resonancias.org

Narrativa
09 12 2018
Un mausoleo para Dante en la otra orilla por Susana Merke
« volver


Ningún juez más justo que el autor de la obra.

La decisión no tardó en llegar. Partiría en el próximo barco buscando otro cielo a través del inmenso mar. Imaginaba un porvenir consagrado a amasar la riqueza con habilidad para dejar huellas en la tierra joven. Y el apellido, el apellido mancillado y ultrajado por la miseria y el hambre lograría el escalón más alto, para desde allí demostrar que la América se hace con manos laboriosas y la fuerza del deseo.

Infinidad de veces recordaba en la soledad de la habitación las palabras que lo movilizaron a iniciar la proeza, que sólo los bendecidos se atrevían a consumar. Día tras día alimentaba el orgullo para acelerar el ritmo de su corazón palpitante, y en las noches caminaba con la mirada la gran Capital del Plata, aunque siempre concluía su excursión en la torre, donde se sentía protegido por la Constelación del Sur.

¿Era feliz con la cosecha de lo sembrado, o la ceguera dominando su espíritu le mostraba la perfección humana, que sin percibirlo se alejaba a la par de sus ambiciones desmedidas? ¿Y la humildad y la honestidad amamantada desde la cuna, dónde las había enterrado?
-No don Luis. No. Le suplico; deténgase. Busquemos una solución antes de ejecutar semejante sentencia.
-Ellos no perdonan. Desconocen esa palabra, y a pesar de saber sobre su rectitud me arriesgué a enfrentarlos y desobedecerlos.
-Aún podemos pensar alguna estrategia para dilatar la orden y salvarnos.
-Las traiciones se pagan con la vida. El camino es recto, y el que busca un atajo encuentra el final con urgencia.

Me sumerjo en un silencio absoluto para recordar que todo comenzó aquel nefasto día en que desapareció misteriosamente la escultura llegada de Italia. Ella trajo la desgracia y la maldición del Gran Arquitecto del Universo. ¿Quién lo duda? No puedo olvidar a su forjador, ese milanés delirante y apasionado siempre al acecho de un empresario adinerado, que con su fortuna hiciese realidad su extravagante proyecto. No tenía medios materiales, solamente a través de la voluntad y la fe debía hallar el camino constructivo. Había llevado a cabo varios intentos y fracasó, pero se cruzó con don Luis y la senda se despejó.

Mala espina me daba ese viaje repentino a Trieste para inspirarse en los aires de la península -según decía- y ejecutar allí la suprema obra de arte de todos los tiempos. Las sombras de la noche no me permitían vislumbrar los propósitos ocultos para alertar a Barolo.

Escasos años tardaría la verdad en tornarse realidad, y aunque lo hostigaba con mis certezas, jamás daba crédito a los consejos. Su soberbia desechaba las dudas y yo era el intruso que se oponía a sus planes, sin reconocer a los impíos proyectando entorpecer el recorrido para concretar su objetivo. Todo fortaleció la angustia contenida de un tiempo que se aceleraba y el gran edifico postergaba irremediablemente su terminación; los meses transcurrían y el retraso era cada vez más evidente por causas inadmisibles.

Una idea me oprimía y él no alcanzaba a dimensionar mi desesperación ¿había sido en verdad un pacto de compañeros fraternos o el correr de los días convirtió al milanés en su peor adversario como se lo ordenaron?

Continúa caminando alrededor del opulento escritorio de ébano, y fatigado se detiene a contemplar la gran biblioteca, pero regresa con premura para acariciar el arma que lo espera. Ella sabe que pronto el gatillo será disparado y la bala hará el recorrido previsto. Cierra los ojos y piensa en su templo, en el palacio que ordenó construir para que su nombre trascendiera después de la muerte, y junto a su gemelo en Montevideo coronasen con sus faros la unión de las dos capitales con un puente de luz sobre el Río de la Plata. Así darían la bienvenida a los inmigrantes huyendo de la guerra y de una Europa destruida.

Todo lo percibía, nada dejaba librado al azar, sin embargo no logré imaginar que a los 52 años este monstruo de cemento se convertiría en nuestra cárcel, calvario y tumba, la que él añoró para su amado Dante tratando de rescatar sus restos en un territorio devastado.

Siento la pasión desmesurada brotando de la piel, y sus manos abrazan la principal obra de la literatura italiana: La Divina Comedia. No lo puedo evitar, pero antes de incriminarlo con mis interrogantes lo dejo repasar sus páginas, detenerse en el Infierno y luego en el Purgatorio sin posibilidades de abordar el Paraíso. Su instinto, o quizás mi acecho es el que lo lleva a regresar a los nueve anillos del submundo dantesco para interpelarse cuál le será asignado según su actuar en esta vida terrenal, y qué condena recibirá su alma por toda la eternidad.

