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Literatura
07 08 2018
Ni una puta foto (fragmento) de Javier Velilla
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Capítulo 8.

María

Lunes, 31 de julio de 2006

El sueño le ha vencido finalmente alrededor de las siete de la mañana, porque no ha oído el despertador de Sabela, no ha sentido cómo se separaba suavemente de él, ni la ducha o el trasteo en el armario, en busca de la ropa que se va a poner este lunes de julio. Le despierta un beso suave en los labios, él está completamente desnudo, con las sábanas, como siempre, arrugadas a sus pies. Sabela ha puesto una mano sobre su pecho, ha querido despertarle suavemente y se dirige a él con una voz que suena tierna.
—Me voy. Duerme más si quieres, y vete cuando te tengas que ir. Tira de la puerta y ten cuidado no se escape el gato.
Luis agarra la mano de Sabela que aún descansa sobre su pecho con la suya, apretando suavemente, y quiere decir algo, pero no sabe exactamente qué. La mira estupefacto, perdido aún en las brumas de ese sueño que ha tardado tanto en llegar y que lo ha hecho justo en el peor momento, privándole de la ceremonia del despertar, de la liturgia de las palabras que siguen a la noche de sexo, frustrado o no, al intercambio de teléfonos móviles, de próximas citas, de los nos vemos pronto, seguro. Luis sólo puede repetir lo que ella ya ha dicho.
—Te vas.
—Me voy —y Sabela deposita con dulzura otro beso en sus labios, y los de ella le saben a Listerine, a mañana recién estrenada y todo un día por delante, un día que no va a compartir con él, y eso le encoge el corazón. Quiere decirle que le gustaría verla otra vez, tener otra oportunidad, y no está pensando en el sexo incompleto, sólo en poder pasar algo más de tiempo a su lado, en tener otro día de suerte, porque no quiere pensar que ha sido el último, que no la va a volver a ver más, aunque sabe que justo eso es lo más probable que pase.
—Adiós, Sabela, ojalá que nos volvamos a ver.
Y ella sonríe y ahora sí que se separa de él, y sale de la habitación sin decir una palabra más, dejándole allí solo, en una habitación que ahora sí puede mirar, con la luz de la mañana inundándolo todo, pero ya no tiene ganas de nada, sólo de cerrar los ojos, de repasar las últimas horas, de registrar en su cerebro la cara de ella, el sonido de su risa, los destellos de sus ojos… porque no quiere perder ni un detalle, quiere conservarlos para siempre, para todos los años que aún le queden por vivir, muchos o pocos, y se pregunta a sí mismo cómo es posible que tras su día de suerte se sienta tan profundamente desdichado.
Ya no vuelve a dormir, aguanta en la cama una hora más, dando vueltas a medida que la temperatura de la habitación sube poco a poco, y justo antes de las nueve, cuando presiente la primera gota de sudor en su frente, se tira de la cama, agarra sus calzoncillos y se dirige al cuarto de baño, en busca de una ducha que le aclare el día y la cabeza. Para lo poco que ha dormido no se siente demasiado cansado, pero la falta de sueño no ayuda a controlar la sensación de desubicación, de vértigo controlado, de no saber qué hace en una casa que apenas puede localizar en el mapa de la ciudad que ha despertado hace un rato ya.
Se ducha de forma concienzuda, el agua tiene una temperatura ideal, y se siente mucho mejor mientras se seca con una toalla que está húmeda, lo que le hace pensar que es la que acaba de usar Sabela, que le sabrá perdonar el atrevimiento. No tiene nada puesto, más allá de sus bóxers, cuando se aventura en el salón, que cruza para llegar a la cocina en busca de un café que complete el milagro de devolverlo a la vida tras una noche en blanco. El suelo de la cocina está sospechosamente pegajoso, y Luis da un respingo cuando siente algo peludo entre sus piernas. Es el gato blanco y negro, silencioso y cauto, que se restriega contra él mientras Luis intenta disuadirlo con ligeros puntapiés, que al parecer provocan en el gato deseos más intensos de contacto directo con sus piernas.
—Estás pateando a mi gato. ¿Tú quién coño eres?
Si hubiera tenido algo en la mano se habría estallado contra el suelo sin remisión. El corazón de Luis ha dado un brinco que lo ha llevado literalmente hasta su boca.
—Joder, qué susto me has dado. Me ha dicho Sabela que no había nadie en el piso.
