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Narrativa
07 08 2018
Debate por Facundo Adamoli
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También cabe advertirles: la literatura está llena de propósitos como para pretender que una hoja de papel con tinta traiga algo. La existencia es demasiado pequeña como para hacer de cuenta de que sirve pensar en el infinito, en la cantiga del infinito. “Por eso me dispongo a hablarte, a vos”, comencé. Ya que somos dos, lo podés ver, enfrentado a mi estás, y a mi derecha la cama y el vacío en ella que nos ofrece todo: la negación de la presencia, ¿de quién?, solo yo lo sabía.
Era sin dudas el momento apropiado, solamente estas ideas que brotaban en mí podían expresarse ante ella. Era cierto, no era locura, yo estaba lúcido. Ella, que ha frecuentado todos los siglos y que ninguna idea puede absorber, que ningún pensamiento puede contagiar su percepción, era digna y capaz de recibir estas palabras. Su turno para hablar además, podía esperar.
—Acerca de lo absurdo que es la vida tal vez sea un tema ya banal para vos ¿cuántos sucumbirán ante tu inclemencia? No me detendré en eso. Sea aquel tema tu mejor tesis, tu agotada musa. Solo quiera invocar aquella idea, será tu frialdad un derivado de la misma. Tu dureza, tu aspereza para no decir las cosas me asombra. Destaco realmente los medidos que son tus actos, reniegan de ser apresurados. Pero pecás muchas veces de estar ausente, de usar muy pocas palabras —ella no dijo nada —su silencio fue bastante insolente.
—Bien, supongo que no he contribuido nada hasta ahora en tu conocimiento. ¿Seré acaso un tonto al cual superás ampliamente? —le interrogué —¿No mereceré tus palabras, tu rico diálogo?
—Vos sos sabia. Silenciosa. Pero sos un gran silencio, no posees ideas, vos solo posees temores que yo domino, que yo apropio para mi beneficio, silencios que relleno con palabras que has de escuchar: porque te obligo, porque no te queda remedio. Soy cruel. Muy cruel. No es que no haya oportunidades, pero vos sos así. Y yo soy así. Inflexible. Todos tenemos oportunidades, pero somos limitados, nos limitamos y nos limitan. Yo te limito a que me escuches. Vos me limitas el mundo, la realidad, me contenés en tus dimensiones y me apartás de posibilidades que jamás podré gozar. Aun así tengo otras oportunidades, de segunda mano, de menor satisfacción, que consagran la mediocridad. ¿Repudiás la mediocridad? —no contestó, pero supongo que verdaderamente no tenía una idea definida acerca de ese tema.
—Entendeme que no soy un solitario —balbuceé —. Mi gran defecto es tener como mejor compañera a la soledad. Me reconforta tanto como tu pálida esencia. Es fácil perderse en aquel inconsciente blanco que te recubre, tu geometría define tu cara indescifrable, apenas se lo que estás pensando. Te lo repito, no quiero hacer de esto un monólogo mío, no quiero consagrar la torpeza humana en otro discurso inútil, en otra intervención que a nadie le importa, tan solo existe en tanto hayan otros para oírla y criticarla —ella no replicó, ni añadió nada al comentario. Solo hubo un silencio.
—¿Realmente creés que el dolor es un aderezo para la vida? ¿Acaso es algo que le agrega gusto, que potencia luego los breves interludios de la felicidad? Si lo es así entonces solo queda alegar que la vida es injusta, y que está llena de privilegiados pues las existencias en general son trozos de carne podrida, llena de insectos a su alrededor, y el dolor es simplemente un aderezo extra que no endulza: nos otorga momentos intolerables, sufrimientos patéticos e irremediables, luego, la carne podrida no es tan insulsa después de todo, al experimentar largos períodos de hambre, dolor. ¿Me contradije? Decime vos, cada vez creo más en tus opiniones, en tu silencio que ha dejado espacio para mi palabrerío —no hubo tiempo para contestación, rápidamente interrumpí:
—Sabrás que nosotros los hombres somos contradicciones divinas, no por nuestra ineptitud, es decir, sí, es verdad que somos ineptos, pero lo que nos impulsa como legítimos fundadores de la contradicción son los sentimientos que nos dominan por un breve periodo de tiempo, anclamos promesas que teóricamente jamás podrán romperse, sin embargo, lo hacen. Esto es porque jamás servirá de algo la teoría y porque en la práctica se encuentra todo: el sentimiento, la pasión, y la convicción única y temporal, de algo que en el futuro nos arrepentiremos. Vos no tenés la indulgencia del dolor, tampoco aprendiste nada sobre el sufrimiento. Yo sé, estoy lúcido. Es posible ignorarlo, pero ninguno lo supera, es solo que se convierte en un mero apéndice de su cuerpo —sí, aquel silencio lo dijo todo, “la vida es la vida, felicidad, y por sobre todo, dolor”.
