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Narrativa
01 10 2016
Experiencia en el salón de masajes
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La joven se llamaba Nairobi. De cara grande, labios gruesos y facciones bien marcadas; fornida aunque no gorda; alta, de un metro setenta, llevaba el cabello corto como un muchacho; de frente estrecha y ojos inmensos y oscuros parecía estar mirando lejos. Su piel era de un bonito color mulato tirando a blanco, bruñido por las frecuentes exposiciones en las playas del sol caribeño. Daba la sensación de que vivía en un territorio alucinado donde se sentía a todo confort. Hacía dos años que había culminado a duras penas, el High School y ahora tomaba clases para sacar una licencia del Estado en masajes y cosmetología. Mientras tanto, junto con su papá —a quien llamaban simplemente Beltrán— ayudaba a mantener el Salón de Masajes que habían acreditado quince años atrás y, por fortuna, tenían una clientela casi fija que les permitía vivir con decoro y sin apuros económicos. Liz, la mujer de Beltrán, era oriunda de Santo Domingo y él, de San Juan de Puerto Rico. Se habían conocido cuando eran estudiantes en una academia de belleza, situada en Hialeah, a mediados de los ochenta. Contaban apenas con veintiún años cuando se entusiasmaron en una amistad que los llevó a contraer matrimonio. De esa unión nació Nairobi quien por lo visto, seguirá la profesión de sus padres.
Constituían un matrimonio feliz. Sin grandes expectativas ni requerimientos existenciales complicados, eran de esos grupos familiares que se habían logrado acomodar a un ritmo de vida doméstica de buenos vecinos y buenas personas. De hecho eran apreciados en el vecindario de esa parte del este de Boca Ratón. Iban al servicio religioso de los Testigos de Jehová el jueves por la noche y los domingos por la mañana y a veces Liz tenía pasaba más tiempo era Pastora substituta cuando por alguna razón el pastor principal no podía atender una ceremonia.
Mary y Joe, después de refrescarse con vasos de agua con hielo, conversaron un poco con Liz en la antesala del salón. Beltrán apenas si les pudo dar la bienvenida pues estaba atendiendo una cliente en ese momento, mientras Nairobi les preparaba las toallas los aceites y demás utensilios utilizados en la ceremonia. Algunos minutos después pasaron al salón donde se desvistieron y solo se cubrieron sus cuerpos con una toalla enlazada alrededor de la cintura. Mary sería atendida por Liz quien siempre la asistía y Joe por Nairobi. Liz era una mulata blanca fornida y musculosa. De un metro setenta de estatura, igual que su hija, sus brazos parecían martillos cuando friccionaban no sin especial delicadeza los músculos, ligamentos y tendones de sus clientes. Parecía que el peso de su cuerpo, que era de unas doscientas cincuenta libras, se posaba en sus manos para desplegar una energía sólida y contundente sobre los cuerpos a moldear. De caderas no tan anchas y trasero monumental, contrastaba el vigor de su contextura con la delicadeza de sus movimientos. A pesar de todo, no se sentía pesada para nada. De este modo, el equipo de los Beltrán, enfundados en sus batas blancas, atendían con el delicado pero firme lenguaje de sus manos los cuerpos desnudos de sus huéspedes quienes con los sentidos en expectativa, sentían el goce de sus cuerpos expuestos al bálsamo de los aceites y a la presión armoniosa de unas manos que provocaban una energía embriagadora. Una seductora música de Debussy, el “Preludio a la siesta del fauno”, inundaba el silencio del aposento alabastrino que con el titilar de los velones y la tenue luz color lila que emanaban de las paredes del salón, invitaban a un dejarse llevar por territorios misteriosos.
De repente, apagados sollozos se sumaron a la atmosfera placentera del lugar, eran gemidos que lanzaba la anciana atendida por Beltrán que dejaban saber a los demás oficiantes el goce supremo por el que atravesaba. No habían pasado unos cinco minutos cuando La anciana, de unos ochenta años, nívea como un resplandor, pequeñita de ojos azules y cabellera canosa, le hizo una señal a Beltrán y le pidió que la ayudara a bajar de la camilla para dirigirse al baño. «Hola a todos» dijo, esbozando una sonrisa de total complacencia y caminó desnuda, sin titubeos, hacia el retrete. Mary y Joe a través de su somnolencia miraron a la mujer, le respondieron en coro «Hola» y no pudieron evitar contemplarla. Notaron su frágil figura de espaldas enclenques