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Narrativa
09 12 2018
Sones de Iemanyá (fragmento) por JB Rodríguez Aguilar
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Me habían dicho que el terreiro estaba en un barrio a las afueras de la ciudad, de manera que tomé un taxi a la salida del teatro. Llamamos a la puerta y una mujer vieja nos abrió. Era una mãe de santo convidada especialmente para la ceremonia por el padre Jorge Itaci. Se hacía llamar madre Doralice e iba vestida de forma parecida a nosotras, aunque con una especie de antifaz que le cubría los ojos. Ella sería nuestra madrina y principal oficiante. Nos pidió que aguardásemos un momento. El pasillo, apenas iluminado, olía a frijoles y a gallina del convite que nos ofrecerían luego. Nos pusimos en fila india. Al fondo, se veía la luz del salón de ceremonias, como una antorcha. Ella se adentró y, al poco rato, la señal que esperábamos se hizo sentir. Madre Doralice entonó unos versos de invocación a la diosa y los tambores comenzaron a repicar. Entonces nos recogió del pasillo y, al frente de nosotras, nos introdujo en aquella nueva aula de enseñanza y de vida.

La estrechez, la humedad y oscuridad del corredor dieron paso a la amplitud, al calor y a la luz del terreiro. El suelo era de arena fina, las paredes engalanadas con flores y guirnaldas simples y, en el centro, había una gran imagen de Iemanyá sobre un pie de mármol con hojas de palmera. A un lado estaban los músicos con sus tambores y, del otro, los demás moradores de la casa, respondiendo en coro a los cánticos de madre Doralice. Presidiendo a todos ellos, sentado con aspecto sereno, nuestro babalorixá: el padre Jorge Itaci. Tuvimos la sensación, nada más entrar, de que nuestra respiración se ensanchaba y se dejaba invadir por aquella música sanadora.

No puedo describirte mucho más. De inmediato nos pusimos a bailar en torno a la imagen. Era una danza suave, en corro, acompasada al toque de los tambores. «Vô guere Iemanyá, vô guerê Iemanyá», madre Doralice entonaba versos en honor a la diosa y todos los repetíamos al unísono. Un ritmo vivo que variaba según el canto, enmarcándolo, asentándolo. Nuestros cuerpos se movían con él y nuestros pies vibraban al contacto con la arena, como si fuera a transmitirnos el calor de la tierra africana de donde procedía aquella fe. Una de nosotras llevaba una campanita que iba pasando de mano en mano, con la que íbamos machacando el compás. Era un baile muy sencillo para mí, pero, por increíble que te parezca, no se me hacía monótono. Me sentía llevada y acariciada, mecida por una corriente de agua. Un himno seguía a otro y, poco a poco, la magia del terreiro nos fue envolviendo. Quiero contarte ahora lo que viví a partir de entonces, pues aún hoy me pregunto qué fue aquello, y qué fuerza me hizo experimentarlo. Te lo cuento como un secreto que ha de quedar entre tú yo...

Llevábamos más de una hora danzando sin pausa. Fue entonces cuando mi cuerpo se rindió, y entró ella... De pronto, el agua en que nos mecíamos se agitó y encrespó con el ímpetu de un mar. El piso de arena brilló por un instante y una ola de espuma me acometió, me zarandeó con violencia. Me encontraba en medio de un torbellino. Sentí, en ese momento, que las piernas me temblaban y que se me iba la cabeza. Y sentí también que la marea tiraba de mí, que me arrastraba a alguna parte. Era una fuerza incontenible, contra la que no se podía luchar. Me entró pánico y empecé a sacudirme, como intentando librarme de ella. Pero era poderosa, mil veces más fuerte que yo. Dejé de escuchar los tambores, solo oía el rugido del agua, como aprisionada en una descomunal caracola. La sensación era horrible: no podía respirar, tragaba, ¡me ahogaba! Grité de angustia. Mi grito se alzó y se escuchó en medio del mar. Y sin saber muy bien por qué, noté que enseguida la marea cedía y las olas se calmaban. El agua volvía a su ser, se replegaba. La arena brillaba de nuevo bajo mi cuerpo. Y yo me quedaba tendida en ella, empapada, sin aliento.

Los moradores del terreiro se abalanzaron sobre mí y me levantaron del suelo con cuidado. Estaba mareada, con el pulso disparado y la respiración jadeante. Me sujetaron por los brazos, me abanicaron y me salpicaron el rostro con un poco de agua. Me llevaron a una ventana e hicieron que me diera el aire. Poco a poco, fui respirando y recobrando el sentido. Cuando notaron que volvía en mí, me sentaron en una silla junto a ellos. No me di cuenta hasta pasados unos minutos, pero me habían colocado al lado del propio padre Jorge Itaci. La ceremonia continuó. En un momento, vi que el pai de santo se inclinaba hacia mí, me tomaba de la mano y me hablaba con ternura. «Tranquila, Amanda, lo que te ha sucedido hoy es hermoso. Eres hija de Iemanyá, ella ha acudido a nuestra llamada y te ha escogido a ti para manifestarse, por eso te ha hecho estremecer, porque su poder es muy grande. Eres afortunada. Ahora descansa y recupérate hasta que acabemos», me dijo. El toque de tambor siguió aún durante un buen rato.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: JB Rodríguez Aguilar, escritor, bibliotecario y traductor madrileño. Ha sido bibliotecario y gestor del sitio web y redes sociales en la Red de Bibliotecas Públicas Municipales de Madrid. Como escritor, es autor de cuatro novelas: “Umbrío, entre los muertos” (2011); “La rueda del extravío” (2013); “El berbiquí” (2014) publicadas por Éride Ediciones. Recientemente “Sones de Iemanyá”, Malbec (2018). La colección de relatos fantásticos Cuentos de indagación y neurosis, ganadora en 2008 del XIV Premio de Cuentos del Ateneo de La Laguna, publicada por dicha institución en 2010. Ha colaborado con relatos, reseñas y crónicas en blogs y revistas literarias. Como traductor del portugués al castellano, ha traducido en solitario o en colaboración con otro traductor varias novelas de escritores brasileños publicadas en diversas editoriales españolas.

 

 

 

 

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02 11 2019