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Narrativa
01 11 2013
Bébeme, bésame (fragmento) por José Ibáñez
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Me llamo Marcos López Casas. Nací en Aznalfarache, provincia de Sevilla, el cuatro de abril de 1976. Mis padres se llaman Ernesto y Lidia. No tengo hermanos pero sí hice buenos amigos a lo largo de mi vida. No muchos, los suficientes. Puedo contarlos con los dedos de una mano y, de ellos, los más importantes son dos: Antelo y Moro. Un hombre y una mujer a los que llamo por sus apellidos.
Son tan importantes en mi vida que no podía llamarles Agustín y Cristina, que son sus nombres de pila, había que elevarlos de categoría, y un día que los tres jugábamos a las cartas en el patio del instituto a la hora del recreo, les dije que eran mis mejores amigos y que les daba el título de Antelo y Moro, y los convertía en miembros de honor del club de mi vida.
Antelo dijo que le parecía bien, a él todo le parecía bien, y Moro dijo Estás tonto, Marcos. Asumí la indiferencia de uno y la crítica de la otra y les pedí que empezaran a llamarme López, pero se negaron sin llegar a debatir la cuestión.

Con diecinueve años, ya abandonados los estudios, conocí a Rosa Benítez, que se hizo muy importante en mi vida pero aun así no la llamé por el apellido, sino por el nombre. Eso al principio porque, con el paso del tiempo, la fui llamando Cariño, Vida Mía, Princesa, Mujer, Nena, Corazón, Locura y, lo que más le gustaba a ella que le dijese, Inspiración. Claro que este último apelativo de amor solo lo usaba en momentos muy especiales como cuando le contaba un sueño que hubiese tenido y le decía, por ejemplo, Y entonces, cuando todo parecía perdido, apareciste tú, Inspiración, y me salvaste. Fue un sueño hermoso. Y ella sonreía y preguntaba ¿Cómo me has llamado? y yo le decía Inspiración. Y nos besábamos lentamente una única vez y luego hablábamos de facturas, de un familiar enfermo, de aceptar o rechazar una invitación de boda, de las vacaciones o de la irregularidad de sus menstruaciones pero siempre henchidos de felicidad porque ella era mi Inspiración y yo era su Terrible Amor. Así me llamaba ella, «Terrible Amor» y me decía cosas como Bendita maldición la de quererte, Terrible Amor.
La amaba desde los diecinueve años y todavía hoy que han pasado seis años desde la última vez que nos vimos sigo queriéndola como el primer día en aquella barca de pedales en la que paseamos junto a su primo Luis y la novia de este, cuyo nombre no recuerdo.
Luis era un amigo fortuito. Uno de esos chavales de dieciséis a veinte años que conoces en la feria de un pueblo y del que te haces inseparable durante seis meses o un año cuando, por cualquier motivo superfluo dejáis de veros y os perdéis el rastro mutuamente.
Luis sabía que yo nunca había tenido demasiada suerte con las mujeres y quiso ponerle remedio a mi infortunio. Lo consiguió a la primera. Rosa Benítez estaba donde debía estar, en el momento en que yo la necesitaba y era como esperaba que fuese, aunque realmente no hubiese tomado conciencia de que la estuviese esperando.
Me enamoré en la misma barca cuando se sentó a mi lado y se apartó un mechón de pelo rubio de la cara. Luis le señalaba con el dedo a su novia la Torre del Oro y luego, señalando con el mismo dedo a la orilla contraria del Guadalquivir, iba enumerando uno a uno los bares, locales de copas y discotecas de la calle Betis. Mientras tanto, yo solo miraba a Rosa. Quería contarle las pecas que salpicaban toda su piel, desde la cara hasta los pies y también quería hacerle en la espalda esas cosquillas de enamorados que se hacen con la yema de los dedos en vez de con las uñas. Quería hacer con ella eso que decía Neruda y que yo había leído una o dos noches antes; lo mismo que la primavera hace con los cerezos.
Pero no hice nada. Fue ella quien tomó la iniciativa. Después del paseo en barca fuimos a hacernos unas fotos con una Polaroid instantánea de Luis junto a la Torre del Oro y cuando subíamos las escaleras del Muelle de la Sal para llegar a la rechoncha torre, Rosa me cogió de la mano. Su mano era suave y sus dedos alargados y finos, apenas unos hilillos de carne cubriendo las falanges, los carpos y los metacarpos que podía sentir rozando los míos casi de forma imperceptible. No fui capaz de mirarla. Me daba tanta vergüenza. Pero no le solté la mano. Sin darme cuenta empecé a apretarla cada vez más, tanto que tuvo que pedirme que anduviese con cuidado y entonces sí la miré y le dije Puede que sea precipitado, pero te quiero. Ella me besó en la frente, que era la forma en que yo había soñado siempre que una chica me besara, y me dijo El amor puede ser muchas cosas pero nunca precipitado. Noté el corazón más pequeño y más vivo al mismo tiempo y quise saber ¿Qué puede ser el amor si no puede ser precipitado? Y ella respondió Puede ser fugaz o infinito, puede ser perfecto pero a mí me gusta que sea terrible. Quiero que seas mi Terrible Amor. Fue la primera vez que me llamó de esa forma. Creo que nunca dijo mi nombre mientras estuvimos juntos.

(Fragmento del capítulo Tres de "Bébeme, bésame").

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: José Ibáñez (San Juan de Aznalfarache, Sevilla, 1984) es Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Como periodista ha trabajado en Canal Sur Televisión, Radio Betis, Radio Guadalquivir, COAG Sevilla, Equo y Onda Local de Andalucía. En 2009, publicó su primera novela “Dos Minutos en tu Vida” y el relato “Agencia de Viajes Mudanza Infinita” dentro de la colección El Miedo Tiene los Ojos Grandes. En mayo de 2013, Anantes Gestoría Cultural publicó su novela “Bébeme, bésame”, que fue presentada en la Feria del Libro de Sevilla. Su blog personal es www.cafejose.wordpress.com y publica con otros escritores la revista de literatura www.lamaquinadeescribir.wordpress.com.

 

 

 

 

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