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Poesía
02 07 2011
Ellos y el Universo de Eduardo Francisco Coiro
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Un nido de abrazos

1
Alboroto de gorriones contra la tarde gris.
El hombre traza sus letras casi en la oscuridad.
En quietud. Afina el oido.
Desprendidos de los trinos,
escucha  pasos de luz de su compañera
—ahora con alas plegadas—
volviendo al nido.


2
Levantan la vista
ven al árbol dormitorio
florecido en pájaros de la noche.
No caen a pétalos.

Sólo se acompañan en soledad
de hoja en hoja.

Ella se pregunta
porque no hacen nido.

Mirando al cielo vedado
por hojas y pájaros.
Se abrazan.

Y hacen del abrazo,
un nido.

 

 

ELLOS Y EL UNIVERSO...

Madrugada a la hora de la ciudad cubierta en frazadas.

Ellos se abrazan en el umbral con sus pies en la vereda.
A sus espaldas -ya pasado inmediato- hay un pasillo, una casa y una cama donde todavía están tibias las sabanas. El aire frío corta los rostros.
El espera un taxi. Ella espera verlo partir muchas horas, días, kilómetros.

Es la hora justa para dormir abrazados de piel a piel, y ellos siguen su unión cubiertos con camperas.

La calle es tierra del viento. Como un trotamundos, una caja de cartón rueda en la calle. Más lejos, un hombre de espaldas trabaja empujando por el cordón con su cepillo de acero los restos del día anterior. Un perro lo sigue. Se acompañan en su mutua soledad.

La melancolía es una hada antigua que habita en cada cual y aquí sobrevuela, casi visible en el aire

Llega el taxi, rompen el abrazo, se dan un beso.

Cuídate, —se dicen casi en espejo.

El se sube. Cierra la puerta viéndola a ella que lo mira.
Y en ese instante suspendido son ellos y el universo.
No sé ustedes.

Pero yo,
cada día.
Veo más frágiles
a esos andamios
de la repetición.

Por donde voy.
O adónde vamos.
Cada uno y cada cual.
Tan aferrados.

 

 

CRÓNICAS MARCIANAS..

Ella lee Crónicas Marcianas. En su voz que eleva en catedrales hay un eco de la voz dormida en el texto.

Ella Desnuda. Apoya su espalda contra el respaldo de la cama. Abre sus piernas.

Deja sus piernas dobladas y las rodillas quedan como una cima curva y perfecta. Un haz de luz que se filtra por los postigos entornados les da un aspecto irreal. Son la superficie de un planeta mágico.

Ella Desnuda. Con sus piernas abiertas y el sexo expuesto, trémulo, recibe al hombre.

El hombre apoya su espalda en los pechos de ella. De forma tal que los pezones se sienten claramente a la altura de sus pulmones.

Ella lo contiene en sillón de mullida ternura humana. Con sabor a piel. En un aire pleno de aromas a hembra y fresias.

Ella abre un libro, recorre en silencio las páginas.

Cada vuelta de hoja genera una brisa o un huracán en la piel de sus mejillas.

El se concentra en la respiración. Los pulmones son una caja perfecta de resonancia. Siente al latido del corazón de ella como doble latido del propio corazón.

 

 

Ella comienza a leer.
Su voz se eleva en catedrales.

El hombre cierra los ojos. No está del todo allí.

Hay una niña que canta en latín. Cuando su voz vuela, se despega del coro y los fieles se giran, dejan de ver hacia el pulpito y buscan el origen a ese desgarro del aire que llega a los oídos.

Afuera, probablemente está nevando, el reloj de la iglesia está congelado como en una postal sepia a las 10 y 5 minutos de una mañana de domingo. Los tejados rojos cubiertos en algodones de nieve. El río D'Orba hace espuma al chocar contra los pilotes del puente de hierro y madera, y más allá el horizonte se eleva como en una visión de piernas que culminan en cimas nevadas de luz matinal.

Ella lee Crónicas Marcianas. En su voz que eleva en catedrales hay un eco de la voz dormida en el texto.

El hombre, que hace un momento pudo oír a través de ella al canto de su abuela.

Abre los ojos. Puede ver algo del cielopiel, al alcance de sus manos.

 

 

ORACIÓN

Creo en la bendición de Ramón.
En el saludo del Zuzo.
Y en la mirada del cura en bicicleta.

Creo en Ramón el ciego.
En Zuzo que es gallego y zapatero.
Y en el cura que va y viene en bicicleta.

Creo en Ramón que en su voz santiagueña
dice "que Dios lo bendiga",
cuando en la escalera de la estación
lo encuentro sentado en su puesto.
Con la palma abierta.

Creo en el Zuzo que es gallego y zapatero.
Y mientras espera clientes que no llegan
saluda como un vigía.
Como se saludaba a lo antiguo y a lo lejos
moviendo el brazo en 180 grados.
Confirmando que todavía estamos ahí
Para darle alguna persistencia al mundo.

Creo en el cura que va en bicicleta bajo sol
o lluvia, todos los días a la misma hora
con su mirada hundida de gringo obstinado.
Para dar misa a las internas del psiquiátrico.

Creo en el saludo del zapatero sin clientes.
En la bendición del mendigo ciego.
En la mirada sin padre
del cura bueno al que llamamos
—de pura costumbre— "Padre".

No creo en ninguna institución
que administre la palabra "Dios".