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Narrativa
07 08 2018
El sueño del soñado por Israel Huerta Solano
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Aquella mañana Joel tuvo que fingir que no la había soñado. Su mujer seguramente se daría cuenta, era difícil disimularlo. Era la cuarta mañana en que él se despertaba de un excelente humor. Darina sabía que incluso en sueños, él la estaba engañando.
Sentados, listos para desayunar, Darina miró a Joel en los ojos y, titubeante, le preguntó si nuevamente la había soñado. Él estaba impaciente, angustiado, sabía que de negar el sueño, de una u otra forma ella lo sabría. Probablemente, cuando saliera de casa, su esposa de percataría, como las otras mañanas, del perfume que imanaba de la ropa de cama. Ni siquiera se dio la pena de negarlo.
—Sí, otra vez la he soñado
El rostro de Darina se contrajo en un gesto de enojo. Fingió dar un sorbo a la taza de café, pero no bebió el contenido. Nunca lo hacía. Ninguno de los dos dijo nada sobre el sueño u otro asunto.
Llegó la hora en que Joel iría a trabajar, lo que le permitiría a Darina escrutar cada pista, buscar rastros del sueño, que él y su amada habían dejado sobre la cama, mientras ella dormía. El temor era algo corriente, aun cuando él había salido de casa. El aroma del rencor se ventilaba a través de las ventanas.
La situación era extraña. Hacía cuatro días que alguien visitaba a Joel en sueños. Él jadeaba, sudaba y dejaba muestras de sí mismo sobre la cama. Darina se había percatado al segundo día, hacía meses que Joel no la tocaba. Ella deseaba ser parte de sus sueños, pero le contenía ese odio que los padres les enseñan a las mujeres que quieren ofrendar su cuerpo. Darina ni siquiera se atrevía a despertar a su marido, sabía que no era lo suficientemente mujer para mantenerle despierto. Sufría.
Aquella mañana, Darina se contuvo algunas horas. Fingió que la habitación, en la que su esposo le desposeía en su misma cama y le ignoraba en sus sueños, no existía. Ella sabía que sólo hacía falta un pretexto para impregnarse del aroma del sexo que desde hace meses le era ajeno. Difícilmente se contendría, ya había sucumbido dos días antes… ayer… y hoy. Hoy simplemente no podría resistirse a ese olor, a esa endiablada sorna.
Con lágrimas, se rindió a su deseo, al rubor de las sábanas, a la sofocación del perfume que Joel y la otra exhalaban. Aquello era él, pero también era ella, la que en sueños le poseía, pero que en la realidad Darina se sentía arrebatada.
El llanto no cesó, el cansancio llenó la almohada vacía, no sólo de sueños, sino de la propia nada; y, en aquel instante quizás deseado, las dos estaban de frente. La mujer que quería a Joel y la otra que le tenía atado.
Darina era valiente, a pesar de la imponente belleza de su rival. Supo que aquello era un sueño, pero que también era su oportunidad de desmaterializarlo. Avanzó casi entre nubes, y tomó a la otra mujer fuertemente del brazo.
—¿Dime quién eres? Fueron las únicas palabras que el odio le permitió pronunciar en aquel instante.
La otra mujer parecía tranquila, se sabía una quimera, todo se redujo a un simple momento. Daba la impresión de que ella siempre lo estuvo esperando. Silbó suavemente, llenando con sus lindos labios el escenario. Aquello se volvió insoportable.
—Darina, dijo la otra mujer, soy solo un deseo, y los deseos no tienen nombre. De tenerlo, sería una esperanza; pero ésta muere con el hombre. Te pido por favor… Nunca me des un nombre.
Darina sintió vergüenza de enfrentarse a una ilusión que era más mujer que ella. No era necesario doblegarla o doblegarse, se había perdido, no sabía si incluso era o no vida. Creyó ser honesta consigo misma.
La otra mujer se acercó a Darina, la abrazó, la sedujo con sus besos y la poseyó. Le permitió deshacer todo lo que de ella misma pensaba, la tuvo para sí misma. No hubo más resuello. Finalmente la dejó tranquila.
Darina se dio cuenta de lo que había sentido, ningún otro cuerpo, ni el de su marido, le había hecho gozar como la desconocida. Después, tuvo celos, profundos y descarnados, de esos que arden con el alma; de esos que ahora su esposo compartía, porque a los dos les poseía el mismo deseo. Entonces, no quiso despertarse. Al mismo tiempo, no hubo pensamiento alguno, y sin recato, la otra mujer la dominó de nuevo hasta hasta hacer el amor con ella. En ese momento, todo era sólo deseo.
Aquello era nebuloso, efímero, pero era real, al menos para los sentidos. Darina sintió una sacudida en el hombro, en las piernas y en su torso. Despertó. Se vio a sí misma sobre la cama, abrazando una almohada; Joel frente a ella. Él, aunque con distintas muecas lo escondía, no pudo disimular sus celos. Ahora, los tres compartían la misma cama. Dos el mismo deseo.
La cena trascurrió sin sobresaltos. Darina y Joel se observaban, pero ninguno quería hablar de sus secretos. Ambos conocían el deseo del mismo cuerpo. Ninguno de los dos había sido tan bueno mintiendo como aquella noche. Él siempre lo recordaría; nunca sería demasiado tarde.
Llegó la hora de ir a la cama, pero no estaban dispuestos a compartir el mismo tiempo, el mismo espacio, el mismo deseo. Joel terminó viendo la tele. Darina aparentó leer un libro después de haber tomado sus medicamentos. Hombre y mujer intentaron permanecer en vela, pero ambos se rindieron.
Él salió a caminar, no soportaba aquel silencio, aquella cama en la que ya no podía esconder su propio deseo. Darina durmió después de un rato, pero si Joel la hubiera visto, seguramente los celos le hubieran desquiciado. Ella se estremecía y se movía al ritmo de las aguas, de la humedad que su propio cuerpo emitía.
Joel regresó ebrio, muy cerca de las primeras horas de la mañana. Darina dormía tranquila. Horas más tarde un médico diría que alguien la había asesinado después de abusarla, mientras ella dormía. Nunca fue posible explicarlo. Joel no volvería a soñar, le ponía intranquilo el sólo desearlo. Dejó la ciudad después de algunos meses y se arrepintió de haberse enamorado de una quimera.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Israel Huerta Solano, licenciado y con diploma de maestría en Psicología por parte de la Universidad de Guadalajara (UdeG) de México. Doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Profesor de licenciatura y maestría en la UdeG. Ha publicado diversos trabajos relacionado con la difusión y divulgación de la psicología como ciencia. Diversas revistas en su natal Guadalajara le han publicado algunos poemas y relatos. Es un asiduo escritor de relatos breves.

 

 

 

 

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