—Vos sos el turbio espejo del amor —continué —eso que me enciende, me impulsa y me frustra. Eso que me engaña de la forma más benévola, la mejor mentira, la increíble falsa esperanza, la idiotez impregnada en inocencia, y paradójicamente, en su final, se encuentra la terrible desilusión. Aquello que me arrebata, que me obliga a adolecer una primavera de sensaciones que no escatima en finalizar con horrendos otoños, tal vez en desolados inviernos. Aquello que me purga de mi esencia de náufrago o tal vez es un barril lleno de plomo, que me sumerge en lo más profundo del océano. Respiro y me ahogo.  Respiro y me ahogo. Me vuelvo un idiota, me vuelvo el mejor. Me otorga un optimismo que da asco. Me otorga una ilusión que causa rechazo, repulsión. Es patética pero invaluable. Es tan simplemente irremediable. Es increíble. De una insensatez irreversible, con casi una intención perversa de convencer a quien conquista de que todo es posible, incita a conjeturar lo inverosímil, reconstruye casi por definición el ensueño. Será siempre el fundador legítimo de lo irreal. Es poderosa, muy poderosa. En aquellos sueños que sostienen tu estructura jamás residirá la más mínima fracción de aquella sensación indescriptible, la más mínima fracción de mí. Aún así necesito que me creas. Te imploro que así lo creas, porque aquello vive en mí de tanto en tanto. Es un huésped que no puede ser rechazado, es un honor, aunque las rupturas y continuidades de esta existencia sostengan que también puede ser un cuervo de la tempestad.
—Aun así el odio ha sido llamado a desaparecer cuando merodea, vos tampoco me prohíbís el todo —repliqué sólo para mí —me torturás, me castigás. Claro que me privás de imágenes, de tactos que brinda en el exterior un ecosistema de gentes y murallas sobrenaturales, de parejas que con su felicidad me martirizan, de voces alegres que con sus risas me hacen perder la cordura, pero me ofrecés el sonido y éste enciende mi imaginación, que, por sobre todo, inflama y potencia todo lo que imagino perder. Pero cuidado, en este resentimiento hay mucha compasión. También detesto aquellos sonidos que si te atraviesan y portan llanto y dolor. Vos, la Némesis de lo invisible, recreás constantemente la ciclotimia del universo, me das y me quitás, dejás que la música de la ciudad entre en este frío cuarto, pero me quitás todo, me impedís todo. Me das y me quitás. No te sientas culpable, es un tema de oportunidades, y la oportunidad de superar tu hermetismo, no es posible, simplemente no la tengo. Es tu historia impenetrable. Tengo la oportunidad de millares de libros, millares de horas dedicadas al estudio. Se me niega fundamentalmente el empirismo. No es tu culpa, pero tampoco es la mía. ¿Cómo podría ser acaso mi culpa?
—¿Entendés, acaso comprendés lo que digo? —con mis ojos húmedos desvié la mirada. Su silencio fue sumamente compasivo.
—Te lo agradezco —le dije —. Pero más que nunca comprendo tu postura, y comprendo finalmente tus motivaciones que justifican tus modos. Dominás a la indiferencia como nadie. No hay peor que el silencio que nada dice, no hay nada que supere la peor blasfemia que el simple vacío de palabras…jamás expresarán todo el odio que se quiere transmitir, pero sí el silencio, este puede portar lo que sea. La indiferencia, la ausencia de palabra consagra como nadie la denigración, el simple hecho de que nada puede importarle menos a uno que el otro, aquel que quiero ignorar, destruir. El silencio será tu mejor herramienta, y siento como si me hablases al mismo tiempo y te imagino diciendo: deja que los tontos añadan ignorancia al debate, que los idiotas pasen por inteligentes, que lo superfluo conquiste lo imprescindible, que los hombres se destruyan con sus falacias, ¿para qué malgastar algo tan preciado como las palabras? Las palabras, hoy tan prostituidas, tan enajenadas y plebeyas. Están gastadas, no tienen ya credibilidad. Sea yo el más cansado, indiferente, frío, incorruptible frente al mundo, tieso como una roca frente a sus giros, sus cambios y rupturas, sólido y silencioso frente a las torturas que la realidad me ofrece, su odiosa ciclotimia, ¿es eso lo que sostenés? ¿Pensás eso?
—¡Silencio! —respondió.
Y más que nunca me quedé solo…

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Facundo Adamoli (Buenos Aires, Argentina, 1987). Es Licenciado en Relaciones Internacionales y Magister en Periodismo de la Universidad Torcuato Di Tella. En 2005 ganó el Premio en Género Cuento del IV Certamen Literario Di Tella, Argentina. Sus cuentos y poesías ya se destacaron en revistas literarias de España, Venezuela y Costa Rica. Mantiene una bitácora narrativa titulada Proyecto Fahrenheit 2.0.

 

 

 

 

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