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Literatura
02 02 2017
Rodolfo Hinostroza: un descenso a las profundidades viscerales (entrevista) por Héctor Loaiza
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Delante de una taza de café humeante en el café Le Select de París, Rodolfo Hinostroza está listo a responder a mis preguntas, con un cierto aire distraído y aburrido.
—En tu libro —le pregunto a boca de jarro—, pretendes que tu inconsciente se expresó. Sin embargo, la representación que tú haces de tu padre, me parece “literaria”, trabajada e idealizada... Sobre todo cuando lo identificas con James Joyce.
—En la experiencia psicoanalítica, el inconsciente aparece en todas partes, es omnipresente. Sobre todo en mi libro, el inconsciente es realmente algo protagónico, sin duda hay otras imágenes del yo, un yo más racional que maneja un mundo, un juego, un yo que habla, un yo que escribe. Evidentemente es también un trabajo literario. A pesar de todo eso, siendo el inconsciente el protagonista, que tiene libertad de lenguaje que no se obtiene normalmente, porque va hacia las instancias preedípicas, a la escatología sin ningún temor. Va hacia su propio rol. Porque el inconsciente no tiene fronteras, no tiene barreras, no tiene moral. El personaje es él, no es solamente yo. Sino mi inconsciente que no se confunde conmigo.

—Por la manera como tú describes tu infancia, voy a decirte francamente, me parece que tú la “miserabilizas” un poco. No la observas por el lado positivo, sino desde un ángulo subterráneo, lo que podría considerarse una especie de descenso a tu infierno personal...
—Bueno, sí. Pero es que justamente la infancia ha sido tan exaltada, tan inocente. Si uno cree al “Principito”, a Saint—Exupéry, y a todas esas huevadas a ‘l’eau de rose’. No. Mi infancia, tan bonita, mi infancia es el lugar del terror también, terror de la castración, el lugar de la comparación y es una cosa que casi nunca se dice. Y justamente al escribir ese libro yo no estaba buscando eso, en mi libro en ningún momento digo que mi infancia fue un horror. Ha tenido cosas muy bellas, pero que contenía en ella los gérmenes de cada resentimiento, porque justamente el psicoanálisis es eso. Digamos que no es únicamente una observación de ideas que sean felices, placenteras, lo que generalmente van hacia los juegos eróticos, lo que tiñe un poco de oscuro todo esto.

—El problema es que el lector no llega a comprender bien lo que tú acabas de decir.
—Cuando alguien que me conoce lee este libro, pues no me identifica. Lo lee y se queda pensando que es un personaje que tiene que ver conmigo pero no le concierne en lo inmediato. Todas esas angustias orales que se vuelven a veces metafísicas. A las personas que me conocen no les consta que yo sea así, es una cosa un poco extraña, una especie de sótano.

—O sea que tú has querido descender al sótano, a las profundidades, porque tu obra ha sido escrita visceralmente...
—En el libro una sola cosa funciona en círculos, circularmente, comienza en lo que se dice y se conoce por el plano edípico que es el más accesible, el más inmediato y va bajando hacia las situaciones preedipianas. Vamos a llamarlo al plano anal, al plano oral y hasta volver al plano edípico, con la articulación del sujeto de la sociedad que esto implica.

—¿Cuál es el método psicoanalítico que has empleado?
—Son las largas frases del inconsciente que se articulan unas tras otras. Supongamos que en una sesión de psicoanálisis, tú dices una cosa, comienzas a formular una frase que aparece de una manera completamente peregrina. No sabes qué es lo que quiere decir, porque se amplía y más tarde vas a darte cuenta qué es lo que quería decir esa frase, o sea un fraseo. El método psicoanalítico es justamente ese, es un fraseo infinito, larguísimo, la mayoría de las veces se abre y se cierra y comienza una nueva ola. Eso está escrito con frases en mi libro que respeta el tiempo, el tempo de la emisión de palabras y lo representa en todo caso.

—¿Cuánto tiempo pasaste en tu experiencia psiconalítica?
—Cinco años. Tenía muchas notas que tomaba cuando yo estaba en análisis. De vez en cuando tomaba notas cuando ocurría algo muy importante y escribía también notas que después me fue difícil trabajar sobre eso. Después en dos meses terminé el libro.

—Al leer tu libro, me parece que tú hubieras descendido hacia algo tan nebuloso y terrible que el común de las gentes podría llamar “locura”. Hay chispazos de locura en tu libro.
—Sin duda, sin duda. Es una locura que cada uno lleva en sí, nada más que está diluída en cinco años de análisis. Después muchas palabras se diluyen. Se diluyen todas las partes realmente, los núcleos psicóticos que uno lleva. Sin duda que hay partes donde se nota la locura inherente a uno que simplemente está tratada de una manera, sale como si fuera vacunada...