Entre los cien cantos que componen el poema elige uno en forma aleatoria para leer con voz acobardada las veintidós estrofas que lo forman, pero termina repitiéndolo con su memoria prodigiosa que día a día se ocupó de aprender desde la primera a la última palabra. Cierra el libro y regresa intempestivamente a la realidad ansiosa que está agotando su paciencia. Ni los cóndores, ni los dragones que realzan las lámparas del hall y en forma secreta representan los principios alquímicos -mercurio y azufre-, lograrán salvarnos en el instante final del destino señalado.

Prefiero no interrumpirlo; respeto sus reflexiones recuperando la imagen del Gran Maestro y de la Logia a la que perteneció. Recuerda nombres de los integrantes de la Fede Santa y redime sus orígenes, cuando fue fundada por Los Templarios que pasaron a la clandestinidad perseguidos por Clemente V. Veneraban la figura de Dante como “Obispo” de la hermandad y difusor de la metáfora moralizante del Infierno, Purgatorio y Paraíso manifestando tres modos de ser de la humanidad: vicio, virtud y perfección. Aunque él lo niegue, estoy convencido que Palanti llegó a estas tierras del Purgatorio con el supremo encargo de sus Hermanos para construir un templo bajo la Cruz del Sur, lugar sagrado en el eje ascensional de las almas para despertar la revelación oculta de Alighieri. Además, lograría de esa forma saldar sus pecados y alcanzar la Gracia Divina.

Todo debía estar materializado en este monumento hasta el fin de los tiempos, razón por la cual pusieron énfasis en que el edifico sea una maqueta ilustrada del cosmos según la tradición de las catedrales góticas. Éstas eran concebidas como el opus supremo de la albañilería de la Edad Media, donde el templo simbolizaba la traducción en piedra de los Testamentos, y encerraba el profundo mensaje de oponerse a los tiempos y a las multitudes, con el fin de preservar el conocimiento en la simbología esotérica.

Quizás no sea momento para traer al presente citas, reuniones, encuentros fallidos y discusiones acaloradas para elegir con esmero las catorce citas en latín que coronan las paredes y fueron extraídas de nueve obras distintas desde la Biblia hasta Virgilio, donde el arquitecto dejó señalado que es un santuario reforzando el carácter secreto del templo místico al modo medieval.

Entre idas y venidas acordaron los pisos en damero representando la lucha entre el bien y el mal, blanco-negro, luz-oscuridad, mientras la flor de lis, que no podía estar ausente, decora lugares clave como los ascensores que permiten llegar a la gloria o descender al abismo.

Sé de la obsesión enfermiza de ambos por este proyecto fastuoso ideado como la construcción más alta de Sudamérica allá por 1918, y que debía ser presentada en sociedad para 1923, al cumplirse los 600 años del fallecimiento del gran poeta. Sin embargo, y a pesar de saberlo todo continúo preguntándome ¿qué fracasó y oscureció la amistosa relación fundada en la inteligencia y el deseo de trascendencia de ambos, Barolo y Palanti?

Estrechaban lazos, compartían principios e ideales, respetaban a idénticos Maestros, pero la espina de la duda se fortalece cuando reconozco que yo también confié, y no pude vislumbrar la presencia del Demonio rondando sus ánimos. Noté ciertos cambios de conducta en el italiano arribado para el Centenario de la Revolución de Mayo, cuando finalizada la primera Guerra Mundial no evitó manifestar su admiración desmedida por Mussolini. Con excusas partió al viejo mundo para ponerse a su entero servicio, y así retomar sus ideales enraizados en el fascismo. Mis advertencias no tuvieron asidero y a la par la traición, que no tiene nombre, se vestía con su mejor traje para saciar el instinto de gloria de los elegidos.

Se sienta en el gran sillón mirando el ventanal que le ofrece una magnífica postal de su amada Buenos Aires, la que le abrió las puertas recién llegado por 1890. Tiempos duros y lejanos, tiempos de sueños y desengaños que veían desvanecer las metas de poder, fortuna y gloria. Y allí aparecieron los especuladores, que aprovechando su desilusión le facilitaron el dinero negado por los bancos y mucho más. Ellos hicieron marchar el engranaje de las utopías; ellos le permitieron crecer y progresar más allá de lo imaginado; ellos les enseñaron que se puede soñar con la perfección, pero olvidaron decirle que las huellas en esta tierra marcan la senda para alcanzarla. Sin embargo, nunca descansaron a través de sus emisarios en recordarle que los juramentos de sangre son ley.

La vida fue generosa y logró apropiarse de las herramientas que lo convertirían en el más importante empresario textil del país instalando telares de tejido de punto, exportando casimires originales y exclusivos confeccionados con el algodón cosechado en sus tierras del Chaco, donde manos indígenas ejecutaban el trabajo por un miserable pago.

