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Literatura
02 02 2017
Rodolfo Hinostroza: sobre su libro escatológico, Aprendizaje de la limpieza, por Héctor Loaiza
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En 1978, Rodolfo Hinostroza publica Aprendizaje de la limpieza (1) texto singular en la literatura hispanoamericana, provocador, porque entre sus líneas se infiltran densos vapores de azufre, pero también un tanto pretencioso. Desciende a una dimensión escatológica en las dos acepciones que tiene dicha palabra en nuestro idioma, es decir apocalíptico y excrementicio. Incomoda el buen gusto, el refinamiento de cierta crítica, por su insolencia y por su sistemática referencia a la mierda —para Hinostroza, todo es una mierda. A pesar de que el texto tenga alguna calidad formal dejando de lado su renuncia a la utilización de las comas y los puntos, sin embargo las puertas de las editoriales francesas se le cerraron.
En algunas de sus páginas hemos detectado un sentimiento de culpa frente a la ideología, sea ésta marxista o religiosa. Hinostroza pertenece a la generación marcada al rojo vivo por la revolución cubana. Al comienzo de los años sesenta, vivió en Cuba junto a centenares de jóvenes peruanos como el poeta Javier Heraud quienes, fascinados por una utopía, cayeron en la trampa ideológica. Fueron obligados a entrenarse en las guerrillas y más tarde, enviados de nuevo al país para abrir “focos guerrilleros” sin ningún asidero social en la realidad. Como intelectual, Hinostroza estuvo asfixiado por lo que vivía en la isla y por lo que veía: “y sin duda tuve que hundirme en los existencialistas Kierkegaard, escribe en su libro, sobre todo, vagaba metafísicamente desolado por los barrios bajos de La Habana bajo aquel calor agobiante no recuerdo haber tenido un solo amigo funcionario o militar”. Un poeta lúcido no acepta fácilmente la disciplina autoritaria, vertical y por eso fue mal visto: “...El escritor visto como un sospechoso éste va a contar nuestros secretos...”. En 1971, Hinostroza se solidariza en París con los cincuenta y tres intelectuales europeos y latinoamericanos que lanzan una carta abierta a Fidel Castro en defensa de Heberto Padilla.
Es tanta la presión del castrismo, la manera cómo maneja la cultura, que el poeta escéptico y huérfano de soporte ideológico, se siente como una fiera acorralada: “...Arturo el aprendiz de brujo que apenas salí del viaje (con LSD) quería que yo me desligara de la literatura me decía ‘de qué sirven todos estos libros tú no eres escritor’ yo estaba débil respondía si es posible”.
Un sentimiento corrosivo de traición ha logrado horadar las capas más profundas de su inconsciente: “Es como si estuviera vendiendo a mi madre / Si la vendí ya veo / En fin lo que me parece terrible es que me haya rechazado creo que quedé como un traidor el destino de los traidores es ser abandonado por los dos bandos”. Es tanta la culpabilidad del escritor que ha renunciado a comprometerse con la lucha, que ha elegido la vida, el amor y el arte, que se considera de una cierta manera, un “traidor”, un paria que no es digno de pertenecer a la raza humana.
Los fantasmas del pasado vuelven a él, a través del sueño: “Yo avanzo con una columna de guerrilleros por un desierto rojo resquebrajado quemado por el sol estamos fatigados sedientos tal vez huimos del ejército como cortado por un cuchillo y lo que hay es una enorme sala de baile sin muros como un tablero de ajedrez...” / “Al fondo rodeada de gente está la Reina / Alguien que se parece a Edgardo (2) me dice no vayas es una trampa”/ (...) “...Caigo sin creer que estoy muerto la Reina impasible su rostro es blanco helado fino como la cera”/ (...) “Es un filme de venganza”.
En su libro hace un balance de sus relaciones con sus padres: “...él era una especie de aristócrata arruinado, ella criolla medio proletaria...”. “El padre de Hinostroza era poeta y dramaturgo, hablaba de Joyce sin haberlo leído, con un “sentimiento de inferioridad del serrano frente al limeño”. Luego define al padre con lucidez: “...Se limitaba a ponerse a un lado y a soñar con tener (el poder) inventaba las cosas más locas del mundo hablaba de ganar mucho dinero con sus obras eso le volvería a dar autoridad...” “Unos medían a ras de tierra y él les oponía proyectos desmesurados megalomaniacos hablaba de ganar el Premio Nobel. Un poco más allá nos revela uno de sus sueños en los que se ve sodomizando a su padre: “aparte de la connotación homosexual del asunto también hay la versión popular que es ridiculizarlo, humillarlo, derrotarlo”. Eso significa parricidio. Hay una voz en Hinostroza que a veces suele ser afirmativa, positiva: “...sea como fuere no moriré jamás como mi padre”. Y vuelve a expresar otro sentimiento de culpa: “Abandonar a un muerto no puede hacerle mucho daño”. “De algún modo no lo abandoné en vida”.
Y cada vez que Hinostroza visualiza su pasado, escribe: “...me estremezco cuando pienso”, “...me da escalofríos”. A veces llega a describir los estados de consciencia a los que ha llegado: “...y al momento de respirar trago un sorbo de agua me pongo rígido me hundo / Es la misma sensación de ahogo”. Hay un pasaje que me hace pensar a Strindberg en una crisis de paranoia en pleno Paris a comienzos del siglo XX: “...fumé (hachís) en casa de una americana tuve que salir huyendo quería volver a mi casa sólo allí me sentiría en seguridad fue una caminata completamente loca desde Montparnasse hasta el Barrio Latino tratando de parar aquel mecanismo autónomo que se había desencadenado en mi cabeza”. O cuando relata su angustia: “...vi sobre la mesa unas páginas que había escrito unas horas antes eran estas páginas donde contaba mi psicoanálisis supe de inmediato que eran ellas la causa de todo / Las desgarré las hice pedazos hubiera querido pulverizarlas torcerles el cuello aniquilarlas/ Apenas las destruí la angustia bajó”.
Sería fácil creer que las carencias de un artista en París sean tan insalvables, que no tienen solución. Hay una pulsión un poco suicida en el laissez-aller, todo depende de uno. En esos años setenta en París que fueron difíciles para Hinostroza, muestra en su libro una obsesión por el dinero. “Tengo una manera extraña de gastar el dinero (...) cada vez que cambio un billete grande digamos cien francos debo gastarlo hasta detenerme en la próxima unidad mayor (...)/ Como si una vez quebrada la unidad el dinero no valiese ya nada y yo quisiera desembarazarme rápidamente de él...”.
“...Un día estaba en la función teatral de un amigo —escribe Hinostroza— era el entreacto todo estaba tranquilo sólo había gente conocida se conversaba se comentaba no pasaba nada / Entonces vi a Cortázar todo subió de pronto de temperatura sentí que pasaba a otro nivel donde arriesgaba perder la cabeza / (...) Me puse a girar como un mono alrededor de un cadalso una actividad frenética cuyo fin es la muerte me sentía en peligro como ante un desafío como ante una mujer difícil que no propone otra cosa sino la muerte...”.
Para terminar, me viene a la memoria una frase de Hinostroza: “Creo que lo más terrible es la soledad no la identidad...”

