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Narrativa
02 01 2014
La sentencia por Fernando Yacamán Neri
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12:30 P.M.
No parabas de bailar con tu novio y yo no podía dejar de mirarte.
12:36 P.M.
En tu mirada la escena de un crimen se repetía.  
1:00 A.M
Tú y tu novio acabaron discutiendo, se decían tantas palabras que se les hincharon las venas del cuello. Al acercarme a ustedes, él te aventó, caíste al piso y salió de la fiesta. Acabaste con la ropa salpicada de alcohol.
—Me confesó que desde hace tiempo sabía lo nuestro.
Lo vimos por la ventana. Él sin detener su paso miró atrás, me vio los ojos y me mutiló por completo con su mirada. Subió a su auto, a pesar de la música tan fuerte, escuchamos el ruido del motor cuando arrancó y vimos cómo su coche se hizo mierda al estrellarse contra un poste.
Al salir de la casa, a unos cuantos pasos te detuviste, yo caminé hasta llegar al auto. Al abrir la puerta del conductor, sangre se deslizaba por el parabrisas y el volante, los vidrios estaban salpicados y hasta los asientos traseros, en los que la noche anterior cogimos tú y yo.
—¿Está muerto?
—El cuerpo no está adentro.
—¡No chingues!
Llegaste a mi lado, te metiste al auto e intentaste encontrar su pecho, sus ojos, su corazón, pero sólo te ensuciaste de sangre. A lo lejos escuchamos el ruido de sirenas, en la casa de la fiesta las luces se apagaron, tú y yo escapamos de la escena. Cuando ya no percibíamos el ruido, nos detuvimos en una esquina.
—Bésame.
—Nos culparán de asesinos. Debemos escondernos, tenemos que largarnos ¡Ya!
—¡Bésame!
Con las dos manos agarraste mi cabeza, metiste tus dedos entre mis cabellos y me hiciste callar. Tus manos recorrieron mi espalda y al apretarla, me sacaste el aire. Sentí tu pulso en mis entrañas. La luz de los postes se apagó, al abrir los ojos sólo parpadeaba la luz de neón de las letras de un hotel. Sin decir palabra, me llevaste a él.
—Queremos cualquier habitación que tenga en el último piso.
Pagaste. Subimos las escaleras de caracol que presentí nos llevarían al fondo de la noche. Al abrir la puerta de la habitación encontramos la cabecera de la cama llena de mensajes de otros amantes, en el techo chicles y bolitas de papel secas, las sábanas sucias y llenas de pelos. Me quitaste la playera, mis manos desaparecieron en tu piel, sentí tu saliva con sabor a hierro y tu pulso en mis entrañas. La sangre galopaba tan fuerte que vi tu rostro y tus ojos diferentes.
4.46 A.M
En tu mirada viví un déjà vu,
7.00 A.M
Los rayos de sol atravesaban la ventana, golpeaban mis párpados, rehusé  abrirlos al sentir tu calor, hasta el momento en que abruptamente te separaste. Descubrimos la cama bañada de sangre, escurría de las sábanas, de nuestros cuerpos, entre nuestras piernas y nuestros pies dejaban huellas ¿De qué evidencia?
—Explícame que está pasando.
—No cuestiones mi historia.
—¡Es sorprendente! ¿Qué está pasando?
—Entiende que si a mí no me importa, a ti menos. Vístete, nos vamos en este momento.
—¡Bésame! ¡Vístete!... Me traes a este pinche hotel… ¡Tienes las peores ideas en los peores momentos! ¿No te das cuenta que de salir así a la calle nos va a cargar la tira en chinga?
Nos metimos al baño, abrí la regadera, el agua fría despertó mi sangre, tu cuerpo temblaba y  descubrimos que no teníamos heridas, sólo moretones y mordidas. Agarraste el apestoso jabón Rosa Venus, lo deslizaste por mi cuerpo y sin entender por qué te cagaste de risa:
—¿Quién sospechará de nosotros si olemos a Venus?
— ¿Te parece gracioso? Tú y yo nunca debimos estar juntos.
