Literatura
07 08 2018
El nómada estelar: ¿por qué tanto miedo a la Inteligencia Artificial? por Héctor Loaiza.
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Sobre el aporte de lo espiritual a las tecnologías digitales, El Nómada Estelar ha recibido seguramente la influencia de mis lecturas de los años 1970. En primer lugar, La Gnose de Princeton, des savants à la recherche d’une religion (3) del filósofo francés Raymond Ruyer (1902-1987) que escribió dicho libro a pedido de los astrofísicos, los biólogos estadounidenses y extranjeros de la Universidad de Princeton, Pasadena (Los Ángeles). Raymond Ruyer asistía a sus conferencias para comprender y después explicar por qué los científicos recurrían a las filosofías orientales y a las antiguas religiones para mejor comprender los fenómenos de la astrofísica y la mecánica cuántica. Buscaban poner la ciencia en su lugar.
Otra obra, la antología Science et conscience, les deux lectures de l’Univers (4) reúne los temas propuestos y discutidos en el Coloquio de Córdoba (España), organizado por la radio estatal France-culture en octubre de 1979. En este libro voluminoso los físicos cuánticos, los astrofísicos, los neurólogos, los sociólogos y los historiadores de religiones han explicado sus trabajos con el objetivo que la ciencia esté dotada de una conciencia. Lo que buscaban en realidad era evitar las desviaciones del progreso tecnológico en perjuicio del hombre.
Algunas corrientes intelectuales en Francia se oponen al avance científico, el de la Inteligencia Artificial (IA). Esta tendencia conservadora es más fuerte en Europa que en los otros continentes y algunas veces frisa con el obscurantismo. Los detractores de l’IA recurren a menudo al concepto de la alienación del hombre por la máquina concebida por Karl Marx en el siglo XIX y de Heidegger en el siglo XX que desconfiaba de la tecnología, cuyas ideas tuvieron una gran influencia en el ambiente intelectual de Francia durante la posguerra.
Se sugiere en la reseña sobre mi novela que uno de los protagonistas, Aléa, esté identificado con el transhumanismo (5) de la Silicon Valley que ciertos autores y periodistas ven de una manera maniqueísta como una amenaza para los seres humanos. Una sola vez el personaje femenino, Emma, llama al viejecillo con bastante ironía: “Hombre estocástico (6), perfilador de mundos paralelos, hombre presciente y transhumano” (página 345). Es la única vez que se emplea esa palabra. Aléa no es un transhumanista. Además las investigaciones sobre la inteligencia artificial y la prolongación de la vida humana no son un monopolio de la Singularity University de Google, sino también de los diversos centros de investigaciones de otras potencias que se han puesto a estudiar en esos campos desde hace mucho. Algunas autocracias ya utilizan la Inteligencia artificial para vigilar a sus opositores o a sus disidentes en la versión de Internet que controlan.
Temo que el autor de la reseña no haya comprendido las relaciones de Aléa con la “máquina pensadora”, producto de la inteligencia artificial que utiliza la lógica cuaternaria y no binaria como la informática clásica. “Aléa, cobaya voluntario —escribe el autor de la reseña— de esta experiencia (la de sacar informaciones de la mente humana)”. En El nómada estelar, el viejecillo ha concebido teóricamente la “máquina pensadora” en base a las informaciones obtenidas por medio de sus sueños premonitorios que le permiten visitar el futuro y que los nanotecnólogos y los informáticos especializados en ciencias cognitivas han construido. Aléa no desempeña un papel pasivo, el de un cobaya, es el único que puede transmitir sus pensamientos o sus sueños prescientes a la “máquina pensadora”.
Se dice también en la reseña que el viejecillo se deja implantar una especie de prótesis neuronal en el cerebro (página 226), lo que está lejos de la verdad: al comienzo de sus experiencias, lleva un casco para transmitir sus pensamientos, sus sueños y sus visiones premonitorias al prototipo de ordenador. Después no tiene necesidad de esa prótesis. En un artículo publicado recientemente en el suplemento científico del diario Le Monde de París, un neurólogo explica su oposición a la Inteligencia Artificial, afirmando que el mero hecho de poner electrodos en el cerebro de un hombre puede provocar lesiones graves. En el estado actual de las tecnologías digitales, sería por supuesto imposible establecer una Interconexión Hombre Máquina (IHM) sutil y sofisticada para comunicar el cerebro humano con un ordenador que funciona con lógica binaria.