 

 

(1) Tusquets Editores, 163 páginas, Barcelona.
(2) Se trata muy posiblemente de Edgardo Tello Loayza, otro poeta peruano, muerto en las guerrillas, en 1965.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Rodolfo Hinostroza (Lima 1941-2016). En 1962 una beca le permitió viajar a Cuba para realizar estudios de literatura inglesa en la Universidad San Cristóbal de la Habana. Regresó a Lima donde trabajó como periodista en la revista Caretas. En 1965, su libro "Consejero del lobo", se convirtió en un libro mítico en el ambiente literario limeño. En 1968, se casó con una francesa y se instaló en el Barrio Latino de París donde participó activamente en los acontecimientos de Mayo. Fue aceptado en un comienzo por la inteligentzia parisina y latinoamericana. En 1973, publicó su poemario "Contranatura" en la Editorial Barral con el que obtuvo el premio internacional Maldoror de Barcelona. Publicó también una “Introducción a la Astrología” en la misma editorial. Luego se hundió en un silencio que duró cinco años. En 1978, publica “Aprendizaje de la limpieza”, en Tusquets Editores. En 1984, regresó definitivamente al Perú. En Lima, publicó “Poemas Reunidos” (1986), ”Memorial de Casa Grande” (2005), “Poesía completa” (2007), “Nudo Borromeo y otros poemas perdidos y encontrados” (2008) y “Poesía completa” (2013). Fue también crítico gastrónomo en Caretas de Lima y astrólogo.