—No digas pendejadas, cómo si no entendieras lo que ocurre. Sabemos que lo nuestro va más allá de lo que podemos ver, ¡vámonos!, sécate y  vístete. Es tiempo de largarnos.
Salimos del baño.  Nos vestimos y antes de salir del cuarto, de la cama aún escurría sangre y se esparcía sobre el piso. Al bajar las escaleras presentí que nos llevarían a un submundo y me punzaba la cabeza. Los rayos del sol cerraron mis párpados y sólo vi color rojo. Al abrirlos temí que se deslizara por mis pestañas.
En la calle la gente paseaba en bicicleta, otros caminaban y nos veían como delincuentes. Al pasar el primer camión le hiciste la señal de parada. Sin decir palabra estuve de acuerdo, deseé que nos llevara lejos y, antes de subir, hiciste una mueca con la que quiero recordarte siempre.
— ¿Dónde nos lleva? —preguntaste.
—Hasta la presa de San José de Gracia.
Y te burlaste:
—Pues quién sabe donde chingados es, pero qué más da si tiene gracia.
Al subir, sentí miradas de cuervos. Al fondo quedaban dos lugares junto a la ventana y ahí nos sentamos. Al agarrarte la mano, descubrimos que tenías una herida, en la línea que marca tu destino.
—Seguramente me rasgué al agarrar el barandal, no me di cuenta.
Arranqué un pedazo de mi playera, con ella te vendé, quién sabe qué cara tendría, pero tú exclamaste:
—¡Me agobia tu cara! ¿No te das cuenta de que ya todo está bien…?
9.00 A.M
En tu mirada encontré el cuarto de un antiguo hotel y sobre la cama un hombre muerto.
9.01 A.M
La gente bajaba. Finalmente abandonamos la ciudad. Llegamos a una carretera y nuestro alrededor se volvió campo. El chofer anunció el fin del trayecto. Al bajar, encontramos la presa de San José de Gracia: el sol se reflejaba en ella, el viento movía el pasto seco y un montón de hojas revoloteaban por nuestro cuerpo. Era noviembre. Caminamos hasta llegar al límite donde el agua moja la tierra y ahí nos sentamos.
11:59 A.M
Al mirarte te vi con otra ropa, con otro peinado, debiste haber existido en otro momento de la historia pero con los mismos ojos, con los que seguramente nos vimos tantas veces ¿Quién sabe qué karma teníamos en deuda? Seguramente fuimos asesinos.
12:00 PM
El sol nos descubrió en su esplendor y, al besarte, abrí  las heridas de todas las noches que nos pertenecieron. Sangre escurría de nuestras bocas, caía en mi pecho, llegaba a mis entrañas. La sangre no paraba de brotar, salpicaba en el agua, pintaba el pasto. Tu rostro comenzó a difuminarse y a llenarse de sol.
—Ya no sé quién soy…
Surgió un destello y ese momento de la historia nos perteneció, ahí, frente al agua, con la luz apoderándose del instante y de nuestro cuerpo ¡Sí! Desapareciendo ¡Volviéndonos nada! y cometiendo el crimen, una y otra vez.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Fernando Yacamán Neri (México, D.F., 1985). Licenciado en Letras Hispánicas. Estudió en la Escuela Dinámica de Escritores, dirigida por Mario Bellatin. Actualmente cursa el diplomado en creación literaria, impartido por el Instituto Nacional de Bellas Artes. Su obra literaria se ha publicado en cuatro antologías por parte de la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Ha colaborado también con obras de creación en diversas revistas, como Picnic, Crítica, Parteaguas, Gibralfaro y Punto de Partida, entre otras. Con el apoyo del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes 2010, ha terminado y publicado en una antología su novela corta “Los ángeles del último sueño”. Ha sido distinguido con el segundo lugar en la sección de ‘Narrativa’ del premio “Punto de Partida”, patrocinado por la UNAM 2009 y premio Elena Poniatowska de 2009, convocado por la Universidad Autónoma de Aguascalientes.