon, Giacometti, pero sigue siendo consciente de que el camino que ha escogido es diferente. Su arte está bañado en la otredad, sus lienzos reivindican los conflictos individuales y colectivos e intentan aportar al espectador una emoción nacida de las entrañas del artista.


El payaso, óleo sobre lienzo, 130 x 93 cm.

(1) Sebastián Salazar Bondy (Lima, 1924-65), escritor, dramaturgo, poeta y periodista peruano, autor de Lima la horrible, observaciones históricas, sociológicas, literarias y artísticas sobre la capital peruana. (2) Peruanismo, adjetivo despectivo para tratar al burgués, criollo y limeño.

 

ACERCA DEL AUTOR

Alberto Quintanilla, Cusco (Perú), 1934. Estudios en la Escuela de Bellas Artes de su ciudad natal y en 1959 en la Escuela Superior de Bellas Artes (ESBA) de Lima donde obtuvo una medalla de oro. Vive en París desde 1960. Pintor, escultor, ceramista y grabador, participó en las bienales de París, Venecia, Florencia, Berlín, Lujbliana en las cuales recibió diversos premios. Han adquirido sus obras los Museos de Arte Contemporáneo de Nueva York, París, Sao Paulo, Berlín, Cracovia y prestigiosos coleccionistas.