El motor de búsqueda Google posee softbots virtuales, desarrollados con algoritmos que escanean en permanencia los contenidos de la Red para descubrir lo que hay de nuevo y referenciarlos en su Big Data. Pero dichos softbots no son capaces de escanear las mentes de los internautas. Solo dan un facsímil digital del presente en base a los textos, fotos, videos, audios, mensajes intercambiados entre los usuarios de Internet. Los softbots de Google no tienen la facultad de determinar las palabras o los conceptos que provienen del inconsciente de un internauta o del inconsciente colectivo de un grupo.
Se afirma en la reseña sobre mi novela que “Aléa (…) pone voluntariamente a disposición una técnica espiritual ancestral al servicio de la tecnología informática y la inteligencia artificial (…) pensando que el mundo sea mejor”. Al leer con más atención El nómada estelar, se verá que los indios ancianos de Arizona le aconsejan al protagonista de documentarse sobre las nuevas tecnologías del hemisferio Norte para encontrarse —si el azar lo permite— con Jean-Claude Garaud, presidente de la transnacional Orbis, pacifista y defensor de causas humanitarias. Se constata en esta alusión un prejuicio maniqueísta contra la tecnología digital que está muy de boga en ciertos círculos intelectuales. Si mi personaje, Aléa, está dotado de un don premonitorio, lo utiliza para evitar que se cumpla un guion catastrófico y para alcanzar su objetivo espiritual.
Al referirse al filósofo francés del siglo XX, Gilbert Simondon (1924-1989), el autor de la reseña no ha precisado a fondo sus ideas. A lo opuesto del filósofo alemán Heidegger (1889-1976), Simondon no considera que la tecnología sea una alienación o una amenaza para los humanos. Sostiene que la relación entre los hombres y las máquinas es inventiva, específica y evolutiva. Aconseja de no incensar ni maldecir al progreso y detener las polémicas estériles entre enemigos y partidarios de la tecnología. En nuestra era digital, eso significaría terminar con el antagonismo entre defensores y detractores de la Inteligencia Artificial.
Lejos de las filosofías nihilistas que consideran al ser humano como esencialmente “malos”, Aléa deposita una gran confianza en el hombre y la mujer que tendrán éxito en la regulación de la ciencia y las nuevas tecnologías a su favor y no contra ellos.

Notas
(3) La Gnose de Princeton, des savants à la recherche d’une religion, de Raymond Ruyer, Collection Évolutions, Fayard, Paris, 1975.
(4) Science et conscience, les deux lectures de l’univers, travaux du Colloque de Cordoue, organisé par France-Culture, Stock, Paris, 1980.
(5) El transhumanismo es una corriente científica y cultural, surgida en la Silicon Valley, que propone la utilización de los avances de la ciencia y las nuevas tecnologías para mejorar la condición humana, en lo que respecta al sufrimiento, a la enfermedad, al envejecimiento y a la muerte.
(6) L’homme stochastique (novela) de Robert Silverberg, collection Ailleurs et demain, Editions Robert Laffont, Paris, 1977.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Nació en Cusco (Perú). Vivió en Buenos Aires de 1959 a 1962. Estudios en la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos de Lima. Sus cuentos fueron publicados en revistas literarias. Reside en Francia desde 1969. Publicó en francés “Le chemin des sorciers des Andes”, Robert Laffont, París, 1976, “Botero s’explique”, La Résonance, Pau (Francia) en 1997, “El camino de los brujos andinos” en Diana de México, 1998 y la novela “Diablos Azules”, Editorial Milla Batres, Lima, 2006. La edición francesa de la novela “Démons bleus à Cuzco”, Éditions La Résonance, Pau (Francia), 2009. La reedición en español de "Diablos Azules" fue publicada por Éditions La Résonance, Pau (Francia), 2010. Acaba de publicar la voluminosa novela en francés “Le Nomade stellaire” (El Nómada Estelar), Éditions L’Harmattan, París, 2018. Desde 1976, es miembro de la Société des Gens de Lettres (SGDL) de París y de la Société Civile des Auteurs Multimédia (SCAM). Entre 1981 y 1999, ha colaborado en semanarios y revistas de París y en diarios latinoamericanos con artículos sobre literatura y arte. De 1998 al año 2000, fue director de la revista en francés Résonances que —a partir de enero de 2001— se convirtió en el website, Resonancias.org.