Desde la puerta de la segunda habitación, que se suponía vacía, le observa una chica morena, bajita y de piernas poderosas, parapetada tras unas gafas negras de concha que no ocultan un rostro equilibrado y una boca enorme que se vuelve a abrir para decir algo más.
—Pues ya ves que no, ésta es mi casa, y ése gato que estás maltratando también es mío.
Luis intenta recuperar el control. El hecho de estar de pie en una cocina de suelo grasiento, con unos calzoncillos como única vestimenta, el pelo mojado y despeinado, y un gato encelado alrededor de sus pies no le coloca en una situación muy cómoda para iniciar una conversación, pero en el tono de la chica no parece haber miedo ni demasiada urgencia, tal vez un punto de socarronería, que él decide aprovechar.
—Empecemos de nuevo. Me llamo Luis, soy amigo de Sabela, que se ha ido hace un rato, y me ha dicho que me podía quedar todo lo que quisiera, que me hiciera un café y que tirara de la puerta al irme —Luis mira hacia sus pies—. No estoy pateando a tu gato, jugaba con él a apartarle de mis piernas con el pie, y él se vuelve a acercar a mí, lo estábamos pasando bastante bien —luego hace un gesto vago como señalando su casi entera desnudez y se disculpa por el atuendo—. Perdona que esté así, de verdad que creía que no había nadie, ahora mismo me visto y me voy.
La chica lleva puesta una camiseta azul marino y unos pantalones cortísimos, grises, y no lleva nada en sus pies, en los que destacan las unas pintadas de azul cielo. Las de las manos no están pintadas. El pelo está recogido en una coleta que se bambolea un poco cuando ella habla, tiene una clara tendencia a mover la cabeza mientras se explica.
—No te preocupes, ponte algo si quieres y tómate el café tranquilo, no tengas prisa. Ya estoy acostumbrada.
Luis encuentra el comentario algo descorazonador, no le agrada pensar que es uno más de tantos que tienen un día de suerte, de repente, pero todo parece indicar que es seguramente así.
—¿Cómo te llamas?
—Me llamo María.
—María —repite Luis—, me visto y me largo, no te preocupes.
Y con una sonrisa ligera vuelve orgullosamente hacia el dormitorio de Sabela, intentando mantenerse erguido y digno en su casi entera desnudez. El gato le sigue sin respiro, enredándose a cada momento entre sus pies, mientras Luis trata de mantener el equilibrio sin pisar al dichoso animal. Cuando llega a la habitación se encuentra el inmenso conejo sentado sobre sus pantalones chinos, como si estuviera incubando huevos, altanero y ausente, pasando de todo.
—Joder, lo que faltaba.
Esta vez usa sus manos, agarra al conejo con suavidad y lo deposita dos metros más allá, fuera del alcance del resto de su ropa, y el animal no se mueve de donde lo ha dejado, y le mira con el desinterés y el desdén con los que suelen mirar los conejos a los extraños que entran en su casa. Luis se viste y es consciente de que necesita un polo y unos pantalones limpios, y lo recoge todo meticulosamente para no dejar nada olvidado. Luego mira hacia la cama, completamente desecha, y no puede resistir el impulso: la hace, colocando con mimo las sábanas, haciendo las dobleces y calculando las distancias hasta que el resultado es casi perfecto. Parece otra habitación, y se imagina por un instante el rostro de Sabela cuando vuelva a entrar en el cuarto y vea su obra de arte, la cama perfecta. Una Sabela que llegará a la habitación sola o acompañada, quien lo puede saber, pero con toda seguridad sin él. Es un pensamiento triste para abandonar la habitación, se gira una vez más, dice adiós al conejo, que no le hace ni caso, y patea al gato un poco más fuerte que antes, ahora que la puerta está cerrada y María no puede verlo, y el felino se encoge un poco sorprendido y parece entender el mensaje finalmente, porque se abstiene de volver a intentarlo y se aleja altanero de las piernas de Luis, que en cualquier caso ya están cubiertas por sus chinos beige.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Javier Velilla, nacido en Don Benito (Badajoz) en 1964. Es Ingeniero Agrónomo (Universidad Politécnica de Madrid). Ha residido con su familia en Madrid, Valencia y Oxford, y en la actualidad vive en Arabia Saudí, donde trabaja para el departamento de Recursos Humanos de The Dow Chemical Company.

 

 

 

 

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