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Narrativa
01 06 2015
Cuando soñando imaginé que bailabas para mí por Carolina Olivares Rodríguez
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De noche, tumbado como estaba sobre la cama de mi alcoba, no pude evitar que mi mente te evocase. Te estaba llamando a gritos desde mi solitario silencio... sin embargo, tú... no podías oírme. Era totalmente imposible que pudieras hacerlo.
Y a día de hoy, todavía no sé bien si el mero hecho de estar acompañado solamente por ese sentimiento llamado "Soledad" me empujó a recordarte, o quizá, fue porque te echaba muchísimo de menos; estaba extrañándote demasiado, pues...
¡Te anhelaba tanto¡ tanto, tanto... tanto, que hasta mi propio sentir estuvo provocándome dolor!
Me sentía tremendamente cansado, aunque esa madrugada, haría un último esfuerzo antes de dormir.
Yo sabía que tú no ibas a venir, puesto que estabas lejos, muy lejos de mí; perdida en algún bello lugar de todos los miles que tendría aquel afrodisiaco país, el cual, habías elegido por capricho o por azar para irte de viaje... sin mí. Y aunque tu partida fuese efímera, ansiaba que volvieras de tu destino... pronto. Sólo para que volvieses a reunirte conmigo.
¿Fui egoísta por ello? No, pues el enamorado necesita estar eternamente al lado de su amor.

Pero esa noche, yo necesité sentirte. Por lo que, levantándome de la cama, cogí de todos los discos que componían mi colección, uno que integra la banda sonora de una película de género musical llamada "Flashdance" y, una vez colocado el disco en la cadena de música, puse directamente la canción número cinco. Ésta, que lleva por título: "Lady, lady, lady" ("Dama, dama, dama") me ayudaría a conseguir el objetivo que mi mente se había propuesto, ya que mientras que la estuviera escuchando, engañaría a mi cerebro, porque me estaría imaginando que te encontrarías junto a mí.

Volví a tumbarme, y a la par que comenzó a sonar aquella melodía, cerré los ojos para poder visualizarte mejor. De repente, la ventana de la habitación que hasta entonces había permanecido cerrada, se abrió de par en par y, la cálida y suave brisa del verano de Madrid, me trajo un aroma familiar: el tuyo.
Y así, en el interior de mi cabeza vi, que volando, venías hasta donde yo me hallaba.
Tú, sólo llevabas puesto un camisón fino que estaba confeccionado por una tela transparente y, la tela, era tan vaporosa que parecía que venías envuelta en papel de regalo; como si estuvieras rodeada por una luz inmaculada, y me estabas hipnotizando con ella. Y más que volar, flotabas en mitad del espacio; en el aire. Aquella luz que traías, tenía un halo azulado algo mágico, y yo... sentía que mi profunda soledad estaba yéndose por la ventana hacia las oscuras calles de mi ciudad. Y, se fue al mismo tiempo, que tu sombra estuvo terminando de entrar en mi habitación.

Eres tan bella, que el simple hecho de mirarte me estaba causando daño a los ojos.
Descalza como estabas, empezaste a bailar, y, más que bailar, tu cuerpo se estuvo insinuando erótico y sensual... solamente para mí. Y yo nunca pude imaginar una imagen para ti como la que estabas ofreciendo tú... aquella noche.
La música seguía sonando y tú... continuabas danzando, posando las puntas de tus pies sobre el suelo de madera. Parecías una de esas lindas bailarinas que están puestas sobre las tapas de pequeñas cajitas de música, pues, rotando sobre tu propio eje, no te movías del sitio donde estabas. Tu danza, consistía en rotar y rotar, y así, dando vueltas y más vueltas, tu transparente camisón giraba a la misma vez que lo hacías tú.

Recordé lo que pensé la primera vez que te vi en persona, lo que pensé cuando te descubrí: "Ella era la puerta que abría otros mundos; ella tenía la llave para abrir mundos desconocidos y diferentes. Ella era el acceso directo al mundo que yo quería descubrir; ella portaba dentro de sí misma, ventanas que estaban cerradas, ventanas por las cuales yo deseaba colarme, por las que yo quería entrar a toda costa. Quería entrar en ella, por su puerta... o a través de todas y cada una de las mil ventanas que poseía...
Debía encontrar la llave que abría su corazón. Y la encontré.

Y cuánto deseaba abrazarla porque me fascinaba, necesitaba sentirla. Fantaseaba acerca de ella, imaginando que su cuerpo era de mantequilla. E imaginaba que la abrazaba de un modo tan fuerte, que ella se derretía entre mis brazos. Y soñando, imaginé que, al abrazarnos, ambos nos fusionábamos hasta crear un solo cuerpo.
Quizá estaba loco, tal vez era un hombre algo lunático. No lo sé, sólo sé qué yo quería transportarme a su mundo, pues así, podría descubrir todos los rincones que ella albergaba dentro de su alma; en el interior de su corazón, también.
La canción, que era una balada estaba llegando a su fin, y mi chica seguía rotando, aunque ahora, la veía como desfigurada, porque nuevamente estaba alejándose, y yo nada podía hacer por evitarlo. Cuando la canción concluyó, ella, simplemente desapareció pues... se evaporó mezclándose con la noche madrileña.

La soledad volvería otra vez a aplastarme con su presencia, y tumbado como continuaba, abrí los ojos. Me había quedado dormido y había soñado con mi amor, es decir... contigo.
El corazón empezó a llorarme y una desconsolada lágrima asomó por mi ojo izquierdo, porque en ese lado del cuerpo está situado este órgano vital, responsable de guardar todos nuestros frágiles sentimientos.
Y levantándome, me acerqué hasta la ventana... que... prodigiosamente se había abierto sola... y susurré sin más, mirando al cielo estrellado, esto: "Que donde quiera que te encuentres o halles, los vientos de la noche te lleven mis tímidos besos, y que por medio de ellos, recibas un "buenas noches mi amor" de mi parte.

Y sin más, volví a la cama... y acompañado de tu perpetuo recuerdo, me dormí.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Carolina Olivares Rodríguez, Santander, Cantabria (España), 1972. Tiene publicados tres libros. “9 estrella negra: la noche que soñé contigo” 1999 (dedicado e inspirado en el artista norteamericano Marilyn Manson, al que llegó a conocer personalmente). “El diario del alma”, libro de poesía y prosa lírica, 2002. “Siri Ocra y el mundo de lo Absurdo”, 2015.

 

 

 

 

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