con las nalgas flácidas y las piernas delgadas como arbustos secos. Aun así, vieron que caminaba derecha de una manera sorprendente. Ambos cerraron los ojos de nuevo y reflexionaron sobre lo mismo: «la edad no perdona» parecieron decirse y se estremecieron sin saber exactamente por qué. Les dio también ganas de orinar. Tan pronto la anciana regresó, Mary le hizo una señal a Liz, ésta se levantó y caminó en pelota hacia el retrete. Mirando a Joe le preguntó que cómo la estaba pasando, y él, un poco turbado por la cercanía, ya que estaba a centímetros de Mary, le contestó que muy bien. Ella le acarició el cabello y le dijo, «si quieres ir al retrete, será después de mí», él asintió con un movimiento de cabeza. Mary continuó desplazándose hacia el baño y Joe sintió una agitación en todo su cuerpo. Ya era demasiado. Primero las caricias provocadas por Nairobi con sus musculosas manos de seda y ahora con esa visión estremecedora de la desnudez de Mary, era irresistible. El olor de su piel bronceada, bañada de aceite aromatizado, ese cuerpo casi perfecto, su esbelto cuello de cisne, los huesos prominentes de su clavícula; su cintura de avispa, su cabellera rojiza y su mirada inquisidora; su ombligo adornado con ese hermoso piercing minúsculo de oro que soportaba un arco templado y una flecha; sus piernas de gacela y su pubis de vellos de azabache; sus senos redondos con los pezones erectos y nalgas fuertes como de deportista de Triatlón, era demasiado para soportarlo. Sin embargo, «esa aparición» lo que le producía era un goce estético más allá de cualquier excitación física. ¿Cómo iba a tener una escabrosa erección delante de una chica tan perfecta? Era la primera vez en su vida que se encontraba con una mujer que provocaba en él semejante sensación. No supo por qué pensó en Epícteto, cuando afirmó que el hombre debía ser capaz de contemplar una bella mujer sin sentir ningún deseo por ella. En este sentido, era necesario tener un dominio absoluto de uno mismo. Pero las grandes manos de Nairobi intuyendo la calentura de su cliente lo trató de aflojar con masajes relajantes y el efecto que conseguía era todo lo contrario a la emoción estética que le producía la visión desnuda de Mary y que lo inducía a enfrentarse a una excitación que provocaba un cortocircuito. Bajo los masajes de Nairobi lo que sentía era calentura desmedida. Ahora su animal dormido se estaba despertando y amenazaba con crecer sin importarle el público presente.  ¿En qué pienso ahora para bajarlo?, se preguntó. ¡Oh Dios! La solución le cayó del cielo. Pues sí, pues pienso en mi madre y en sus desgraciados maltratos. Claro en Lesbia, «bendita seas que al final de cuentas para algo sirves. No me golpees más, no más…que yo ya no lo vuelvo a hacer…», musitaba como un poseso. Y en efecto la sensación atemorizante del recuerdo de su madre fue suficiente para que el peligro de una erección no deseada disminuyera y el animal se acobardara.
Mary regresó con el rostro radiante y le indicó a Joe que era su turno. Él obedeció, se sentó en la camilla y luego se desplazó hacia el excusado. No sabía cómo caminar, si normal o marchando o trotando o ¡cómo diablos! Mary lo veía y riendo le dijo «vamos, vamos que esto no es ningún desfile de mariquitas». Miró a Liz y le dijo «Está duro el tío, ¿eh?».
La sesión terminó sin contratiempos. El ritual rezaba que para la despedida los clientes que estuvieran presentes y los técnicos masajistas, en este caso la familia Beltrán, se despedirían en un abrazo colectivo, todos en cueros. Los anfitriones se despojaron de sus batas y en un círculo se abrazaron, juntaron sus cabezas, y durante un minuto compartieron el calor de su energía, su transpiración y su aliento. Sin proponérselo los seis pensaban en lo mismo: somos una misma carne y nuestro cuerpo pertenece a un Todo en donde el dolor no tiene cabida.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: José Díaz Díaz, nacido en Colombia, naturalizado estadounidense y residente en Florida. Estudios de postgrado en literatura, en la Universidad Javeriana de Bogotá. Escritos: Los versos del emigrante; novelas: El último romántico; En busca de la infancia perdida; Libro de relatos: Los ausentes. Manual: Todo lo que debe saber un escritor principiante. Director de La Caverna, escuela de escritura creativa. Coeditor de las antologías: Un escorzo tropical y Muestrario de ficciones hispanoamericanas.

 

 

 

 

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02 11 2019