Crecían sus hilados y trepaban sus ambiciones, mientras aquel simple y humilde inmigrante tornaba en soberbio hombre de negocios mirando cada vez más alto, quizás buscando el Paraíso que idealizaba merecer. Ya no tenía los bolsillos raídos por el peso de las esperanzas, ahora desbordaban de dinero y pretendía comprarlo todo.

Corren los primeros días de junio y el frío cala los huesos. Es tiempo de espera, tiempo de decisiones trascendentales. Anoche a las 19,45 horas subimos entre ascensores y escaleras ocultas hasta alcanzar la torre; tenía la certeza de que la Cruz del Sur se alinearía con el eje del palacio como lo habían ideado meticulosamente. Los cálculos fueron precisos y nada fallaría, ya que el faro era el pasaje al Paraíso y se abría en ese intervalo de tiempo. Estaban convencidos que en el 2021 el mismo Dante descendería las escaleras para recoger a aquellos que merecían ascender con él a los cielos.

Allí, por última vez contempló el negro cielo y se sintió parte de los nueve coros angelicales representados por las 300.000 bujías y la rosa mística del Paraíso dantesco. Todo lo iluminaban para recibir a los barcos de ultramar arribando a la reina y señora del Plata.

¡Cuántas horas de su tiempo dedicaron a proyectar la perfección entre mármoles de Carrara, escaleras giratorias, bóvedas y pasajes ocultos! Y no puedo dejar de mencionar la audacia extrema que los impulsó a elegir el lugar para emplazarlo, nada menos que la Avenida de Mayo, sitio estratégico y simbólico para rendir un profundo homenaje a los héroes masones de la Revolución de 1810 que decidieron el destino de la Patria.

Y qué decir del estilo ecléctico que lo define como único e irrepetible junto a su gemelo en la otra orilla. Combinaron el neogótico y el neorromántico otorgándole un profundo valor alegórico, aunque no faltaron los que lo definieron como “remordimiento italiano”. Ellos en su gran mayoría, desconocen que la planta del Palacio está fundamentada en base a la sección áurea y al número de oro, proporciones y medidas de origen sagrado respetadas a rajatabla.

Y para la cúpula, no hubo enfrentamientos ni disputas, no dudaron en centrar su mirada en el templo Rajarani del siglo XI en la India, ya que de esa manera expresarían el amor tántrico, la realización espiritual uniendo la energía femenina de la amada Beatriche y la masculinidad de Dante, entrelazados en el placer absoluto de alcanzar la elevación a través de la armonía y la iluminación de las conciencias.

Sin embargo, como una pesadilla me persigue esa estatua arrebatada por los conjurados, que coronaría el pasaje central junto a la escultura “el Águila de Dante”. Sólo algunos sabían con exactitud lo que ella preservaba siendo el máximo emblema para el cual fue construido el templo, oficiando de mausoleo para las cenizas del italiano más renombrado a lo largo de la historia.

Escucho el estampido y siento la bala que penetra el corazón. Ya nada puedo hacer; soy parte de él y en estas horas reconstruí su vida tratando de persuadirlo. Los pecados, los errores, los odios y rencores disgustaron más que sus aciertos y logros. Entre murmullos que se desvanecen balbucea lo que le ordeno hasta el último aliento de vida que nos une… cien años de la Revolución; cien metros de altura como cien cantos tiene el poema; nueve bóvedas como nueve anillos recorre el Infierno; veintidós estrofas en cada canto como veintidós pisos fueron construidos. Y el Faro, la Luz Divina; y Los Templarios huyendo; y la Fede Santa que los reúne; y la masonería que los acoge, y Montevideo con su Palacio Salvo. La estatua robada; las cenizas vulneradas; la traición victoriosa; la rosa mística junto a la flor de lis; el pasaje al Paraíso que le prohibió el ingreso, y la perfección utópica sellada con una bala certera imposible de desechar.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: La primavera de 1958 vio nacer a Susana Merke en la llanura santafesina (Argentina). Hizo sus estudios primarios en la escuela Simón de Iriondo y luego para el Bachillerato en el antiguo Colegio Nacional de la ciudad de Rafaela. Su inquietud por las letras la llevó a trasladarse a la capital de la provincia, Santa Fe, donde ingresó en la Universidad Nacional del Litoral para obtener el diploma de profesora en Letras. Partió a la Capital Federal, Buenos Aires, en dicha ciudad dictó cátedras en Literatura Argentina, Americana y Española durante trece años, y a fines del siglo XX regresó a su tierra natal. Enseñó en escuelas medias y desde hace varios años sintió el llamado de la escritura. Recibió distinciones en concursos literarios, y el 16 de junio presentó su primera novela “Las voces del pasado no mueren”.

 

 

 

 

indice
02 11 2019