—O sea que tú consideras que la persona que escribe tendría que liberarse de todas esas pulsiones.
—No. Yo escribo esto porque de todas maneras actúo dentro de mi propia visión de las cosas... No hay incoherencia entre este libro y mi obra anterior. A veces me he interesado por las cosas, por decirlo así, de vanguardia. Creo que el psicoanálisis aunque sea un poco viejo, ha sido una vanguardia de todos modos del pensamiento occidental. Todo el mundo lo utiliza más o menos en Occidente, lo articulan con el marxismo, durante algún tiempo lo han hecho en Europa. Y ha habido algunas ramas como el reichismo que ha dado una cantidad de cosas revolucionarias en el mundo. Pero la cosa es que casi nunca, los mismos defensores del psicoanálisis han claudicado y no lo han definido como una práctica. ¿Cómo se hace? ¿Qué es el psicoanálisis? Todo eso visto desde adentro...

—¿Crees que la cuestión más importante que el psicoanálisis ha pretendido resolver es el problema de la identidad?
—Identidad es uno de los problemas. Sobre todo no es un encaminamiento intelectual, es siempre una cosa completamente vivida, determinada por la angustia y el dolor.

—Se ha exagerado proponiendo el psicoanálisis como una especie de panacea, una receta para todo el mundo.
—Es uno de los caminos del conocimiento occidental, lo único que nos queda, no siempre, no hay ninguna de las prácticas. Las orientales, por ejemplo, que son prácticas de orden religioso, no sé, el budismo Zen, tantas prácticas. Una especie de saber esotérico que permita acceder a un tipo de conocimiento...

—¿No te parece que la tradición bíblica o judeo-cristiana no es la única en Occidente?
—Si. Pero si tú lo inscribes en la búsqueda occidental, si tú eres más o menos de vanguardia es inevitable que te encuentres con el psicoanálisis en un momento u otro. Yo he sido consecuente con eso, lo he seguido ¡y eso es todo!

—Con un método diferente se puede escribir un libro distinto sobre el mismo tema. Me parece que tu experiencia psicoanalítica te ha marcado mucho y te ha dictado el método de aproximación al tema.
—Es evidente. Si está escrito así, es porque está escrito bajo la asociación libre de ideas. Es el método que preside.

—Tu libro choca a mucha gente, porque se piensa que ha sido escrito de una manera calculada para provocar...
—No hay ninguna provocación en mi libro, en absoluto. Hay provocación en la medida en que el inconsciente mismo es un animal provocador, a la par salvaje y provocador. Y no es una medida consciente, no ha sido escrito con una intención provocadora, porque lo hubiera hecho también de otra manera mucho más charmant por ejemplo.

—No se puede estar tan seguro de que tu libro haya sido escrito directamente por el inconsciente.
—Trato de hacer la diferencia. Que es una representación del inconsciente que aparece por todos lados, por todas las esquinas. Y es el inconsciente el que crea una violencia enorme, es el que provoca, no me desolidarizo de mi inconsciente. Si hubiera sido una acción consciente, hubiera sido completamente distinto.

París, octubre de 1981

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Rodolfo Hinostroza (Lima 1941-2016). En 1962 una beca le permitió viajar a Cuba para realizar estudios de literatura inglesa en la Universidad San Cristóbal de la Habana. Regresó a Lima donde trabajó como periodista en la revista Caretas. En 1965, su libro "Consejero del lobo", se convirtió en un libro mítico en el ambiente literario limeño. En 1968, se casó con una francesa y se instaló en el Barrio Latino de París donde participó activamente en los acontecimientos de Mayo. Fue aceptado en un comienzo por la inteligentzia parisina y latinoamericana. En 1973, publicó su poemario "Contranatura" en la Editorial Barral con el que obtuvo el premio internacional Maldoror de Barcelona. Publicó también una “Introducción a la Astrología” en la misma editorial. Luego se hundió en un silencio que duró cinco años. En 1978, publica “Aprendizaje de la limpieza”, en Tusquets Editores. En 1984, regresó definitivamente al Perú. En Lima, publicó “Poemas Reunidos” (1986), ”Memorial de Casa Grande” (2005), “Poesía completa” (2007), “Nudo Borromeo y otros poemas perdidos y encontrados” (2008) y “Poesía completa” (2013). Fue también crítico gastrónomo en Caretas de Lima y astrólogo.